Revolutionary Road

Frank y April Wheeler, triste, triste, triste…

Tan triste como Marta y George y su quién teme a Virginia Woolf.

Tan desolador como Maggie y Brick, allí en el tejado de zinc.

Tan solitario, como sólo el cielo lo sabe, una Cary Scott condenada frente a un televisor. Sin posibilidad de salir de un mundo en el que se encuentra atrapada.

Tan abrumador como unas horas con Laura Brown que trata de escapar angustiada de su vida gris. Y su niño del alma…, y el que espera. Desolador.

Tan terrorífico como las soledades y mentiras del matrimonio de Lejos del cielo de Todd Haynes.

Tan universal como la congoja que nos atrapa ante los sueños y la realidad vivida. Ante el sometimiento sutil de una vida impuesta. Al peso sobre los hombros de todo lo que se espera de nosotros…, y a la vuelta de la esquina, vida aburrida, gris, irremediablemente vacía…, sin haberla buscado. Sin quererla. Y lo más triste de todo al lado de una persona que quizá quieras y por eso duele más. Una persona a la que amas igual que odias, y los dos en un tobogán que cae y cae. Y los dos, rotos, solos. Y las palabras para dañar.

Pobre Frank, pobre April, triste, triste, triste…

Ellos son una tragedia.

Una tragedia reconocida por un montón de personas que nos rodean. Por nosotros mismos. Por eso la película duele. En lo más hondo.

¿Una vida acomodada?

¿Una vida adocenada?

Da seguridad, ¿y felicidad?

Un irremediable vacío.

Revolutionary Road es una película de terror. De terror real.

Triste, triste, triste…

Frank y April Wheeler no podían ser otros que Leonardo DiCaprio y Kate Wimslet. Y son tan jodidamente humanos que te rompen escena tras escena.

Una novela condenadamente hermosa…, pero que cada página abofetea.

Un autor descubierto, Richard Yates.

Unos años cincuenta que también son siglo XXI.

Infelicidad, soledad, sueños rotos…

A veces hacemos daño, y no queremos.

Para que luego digan que el entorno y las circunstancias no influyen.

Frank Wheeler avanza ante una legión de hombres con sombrero, traje y corbata. Todo bajo control. Correctamente ordenado. Normas estrictas. Y yo me río. Yo estoy fuera. Yo también llevo un traje, una corbata y un sombrero. Yo también sigo la corriente.

April Wheeler se amarga. Amo, no amo. Quiero una casa en las afueras. No la quiero. Me someto, no me somento. Trato de ser amable. Soy distinta. Especial. Espero algo. Quizá yo no he tenido oportunidad de ser actriz o no soy actriz. Eres el hombre que esperaba. No lo eres. He dado años de mi vida, he tenido hijos, he… No somos especiales, nos hundimos…

Y de pronto un sueño.

Y si mandamos todo a la mierda. Todo. Y nos vamos a París.Y si nos enfrentamos a nosotros mismos, y tomamos las riendas de nuestras vidas y hacemos lo que nos da la jodida gana.

Fran y April sonríen aunque pronto viene el vértigo.

Revolutionary Road muestra a un Sam Mendes que sigue contándonos buenas historias y sabe como contarlas.

El guionista Justin Haythe realiza una adaptación cinematográfica de quitarse el sombrero. Ya sabía él sobre el fondo de las parejas que muestran otra apariencia, ya nos diseccionó más dolor en La sombra de un secuestro.

Y el director de fotografía Roger Deakins, habitual de las películas de los Coen, radiografía el desencanto y los colores fríos como nadie. Nunca unos ojos azules (a veces al borde de la lágrima, impotentes, infelices…) como los de Frank o la mirada o esa sonrisa fugaz de April hubieran encontrado mejor cómplice.

Y ya sabemos que ahí detrás se encuentra un Newman para captar la música del desencanto y los sueños rotos acompañada de unas cuantas canciones de los cincuenta.

El libro me hizo vibrar, lo devoré, lo sufrí y me llenó. La película me ha provocado emociones, pegada en el asiento, y miraba, siempre al borde de la lágrima o con el corazón desbocado, lo jodidamente humanos, vuelvo a repetir, que son no sólo Frank y April… sino sus vecinos, sus compañeros de trabajo, sus amigos…, qué dolor.

Impresionante ese personaje, ese hombre que viene de un centro psiquiátrico, que es quien entiende mejor a los protagonista, quien delata su fracaso, quien les hace abrir los ojos…, quien les hace vivir y reaccionar. El espejo de sus sueños. El espejo de su caída.

Quizá ésa es la mayor valentía de los protagonistas y lo que realmente les diferencia de los demás. Sufren pero se atreven a sentir, a arriesgarse, a vivir…

Frank y April Wheeler, triste, triste, triste…

Pero jodidamente hermoso.

Apunten en una hoja, Richard Yates y Sam Mendes.

Quizá tienen una cita interesante.

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