Pequeño poema cinematográfico con toques inconscientes

Abro los ojos

Secuencia

Guiño

Pantalla de cine gigante

Un hombre y una mujer se besan

Se encienden las luces

Se corre el telón

Descanso

Me tumbo en mi butaca

Lloro

Se encienden las luces

Se abre el telón

Pantalla gigante

Río

Un hombre y una mujer siguen besándose

Miro mi butaca de al lado

Vacía

Vuelvo a la pantalla

Y él me mira, sólo a mí

Y me dice palabras bonitas

Y me susurra al oído

Yo me lo creo

Me lo creo

Salgo de la sala de cine oscura

La vida continúa

En la esquina, un hombre y una mujer se besan

Nadie me dice nada

Me voy a mi casa

Sola

Rebeldes (The outsiders, 1983) de Francis Ford Coppola

A finales de los años sesenta, una joven escritora S. E. Hinton publicó una novela sobre amistad, jóvenes, pandillas… entre sus páginas había tragedia y drama pero expresaba los sentimientos, miedos y dudas de adolescentes cuyas situaciones económicas y familiares les hacían estar más en el margen e imbuidos en un ambiente de violencia del que les parecía casi imposible salir. Esa primera novela fue Rebeldes (1967). Ocho años más tarde lanzó La ley de la calle y sus protagonistas seguían siendo adolescentes en ambientes conflictivos. La amistad, las pandillas y la salida a la violencia seguían siendo las señas de identidad. Son dos novelas juveniles que siguen embaucando a nuevas generaciones.

En los años ochenta, Francis Ford Coppola era un director de prestigio con éxito, oscars pero también protagonista de sonoros fracasos cinematográficos que prácticamente le llevan a la ruina (Corazonada). Y en un mismo año se lanza a la adaptación de estas dos novelas de culto entre un público joven. Nace primero Rebeldes y poco después La ley de la calle (que ya he comentado alguna vez). Y las dos son puro cine, de jóvenes rebeldes y nostalgias con unas gotas de tragedia, poesía y belleza.

Coppola reunió a un grupo de jóvenes actores —muchos de ellos hoy prácticamente olvidados pero que en su momento fueron un auténtico boom que se fue deshinchando. Los llamaron los Brat Pack (atajo de mocosos), nómina que fue creciendo en otras películas del momento de corte similar— con carisma que se convirtieron en los sensibles y tristes personajes de las novelas de Hinton.

La historia es muy simple, y otras veces vista en pantalla. Un barrio. Dos pandillas. Los grasientos y los dandis. Unos con muchos problemas económicos y sociales, otros niños de papá o pijos. Un hecho hace que por un lado crezca la violencia, que por otro se vea la inutilidad de esa violencia y por último haya tragedia y víctimas. Los protagonistas de la función son Los grasientos, y en particular, tres de ellos. Amigos y colegas. Ponyboy, Johnny y Dallas. Y la película, breve y poética, irá desgranando el destino de cada uno de ellos. Triste, triste, triste.

Ponyboy es un muchacho huérfano que vive con sus dos hermanos mayores y que tiene una sensibilidad a flor de piel. Le gusta leer y escribir. Le gusta pensar y entender. Trata de sobrevivir en un mundo violento. Se debate entre golpear, superar el rechazo que siente cada día o emprender oportunidades que de alguna manera sabe que se le escapan.

Johnny es un chico de barrio marginal que ya está cansado del enfrentamiento y de la violencia. Que vive cada día con el miedo en el rostro. Que tiene ganas de salir del barrio y conseguir una vida mejor donde no existan las diferencias, las pandillas, los golpes, un sitio donde vivir en paz y no sufrir además las peleas diarias de sus padres…

Y, por último, el mayor de los tres, Dallas, y el que se siente más golpeado. Es el chico duro de la función. Le han puteado. Y ahora tiene una filosofía clara: no ayudes a los demás, ayúdate a ti mismo. Ha estado en un reformatorio, y sabe que ha vuelto peor que como entró. Tiene el corazón herido, con rabia, y va contra toda la sociedad. Lo único que le calma son sus amigos.

Los tres tienen los rostros de dos jóvenes que se quedaron en promesas y un tercero que sigue una carrera (que de vez en cuando da una que otra sorpresa): C. Thomas Howell (totalmente en el olvido), Ralph Macchio (después de Karate Kid…nadie supo) y Matt Dillon (que tiene su trilogía de oro con esta película, La ley de la calle y Drugstore cowboy).

El reparto contaba con otros jóvenes promesas que eran los otros grasientos. Los hermanos de Ponyboy con cara de Patrick Swayze y Rob Lowe y los otros colegas que no eran otros que Emilio Estévez y Tom Cruise. El papel de joven dama entre los dos grupos y nexo de unión fue una jovencísima Diane Lane (que también tuvo su papel en La ley de la calle).

Con una bonita canción de Stevie Wonder como banda sonora, un bello poema sobre el amanecer, la presencia de una novela épica como Lo que el viento se llevó, Coppola pasea a sus protagonistas por una triste historia de pandillas y violencia donde sólo quedan víctimas y el entendimiento de Ponyboy, el narrador de la historia, de que hay algo más allá del barrio, las pandillas, las peleas, la miseria y los golpes.

Coppola trata a sus personajes con gran cariño y trata de que los tres amigos cometan un acto heroico que cambiará el rumbo de sus vidas. El entorno, la violencia y la mala suerte no dejará descanso a tres chicos que todo el mundo ve como conflictivos pero que todos los espectadores vemos como jóvenes, tan sólo niños con reveses.

Y justo cuando Johnny recupera las ganas de vivir y tal vez se ve capaz de hacer otras cosas. Se siente joven y con mucho por delante cierra los ojos… Y el más duro de los duros, Dallas, se siente más roto todavía y como niño perdido pierde la cabeza y hace tonterías. Él no se da cuenta de que la vida merece más la pena de lo que parece y tampoco le dejan. Sólo es un niño pero unas cuantas balas le dejan en una calle, tirado y bien muerto. Sólo queda un Ponyboy que deja la juventud a un lado… y coge su pluma. Sus amigos no caerán en olvido.

Diccionario cinematográfico (95)

Jóvenes rebeldes: el chico de la moto mira los peces de colores encerrados en una pecera. Él los quiere libres. A la vuelta de la esquina, con su moto y trofeo, un joven salvaje vestido de cuero y con gorra, sonríe de una manera inolvidable a la camarera de la barra de un viejo bar. Por ahí, corren los niños ricos con sus coches, carreras suicidas, porque se aburren, porque son rebeldes sin causa. El joven de la cazadora roja quiere encontrar algo de sentido a una vida que se le presenta mediocre. Y juega con la niña rebelde y más bonita del instituto en una piscina vacía. Juegan a que se enamoran, se quieren y protegen. Mientras el amigo al que todos marginan, menos ellos, duerme plácido, quizá por fin le haya tocado un momento de felicidad.

El lágrima en su mundo absurdo y feo es feliz… hasta que fija su mirada en la niña rubia y popular del instituto. ¿Será capaz de que ella se acerque a sus amigos, padres y demás pandilla de marginales y deje su mundo de princesita? El lágrima, siempre peina su tupe, lleva su cazadora de cuero negra, y un tatuaje que da nombre a su mote. Los Sharks y los jets son las pandillas dueñas de un barrio que luchan por unos metros calles y esquinas, por un local o por otro, por alcanzar sus sueños… dentro de un barrio donde es complicado encontrar salidas. Ellos son rebeldes, tienen encuentros con los policías… pero los más rebeldes serán dos jóvenes, uno de cada pandilla, que se enamoran locamente, perdidamente, hasta el final, Tony y María. No les importan códigos y fronteras.

En un barrio londinense, años 80, un joven paquistaní y un joven hooligan marginal y violento… recuperan su vieja amistad. Se unen para montar un negocio, una lavandería, y se aman contra todo pronóstico, tirando muros y prejuicios. Muy alejada de historia, surgen otros rebeldes de un colegio de elite, de niños de padres con posibles que sueñan grandes carreras y futuros para sus hijos. Son niños con la vida ya hecha para ser abogados, jueces, médicos, empresarios… pero dejan que entre un poco de poesía en sus vidas con el nuevo profesor de literatura. Uno de ellos, uno de los jóvenes, lleva al extremo la máxima de Carpe Diem. Es rebelde sensible con ganas de mucho arte en su vida. De pronto se caen sus sueños y es consciente de que es condenado para siempre a una vida gris que jamás le dará la felicidad. Y toma resolución drástica. Nunca conseguirá la vida que quiere.

Yo creo en ti (Call Northside 777, 1948) de Henry Hathaway

Yo creo en ti es de esas películas que no tienen la popularidad de otras pero que cuando se rescatan del viejo baúl te atrapan con fuerza porque tiene varios asuntos a su favor. Sé que hablo siempre demasiado del olvido pero eso es lo que ocurre con su realizador Henry Hathaway (El beso de la muerte o Niágara) que, sin embargo, realiza aquí una labor cuidada de dirección que permite además convertir la película en un buenísimo retrato sociológico.

Es de esas películas que están basadas en un hecho real… y te atrapa de principio a fin con aires de realidad cercanas al documental. El argumento ya es fascinante: en un importante periódico el redactor jefe se fija en un anuncio en el que se recompensa con una alta cantidad de dinero a quien investigue y descubra a los asesinos de un agente de policía asesinado hace once años. Lo curioso es que ya hay dos personas encerradas en la cárcel por dicho crimen. El redactor jefe manda a su reportero a que busque qué y quién hay destrás del anuncio.

El reportero es escéptico. Se toma la historia como un encargo de su jefe, sin darle mayor importancia. Ni implicarse lo más mínimo. Los culpables ya están cumpliendo cadena perpetua. Pero ¿quién ha puesto el anuncio? El periodista descubre a una mujer mayor que se dedica a limpiar escaleras. Es la madre de uno de los presos que lleva trabajando toda la vida pero desde que apresaron a su hijo hace once años, mucho más. Ella va ahorrando moneda a moneda para poder recibir ayuda porque cree en la inocencia del hijo y en que fue injustamente encarcelado.

El periodista va evolucionando a lo largo de la película: primero, totalmente escéptico. Escribe sin corazón, de encargo. Pone las tintas en esa mujer que lleva años limpiando escaleras para sacar de la cárcel a su hijo. Pero no cree en la inocencia del hijo. Después, cuando su redactor jefe pide que siga ahondando en la historia continúa de manera escéptica y explota el interés humano de la noticia. Sin embargo, poco a poco, según va escuchando a distintas personas y va conociendo más al recluso… y sobre todo va investigando más (apoyado por su jefe), se va interesando por la historia y finalmente se implica totalmente en demostrar a toda costa la inocencia del presidiario. Aunque este largo camino no lo tiene nada fácil, sortea mil y un obtáculos sobre todo cuando descubre error judicial y alguna que otra mala actuación del cuerpo policial.

El rostro del periodista escéptico y crítico, que cree que un hombre que ha matado a un policía debe estar en la cárcel y cumplir cadena perpetua, pero que finalmente se implica en el caso cuando ve cosas contradictorias y luchará hasta al final para averiguar la verdad o por lo menos ya que eso lo tiene muy difícil, demostrar la inocencia de una persona que lleva once años encerrado injustamente, es de James Stewart. Que, cómo no, da la talla de profesional serio en busca de la verdad y en proceso continuo de transformación. Su jefe es el siempre eficaz Lee J. Cobb (quizá su personaje no está en exceso desarrollado) y el preso, otro olvidado, Richard Conte (habitual en el cine negro y en el de espionaje).

El estilo de la película es seco y directo. Buen blanco y negro. Tiene algunas fallas de guión pero todo queda perdonado cuando se ve esa narración vital y realista que nos hace ver cómo era en los años cuarenta el trabajo de un periodista, los métodos de investigación, los medios de las redacciones…, y descubres que detrás del hilo que tira el periodista (y que no puede llegar a tirar más) hay un montón de asuntos de la policía, de la justicia, de altos cargos…

Vemos al principo el Chicago de los 30, de la ley seca, y nos empapamos del Chicago de los 40. De los barrios marginales, de los muchachos con mala suerte. De los métodos de fotografía. Del funcionamiento de los medios de prensa escrita. De las fallas y aciertos de la democracia. De métodos de investigación modernos como la famosa máquina de la verdad o polígrafo…

Vamos una joya de documentación histórica, una buena narración que atrapa y entretiene y varios intérpretes que hacen de Yo creo en ti una película que merece la pena ver por lo menos una vez en la vida.

Noticias sobre libros y cine

Hoy no he tenido mucho tiempo para mi querido blog.

Sólo os adelanto algunas cuestiones de esta sección a la que adoro.

Estoy volviendo a leer, con entusiasmo, Ana Karenina, y quiero encontrarme de nuevo con la Ana de Greta Garbo y Clarence Brown. Os contaré pronto.

Por otra parte, prácticamente he finalizado un libro que me ha parecido curioso e interesante sobre las relaciones de la Industria cinematográfica de Hollywood con el Pentágono y viceversa. Sobre cómo a veces se han alterado guiones o diferentes aspectos de una producción para lograr el permiso del Pentágono para que éste prestara o facilitara ciertas localizaciones u otros objetos necesarios para llevar a cabo una película bélica (uniformes, aviones, armas…, y que los presupuestos de las producciones no se dispararan). Sobre cómo Pentágono ve en el cine un instrumento para fomentar una imagen determinada del ejército o para conseguir que sea instrumento de propaganda y reclutamiento. Hablamos de otro camino para estudiar la censura, esta vez la que establece el ejército sobre ciertas producciones (también hay que decir que hay productores, directores y guionistas que entran en el juego -para sacar adelante su película- y otros tantos profesionales que no pero que ven difícil llevar a cabo sus proyectos o ven un aumento considerable de los presupuestos). El libro se llama Operación Hollywood. La censura del Pentágono de David Robb (Editorial Océano, 2006).

Y mañana recibiré en mis manos un libro que me apetece muchísimo: Dalí y el cine, su relación va mucho más allá a la contribución que casi todo el mundo Recuerda. Un sueño que viaja por el inconsciente que el maestro del suspense puso a disposición del pintor surrealista con una Ingrid Bergman como musa. Pronto os escribiré sobre él. No tengáis duda alguna.

Besos llenos de letras.

Curiosidades sobre fotografía y cine

Si me sigue alguien por el ciberespacio, sabrá que me interesa la fotografía.

Ahí van dos curiosos apuntes sobre fotografía y cine.

En Madrid, Fundación Telefónica ha realizado una enorme exposición sobre Weegee. ¡¡¡Maravillosa!!! Así recuerdo una película que se llamaba El ojo público (1992) que estaba inspirada en este fotógrafo.

El fotógrafo que se metió en la otra cara de New York. En la de los más desfavorecidos. En la de los barrios deprimidos. En la de los delitos y asesinatos. Pero también fotógrafo de contrastes que paseó su cámara por la ópera u otros espectáculos muy diferentes como el circo o una sala de cine. Su cámara captó rostros anónimos pero también a una Marilyn Monroe en un elefante.

También, hace bien poco, por otros asuntos, estuve leyendo información sobre Las uvas de la ira de John Ford. Película que merece la pena verla una vez en la vida y si se puede más. Película sobre una crisis económica feroz, la de la Depresión. Y la odisea de la familia Joad. Pues bien nuestro Ford y otros trabajadores de la película se empaparon de información y documentación. Ya tenían una buena base que era la novela de Steinbeck pero quisieron indagar más allá. No sólo realizaron labor periodística y visitaron y hablaron con muchas personas afectadas. Sino que quisieron conseguir en la película un ambiente y aire similar a las fotografías de grandes autores que plasmaron en imágenes la tremenda situación económica y social. ¡¡¡Y vaya si lo consiguieron!!!

Lejos de la tierra quemada / A ciegas

Las películas del guionista mexicano (y ahora director) Guillermo Arriaga y del director brasileño Fernando Meirelles son muy distintas pero ambas han dejado una semejante sensación en mí como espectadora. 

Tanto A ciegas como Lejos de la tierra quemada tienen una serie de virtudes (que por momentos piensas que vas a atisbar algo grande) pero también otra serie de defectos que para mí finalmente vencen para no ser las películas que esperaba. 

Y me explico, con las dos salí absolutamente fría del cine. Ninguna me emocionó y no fui capaz de acercarme a ninguno de los protagonistas, ni simpatizar con ellos. 

Las dos películas son dolorosas y duras pero tal es el hincapié en el dolor y en la dureza, en el drama, que al final surge la frialdad más absoluta que quita toda emoción a las historias (más fría la de Arriaga si empezamos una competición en hielo). El distanciamiento aquí con los personajes no ayuda, no se produce catarsis alguna. A ambas películas les falta alma o ese punto que las haría especiales. 

Guillermo Arriaga demuestra que sabe de guiones y estructuras. Ya lo demostró en sus trabajos en solitario y en su trilogía junto al director Alejandro González Iñárritu. Al igual que se muestra como director que domina técnica, que tiene mirada sensible. Logra junto a su director de fotografía Robert Elswit (fue el mismo que logró momentos inolvidables en Pozos de ambición) imágenes de gran belleza e impacto pero, ya dije antes, sin alma. El dolor y sufrimiento que fluía y emocionaba en la trilogía con Iñárritu (Amores perros, 21 gramos y Babel) aquí lo sentí distante, seco y frío. Sin poder creerlo, sin poder acercarme a él. 

Fernando Meirelles que adapta a su mirada cinematográfica otra novela (y que es experto en dejarnos su huella en esas adaptaciones, ya lo hizo con Ciudad de Dios y con El jardinero fiel), toma la novela de Saramago y vuelve a imprimir su peculiar visión…, pero se queda en el camino. En sus otras producciones me perdía en su alma y nervio. Aquí me falta…, a pesar de la cantidad de aciertos. También realiza junto a su director de fotografía habitual, César Charlone, secuencias maestras y recursos muy bien empleados. ¿Pero dónde se quedó la emoción, el alma y el nervio? 

Reconozco que también me influyó que hacía apenas unos meses me había leído por primera vez Ensayo sobre la ceguera y había sentido mil y una sensaciones. Me sentí atrapada ante la fuerza dramática de la novela, ante todas las preguntas que me planteaba y todos los momentos para mí sensacionales (eché de menos más reflejo de la solidaridad entre las mujeres y un mayor desarrollo de la historia entre la joven de gafas oscuras y el hombre anciano con parche en el ojo) que se desarrollaban en cada una de las páginas. Y aunque reconozco también que Fernando Meirelles logra atrapar algunos de estos momentos y transmitir los momentos de angustia… al final me ganó la frialdad de algunos momentos, la belleza de otros y no poder disfrutar un todo, una obra total. El guión de Don McKeller no está mal construido y capta la esencia de la novela… pero…, no sé. No me inquieta. 

Las dos películas contaban con actrices femeninas protagonistas como uno de sus puntos fuertes. En Lejos de la tierra quemada, las protagonistas son Charlize Theron, que a mí personalmente no me llega a entusiasmar, pero que se está construyendo una carrera en la que elige de manera inteligente sus proyectos. Quizá está demasiado preocupada en demostrar que es gran actriz dramática y eso me parece que no la relaja en sus interpretaciones y que cada vez tienen menos frescura. Quizá no estaría mal que nos deleitara con una comedia, un musical, o una comedia romántica, un género alejado de lo que habitualmente está realizando. La otra es una Kim Basinger correcta pero que no llega a creerse su papel de actriz. Ahora, como mujer bella con mirada triste y perdida no la gana nadie. En A ciegas nos da recital una de las grandes, Julianne Moore y a mí personalmente no me decepciona. Por otra parte en ambas, jóvenes actrices logran buenos papeles y buenas interpretaciones, en la de Arriaga la joven Jennifer Lawrence y la niña Tessa Ia y en la de Meirelles, la joven de gafas oscuras, Alice Braga. 

Lástima que de las dos no salí con los ojos llenos de celuloide. Vi en ambas imágenes bellas, películas impecables en la técnica, pero apenas sentí. Quizá tanto dolor en pantalla, que otras veces me conmueve y revuelve, aquí me dejó una sensación de frialdad y distancia.

Amores con un extraño (Love with the proper stranger, 1963) de Robert Mulligan

Hay películas lindas que caen en el olvido y, sin embargo, una vez rescatadas siguen siendo lindas. Y eso es lo que ocurre con Amores con un extraño. No es una gran película ni una obra de arte pero es sencilla y tierna. Cuenta con una banda sonora preciosa (claro, ahí está Elmer Bernstein), con una pareja de actores llena de química y glamour, con un guión correcto y una bonita fotografía.

La película trata de seguir el pulso de una historia de todos los días. Los ambientes y los momentos son reales y frescos. Y te dejas llevar por el encanto de una estupenda Natalie Wood y, por supuesto, de toda la personalidad de un Steve Mcqueen.

Como es el reflejo de la vida misma, la película pasa de la risa al drama, del drama a la risa. Nos refleja las relaciones personales entre padres e hijos, entre hermanos, entre parejas del pasado y parejas del presente. Hay mucho detalle en las situaciones y mucho cariño por los personajes. Algo a lo que ya nos tenía acostumbrado su director Robert Mulligan que reflejó como nadie el mundo de la infancia en esa joya que se titula Matar a un ruiseñor.

La historia es tierna. Muy tierna. Una muchacha de origen italiano de familia católica, tiene un desliz una noche con un atractivo músico. Una aventura de una sola noche. Ambos, obviamente, no vuelven a verse. Pero un día la chica localiza al músico sólo para informarle de que se ha quedado embarazada y que no quiere molestarle sólo si puede ayudarla a buscar un médico para poder abortar.

A partir de ahí el muchacho irresponsable y bohemio que va dando tumbos por la vida… se siente responsable de la situación de la chica. Y ahí va empezando una tranquila y linda historia de amor. De unión de soledades. Según vas viendo la historia esbozas sonrisas y alguna lágrima.

Y una pregunta queda en el aire: ¿cómo nadie volvió a apostar por juntar a Natalie Wood y Steve Mcqueen?

Me gustaría lanzar una opinión: Wood tenía un encanto físico e interpretativo único. Aparece ella y la pantalla se ilumina. Una cualidad que tienen pocas actrices (por ejemplo, Audrey Hepburn o en los años noventa una joven Winona Ryder —sigo sin entender su exclusión de las pantallas cinematográficas—). Quizá a esta actriz lo que la falló fue su intuición a la hora de elegir ciertos papeles o películas.

En esta sencilla historia amor, ambos actores nos dejan un bello recuerdo. Con una melancólica fotografía en blanco y negro y una bella melodía…,vemos nacer un sentimiento antiguo pero siempre vital.

Un momento inolvidable… con una puerta que se abre o se cierra

John Wayne sale de nuevo al salvaje oeste, solitario, dejando abierta una puerta de un hogar que nunca será el suyo (Centauros del desierto).

Al Pacino, Carlito, totalmente asediado por el deseo hacia su Gale, la chica de sus sueños… rompe la puerta, salvaje, para quererla dulcemente (Atrapado por su pasado).

Brando, Terry, boxeador asustado porque su chica no le quiera o le juzgue… arrampla también con una puerta para poder abrazar a su mujer amada y rubia y calmarla con un beso profundo. Para que después ella le calme (La ley del silencio).

El escritor loco con un hacha en mansión aislada, poseido, rompe a hachazos la puerta del baño donde su aterrorizada mujer con cuchillo en mano trata de escapar de la pesadilla (El resplandor).

Todo el horror de la guerra en joven con problemas de salud mental por secuelas del horror de Vietnam. En hospital de veteranos a la vista de todos se encierra en habitación con puerta con cristal… compañeros que nada pueden hacer ven como el joven, desesperado, se quita la vida con inyección de aire. Una puerta que no se abre a tiempo (El regreso).

Una puerta entreabierta, el profesor Keating recoge sus pertenencias, un alumno le mira. Un alumno tímido que de pronto, con coraje, se sube a una mesa y trata de mostrar al profesor despedido lo que ha significado. Poco a poco otros van siguiendo su ejemplo. Keating avanza por la clase, se da la vuelta, sonríe y da las gracias… y se marcha por otra puerta. Pero ha dejado una huella (El club de los poetas muertos).

Diccionario cinematográfico (94)

Actores (II): ayer me quedé pensando en esta profesión. Una profesión hermosa que permite manejar las emociones, los sentimientos, los gestos… Una profesión que cuenta con varias herramientas fundamentales: la memoria, el propio cuerpo, la voz, la inteligencia intelectual y emocional, el instinto, el subsconciente… Debe ser sensación mágica tanto en escenario de teatro, como en pantalla de cine e incluso de televisión el convertirse en otra persona, en personaje con alma y cabeza. Debe ser mágico transmutarse en otro y darse cuenta de que a través del cuerpo, las miradas, la voz… transmites al espectador. 

De pronto el espectador se convierte en esa persona que se mete de lleno en tu interpretación y siente un abanico de sensaciones emocionantes. Quizá alguna vez el actor siente cómo el espectador está tan metido en la película u obra que, de pronto, se de cuenta que las herramientas con las que cuenta están sirviendo para la creación de un personaje y para transmitir mil y una sensaciones, reflexiones… 

Debe ser un alivio, una alegría, y un suspirar por el trabajo bien realizado cuando el actor se enfrenta a un personaje…, y lo entiende. Y se empapa. Y lo interpreta. Y se transmuta. Y se convierte en otro. Ufff, qué trabajo. Qué emocionante trabajo. Lleno también de recovecos y pánicos… ¿y si no me transformo?¿Y si no transmito? ¿Y si no entiendo? 

Técnica, trabajo, creatividad…, y a veces, gracias, momentos mágicos. Son otros. Y los espectadores somos testigos privilegiados.