Galanes olvidados

A veces hay rostros masculinos que se te quedan grabados por alguna película o actuación. Son galanes olvidados. Tuvieron su momento de gloria o sus papeles estelares pero cuando oímos sus nombres quizá no se recuerda el rostro. Existen varios ejemplos.

Me viene a la cabeza John Gavin. Moreno y apuesto que alcanzó su lugar en el Olimpo en los melodramas de Douglas Sirk y algún papel memorable más. Luego abandonó las pantallas y se dedicó a otros menesteres (la televisión o cargo político como embajador en México —uno de sus amigos fue el actor que llegó a presidente republicano, Ronald Reagan—). Ahí está como joven sensible en Tiempo de amar, tiempo de morir o como comparsa sufrido de una Lana Turner que quiere ser estrella en Imitación a la vida. Estuvo más erótico y sensual que nunca como novio de una Janet Leigh que pronto desaparecería en la ducha en Psicosis. Y también pudimos verle en Espartaco o como galán en la aburrida Escándalo en la corte a mayor gloria descafeinada de Sofia Loren.

A otro que le tengo gran cariño pero caído en olvido es Farley Granger, nunca perdió esa cara de niño apuesto. Me emociona ya en esa película de un Hollywood que se vistió de rojo e Internacional en La estrella del norte. Granger era un adolescente ruso que se convertía en héroe junto a los demás miembros de su familia. Después el maestro del suspense le da papel de joven asustadizo, sensible e intelectual pero que se deja arrastrar por compañero oscuro para cometer vil asesinato en la inquietante La soga. También, inolvidable y tierno, como uno de los perdedores que tan bien reflejaba Ray en sus películas en esa joya primera de su carrera que se llama Los amantes de la noche. El maestro del suspense vuelve a contar con él para otra pesadilla que se llama Extraños en un tren y bello como era consiguió que Visconti contara con él en Senso.

Otros me dejaron huella con un sólo papel, aunque han hecho más interpretaciones o después trabajaron en televisión. A Dean Stockwell me bastó verle en la tremenda Larga jornada hacia la noche. Ahí ya cuenta con mi recuerdo. Otro que aunque siempre presentaba su cara más oscura resultaba atractivo, no es otro que Laurence Harvey. Basta recordarle en Un lugar en la cumbre, Una mujer marcada o El mensajero del miedo. Yo, sin embargo, estoy deseando poder verle en Soy una cámara que fue una versión de la obra autobiográfica de Christopher Isherwood que se rodó en Gran Bretaña en el año 1955 (la primera Sally Bowles fue otra actriz olvidada, Julie Harris, cuyo papel más recordado es el de Abra en Al este del edén) que quedaría inmortalizada para siempre en el musical Cabaret.

Y como siempre la lista puede continuar…

El intercambio

Una de las cosas que más me gustó ayer al ser espectadora de El intercambio fue su banda sonora. Me atrapó. Y cual es mi sorpresa al descubrir que el compositor es ni más ni menos que su director, Clint Eastwood. Una faceta que yo no había tenido en cuenta para mi vergüenza y eso que también ha realizado la música de Los puentes de Madison. 

Eastwood merece un estudio profundo de su obra como actor, guionista, director, músico y productor. Es de los pocos que pueden decir que llevan en la industria cinematográfica sin parar un solo instante desde que fue descubierto allá en los años cincuenta. Y ahora casi con ochenta años sigue deleitando con buen cine clásico. 

El intercambio cuenta con todos los ingredientes de una narración cinematográfica clásica. Una estrella protagonista, Angelina Jolie, unos secundarios de lujo, una ambientación de los años veinte fabulosa y una buena historia. 

Eastwood toma una noticia de los años 20 y la pone en bandeja para plantear cuestiones humanas como en Million Dollar Baby o Mystic River. Esta vez toma una dramática historia —una realidad que recrea— que en tiempos hubiera protagonizado en tremendo melodrama una Bette Davis o una Joan Crawford y nos cuenta la historia de una heroína que se enfrenta al sistema. Una historia de corrupciones y terror donde se delimitan perfectamente los buenos y malos. Donde se delimita lo justo e injusto. Donde vuelve a presentar las tremendas consecuencias de una tragedia infantil, del daño a los más pequeños. Jolie se enfrenta a un departamento de policía incapaz de reconocer un error, a un sistema psiquiátrico no muy preocupado por el bienestar de sus enfermos o por la mejoría de las distintas enfermedades mentales. Pero la protagonista también recibe diversas ayudas y apoyos. Eastwood sabe de la importancia de los personajes secundarios bien construidos. Y aquí los mima. Cada actor secundario tiene su momento robacámaras. 

Sólo pondría un pero a este melodramático film perfectamente rodado (construido) y con las dosis de emoción muy bien dosificadas…, y es que aquí, a la presente, le pareció que rodaba demasiados finales. El guión no presenta un clímax final claro sino por los menos tres finales…

Revolutionary Road

Frank y April Wheeler, triste, triste, triste…

Tan triste como Marta y George y su quién teme a Virginia Woolf.

Tan desolador como Maggie y Brick, allí en el tejado de zinc.

Tan solitario, como sólo el cielo lo sabe, una Cary Scott condenada frente a un televisor. Sin posibilidad de salir de un mundo en el que se encuentra atrapada.

Tan abrumador como unas horas con Laura Brown que trata de escapar angustiada de su vida gris. Y su niño del alma…, y el que espera. Desolador.

Tan terrorífico como las soledades y mentiras del matrimonio de Lejos del cielo de Todd Haynes.

Tan universal como la congoja que nos atrapa ante los sueños y la realidad vivida. Ante el sometimiento sutil de una vida impuesta. Al peso sobre los hombros de todo lo que se espera de nosotros…, y a la vuelta de la esquina, vida aburrida, gris, irremediablemente vacía…, sin haberla buscado. Sin quererla. Y lo más triste de todo al lado de una persona que quizá quieras y por eso duele más. Una persona a la que amas igual que odias, y los dos en un tobogán que cae y cae. Y los dos, rotos, solos. Y las palabras para dañar.

Pobre Frank, pobre April, triste, triste, triste…

Ellos son una tragedia.

Una tragedia reconocida por un montón de personas que nos rodean. Por nosotros mismos. Por eso la película duele. En lo más hondo.

¿Una vida acomodada?

¿Una vida adocenada?

Da seguridad, ¿y felicidad?

Un irremediable vacío.

Revolutionary Road es una película de terror. De terror real.

Triste, triste, triste…

Frank y April Wheeler no podían ser otros que Leonardo DiCaprio y Kate Wimslet. Y son tan jodidamente humanos que te rompen escena tras escena.

Una novela condenadamente hermosa…, pero que cada página abofetea.

Un autor descubierto, Richard Yates.

Unos años cincuenta que también son siglo XXI.

Infelicidad, soledad, sueños rotos…

A veces hacemos daño, y no queremos.

Para que luego digan que el entorno y las circunstancias no influyen.

Frank Wheeler avanza ante una legión de hombres con sombrero, traje y corbata. Todo bajo control. Correctamente ordenado. Normas estrictas. Y yo me río. Yo estoy fuera. Yo también llevo un traje, una corbata y un sombrero. Yo también sigo la corriente.

April Wheeler se amarga. Amo, no amo. Quiero una casa en las afueras. No la quiero. Me someto, no me somento. Trato de ser amable. Soy distinta. Especial. Espero algo. Quizá yo no he tenido oportunidad de ser actriz o no soy actriz. Eres el hombre que esperaba. No lo eres. He dado años de mi vida, he tenido hijos, he… No somos especiales, nos hundimos…

Y de pronto un sueño.

Y si mandamos todo a la mierda. Todo. Y nos vamos a París.Y si nos enfrentamos a nosotros mismos, y tomamos las riendas de nuestras vidas y hacemos lo que nos da la jodida gana.

Fran y April sonríen aunque pronto viene el vértigo.

Revolutionary Road muestra a un Sam Mendes que sigue contándonos buenas historias y sabe como contarlas.

El guionista Justin Haythe realiza una adaptación cinematográfica de quitarse el sombrero. Ya sabía él sobre el fondo de las parejas que muestran otra apariencia, ya nos diseccionó más dolor en La sombra de un secuestro.

Y el director de fotografía Roger Deakins, habitual de las películas de los Coen, radiografía el desencanto y los colores fríos como nadie. Nunca unos ojos azules (a veces al borde de la lágrima, impotentes, infelices…) como los de Frank o la mirada o esa sonrisa fugaz de April hubieran encontrado mejor cómplice.

Y ya sabemos que ahí detrás se encuentra un Newman para captar la música del desencanto y los sueños rotos acompañada de unas cuantas canciones de los cincuenta.

El libro me hizo vibrar, lo devoré, lo sufrí y me llenó. La película me ha provocado emociones, pegada en el asiento, y miraba, siempre al borde de la lágrima o con el corazón desbocado, lo jodidamente humanos, vuelvo a repetir, que son no sólo Frank y April… sino sus vecinos, sus compañeros de trabajo, sus amigos…, qué dolor.

Impresionante ese personaje, ese hombre que viene de un centro psiquiátrico, que es quien entiende mejor a los protagonista, quien delata su fracaso, quien les hace abrir los ojos…, quien les hace vivir y reaccionar. El espejo de sus sueños. El espejo de su caída.

Quizá ésa es la mayor valentía de los protagonistas y lo que realmente les diferencia de los demás. Sufren pero se atreven a sentir, a arriesgarse, a vivir…

Frank y April Wheeler, triste, triste, triste…

Pero jodidamente hermoso.

Apunten en una hoja, Richard Yates y Sam Mendes.

Quizá tienen una cita interesante.

House by the river (1950) de Fritz Lang

Entre medias de sus joyas de cine negro con Joan Bennett y las que vendrían de Gloria Grahame se encuentra esta desconocida película de Lang. Una historia llamativa de ambiente angustioso, película de época, con noche, agua y espejos. Llena de simbolismos.

Sólo imaginar un final más fuerte del que tiene (si cabe) hace que se desinfle un poco la magia y negrura de sus imágenes. El pesimismo de Lang sigue presente con toda su fuerza. Así como la construcción de personajes que te hace razonar y cuestionarte distintos asuntos.No necesita actores conocidos, porque cuenta con un ambiente que envuelve toda la película. Esa noche, ese río que arrastra bultos que no se sabe muy bien qué son. Esa casa de luces y sombras. Esos personajes de ciudad pequeña, a veces, opresores. Esa historia de amor subterránea. Ese escritor fracasado y demente. Lascivo.

La película ya merece la pena tan sólo por sus diez primeros minutos de metraje, donde Lang con una elegancia inusitada describe a un personaje oscuro y un asesinato vil e inesperado.

Los personajes, por actores poco conocidos, tienen fuerza. El escritor fracasado ávido de fama, lascivo y perverso (en los años cincuenta recibe castigo, quizá en los ochenta o noventa hubiera sido más terrorífico). El sentimiento de culpa pero también sus ganas de publicidad y éxito son un cóctel explosivo de maquinaciones oscuras que afectan a los seres que más pueden quererle. Su dulce esposa, que se sabe compañera de un ser al que no conoce y atraída por el hermano de su marido que tiene una cojera física y afectiva. La vecina cotilla, siempre atenta, pero a la vez siempre con posibilidades de ser testigo. La sirvienta chismosa, celosa, vengativa y que llega a creerse dueña y señora de la persona a la durante años ha dado servicio.

Lang presenta una historia cuidada, y como no me canso de decir con un ambiente que envuelve y una fotografía que atrapa. La banda sonora también acompaña a esta casa al lado del río que aguarda pesadillas. Su pesimismo siempre nos aguarda…

Con las sombras de la casa al lado del río…, vuelvo a darme cuenta de que Lang es grande entre los grandes.

Viva la libertad (À nous la liberté, 1931) de René Clair

Hay películas que suenan más por una anécdota que las ha hecho inmortales que realmente porque tenga una buena distribución o se tenga la oportunidad de revisitarla de vez en cuando.  Y esto ocurre con esta película francesa de 1931 que todavía cabalga fresca entre el cine mudo y el sonoro. Todo aquel que haya leído algo de esa joya que se llama Tiempos modernos (1936) y repase el anecdotario de Charles Chaplin sin duda alguna se encuentra con el nombre de Viva la libertad y de René Clair.

Y son cosas del cine, que también es industria, y también en sus arterias hay personas que piensan más en hacer dinero mucho dinero que en hacer arte. Y ocurrió que cuando el genio creo Tiempos modernos, la productora alemana que apoyó en su día a Viva la libertad y que en esos momentos estaba en manos nazis metió en un juicio largo y duradero a Chaplin culpándole de plagiador. Unos diez años duró el litigio. René Clair no quiso saber nada del asunto, es más se puso al lado de Chaplin, y expresó que para él era un honor si su película verdaderamente había inspirado en algo al genio.

Así muchos amantes del cine conocemos Tiempos modernos, la hemos visto una y otra vez y también es cierto que su distribuición ha sido mejor. Y sin embargo Viva la libertad la conocemos por la anecdota. Ahora, he tenido la oportunidad de visionarla…, y disfrutarla.

Viva la libertad es una película alegre, dinámica, tierna, pícara, anárquica, libre, espontánea…, que funde el lenguaje del cine mudo siguiendo la tradición del cine cómico y el vodevil y además ya emplea el sonido incorporando sobre todo una banda sonora y unas canciones que hacen sonreír.

El maravilloso valor de Viva la libertad es que tras la sonrisa, la gamberrada y lo políticamente incorrecto, se esconde una agradable visión de la vida que apuesta por la libertad, la amistad, las cosas sencillas y la alegría de vivir y deja por los suelos a la clase media o burguesía, la deshumanización de la era industrial, la hipocresía de las buenas formas o instituciones como el matrimonio y expresa que el poder, el éxito y el dinero no tienen que ir unidos necesariamente a la felicidad del hombre…

Viva la libertad se deja ver con una sonrisa y fluye de manera espontánea esa amistad entre dos presos que planean una huida. Y esa huida es fallida para uno de ellos. El que huye prospera y el que sufre condena nunca pierde su libertad y por donde se mueve, causa el caos de la vida, de lo espontáneo, de lo bello…, no se rige por las inflexibles leyes de la era industrial, de la empresa capitalista salvaje que trata a los trabajadores como máquinas. Ambos vuelven a encontrarse, y su complicidad sigue intacta. Su humanidad, su forma de ser, sus virtudes y sus defectos, su diferencia. Es lo que les hace libres y porque no, felices. Ya lo dice continuamente una canción que acompaña a los protagonistas desde la cárcel hasta la fábrica o hasta más allá de su liberación…

¿Y veo plagio? No. Veo a dos cineastas que en un momento dado hablan de un mismo tema pero ambos lo expresan a su manera. La era industrial, las deshumanización en las cadenas de montaje, la importancia de la libertad, el personaje que trae el caos y desestabiliza, la amistad… y como los personajes terminan de espaldas recorriendo un largo camino que no sabe donde les llevará…

Viva la libertad o una película gamberra y anárquica que sabe que la amistad puede ser fuente de momentos felices…

Sabías que… (sobre los profesionales de El abrazo de la muerte)

Sabías que Tony Curtis aparece apenas un minuto bailando con Ivonne de Carlo en una sensual escena de El abrazo de la muerte (1949) de Robert Siodmak.

Sabías que Ivonne de Carlo vivió otra época dorada en la televisión de los años sesenta siendo miembro importante (ni más ni menos que la mamá Lily) de la divertida La familia Monster.

Sabías que Dan Duryea debutó en el cine con La loba (1941) en el papel que le había hecho famoso en los escenarios de Broadway. Y que después fue uno de los actores fetiches del gran Fritz Lang.

Sabías que Burt Lancaster ya encandiló a la platea en otra joya del cine negro de Robert Siodmak, Forajidos (1946), donde la mujer fatal era ni más ni menos que Ava Gadner. Y que ambos fueron un descubrimiento y jóvenes promesas del cine.

Sabías que el guionista Daniel Fuchs escribiría un año más tarde la historia entre thriller y cine de catástrofes de un gran Elia Kazan, Pánico en las calles.

Sabías que el director de fotografía Franz Planer trabajó en cinco películas en que la máxima protagonista era Audrey Hepburn (Vacaciones en Roma, Historia de una monja, Los que no perdonan, Desayuno con diamantes y La calumnia).

Sabías que el compositor Miklós Rózsa también realizó la banda sonora de varias obras maestras del cine negro como Forajidos o Perdición y que durante toda su carrera ganó tres oscars por Ben-Hur, Doble vida y Recuerda.

Sabías que este gran director de cine negro que es Siodmak también tiene en su carrera una de las películas kitsch y de evasión que protagonizó María Montez, La reina cobra.

Diccionario cinematográfico (87)

Ojo: entre el ojo cortado por una cuchilla en perro andaluz al anciano hombre que fabrica ojos para replicantes al que no le llega la salvación de un blade runner. 

Me debato entre no olvidar jamás los ojos azules de un Paul Newman que siempre fue buscavidas de sonrisa pícara o los ojos violetas de una Liz Taylor que es gata en tejado de zinc. 

Me sorprendo ante la lágrima que cae de la Marquesa de Merteuil incapaz de frenar amistades peligrosas o la lágrima mágica que se desliza de la mejilla feliz del vagabundo reconocido por una violetera ahora con vista. Son ojos de miradas distintas. 

¿En quién confío en unos ojos vivos y verdes que expresan cada sentimiento en una Scarlett O’Hara que jura que jamás volverá a pasar hambre o en esos ojos saltones con personalidad propia que lo mismo sirven para mujer pérfida entre las pérfidas que para una Margot Channing que avisa que hay que abrocharse los cinturones porque esta noche va a haber tormenta? 

Prefiero la mirada de un Salvaje motero que no me dice nada pero termina sonriéndome. Esa mirada es la única que conoce para pedir perdón. Prefiero la mirada de ese boxeador de ojos hinchados que me suplica que no sabe cómo ayudarme, porque ha vivido demasiado tiempo en la ley del silencio. Prefiero esas miradas que la de un loco con los ojos abierto en par en par siempre amaestrado en salvaje naranja mecánica. Esos ojos azules de pestañas pintadas y sin un ápice de algo parecido a humanidad. 

No nos olvidemos nunca de las pestañas enormes, el lunar al lado de ojo vivo y vivaz que canta en las noches de Cabaret y siente, ríe o conoce el dolor. Son los ojos de Sally Bowles que nos hablan de la vida en cada mirada. 

Lloro cuando cierran los ojos en érase una vez en esa américa de los años 20 a un niño que jugaba a ser gangster. El niño se resbaló…, o los ojos azules y ambiciosos de una niña que baila Amapola y se sabe mirada, sabe que enamora…, sabe mirar fijamente y recitar el cantar de los cantares. O los enormes ojos azules de ese niño de la depresión que tiene que guardar un pastel enorme…, y no puede, y lo mira una y otra vez hasta que no puede evitar empezar a probarlo y no parar. Sergio Leone sabía de ojos y miradas. 

Miles de ojos y miradas se debaten en miles de fotogramas y se niegan a ser olvidados. 

¿Alguien me regala la mirada tierna de un niño en cinema paradiso o las miradas enamoradas de Ilsa, Rick y Victor en una Casablanca lejana? También me vale alguna mirada pícara que me haga reír. La mirada cómplice.

René Clair, un regalo para mí misma y otras sorpresas

En breve os cuento pero me apetecía hacerme un regalo a mí misma. Y de pronto entras en una tienda y ves una oferta, un pack sorpresa, y dices ahí voy. Así que os contaré sobre tres películas del gran René Clair y una de Marcel Carné. Cuatro obras reunidas para disfrutarlas yo en soledad o en compañía. Que nunca se sabe.

Ya mis ojos quieren pasar por las historias de Viva la libertad, 14 de julio y Puerta de lilas de René Clair. O quiere penetrar en el mundo del Hotel Norte de Marcel Carné. A estos dos directores franceses tengo aún tiempo de descubrirlos poco a poco. He leído algo pero poco he podido ver de su obra. Del primero conozco un poco de su etapa americana (es el que realizó la primera deliciosa versión de Me casé con un bruja), al segundo le debo momentos mágicos y hermosos viendo más de una vez Los niños del paraíso.

Pronto haré detallado informe de lo que disfrute mi mirada.

También, he tenido dos regalos deseados. La versión en dvd de una de mis comedias favoritas, El bazar de las sorpresas de Lubitsch, que aunque no es versión especial ni na de na por lo menos me ofrece la oportunidad de tenerla en versión original. Y es que el corazón se pone tierno con los personajes entrañables de una pequeña tienda.

Por último, encantada de la vida con seguir indagando en la carrera de uno de mis directores imprescindibles, Fritz Lang. Su larga carrera tanto alemana como americana me llena de imágenes inolvidables. Y me siento tan feliz al saber que aún me queda obra por descubrir…, esta vez se trata de un film inédito, que nunca he visto, House by the river. Ya os contaré.

De momento sigo con ritmo frenético estas navidades pero siempre con cine y con momentos de felicidad…, recordad ya se decía en la novela y en la película Las horas, no desees alcanzar la felicidad sino aprovecha y logra vivir y disfrutar de momentos felices.

Por un 2009 de cine

Queridos cinéfilos:

Por un 2009 de cine.

Porque seguiremos riendo y llorando ante la pantalla.

Porque descubriremos nuevos mundos y culturas.

Porque disfrutaremos de nuevos rostros y querremos a los de siempre.

Porque nos enamoraremos, enfadaremos, cantaremos, reiremos… en la sala de cine y en la vida misma.

Porque no perderemos la capacidad de conocer nuevas historias o la capacidad de emocionarnos.

Porque cuidaremos día a día nuestra pasión por el cine, un motivo para ver un nuevo día con alegría.

Porque nunca perderemos la capacidad de desear, de vivir momentos felices, de intentar quedarnos con lo mejor que la vida ofrece…

Porque en el 2009, el cine seguirá ahí, y un montón de nuevas historias nos esperan…

Empecemos un año de película…, de comedia a ser posible con gotas de romanticismo e idealismo.

Australia

Esperaba mucho más de Australia. Como he dicho en otras ocasiones el barroquismo de Baz Luhrmann me entusiasmó en Romeo y Julieta o en ese cuento maravilloso que es Moulin Rouge. Pero en Australia de nada vale. 

Luhrmann sigue con sus exageraciones y sus eclécticas puestas en escena. Con sus escenografías inventadas y sus mundos propios. Con sus homenajes continuos a otras historias u otras películas. Pero el género épico se le fue. No llega. 

Uno de los grandes errores de Australia es que no se sustenta en un buen guión. El contador de relatos donde la fantasía y la magia lo llena todo, contó con Shakespeare y no le falló en Romeo y Julieta. En Moulin Rouge mezcló la magia de la dama de las camelias, el amor bohemio y una serie de canciones que no podían dar otro resultado que esa extraña joya en bruto…, pero Australia no ha dado la emoción y el fruto redondo de grandes películas épicas a lo Scarlata O’Hara, las minas del rey salomón o incluso a lo Memorias de África. La mezcla de géneros no ha resultado. Y ni siquiera el maravilloso homenaje a El mago de Oz logra dar continuidad a una película entretenida pero olvidable. 

Ha mezclado tantos personajes, épicas y situaciones que el espectador no sabe a qué atender, ¿a la historia del ganado, a los amores de los protagonistas, a la generación robada, a la segunda guerra mundial, al choque de civilizaciones…? Por otra parte el tono no llega a encontrarlo, los personajes de Nicole y Hugh pasan por distintos estados: son vistos por los ojos del niño mestizo como personajes de cuento lejano, los vemos también como caricaturas de las películas épicas o de pronto se convierten en personajes románticos y dramáticos…, ¿cómo son?¿con quiénes nos quedamos? Tampoco atrae en exceso el malo malísimo y la trama familiar o el conflicto de las reses que además queda algo confusa. 

Y creo que es porque no logra encontrar el punto de vista. ¿Es una historia que cuenta el niño mestizo y que forma parte de la cultura oral de su pueblo?¿Es una caricatura?¿O es un romance épico de amor más fuerte que todos los obstáculos? 

Los personajes principales, la aristócrata Nicole Kidman (Dios mío, que necesidad tenía de destrozarse la cara siendo bella entre las bellas, qué se ha hecho) y el vaquero Hugh Jackman (sí, lo reconozco la película me entretuvo bastante gracias a su presencia. Esa ducha exagerada con cubo de agua y cuerpo supersónico te deja KO) podían haber tenido mucha más química y sus escenas de amor más inolvidables. Pero su historia y enamoramiento está contada a trompicones. Al igual que la amistad de Hugh con su hermano nativo, no llega a emocionar. O la relación del niño mestizo tanto con Nicole y Hugh como con su abuelo nativo, el rey Jorge… No las sientes. No están bien construidas. Stuart Beattie y Baz Luhrmann que firman la historia quizá no se la crean del todo y eso es lo que transmiten. O bien no la tenían muy clara y así ha quedado…, podía haber sido un buen ejercicio pero… 

Sin embargo, a su favor, he de decir que entretiene. Cuenta con buenas escenas (que me recordaban a ese Luhrmann con el que disfruto y al que defiendo) y a pesar de su larga duración no sueltas un bostezo. Sin embargo, es de ese cine de usar y tirar, lo ves, lo disfrutas mientras lo estás viendo y después tranquilamente lo olvidas, sin problema alguno. 

A pesar de no haberme llenado del todo, espero próximo estreno de Baz Luhrmann…, seguiré esperando algo de emoción y barroquismo.