Sala difunta: Cid Campeador (Madrid)
Última película proyectada: Seda
¡¡¡NO MÁS CIERRES DE SALAS DE CINE!!!
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Erotismo (5º parte): vuelo rumbo años setenta con flores en el pelo, larga melena y con ganas de cambio. Estos años fueron los del erotismo y amor libre. Cayeron muchas censuras. Lo explícito ya no estaba prohibido. Sin embargo, dentro de lo explícito seguía lo erótico y sensual. En ellos y ellas. Dejemos a un lado la cursilada que hizo historia Love Story pero fíjemonos en sus dos estrellas: Ryan O’Neil y Ali MacGraw. Y recordémoslos eróticos ellos en otras apariciones. Ella al lado de McQueen (La huida) y él si me apuran al lado de Barbra Straisand como hombre despistado y bello (¿Qué me pasa doctor?).
Por lo menos dos años antes, el cine americano ya estaba avisando que los tiempos estaban cambiando y que el erotismo caminaba de la mano de dos sex-symbol indiscutibles, ¿quién no recuerda a Bonnie&Clyde?¿Quién no suspira por Faye Dunaway con su boina y el siempre hermoso y perfecto Warren Beatty con esa sonrisa que a mí me puede?
Woody Allen nos trae una musa llena de encanto, atractivo y un erotismo suave. Siempre estará en esas películas de los setenta la gran Diane Keaton. Sorpresa de un nuevo erotismo. Y, sí, sí ahí está ella la que llaman patito feo pero que creo escenas de sensibilidad y erotismo cuando tenía química con sus compañeros de reparto. ¿Recuerdan Tal como eramos con el rubio Robert Redford?¿Yqué me dicen de esa mala pero curiosa película (yo siempre la recuerdo con cariño) donde Barbra era estrella de rock y recreaba la vieja historia de Ha nacido una estrella junto a un actractivo y erótico Kris Kristofferson?
De italia siguen exportando belleza por belleza, grandes maggioratas, y en los setenta le toca a Ornella Muti. No ha dejado grandes títulos ero sí imágenes para recordar. O Francia sigue dejando sus belleza frías a lo Isabelle Adjani. Y, Gran Bretaña regala grandes actrices, las señoras bellas y confusas con rostros de Vanessa Redgrave, Glenda Jackson o la genial Julie Christie.
No puedo dejar aquí sin nombrar dos obras del género musical que dieron otro concepto sobre lo erótico. El hortera y mítico por parte de un chulo John Travolta y una melosa Olivia Newton Jonh en Grease. Y, el trío maravilloso, en el musical por excelencia de estos años, Cabaret, con una Sally Bowles inmortal, con su pelo corto, su body negro y su sombrero ladeado (portentosa Liza Minelli), un joven escritor bixual con la dulzura de Michael York, y una figura inquietante, un maestro de ceremonias con rostro de Joe Gray.
De los setenta es el erotismo explícito y desgarrado de una joven Maria Schneider y un maduro Marlon Brando que se entregaron desnudos en apartamento vacío en la triste y desoladora El último tango en París.
Son los años del cuarteto de oro masculino. Los cuatro hombres feos pero enamorables y con escenas en el que el erotismo sube enteros. Da igual su altura, sus enormes narices, sus rasgos extraños… (sus sonrisas son siempre mágicas) yo me enamorado una y otra vez de Al Pacino, Dustin Hoffman, Jack Nicholson o Robert de Niro. Su lista de películas impecables es interminable. Por ahí, les sigue un Harvey Keitel. Y, de los bellos, Clint Eastwood no para, también ésta es su década y mención especial a Jon Voight, su pelo rubio, cuerpo despampanante, y sonrisa que desarma (¿se han dado cuenta lo erótico que me parece una buena sonrisa?) llenaron películas como Cowboy a Medianoche o la genial El regreso. Muchos le lloraron en otro remake de Campeón como boxador derrotado.
Ésta es la historia de un director de los setenta a quien le apasiona el cine y la música y de una banda de rock, de las de siempre, de las míticas, que recibe el nombre de los Rolling Stones. Y todos se unen en un proyecto común: Shine a light.
Cuentan que el líder inmortal de la banda de rock, Mick Jagger, quería una película que inmortalizara la gira que llevaron a cabo en el 2006. Y que el director elegido fue el gran Martin Scorsese que ya los amaba desde hacía tiempo. Y es que el gran amante del cine, Scorsese, también es amante de la música de los años setenta y ya había dejado para la posteridad El último vals (el último concierto de The Band) y en el 2005 había sorprendido con un documental sobre Bob Dylan.
Así que manos a la obra. Y esos hombres que van de un espectro de edad de los 67 a los 58 años regalaron al gran público su pasión: la música en concierto. La magia de unos rockeros que llevan toda la vida haciendo lo que les gusta: cantar y tocar en los escenarios, y el sueño de un director que ama el cine, filmar, contar y también un todoterreno en lo musical. Así nace un documental vital que se llama Shine a light.
El director convenció a los rockeros que lo bonito sería atrapar la esencia de un concierto de los suyos en un gran teatro. Y los rockeros le hicieron caso. Así que Martin se rodeó de los mejores cámaras con los que podía contar (todos reputados directores de fotografía) y se metieron en la magia de un concierto que dieron los Stones en el teatro Beacon de New York.
Y el documental atrapa la pasión, la vitalidad, la comunicación entre músicos, entre los Rolling y un público entregado, entre un cineasta enamorado de la imagen y de la música, para ofrecer puro espectáculo en Shine a light.
Porque este documental no sólo permite escuchar nuevas y viejas canciones del grupo, o admirar cómo disfrutan con estrellas invitadas (un vital y alucinado Jack White, un fantástico Buddy Guy y una Christina Aguilera distinta a la que estamos acostumbrados) o dejarnos llevar por su sentido del espectáculo sino que este documental muestra cómo una pasión en la vida te mantiene vivo, entusiasmado y vital…, da igual los años que tengas. Mick Jagger tenga veinte o sesenta años siempre se seguirá moviendo como él lo hace. No hace falta tener 20 años para tener como filosofía de vida el desenfado, la anarquía y el dejarse llevar por las pasiones. No hace falta tener 20 años para tener sentido del humor para incluso cumplir con compromisos que te pueden traer al pairo (genial, el saludo a toda la familia Clinton incluida la mamá de Hilary –que se lo pregunten a un Keith Richards cariñoso y educado pero muerto de la risa o a un Charlie Watts despistado…, pasaba por ahí). No hace falta tener 20 años para sentirse joven y lleno de vida, para llenar un escenario, para hacer bien lo que siempre se ha sabido hacer bien.
Además Scorsese corta las distintas intervenciones del concierto del Teatro Beacon con unas acertadas imágenes de archivo de los Rollings que nos los regalan divertidos, surrealistas, anarquistas, libres y apasionados por lo que hacen. Shine a light te regala los rostros siempre con múltiples mensajes de unos llamativos y divertidos Mick Jagger, Keith Richards (genial en su cuelgue perpetuo pero cómo dice su compañero Ronnie: es un tío muy moral y muy muy cariñoso), el dulce batería (con su cara de pasaba por ahí y estoy reventado) Charlie Watts, y un apasionado de la música como Ronnie Wood. Y, de fondo, las canciones de ayer, las de hoy, las de siempre…, rock, baladas, country, jazz…, y mucha música, mucha vida.
Y, Scorsese, como siempre, hombre apasionado.
Una de las cosas que más me llama la atención cuando surge una película que trata el tema de ETA es que siempre, en los medios, se habla de las pocas producciones que tratan el tema en este país. Sin embargo, cada vez es más amplia la filmografía relacionada con ETA desde documentales a películas de ficción. Así sin consultar ni pensar se me ocurren: muchas de las películas de Uribe desde la estupenda Días contados hasta otras obras anteriores como La muerte de Mikel o El proceso de Burgos. Otras películas de ficción como El lobo, Yoyes, Vacas, El viaje de Arián o La voz de su amo. En el cine documental La pelota vasca, Asesinato en febrero, Trece entre mil, Voces sin libertad, Perseguidos…, la última película que ha rodado Jaime Rosales, después de La soledad, se llama Un tiro en la cabeza y la realizó a partir de leer en la prensa el atentado de dos guardias civiles el pasado dos de diciembre. También, en 2006 se dirigió la película Esos cielos, una adaptación de la novela de Bernardo Atxaga (novela que leí hace poco junto a El hombre solo y me gustaron y me resultaron interesantes).
No deja de ser un tema complejo con muchos matices, puntos de vista y análisis y sobre todo desconocimiento. Y un asunto político incomprensible. ¿Por qué sigue esa violencia y esos atentados horribles?¿Dónde está la raíz?¿Cómo entender este conflicto?¿Cómo analizarlo?¿Cómo buscar las soluciones?¿Por qué no se puede dar un parón en la espiral de la violencia?¿Por qué no se puede dialogar sobre el asunto?¿Por qué no hay puntos de encuentro? Hildy no entiende la violencia y no cree que sea solución para nada. Tampoco cree en alimentar odios en ninguna parte, en ningún lado. Con odio no se llega a ninguna sitio, a ninguna solución. Con odio no se llega al fin de la violencia. Y el cine, como siempre, puede ser una puerta de reflexión, debate y diálogo.
Manuel Gutiérrez Aragón ha dirigido Todos estamos invitados. También, ha escrito el guión junto a Ángeles González Sinde. Y, ha empleado la estructura de thriller para contarnos la historia de varios personajes que viven en San Sebastián-Donosti (para Hildy la ciudad más hermosa). Un joven gudari que, tras un accidente de tráfico, pierde la memoria. Un profesor universitario que vive su día a día con las amenazas de la banda terrorista porque no calla y da sus críticas opiniones sobre la situación del País Vasco. Su prometida, una psicóloga italiana que no puede entender lo que sucede, los amigos de cuadrilla del profesor, los jóvenes amigos del etarra con amnesia, la madre del joven, los escoltas…, un abanico de personajes que tratan de reflejar la complejidad del asunto.
La película no es redonda, cuenta con buenas escenas, buenas ideas y buenas interpretaciones…, pero no llega. No emociona. Algunos personajes secundarios son planos, muy planos. Ciertas situaciones no están bien resueltas. Pero…, hay actores y secuencias que salvan la película. Y viendo las buenas ideas que había, se nota lo que pudo ser.
Lo que no me llenó: la relación de amor entre el profesor (José Coronado) y la psicóloga italiana (Vanessa Incontrada) me resultó en todo momento fría, sin emoción y poco creíble. No me gustaron ni sus escenas ni sus diálogos. La relación platónica y los encuentros entre Josu (magnífico Oscar Jaenada) y la psicóloga italiana tampoco me parece bien resuelta ni desarrollada (aunque me encanta la idea). Son los puntos más débiles de la película y de algún modo minan el resultado final. Los compañeros de armas del joven etarra amnésico me parecen fríos y planos. No me disgusta la idea de que la novia del profesor sea extranjera y mire la situación con otros ojos, desde fuera, y que le resulte complicado comprender.
Lo que me llenó: sobre todo me resulta magnífica –y no la cuento porque su estreno es reciente y puedo reventar la película a espectadores que aún no se hayan acercado a verla- la escena final de Josu con su madre (esa escena sí me emocionó). Me encanta la idea del joven amnésico (aunque me parece que se podría haber aprovechado mucho más). Oscar Jaenada está espléndido como ese muchacho sin memoria, que no entiende nada, y cómo es confundido y manipulado por unos y por otros (por sus jóvenes amigos, por la iglesia…) y, también, por sus propios confusos recuerdos. Me encanta la idea.
Sorprendente Iñaki Miramón: su escena en la sociedad gastronómica y su frase “son las últimas kokotxas que vas a tomar en tu vida” es absolutamente escalofriante. El reflejo de la cuadrilla y la gastronomía vasca es acertada aunque a mi gusto Donostia es mucho más bella de lo que aparece en pantalla. La situación de indefensión, miedo y soledad en el que se sumerge el profesor, un José Coronado acertadísimo está muy lograda. Me encanta la escena en que el ertzaina da las claves a los amenazados por ETA y una señora de la limpieza que, además, es concejala de su pueblo le pregunta que cómo va a ir a hacer la compra.
Así que Todos estamos invitados se queda en la superficie. En lo que podría haber sido: un buen thriller político con el tema de ETA de fondo, pero, para mí no llega. Su frialdad y algunas situaciones mal resueltas no hicieron que esta película me llegara.
¿Qué tienen que ver estas dos películas para ponerlas juntas en un post? Milkhail Baryshnikov, el ballet clásico –rodado con la belleza que se merece un arte– y el cine. También, que son dos de esas películas que se disfrutan con gusto. Buenas historias, buenos personajes, mucho sentimiento y viva la danza.
La primera de ellas acabo de conocerla, de verla, y encantada de ver ese enfrentamiento interpretativo entre dos divas del cine: Shirley MacLaine y Anne Bancroft. Una película sobre las elecciones de la vida. Sobre el éxito, el dedicarse a lo que más amas, el sacrificio, el llegar a lo más alto y caer, sobre el envejecimiento, la amistad, sobre los deseos y las desilusiones, sobre la juventud veloz y sobre una pasión, la danza clásica. Y ahí en personaje secundario, en primer bailarín de compañía, que se sabe bueno y ligón, destaca un hermoso Milkhail Baryshnikov, bello por un cuerpo pequeño pero hecho para la danza y con un rostro fuerte que expresa mil y un sentimientos o pasiones. Interpretación fugaz pero brillante sobre todo en la ejecución de números de baile que muestra por qué la danza clásica es un arte. Hebert Ross dirige esta película de personajes y sentimientos con delicadeza y pulso. Como él sabía hacerlo. Es el realizador de películas amables y bien hechas (para el recuerdo quedan Sueños de un seductor, Funny Lady, La chica del adiós, Footloose o Magnolias de acero).
Ocho años después la idea de unir a dos grandes bailarines de disciplinas muy diferentes en un musical único y distinto permite al bailarín de danza clásica un papel protagonista en una película musical trhiller político. La idea fue de Taylor Hackford, que además de conseguir una buena película, une con destreza –y con escenas muy hermosas– coreografías de danza clásica y de claqué (con el magnífico bailarín ya fallecido Gregory Hines, en un personaje maravilloso y enternecedor). Ahí Baryshnikov no sólo baila sino que es protagonista de una trama emocionante.
Esta película me encantó cuando la vi hace muchos años en el televisor y ahora que la he vuelto a ver en dvd vuelve a emocionarme. La película es fruto de la época, cuando todavía existía la guerra fría. Pero Hackford logra alejarse del tufillo de algunas producciones cinematográficas que en aquellos años cantaban a la política de ese raro personaje que fue Reagan. Y logra una película a tener en cuenta, compleja, como es la historia y la vida. Dos bailarines, uno que huyó de Rusia a EEUU para poder vivir su pasión con la danza sin ataduras, en libertad. Otro que huyó de EEUU a Rusia, huyó de un país que le mintió, que le golpeó con su racismo, y que le hizo ver que el cacareado sueño americano era un espejismo. En el caso de Baryshnikov, su personaje contiene datos autobiográficos evidentes. Y un thriller no funciona sin el grado de suspense que crea un personaje malo, malísimo, que responde al nombre de Chaiko (casi una caricatura). Un ruso de los de la guerra fría.
Después dos damas. Una elegante rusa, Helen Mirren (que se convirtió en pareja y esposa del director), que también ama la danza pero se queda en el país. Ella vuelve a encontrarse con ese amante que la dejó por la libertad. Cada uno a su manera tratan de vivir su pasión y ambos se respetan y siguen ayudándose.
El americano está casado con lo mejor que le ha pasado en su vida, una rusa dulce y encantadora (el debú de una bella Isabella Rosellini que sabía ocupar la pantalla como su madre, qué sonrisa). Y al final todos siguen lo mismo la libertad creativa, la libertad de elegir. Ya se lo dice Milkhail, en una de las escenas más bonitas de la película, a una Mirren que llora: Soy bailarín, no un héroe. Le dice que es lo único que sabe hacer y lo único que quiere hacer. Baila para ella un canto de libertad bajo la voz ronca de un cantante ruso prohibido. Magistral.
La película es entretenida y se convierte en joya sólo con ver la coreografía que realiza Baryshnikov al principio. ¿Quién dice que danza clásica, romanticismo, claqué, política, miedo, libertad, tensión, miedo, amor…, no pueden ir juntos?
Llevo todo el día pasando de un trabajo a otro, hablando por teléfono, escribiendo mails y ahora tengo hambre, hambre. Y me viene a la cabeza ese festín que hizo Babette o esos vinos que toman los protagonistas de Entre copas o me relamo con los tomates verdes fríos. Pierdo el sentido en la pequeña tienda de chocolates, una onza me hace sentir mil experiencias. Tengo tanta hambre que perdería los modales como Julia Roberts en Pretty Woman con tal de comerme algo de marisco. No sé si aguantaría la etiqueta de La edad de la inocencia. Tampoco sé si prodría quedarme sin comer y sin palabras en Celebración familiar donde uno de mis cercanos diera un pequeño golpe de cucharilla a un copa para decir un disparate. Me apetece perder los modales como Robin Hood y sus amigos o como los piratas y cogerme un muslo de pavo o pollo, con las manos, rebosante de salsa…, me da igual fresa o chocolate. O que me dicen de un plato de macarrones en una gran familia italiana…, me voy a la cocina ya. Ojalá esté ahí Martha con sus delicadas recetas o el pequeño ratón Gourmet y me preparen una cena deliciosa…, por favor, voy a desfallecer.Mil perdones por la frivolidad de hoy.
Uffff, y no hay manera, desde Atrapado por su pasado no he logrado que otra película de gangsters, mafias, policías y demás tribus me vuelva a enganchar. ¡¡¡Qué pasa con argumentos como ése, qué pasa con Padrinos o Érase una vez en América!!! ¿Dónde están esas historias que de principio a fin eran redondas? Ahora nos regalan unos minutos si acaso una hora…, pero al final se desinfla. Así me pasó con Promesas del Este, así me pasó con American Gangster, así me vuelve a pasar con La noche es nuestra (que se queda en un principio prometedor y alguna escena suelta).
Y el caso es que consiguen personajes y ambientación pero de pronto la historia se desinfla y lo que prometía, se deshace. Me falta ver Infiltrados y comprobar si me pasa lo mismo o Scorsese se salva. Lo que no le niego a ninguna de estas películas es que entretienen y te tienen clavada en la butaca. Lo que no le niego a estas películas es que hay intérpretes solventes capaces de personajes maravillosos como Denzel Washington, Rusell Crowe, Vigo Mortenssen o claro está Joaquin Phoenix en el caso que nos ocupa…, etcétera, etcétera.
O unos directores que muestran escenas magistrales como David Cronenberg, Ridley Scott o como este caso James Gray (con mucha menos historia, filmografía y calidad que los otros dos cineastas previos pero que tiene en su haber tres películas que le hacen promesa eterno).
Yo diría que La noche es nuestra es una especie de Padrino al revés, al lado de la ley. Aquí se presenta una familia de policías heroicos (padre –Robert Duvall– e hijo –Mark Wahlberg–) y el oveja negra de la familia (un Joaquin Phoenix perdido en el mundo de la noche con una exuberante novia puertorriqueña, que dirige una macrodiscoteca, que tontea con las drogas y se relaciona con lo más macarra y con las mafias de la ciudad). Las relaciones entre los tres son tensas. En un momento, ya avisa el padre al oveja negra, es la guerra, y tiene que tener claro de parte de quién está si de la familia o si de sus amiguitos los narcos. Y Joaquín muy chulo pasa de lo que le dicen…, hasta que tocan a un miembro de su familia. ¿No les va recordando este argumento? Y, con un buen guión hasta el final, quizá hubiera sido una película interesante y tensa. Pero al final se convierte en cómo un supermacarra se convierte de la noche a la mañana en un superpolicía (vamos que deja el mundo de la noche, del alcohol y de las drogas en un abrir y cerrar de ojos). Y su novia portorriqueña (una Eva Mendes, sensual) no entiende la entrega de su novio a una familia de la que rehuía y ve como pierde al chico que amaba del mundo de la noche…, y no puede.
En fin, ya les digo que una pena. Porque empieza de tal manera que promete y mucho. Ahhh, se me olvidaba, me encanta la escena de una persecución de coches: en uno va un conductor de la policía, Phoenix y la Mendes; en el otro Robert Duvall, el padre policía, y en el de más allá, los malos malísimos, los narcos. Todo bajo una lluvia que todo lo tapa, todo lo borra, todo se lo lleva…
Y también hubiera sido bueno más profundidad en la relación de hermanos –la raíz está ahí…, pero- y ¿qué me dicen de los mafiosos rusos? Ese dulce abuelillo con sus nietos…, Ayyy, ¡¡¡Carlito Brigante!!! y compañía…, venid a rescatarme.
Michael Moore no le regaló la mejor interpretación de la historia…, el viejo Heston, con discurso fanático canta al fusil y avanza, al final, anciano y solo. ¿Confundido? Su discurso sin lógica no vence al Moore que no calla, que le sigue y señala, sin descanso. No fue una buena despedida. Al otro lado de la pantalla Heston era otra persona. Que regaló otros mundos. Mostró su torso desnudo y su cara de héroe griego. Impasible. Saltemos al otro lado de la pantalla blanca.
Ya no podremos pasar esos 55 días en Pekín, la ciudad se queda en sombras, y el mayor espectáculo del mundo, de pronto, se apaga. Los héroes se despiden: El Cid desmonta de su caballo, Moisés deja caer las tablas, Ben Hur baja de su cuadriga. Ya no ruge la marabunta. Las pasiones bajo la niebla terminan, no brillan. Ya no hay ni tormentos ni éxtasis. Los horizontes de grandeza se hunden en los páramos. Los terremotos pierden fuerza. Ya no hay ni príncipes ni mendigos. Y los despertares se quedan dormidos. El último hombre está perdido. Ni los tres mosqueteros encuentran rumbo o tesoro o malvado del que vengarse. Ya no queda sed de mal, sí lágrimas nostálgicas. El planeta de los simios no encuentra humano que recuerde el pasado, a la isla del tesoro no se llega sin brújula o guía… Charlton Heston ha muerto.
La familia Savages o cómo se enfrentan personas adultas a la vejez y a la muerte. O cómo dos hermanos, cual Hansel y Gretel –como bien explica la propia guionista y directora–, viajan a un mundo al que les cuesta enfrentarse. O cómo Wen y Jon, tremendamente humanos, tremendamente divertidos en sus vidas caóticas y perdidas, descubren que quizá puedan estar más cerca el uno del otro. O cómo un hombre con demencia, que no ha sido el mejor de los padres –mejor dicho ha sido violento y duro–, merece la compasión de los hijos a los que les puede más el terror por una muerte poco digna que el facilitarle un final en condiciones. Sin echarle nada en cara. Sin culparle de sus vidas rotas. Quizá en sus creaciones, en el arte, como dramaturga o como conferencia de teatro oscuro o absurdo.
Y Tamara Jenkins comparte una historia, con dosis de ternura, de cinismo, de risa y de drama sobre un tema del cual huimos. La vejez y la muerte. Que nuestros progenitores se vuelven ancianos y que en un momento dado les veremos morir. La muerte no es bienvenida. Con el complejo de Peter Pan tratamos de alejarnos más y más de algo que nos asusta y rechazamos. Hasta que se nos pone de frente. La directora engatusa desde el principio. Con esa canción infantil tradicional (maravillosa y cruel, preciosa, que también sonaba en esa maravilla que era Rojos) y esas abuelillas que salen entre arbustos ideales vestidas de majorettes, brincando y sonriendo.
Pero, lo que nos espera en La familia Savages es un recital interpretativo inolvidable de dos hermanos y un padre demente. Interpretaciones que llenan la película de momentos hermosos y sublimes. Ahí está esa mentirosa patológica que trata de crearse un mundo a su medida que sólo quiere crear y ser amada, que sólo quiere rodearse de un mundo bonito, una mujer vital que ama lo bello –por eso se esmera en embellecer la muerte de su padre, sin recordar o dejar que aflore el daño que la hizo– y que no deja nunca de luchar o de formar parte de los milagros de la vida (Sí, Wen, adorable, al final lo consigues). Que lleva una farmacia por bolso, que consume antidepresivos por doquier, que está liada con su vecino casado, que ama a los animales (ese perro y ese gato que son protagonistas de escenas tiernas con mucha, mucha esperanza)… Laura Linney se lanza emocionalmente sin tobogán para crear a un Wen, muy humana, demasiado humana.
O ese Jon, con los sentimientos atrofiados, que sufre por dentro, profesor universitario empapado del teatro del distanciamiento de Brecht. Que tiene miedo de querer o de que le quieran. Que no quiere más heridas porque no puede curar las del pasado. Que se aleja, en silencio, del compromiso aunque ame, aunque se arrepienta, que deja marchar a su amor. Que trata de enfrentarse a la vida, a la muerte, al dolor, a su hermana, a su amada sin sufrir daño alguno, ¡¡¡pero ay si sufre el pobre Jon!!!, su mismo rostro tierno es una lágrima. Y ahí está para amarlo y entenderlo el rostro de un magnífico Philip Symour Hoffman.
Y que me dicen de ese Lenny Savage (Philip Bosco, grande), el padre, que nunca fue el mejor de los padres, que maltrató y abandonó a unos niños a su suerte. Que ahora son unos adultos a su suerte. Un Lenny que de pronto se queda con demencia y con las patitas en la calle. Y los únicos que pueden ofrecerle una muerta digna son aquellos hijos a los que no supo tratar. Y, ahora, en su demencia y sus desvalidez a veces los mira tierno, como el padre que tuvo que ser, aunque aún les grita porque él mismo está asustado de su suerte. Y ahora ve la belleza de una lámpara de lava que le pone su hija. O se emociona ante unas escenas de cine mudo al borde del sonoro o cine clásico (casualidades de las que hablábamos en otro post ahí está una escena de película de Dassin con Richard Widmark, Noche en la ciudad) y obedece con cara de que no comprende las órdenes de unos y de otros, sólo a veces lanza un grito, o sólo a veces se apaga el aparato para oír porque no le gusta que sus hijos se griten o verles infelices –en parte por obra suya aunque no llegue a ser consciente tiene el instinto triste–. Se le van encogiendo los dedos, se le va escapando el aire…, pero sus hijos le regalan unos últimos días en compañía. Porque nadie se merece una muerte perra. Por muy perro malo que haya sido en vida.
Y no sigo porque todo está lleno de escenas buenas, no, buenísimas, por unos personajes tocados con varita mágica. Cómo no reír o casi llorar con esas conversaciones magistrales entre dos hermanos que como Hansel y Gretel tratan de encontrar su camino, saltando obstáculos, acercándose un poco… ahhh, la película es fría y distante, como el teatro de Brecht, pero Dios, cómo sientes.
A veces un personaje se hace dueño de una película. Y la prostituta enamorada con el nombre de Ginny con los enormes ojos claros de una dulce y joven Shirley MacLaine hace lo propio con Como un torrente.
“Pero tienes que recordar que soy humana” o “Te quiero pero no te comprendo” son sólo alguna de las frases que hacen de esta golfa vulgar un personaje entrañable. Y la llamo golfa porque es el calificativo más dulce que la dedica otro de los personajes de oro –en una escena que partiría el corazón a cualquier mujer con el corazón de Ginny–, el jugador alcohólico con su gorro de vaquero siempre en la cabeza, Bama (cuando Dean Martin empezaba a demostrar que era algo más que un cantante vividor y cómico). Después nos queda el cínico veterano de guerra, con espíritu de escritor, desencantado antes de tiempo con cara de Sinatra (sí, también demostraba que no sólo era la voz sino también actor dramático).
Tres personajes maravillosos y trágicos que deambulan en una pequeña localidad de provincias rodeada de apariencias, hipocresías, doble moral y cotilleos. Una localidad irrespirable. La ciudad natal del escritor desencantado que encuentra lo que esperaba, una familia egoísta y falsa –excepto su sobrina–. Estos tres personajes son los únicos transparentes, los que no pierden nada, las ovejas negras que se muestran tal y como son, sin caretas. Sobre todo Ginny, que en su vulgaridad posee una alegría de vivir y una dulzura, una transparencia, que más quisiera cualquiera de las mujeres del lugar. Desde la profesora estirada, fría como el hielo, que se convierte en el amor imposible del escritor desencantado como la secretaria, que no vive como quisiera, en el despacho de su jefe –el hermano egoísta e hipócrita del escritor, con el rostro del siempre estupendo Arthur Kennedy (ningún actor mejor que él para encarna a personaje desagradable, sí, lo siento me parece buen profesional pero con una cara que no me gusta nada).
Y es que Minnelli al igual que rey de la comedia musical, también entendía como nadie el lenguaje del melodrama. Y a mí esa prostituta, casi analfabeta, me rompe el corazón cada vez que aparece y deseo con toda mi alma que el cínico escritor deje a la estirada y estúpida profesora de literatura y se lance a los brazos de la dulce Ginny. Sólo lo hace al final, por no quedarse solo, porque descubre que nadie le amará igual…, lo hace al final cuando es demasiado tarde.
De nuevo, un melodrama nos ofrece una escena final brillante y emocionante. Una Ginny feliz, casada de blanco, deseosa de llevar a su amado escritor desencantado a un bar para que sus compañeras vean que se ha convertido en mujer honesta y casada, con reputación (no sabe ella toda la reputación y humanidad que tiene). Una feria de localidad pequeña llena de atracciones, de gente, de alegría, un momento chispeante y vital que oculta el momento más dramático e inesperado. Ni Bama puede evitarlo (a pesar de que ha insultado vilmente a la fulanita que le hacía de reír, y de haber retirado la palabra a su amigo. Sólo es una fachada. Él tiene también corazón sincero aunque a veces equivocado y simple). Ahí vemos a una Ginny feliz con las cosas que más quiere, un bolsito en forma de perro de peluche, un cojín hortera que le regaló el escritor en una noche de borrachera, y al hombre que ama. Pero no tiene ni una oportunidad para ser feliz.
Esta historia es una adaptación cinematográfica de una novela de James Jones (reconocido por obras que hablan sobre el absurdo de la guerra y que también han sido llevadas al cine como De aquí a la eternidad o La delgada línea roja). Además de un reparto de lujo (viendo como algunos miembros del Rat Pack, la MacLaine incluida, tienen un talento innato para el drama) cuenta con la música de un Leonard Bernstein y con la dirección elegante y siempre sabia de un Vicente Minnelli, cazador de colores y de escenas maravillosas que rebosan arte y emoción. Un pequeño pero…¡¡¡nadie puede creerse que Frank Sinatra quiera pasar el resto de su vida junto a una estirada y aburrida Martha Hyer (hablo de su personaje, claro está) y no corra desde el principio al lado de la vital, dulce y divertida Ginny!!! Él sólo la dedica palabras bonitas, a la dulce golfa, cuando está borracho…, cuando empieza a hacerlo ebrio ya es demasiado tarde.