Momento inolvidable: última escena de All that jazz (1979)

Nota: Si no has visto Empieza el espectáculo (All that jazz) de Bob Fosse no leas este momento inolvidable.

Bye, bye my life… Good bye.

Joe Gideon se muere.

Una operación a corazón abierto.

Y la emoción que siento ante la despedida que se monta nunca se apaga.

Lloro de alegría y pena.

Un éxito.

Focos, luces, voces, bailarinas, cantantes, músicos… un escenario brutal… y público. Un público entregado.

Mientras se despide a voz en grito con coreografía espectacular…de los que le amaron y de aquellos que no le quisieron  tanto.

Bye, bye life

Y te entra alegría por todos los buenos momentos que pueden vivirse.

A pesar de los errores cometidos.

A pesar de los defectos, que todos tenemos varios.

A pesar del daño que te puedan hacer y el que puedas tú causar.

Y pena porque todo acaba.

Joe Gideon (un Roy Scheider espectacular… alias un Bob Fosse genial) no para de crear y por crear, crea hasta su propia muerte con un número musical a lo grande, con todas las libertades.

Y se despide de todos, bye, bye… y por una cinta blanca va hacia la muerte que no podía ser más que una mujer bella, de sonrisa amplia (Jessica Lange). Y él se acerca sonriendo.

El espectáculo de su vida ha terminado.

Corte a una bolsa que encierra un cadáver, el cadáver de Joe Gideon… y de fondo una canción, lejana, de las de siempre que recuerda que el espectáculo debe continuar…

Brutal

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Pandora y el holandés errante (Pandora and the Flying Dutchman, 1950) de Albert Lewin

Érase una vez una mujer y un hombre que aparecieron muertos, flotando en el mar, atrapados en las redes de unos pescadores de la costa española. Estos pescadores los llevan hasta la orilla, hasta la localidad de Esperanza (dícese Tossa de Mar que nunca pensó que iba a recibir mayor reclamo turístico que esta producción cinematográfica con una estrella del calibre de Ava Gadner que disfrutó la vida y la noche española, que entró en el juego de flirtear con el torero Mario Cabré —pero él no se enteró de que sólo era un juego y se lo tomó algo más enserio— y que vivió uno de sus momentos tormentosos con Frank Sinatra que enterado en Hollywood de las correrías de su amada no dudó en hacerle una visita-tormenta). Allí recibe la noticia de su muerte un estudioso de culturas antiguas que se relacionó con ambos cadáveres en vida…, y él se convierte en el narrador de una historia de amor más allá de la muerte, de la vida, del realismo y surrealismo…

Ellos, los amantes muertos, son parece ser: Pandora, una cantante venida a menos norteamericana que está en esos momentos viviendo en Esperanza junto a otro grupo de extranjeros. Viven la belle epoque a la española… corre el año 1930, periodo de entreguerras y todavía lejana la guerra civil, queda tan sólo un año para la proclamación de la Segunda República Española. Pandora va de fiesta en fiesta mostrando su hastío y su incapacidad de amar, es una mujer fatal sin quererlo, sólo busca el hombre al que pueda amar locamente, amor fou. Mientras va dejando en el camino un reguero de hombres con corazones rotos capaces de matarse por lograr una mirada de la diosa del amor…, de una Pandora con su caja abierta que rompe en pedazos a toreros, pilotos de carreras, intelectuales… Y él es un holandes que ha arribado la costa en su barco solitario. Sólo le sabemos exquisito, educado, elegante y… atormentado.

Porque Pandora y el holandés errante es un producto extraño pero rico en muchísimos aspectos, no sólo extracinematográficos, sino la propia obra en sí, interesante y misteriosa, película demasiado exquisita incluso en el momento del estreno y hoy pulula casi en el universo de película de culto. Pandora fue obra de un hombre con una carrera cinematográfica enterrada y desconocida, Albert Lewin, que desde luego a pesar de ejercer como ejecutivo de la Metro, su cine estuvo muy alejado de circuitos comerciales. Sus películas se pueden considerar ejercicios intelectuales y cultos donde Lewin vomitaba sus conocimientos y reflexiones. Sus obras mejor distribuidas y por tanto más conocidas son El retrato de Dorian Gray y Pandora y el holandés errante.

Pandora tiene múltiples referencias a la cultura griega, a los dioses, centrándose en Pandora, primera mujer-eva creada por orden de Zeus, la de la caja de los horrores y la une con una leyenda del siglo xvii como la del holandés errante, ese hombre condenado, como Sísifo, al castigo divino de la eternidad a bordo de un barco fantasma. Pandora también tiene aire de leyenda antigua, de cuento romántico, de historia novelada sobre amor fou con ingredientes surrealistas, Pandora es una historia mediterránea con una España de fondo con sus noches de tablao flamenco, de voces desgarradas, de gitanas agoreras que leen destinos tristes, de toreros bravos, machos ibéricos al margen de la ley y bravos muy bravos, de fiestas a la orilla del mar, con músicos de un jazz que llega… Y de toda esta mezcla nace un melodrama romántico que pivota (y es su logro) entre el amor más extremo y las pasiones desatadas, el ambiente más camp sin llegar a rozar, siempre al extremo, el ridículo desaforado.

Así todo está envuelto en una especie de ambiente onírico y extraño, lejano, con una rica fotografía y unas imágenes fuertes, de colores contrastados, y noches de luna llena, donde subyace la belleza de una Ava Gadner hermosa que cimentaba así su leyenda de mujer deseada pero nunca alcanzada (de una belleza clásica comparada a una hermosa escultura o pintura estática) que disfruta de la vida al máximo y arrastra el fatalismo, y un James Mason como hombre atormentado y romántico que busca un amor verdadero, una mujer capaz de morir por amor para acabar con su viaje interminable y alcanzar la paz y la muerte.

Además el propio rodaje de la película es ya leyenda donde un Mario Cabré con inglés macarrónico (que por qué no aporta cierto realismo no así sus pocas dotes para la interpretación) se convirtió en anfitrión de la estrella. Así Lewin pudo rodar una corrida de toros que gozaba de la admiración de una Ava Gadner que siempre gustó de noches flamencas y tardes de toros. Llama la atención esta exaltación del mundo taurino y todos los tópicos que los rodean en un sitio donde ahora es actualidad su lucha antitaurina —pero que es una lucha ya lejana—. Y Lewin junto a Jack Cardiff logran secuencias de inusitada belleza surrealista sobre todo esa fiesta playera donde los invitados se mezclan en la arena junto a figuras antiguas de un pasado clásico, donde los músicos tocan sus instrumentos tumbados en la arena o donde una chica exaltada de amor termina haciendo el pino.

Así Pandora y el holandés errante contiene una belleza extraña de un amor fou donde una bella Ava Gadner desnuda y envuelta en una vela surge del mar para servir de rendición a un holandés triste…

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La noche (La notte, 1961) de Michelangelo Antonioni

“… Éste era el pequeño milagro de un despertar, sentir por primera vez que tú me pertenecías, no sólo entonces, y que la noche se prolongaba para siempre a tu lado, en el calor de tu sangre, de tus pensamiento, de tu voluntad que se confundía con la mía. Por un momento he entendido cuánto te amaba, Lidia, y ha sido una sensación tan intensa que se me han llenado los ojos de lágrimas. Era porque pensaba que esto no debería terminar nunca, que toda mi vida debería ser como el despertar de hoy… Nada podría destruirlo sino la torpe indiferencia de una rutina que veo como la única amenaza».

Reconozco que Antonioni es un realizador que me cuesta visitarlo y analizarlo. Me he acercado a muy pocas de sus obras (remediaré este asunto) pero no he logrado atisbos de emoción. Una de sus películas más ‘populares’, Blow up a mí resulta muy antipática. Reconozco belleza formal y visual y una manera de rodar el hastío absolutamente real (tanto que hastía al propio espectador. Antonioni no es director fácil).

Así que para mí ha sido una pequeña sorpresa La noche. Y puedo reconocer que aquí Antonioni sí que me ha atrapado desde el primer momento. Forma parte de su más famosa trilogía de la incomunicación: La aventura, La noche, El eclipse… Y cuenta un día, desde la mañana hasta el amanecer del día siguiente, de un matrimonio de clase media alta. Pero no es un día cualquiera. Es el día en que empiezan visitando a un amigo con enfermedad incurable y la esposa se vuelve plenamente consciente, ante la cercanía de la muerte, de su insatisfacción diaria. Qué hace al lado de un esposo con el que ha caído en picado en la rutina, el aburrimiento y en la incomunicación más lacerante. Viven como muñecos, sin sentimiento alguno, que pasen los días, los meses y las horas, insatisfechos en todas las áreas, la privada y la pública.

Y al final de la jornada, en un amanecer, después de una fiesta burguesa donde los invitados pivotan entre la frivolidad, la lluvia y la superficie sin apenas rozarse en el plano emocional y de los sentimientos…, los esposos pasean. Y ella, por fin, realiza una confesión que la duele. Una confesión que denota que los dos están atrapados en la rutina y la costumbre. Una confesión que él no entiende ni acepta y finalmente arrastra a la esposa que ha tenido el atisbo de lucidez de decir con dolor: ya no te quiero. Y de continuar diciéndole y tú tampoco me quieres. Dímelo, liberémosnos. Así se produce el momento más hermoso cuando ella lee una carta maravillosa de amor que él no reconoce como suya…, cuando ambos se amaban. Y él vio el futuro, que ahora no recuerda, su amor sólo tenía una amenaza: “Nada podría destruirlo sino la torpe indiferencia de una rutina que veo como la única amenaza”.

Y en una jornada larga de visita al amigo que muere, de compromisos sociales, de paseos solitarios por la ciudad que engulle, encerrados en un hogar que asfixia, en un cabaret en el que ambos no confiesan su aburrimiento absoluto ante las contorsiones de una peculiar bailarina de streptease y el paso final a una mega fiesta de millonarios donde la joven hija del matrimonio anfitrión sera un punto catártico en la pareja (y que la dejarán como dice ella hecha un trapo)…, descubrirá a un pareja que andas juntos pero separados por una incomunicación y soledad imposible de batir.

El trío protagonista es atractivo y atrayente. Una enigmática y hermosa Jeanne Moureau, un siempre increíble (coño, cómo me gusta el tío, qué pedazo de intérprete) Marcelo Mastroianni y una bella hasta lo imposible Monica Vitti. Así Antonioni los hace pasear entre tiempos muertos, silencios, conversaciones intrascendentes para entender, a través de la arquitectura urbana, el espíritu de cada uno de ellos. Antonioni realiza planos-secuencia prodigiosos y escenas de una belleza formal increíble donde juegan las luces, las velas, la lluvia, las sombras, un suelo con cuadros blancos y negros, las espaldas, los rostros de sus personajes en primeros planos, las escaleras, lo urbano y la naturaleza (en un prado transcurre la última escena) todo envuelto en una música cálida y sensual que despierta los sentidos… hasta la triste confesión final.

Quizá La noche sea la primera película del cineasta italiano que haga que me acerque de otra manera a su obra y redescubrirlo. Y quizá también admirarle.

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Diccionario cinematográfico (129)

Sombrero: érase una vez un hombre o una mujer pegado a un sombrero. Una prenda de vestir indisoluble a ciertos personajes o actores. Según la RAE un sombrero es una prenda de vestir que sirve para cubrir la cabeza o una prenda de adorno usada por ¿las mujeres? para cubrirse la cabeza.

Y el séptimo arte nos ha regalado, no podía ser de otra manera, sombreros y tocados inolvidables.

¿Alguien se imagina a Fred Astaire sin su sombrero de copa?¿O a los personajes de cine negro de Humprey Bogart sin su sombrero?

¿Y cómo se cubre la cabeza Sally Bowles en su número mítico de sombrero y silla en Cabaret?

¿O los sombreros en pico de la bruja del Mago de Oz?

¿Alguien olvida la boina de Bonnie y el sombrero de Clyde?

¿Qué identifica a Indiana John sino su sombrero y su látigo?

Voy de cinta en cinta y no veo sombrero más elegante que los que luce Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes.

Mi Charlot no es el mismo sin su bombín.

A John Wayne me es imposible separarle de ese sombrero de cowboy que conservó película tras película del cual no se separaba.

En Cuatro bodas y un funeral me pruebo una a una las aparatosas pamelas de las invitadas.

¿Y esos tocados surrealistas a lo Carmen Miranda o las extravaganzas de una Mae West o un Marlene Dietrich —me quedo con su sombrero de copa en Marruecos—?

Y esas boinas que tan bien sentaban a Jean Gabin.

¿Alguien recuerda a Harpo y Chico Marx sin sus sombreros unidos para siempre a sus personajes?

Ah, Ninotchka, la bella rusa cambia sombrero sobrio o boina por un sombrero extravagante parisino. ¡Pierde la cabeza!

Hay otros tocados, sombreros y demás extravaganzas inseparables a los uniformes de ciertas películas… los sombrerillos de los botones de hoteles de lujo, ¿recuerdan a Jack Lemonn y Tony Curtis que entre sus multiples disfraces terminan con uno de esos sombrerillos?

Las gorras de los marineros y almirantes o los militares. Las gorras de los policias. Qué actor de cine bélico no ha llevado su gorra correspondiente al uniforme. Desde aviador a marinero. ¿Qué pasa con esos marineros que tienen tres días de permiso en Nueva York?

Las enfermeras también llevan su tocado. Ahí están esas enfermeras míticas como la de Alguien voló sobre el nido del cuco o las dulces heroínas de las distintas versiones de Adiós a las armas.

Hablando del cuco, qué me dicen del sombrero de lana que lucía en dicha película Jack Nicholson. Gorra de lana que también han llevado personajes míticos, quizá algún que otro montañero o leñador o cazador, ¿recuerdan?

Y no hace falta irse a mundos fantásticos, exóticos y orientales para encontrarnos mil y un turbantes… ¿recuerdan a Lana Turner con su turbante blanco en plan femme fatale?

Con los sombreros se juega y mucho. Así lo hacen Lena Olin y Daniel Day Lewis en La insoportable levedad del ser o Jean Serbeg y Jean Paul Belmondo en Al final de la escapada.

¿Dónde está mi sombrero?

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La isla interior de Dunia Ayaso y Félix Sabroso

“Vengo de una familia en la que cada miembro dañaba a los demás. Luego, arrepentido, se dañaba a sí mismo” (Carlos Fuentes).

Martín, Gracia y Coral. Tres hermanos.

Madre y Padre.

Padre está enfermo. Lleva años, aislado y dependiente con destellos de realidad. Le diagnosticaron esquizofrenia.

Madre cuida y controla. Inflexible. Ahí encuentra fuerza. Mueve como a las piezas del parchís a un marido y a tres hijos que tratan de romper los hilos invisibles.

Porque dañan.

Porque no pueden alejar los miedos.

Porque el pasado pesa.Porque la herencia genética pesa.

Todos guardan secretos. Todos saben lo que es tabú. Todos saben lo que duele. Todos se miran, se quieren…, pero no pueden franquear la barrera.

Todos habitan en una isla interior. No hay puentes ni barca con remos.

Quieren ayudarse pero el dolor y el miedo lo impide. Y así se van rompiendo día a día  en pequeños pedazos.

Son frágiles.

Muy frágiles.

Y conmueven.

Martín es todo ternura. Y es tal el dolor que le causa no poder tenerlo todo bajo control. Es tal el dolor que le causa no poder estallar… Es un hombre tímido, apocado, ordenado, que se refugia en la literatura y en los sueños. La salida está en París, en la historia de un hombre asfixiado que lucha por salir, en la invención de un sueño donde huye con una alumna que él ruega le tienda una mano.

Gracia es la soledad. Es la única que huye a Madrid y trata de tomar las riendas de su vida. Vive con el miedo de la enfermedad que ha heredado. Y en las crisis, se quiebra. Trata de llevar una vida normal y no puede. Su isla interior la encierra. Ella es la actriz de una serie del montón, Veterinarios, y pronto su vida de ficción ocupa su vida real. Es momento de crisis. Lucha por distinguir, por comunicarse en un mundo real, por no caer, por aferrarse a lo que más quiere…, pero son puertas cerradas.

Coral, la niña-mujer fuerte que sólo clama que la quieran con normalidad. La niña que clama en silencio que la quieran. Que busca afecto pero no sabe cómo encontrarlo. Que se rompe por dentro y siente que el dolor la destruye, que lucha porque ama pero su rebeldía y culpa la atan a un pasado callado y doloroso que la destroza. La niña-mujer que escupe y grita, que sueña que la ama un hombre casado también frágil y por eso cruel.

Y el padre dentro de su isla interior. Atrapado y consciente, en ráfagas de lucidez, del dolor que provoca, trata a su manera de acabar con el daño infligido.

Madre, que trata de tener todo bajo control, es la ilusión que ella misma se crea, sabe que no es así. Y a veces grita con desgarro.

Son muchas las escenas que desgarran. Pero hay una que destroza. En esa isla, real, en una playa. Dos hermanos se encuentran. Martín y Coral. Y Martín se derrumba y llora y habla de su miedo de perder el control. El miedo a la locura. Y Coral le exige que no llore, le duele ese derrumbe, y le explica que medio mundo trata de no perder el control, como él, y el otro medio ya lo ha perdido.

No falta tragicomedia. Porque así es la vida.

No falta una fotografía pausada, de colores que calman, un tempo tranquilo, imágenes que desgarran por la soledad y la exclusión que representan, como un cuadro de Hopper.

No faltan unos actores que interiorizan sus personajes y los hacen creíbles y humanos. Que desgarran con sus miedos y dolores. Grandes por sus matices nos conmueven los rostros de Celso Bugallo (Padre), Geraldine Chaplin (Madre), Alberto San Juan (Martín), Cristina Marcos (Gracia) y Coral (Candela Peña).

No falta una dirección cuidada en cada una de las secuencias, una sensibilidad en el detalle y un cariño patente hacia la plasmación de la historia por parte de Dunia Ayaso y Félix Sabroso.

Y ahora, por favor, cierra las cortinas.

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Gary Cooper

El hombre del rostro bello. Perfecto. Uno de los jóvenes y hombres maduros más hermosos y carismáticos. Un actor con presencia. Un rostro que representó al héroe americano ya en película del Oeste, bélica o de aventuras. Más versátil de lo que se piensa. Con sombras tras esa belleza porque no era un icono sino como todos un ser humano con virtudes y defectos. A pesar de su leyenda de hombre recto, virtuoso y americano —de los conservadores, conservadores—, no pudo nunca quitarse de encima ese erotismo por encima de sus personajes que, aunque se ocultó muy bien, escondía uno de los hombres más seductores de Hollywood que vivió relaciones tempestuosas con Clara Bow, Lupe Vélez o Patricia Neal. El naturalismo en su interpretación fue su sello. Naturalidad, siempre naturalidad.

Ya en el cine mudo hizo su aparición y se mostró en dos de los géneros que le harían favorito de generaciones de cinéfilos: el bélico y el western. En el bélico aún era un secundario que ya mostraba sus artes en ese monumento a la aviación del momento Alas y ya se convirtió en héroe mítico del Oeste con su reencarnación de El virginiano.

Pero también se explotó su erotismo brutal de hombre demasiado bello y así sigue destilando sensualidad y sexualidad en dos películas de los años treinta donde el caballero era un legionario o soldado con cara de chulo-ángel capaz de derretir a las damas. Imposible olvidarle en Marruecos o en la primera y mejor versión de Adiós a las armas.

Y fueron los años treinta los que le mostraron versátil. Encantador seductor en comedias de los más grandes, aventurero infatigable, héroe mítico y romántico, trabajando siempre con los grandes directores y tan sólo un sonado fracaso (Las aventuras de Marco Polo).

Así de la mano de Lubitsch se mostró divertido y encantador en la pícara Una mujer para dos o extremadamente divertido en La octava mujer de Barba Azul. Capra lo vio ideal para su héroe idealista en El secreto de vivir. Henry Hathaway y William A. Wellman le convirtieron en icono popular con las aventuras que vivían sus personajes en Tres lanceros bengalíes y Beau Geste. Y el héroe del Oeste nunca lo abandona ya sea en manos de Cecil B. DeMille (Bufalo Bill, La policía Montada de Canadá), H. C. Potter (El vaquero y la dama) o incluso William Wyler en uno de los primeros western con escenas intimistas y con calado psicológico (El forastero).

Los años cuarenta siguieron mostrándole con una inocencia que desarma en diversas comedias de Capra y Hawks y siendo el modelo ideal del héroe americano. Culmina la década con dos películas de la mano de la actriz Patricia Neal que además introdujo en su vida inmaculada —como querían los departamentos publicitarios de los estudios— una mancha de escándalo. Vivieron un apasionado romance pero Cooper que sólo se casó una vez cedió al catolicismo de su esposa y al suyo propio y no acudió a los tribulanes para divorciarse.

Cooper es maravilloso como el tímido profesor universitario enamorado de la cabaretera en Bola de fuego o entrañable como ese sin hogar que representa a todos los Juan Nadie en una comedia amarga sobre los peligros del fascismo. Son los años de propaganda americana de sus valores frente a la guerra y el nazismo y Cooper es el héroe que se convierte en El sargento York o en El orgullo de los yanquis. Fue incluso un miembro de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil Española en esa adaptación de novela de Hemingway Por quién doblan las campanas. Como aventurero popular está absolutamente delicioso en la entretenida epopeya de DeMille, Los inconquistables.

Sus películas con Neal fueron la controvertida versión de la novela de Ayn Rand, El manantial, película de King Vidor donde rezuma una sensualidad explícita y un melodrama olvidado de Curtiz, El rey del tabaco.

Durante la última etapa de su carrera durante los años cincuenta se refugió en los western pero fueron películas del Oeste inolvidables y algunas marcaron una evolución del género como Solo ante el peligro. Sin embargo, es imposible olvidar su participación en Tambores lejanos,  Veracruz, El hombre del Oeste o esa joya que es El árbol del ahorcado. Y siguió mostrando su arte como galán y comediante en la delicada Ariane de Billy Wilder. Son muchos los que dicen que el broche final de su carrera no fue lo que se merecía en Sombras de sospecha que rodó ya gravemente enfermo donde interpreta a un presunto asesino…, ¿éste es el final del héroe romántico, divertido y popular de los años 30 y 40? Un papel con sombras…

Me quedo con su rostro pícaro y chuleta… tremendamente hermoso, en Marruecos, divertido y aventurero en Los inconquistable o infinitamente tierno y humano en Juan Nadie. Gary Cooper que estás en los cielos, como decía Pilar Miró, tan natural y extremadamente bello que casi era irreal…

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Malditos bastardos (Inglorious Bastards, 2009) de Quentin Tarantino

Philip Roth hace seis años publicaba la novela La conjura contra América donde el autor presentaba una ficción histórica, una historia alternativa, sobre qué habría pasado si el aviador Charles Lindbergh se hubiera presentado a las elecciones y hubiese derrotado al presidente Roosevelt. De esta manera analizaba el antisemitismo latente en la vida estadounidense. Los protagonistas son una familia americana judía que es testigo de este ‘acontecimiento histórico’ y sus consecuencias en su vida diaria.

En el cine también se han creado juegos de una historia alternativa para levantar determinadas películas. Así Quentin Tarantino en Malditos bastardos no duda en presentar su particular ‘acontecimiento histórico cinematográfico’ que hubiera cambiado el rumbo de la historia y levanta un enorme mecano de referencias cinematográficas que envuelven las aventuras de estos bastardos junto a la historia de la judía Shosanna (Mélanie Laurent). Tarantino ofrece, además de cine bélico, de espionaje, de aventuras, del Oeste y de serie B, su continuo canto de amor al séptimo arte.

Así Malditos bastardos se convierte en un ejercicio de referencias y en un ejercicio visual de secuencias con fuerza donde el director muestra su virtuosismo en el uso y las posibilidades del lenguaje cinematográfico. Como es habitual en Tarantino pone en pie personajes que serán recordados y aunque no es una de sus historias más redondas en cuanto construcción de guión, sí es una obra cinematográfica que sugiere múltiples análisis.

Lo que sí muestra Tarantino es un análisis del uso del cine por parte de la Alemania nazi que a través de Joseph Goebbels, ministro de propaganda, tomó una importancia relevante como arma propagandística. A Goebbels y a Hitler les gustaba el cine y lo emplean como instrumento así tratan de construir un imperio cinematográfico con una productora potente y un equipo de directores, actores y guionistas al servicio de la ideología. Así en Malditos bastardos a partir de esta premisa se crea un argumento cinéfilo de interés. La escena culminante transcurre en un sala de cine en la Francia ocupada cuya dueña es una joven judía que ve en la oportunidad que se le ofrece de organizar en su sala un estreno de una película nazi donde acudirán todas las autoridades más importantes, la posibilidad de llevar a cabo una venganza.

También Tarantino muestra su interés por la industria cinematográfica alemana anterior a la subida del poder nazi y nombra en contadas ocasiones su admiración por el expresionismo alemán y los avances cinematográficos del cine alemán representados por la obra del director G. W. Pabst. Por otra parte, cuando vemos aparecer por primera vez a Shosanna en su cine y su primera conversación con el héroe de guerra Fredrick Zoller, ella está cambiando la programación donde elimina las letras de uno de sus estrenos, una de las famosas películas de montaña y alpinismo, un subgénero alemán, donde una de las actrices más famosas fue la posterior directora alemana afín a la causa, Leni Riefenstahl. También, en el estreno aparece como invitado uno de los grandes actores de la industria alemana que no dejó de hacer cine ni emigró a EEUU durante el periodo hitleriano, Emil Jannings (protagonista de películas fundamentales de la filmografía alemana como El último, Fausto o El ángel azul). Por otra parte, algunos de los personajes importantes de la trama están relacionados con el cine. Así la espía doble con rostro de Diane Kruger es una famosa y admirada actriz alemana y uno de los héroes de guerra que trata de llevar a cabo la Operación Kino en colaboración con los malditos bastardos, es un crítico de cine británico. La proyección final es una película propagandística alemana donde el propio héroe de guerra alemán Fredrick Zoller (Daniel Brülh) es el actor que representa su propia hazaña bélica en la pantalla.

En la escena de presentación del héroe de guerra británico, el crítico de cine, se habla de cómo los alemanes tratan de construir un imperio cinematográfico que sea una respuesta a la industria hollywoodiense donde los grandes productores son prácticamente todos judíos norteamericanos. Así realizan un juego donde comparan a Goebbels no con el productor Mayer sino con David O’Selnick.

La historia paralela a la de Shosanna, que será ayudada en su plan por su amor: un proyeccionista negro (Jacky Ido), y su cine es la andadura de los malditos bastardos un grupo de norteamericanos judíos al mando de Aldo el Apache (Brad Pitt) que se dedican a matar de manera brutal a alemanes nazis y que terminan también —mediante la Operación Kino— en el estreno de cine nazi en la Francia ocupada.

De esta manera, Tarantino crea a mi gusto tres secuencias de gran fuerza visual. La primera secuencia donde narra la muerte de la familia de Shosanna, la escena que transcurre en la taberna y la última escena en la sala de cine. En esta primera secuencia Tarantino emplea su cinefilia para crear una escena llena de referencias a las películas del Oeste americano (a John Ford) y también su amor por el spaghetti western. Así además a lo largo de la película los malditos bastardos son presentados como cazafortunas y fuera de la ley (hasta cortan cabelleras) o clásicos personajes del cine bélico, como una especie de siete magníficos, siete samuráis, grupo salvaje o doce del patíbulo…

En la escena de la taberna donde mantiene en todo momento la tensión y la adrenalina, a través del juego con los soldados alemanes y posteriormente con el alto mando de las SS, Tarantino además crea continúas referencias cinéfilas realizando su particular homenaje a King Kong en una escena tensa y con buen ritmo cinematográfico creando una atmósfera agobiante y llena de suspense. Y la última escena narrada con múltiples detalles desde la cuidada recreación de una especial y bonita sala de cine con su cabina de proyección, su hall, sus imágenes tras la pantalla cinematográfica, su homenaje a las películas de nitrato peligrosamente inflamables…, la tensión creada minuto a minuto.

La escena final entre Shosanna y el héroe de guerra alemán muestra una tragedia similar a Duelo al sol pero en un pequeño espacio cerrado.

Por último señalar la facilidad de Tarantino para crear personajes para la memoria cinéfila. Aquí en esta producción se lleva la palma un malo malísimo elegante, políglota, educado con el rostro de Christoph Waltz, el comandante Hans Landa. No es más que otro cazafortunas como se demostrará a lo largo de la película y que con una elegancia y educación escalofriantes siembra el mal allá por donde pasa.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Cine y teatro (III)

Eugene O’Neill y el cine

No he leído toda la obra dramática de O’Neill pero la que he leído me ha tocado. Las obras de O’Neill fueron llevadas al cine y también él ha sido convertido en personaje cinematográfico. Además a lo largo de su vida estuvo relacionado por distintos motivos con el cine.

La filmografía que adapta obras literarias de O’Neill es abundante y también desconocida (muchas no he podido verlas todavía). Sin embargo, hay tres películas (una de ellas para TV pero que puede verse en DVD) muy interesantes que ayudan a acercarse a su obra y personalidad. Dos son adaptaciones de dos de sus obras teatrales y otra presenta a O’Neill como personaje desencantado, cínico y romántico que sobrevive durante el periodo de entreguerras en EEUU, momento de convulsión social, cultural y política.

Dos obras que me encantan y dos buenas adaptaciones cinematográficas muy cercanas a las obras de teatro (recreaciones muy fieles). Es un espectáculo interpretativo disfrutar de Larga jornada hacia la noche (1962) de Sidney Lumet, una oscura y tremenda historia familiar con apuntes autobiográficos donde están inmensos Katherine Hepburn, Jason Robards, Ralph Richardson y Dean Stockwell. También atrapa esa historia tremenda que transcurre en un local de mala muerte habitado por un grupo de perdedores en la adaptación televisiva que realizó John Frankenheimer de El repartidor de hielo en 1973 con un reparto increíble: Lee Marvin, Jeff Bridges, Fredric March o Robert Ryan. Y la tercera presenta a O’Neill como personaje cinematográfico en la atractiva biografía que realizó Warren Beatty sobre el periodista John Reed en 1981. O’Neill, atormentado, tiene el rostro de Jack Nicholson. El dramaturgo forma parte del grupo cultural y político en el Greenwich Village de entreguerras y mantiene una historia de amor con la compañera de Reed, Louise Bryant (Diane Keaton).

Eugene O’Neill, además, fue suegro de un Charlie Chaplin que encontró la tranquilidad conyugal junto a una hija del dramaturgo, Oona O’Neill. El dramaturgo no se sintió muy feliz por esta unión y no volvió a comunicarse con su hija.

Su obra fue adaptada más veces en el cine así encontramos como el primer éxito hablado de Greta Garbo fue una adaptación de una de sus obras: Ann Christie de Clarence Brown. O como en 1940, John Ford rodó una de sus obras más olvidadas inspirándose en uno de los textos del dramaturgo, Hombres intrépidos. También, rastreando vemos como una de sus obras más famosas: A Electra le sienta bien el luto —donde el dramaturgo trasladaba la fuerza de las tragedias griegas a su mundo contemporáneo, a su época— fue llevada al cine en 1947 por Dudley Nichols con Rosalind Russell de protagonista en Moorning becomes Electra. Otra de sus obras conoció una extraña versión con una de las parejas cinematográficas más imposibles (Anthony Perkins y Sofia Loren) de Deseo bajo los olmos de Delbert Mann, un olvidado film de 1958. Y si seguimos rastreando vemos obras olvidadas que son argumentos inspirados por la producción literaria de O’Neill como otra película de Clarence Brown de los años 30, Ayer como hoy o una donde Susan Hayward se muestra como mujer que desprende amores trágicos en Pasión salvaje en 1944.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.