El signo de la cruz (The sign of the cross, 1932) de Cecil B. DeMille

Cecil B. DeMille fue uno de los realizadores y productores más exitosos y taquilleros de la primera mitad del siglo XX. Si se trata de explicar qué significa cine-espectáculo, irremediablemente surge el apellido DeMille.

Su poder e influencia en la industria cinematográfica fue enorme. Billy Wilder lo sabía y por eso le hace actuar de sí mismo en ese coloso sobre el mundo del cine en Hollywood que se llamó El crepúsculo de los dioses.

Actualmente es un director en olvido y poco apreciado por los analistas de la historia del cine. Aunque curiosamente, en estos momentos, se está editando toda su obra desde el cine silente hasta toda su obra sonora en DVD.

Tan sólo no se pierden de las memorias cinéfilas las películas de su último periodo como director que se siguen pasando continuamente en las distintas cadenas de televisión o editando una y otra vez en DVD: Los diez mandamientos (versión de 1956), El mayor espectáculo del mundo o Sansón y Dalila.

No se le revisita en exceso y su figura como hombre no ha salido muy bien parada por varios motivos que hace que muchos cinéfilos se alejen de su obra o no se acerquen en un primer momento a ella. Figura polémica, hombre descrito como ultra católico y con convicciones políticas en el extremo derecho. También, se resalta su actuación negativa en la elaboración de listas negras de profesionales del cine durante la etapa de La Caza de Brujas. Son pocas las referencias amables sobre su persona dejando un retrato incompleto. Tampoco ayuda que no se llevó muy allá con uno de sus yernos, Anthony Quinn.

Lo que es indudable es que tenía un profundo sentido del espectáculo y un conocimiento del lenguaje cinematográfico desde el cine mudo. DeMille, que también se le suele encasillar como autor de obras vinculadas al cine religioso (que habría que analizar ese ‘sentido religioso’), era un amante y realizador de buenas películas de aventuras (uno de sus actores fetiche en este tipo de aventuras fue Gary Cooper). Fue uno de los pióneros del séptimo arte.

Ahora estoy empezando a acercarme a la obra de este autor que hasta ahora sólo vinculaba a las películas antes nombradas y estoy empezando a adquirir otras obras que nunca he visto.

El signo de la cruz me ha sorprendido en varios puntos. Primero en ese ‘sentido religioso’. Es obvio que a DeMille el mundo cristiano le parece eminenteme aburrido así como sus actitudes y doctrinas para llevarlas en solitario al cine. Así en esta película, como en otras clasificadas de religiosas, los personajes que realmente se comen la película y los momentos más espectaculares son las escenas de los malvados y paganos. Su depravación moral, su sexualidad, su maldad… da mucho más juego cinematográfico. Los cristianos son los instrumentos y víctimas ideales para dar forma a sus fantasías más depravadas. Así los cortesanos romanos, los malos malísimos, la emperatriz Popea (inolvidable Claudette Colbert), Nerón (¡Charles Laughton, jovencísimo y siempre grande!), sus seguidores, y ese Fredrich March (con esas pantorrillas, esos ojos marcados y pintados, esos labios perfilados, y ese látigo con el que tan bien golpea…) que está en medio de los dos mundos se comen la pantalla. DeMille debía ser muy católico pero le encantaba la posibilidad del pecado y de la perversión.

Lo segundo su exacerbada violencia y crudeza. Todavía se estaban dando retoques y estaba empezando a ponerse en marcha el Código Hays con toda su virulencia (que afectó con numerosos cortes a la película pero la actual copia de dvd a la venta recupera las escenas censuradas en su momento). En el espectáculo circense de El signo de la cruz, ¡¡¡ríete tú de otras escenas como la recientemente analizada Quo Vadis —la de Robert Taylor y Deborah Kerr— o de cine más actual recreando el mundo de los gladiadores!!! No tiene desperdicio y su crudeza me dejó ko. Chicas virginales y desnudas enfrentadas a cocodrilos hambrientos o a un gorila con instinto sexual, gladiadores luchando a muerte con toda su crudeza, elefantes aplastando cabezas, surrealista número de arizonas salvajes cortando cabezas a nativos enanos o incrustándolos en sus espadas, cristianos devorados por leones muy hambrientos y con muy mala hostia…, y entre los cristianos no faltan enfermos, ancianos y niños cándidos e inocentes… Muy fuerte. Pero antes a lo largo de toda la película hemos sufrido con múltiples latigazos, muertes sangrientas a punta de flecha y asistido a torturas inimaginables.

Lo tercero la sexualidad al desnudo. No sólo por los cuerpos desnudos antes mencionados. Sino por el reflejo natural de las orgías romanas bajo el reinado del emperador Nerón, ese baño en leche de burra de nuestra Popea claramente desnuda, que además insta a su compañera de confidencias que se desnude junto a ella y se meta en esa enorme bañera blanca (sí, sí y la metáfora de los gatitos), o la líbido que se escapa de los ojos de un confundido Marco Soberbio que le encantan las curvas de Marcia la cristiana pero que siempre ha sido él muy mujeriego…, hasta que se da cuenta de que ella no es como las ‘fulanas patricias’ con las que se lo pasaba tan bien sino que realmente hay algo llamado amor…

Lo cuarto es su parecido a Quo Vadis. Incendio de Roma, culpabilidad de los cristianos, Nerón loco, Popea malvada, romano enamorado de cristiana… Sin embargo, ¡¡¡ambas películas proceden de fuentes literarias diferentes!!! El signo de la cruz es una adaptación de la obra más famosa (con el mismo nombre) del dramaturgo británico Wilson Barret que la escribió parece ser en 1895. Y Quo vadis es una adaptación de la novela histórica del autor polaco Henryk Sienkiewicz. El autor concebió su obra entre 1895 y 1896. ¿Curioso, verdad?

La diferencia mayor entre ambas películas es que en la de DeMille, tanto Nerón como Popea no tienen ningún problema de conciencia ni son castigados al final de la obra. Además presenta un final trágico para el romano enamorado y su amada cristiana. El romano decide sacrificarse por el amor hacia su amada… En el Quo Vadis de Mervyn LeRoy, tanto Nerón como Popea reciben su castigo por instigar el mal y la pareja del romano y la cristiana son felices y comen perdices (se notan los años 50).

Lo quinto es que es capaz de contar una historia con un buen ritmo y dosis de emoción bien repartidas. Cuenta con un reparto ilustre donde todos están correctísimos en su cometido y sorprende una Claudette Colbert como mujer perversa y sensual cuando se la suele relacionar sobre todo con el screwball comedy o de un Laughton excepcionalmente joven que realiza un retrato genial de un perturbado Nerón. Ah, y sorprendente ese March en plan seductor total con sus enormes ojos maquillados… Destacar también que en esta obra de la Paramount se ven las labores maravillosas de vestuario (combinando la lujuria romana con la pureza cristiana pero también con mucha sexualidad en la virtud) de un Mitchell Leisen antes de convertirse en un afamado director de la productora.

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Breve radiografía de Charles Chaplin con varios momentos inolvidables

Carreras sofocantes (Kid auto races at venice, 1914)

Primera vez que vemos a Charlot que hace todo lo posible por aparecer frente a la cámara y presentarse a unos espectadores que le amarán por los siglos de los siglos. En este corto es la mosca cojonera de un equipo de rodaje que trata de filmar tranquilamente una carrera de coches infantiles…, pero Charlot se lo pone muy difícil.

Sydney Chaplin

Relación inseparable con su hermanastro Sydney Chaplin. Desde las penurias de la infancia, al music hall, a trabajar juntos como actores en películas y en negocios, a no separarse nunca…, fue el hermano en la sombra (porque quiso, con vida interesante) pero que contribuyó a la grandeza de Charlot y su mito.

Edna Purviance

Fue musa y pareja mítica de Charlot en varios cortos. Se conocieron en 1915. Siempre cuentan que entre ellos hubo una historia de amor y respeto. Y algo especial hubo cuando Charlot en la cumbre de su éxito quiso dirigir una película dramática donde Edna fuera la protagonista total en una joya del cine mudo Una mujer de París (1923). Él sólo dirigía.

Sin embargo, sus escenas juntos guardan una frescura difícil de alcanzar. Recordemos ese final, bajo la lluvia, de dos inmigrantes en país extraño, que deciden unir sus vidas para siempre y entran veloces en local de licencias matrimoniales en el corto El inmigrante (1917).

Charlot, músico ambulante (1916)

Para hacerse una idea de la magia y la risa que se apoderaba del espectador cuando Edna y Charlot estaban juntos basta recordar la escena en que llega Charlot, un músico ambulante, a un campamento gitano y se encuentra a una desolada Edna, una chica a la que proteger, y la deleita con su música, creando por la reacción de ambos un momento divertidísimo y mágico.

United Artist Corporation

Fotografías e imágenes en movimiento de un momento histórico del séptimo arte. Los artistas quieren controlar sus carreras y proyectos y se unen, al margen de las grandes productoras que se van consolidando. Los mayores artistas del momento se unen para crear su propia productora en 1919: Charles Chaplin, Mary Pickford, Douglas Fairbanks y D. W. Griffith.

Jackie Coogan

Imposible olvidar la armonía entre un niño y su padre adoptivo. Los dos sin hogar. Los dos emocionan igual y dominan su cuerpo y el arte de la pantomima. Los dos nos hacen llorar y reír por igual. Chaplin encontró al compañero ideal en El chico (1921)

El baile de los panecillos

Parece una composición sencilla pero siempre me quedo hipnotizada ante La quimera de oro (1925) cuando llega la escena de Charlot soñador e ilusionado como centro de una fiesta fantasma donde con dos tenedores y un panecillo realiza uno de los números de pantomima más recordados.

Risas en el circo

En uno de los momentos peores de su vida y más polémicos, realiza una película divertidísima que a Chaplin no le traía buenos recuerdos. Sin embargo, tiene escenas para llorar de la risa (no sólo esos malabarismos en la cuerda con monos revoltosos) y un final tremendamente romántico. Por supuesto, se queda sin la chica. Estoy hablando de El circo que se estrenó en 1928.

Luces de la ciudad

Chaplin en 1931 realizó una historia de amo, lágrimas y risas. Una tragicomedia que dotó de escenas tan divertidas como uno de los combates de boxeo más hilarantes como una de las escenas finales más emotivas del cine. Imposible olvidar ese rostro con lágrima y sonrisa ante el miedo del reconocimiento…, poesía pura.

Smile en Tiempos modernos (1936)

Paulette Goddard y Charles Chaplin, juntos caminan hacia el amanecer. De fondo les acompaña banda sonora que posteriormente se convirtió en famosa canción, Smile.

Bailando con la bola de mundo

Sobran palabras. Convierte a un dictador en un bufón, en un payaso para todos los espectadores. Esa parodia de un Hitler con discursos incendiarios que asustan hasta a los micrófonos o ese dictador mitómano y loco que le dice a uno de los ‘cerebros’: “Déjame, quiero estar solo” y entonces baja de unas cortinas en las que se ha subido y se pone frente a una bola del mundo…, y la eleva por los aires empezando una danza…, cómo se burla del poder que ostenta un perturbado…

Discurso final de El gran dictador (1940)

“Lo siento.

Pero yo no quiero ser emperador. Ése no es mi oficio, sino ayudar a todos si fuera posible. Blancos o negros. Judíos o gentiles. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacernos desgraciados. No queremos odiar ni ayudar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia las miserias y las matanzas”.

Frase mítica de Monsieur Verdoux (1947)

Un Chaplin enfadado con el mundo crea una de sus películas más amargas y pesimistas. Pero una película indispensable para connocer su evolución. Una tremenda película de humor negro. Magnífica.

“Asesinar a una persona hace de uno un canalla, asesinar a millones un héroe. Las cantidades santifican”.

Momento histórico: Buster Keaton y Charles Chaplin juntos en un escenario

Y nos hacen llorar de la risa. Candilejas (1952) refleja como pocas películas el mundo del vodevil. Y de pronto ocurre el milagro y dos de los monstruos de la pantomima crean un número para deleite de los que los amamos fervientemente. Dos abuelos grandes. Uno al violín y otro al piano, dignos y serios, que hacen lo que quieren con su cuerpo y se apoderan de los objetos y del público. Mágico.

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Pequeña anécdota cinéfila

El otro día en la gala de los Goya cuando fue homenajeado Antonio Mercero, uno de sus hijos contó que el último deseo de su padre era morir entre su gente querida y todos viendo Cantando bajo la lluvia.

Su hijo contó que esta película la ha visto cientos de veces pero siempre con la misma ilusión que la primera vez.

¿No os parece un adiós precioso?

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XXIV Premios Goya

Ayer como todos estos años me puse frente al televisor para ver la Gala de los Premios Goya. Y como siempre la ceremonia y las diferentes anécdotas me plantearon varias reflexiones.

Primero. De nuevo una Gala correcta y austera con la apuesta de un presentador ajeno al cine pero no a la televisión. Todo un showman que dio un ritmo correcto a la ceremonia y que regaló momentos divertidos y elegantes como hace habitualmente en el programa que presenta. Andreu Buenafuente fue un buen conductor de la gala.

También comentar que fue una gala políticamente correcta en todos los sentidos. No hubo reivindicaciones de ningún tipo y todo mostraba armonía y buen rollo.

Segundo. Se notaron los nuevos aires del nuevo presidente de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España, Alex de la Iglesia y su empeño de unificar fuerzas, mostrar unión entre todos los profesionales del cine y ofrecer por último un cine de calidad. Parece que tiene claro que para ello hay que dejarse de mirar uno al ombligo, analizarse, aceptar críticas, tener más en cuenta a los espectadores, reconocer los errores, ser conscientes de que son trabajadores y por lo tanto hay que hacerlo bien, ser consciente de que hay que fortalecer la industria cinematográfica y buscar soluciones, asumir que hay desencuentros, desacuerdos pero que hay que encontrar vías y puntos de encuentro…, y una frase importante “no hay una manera de hacer cine sino muchas”.

Sin embargo, tanto en las candidaturas como en los premios se ha tenido muy en cuenta un punto: el éxito de las películas en taquilla. El número de espectadores que han ido a verla y la capacidad de campañas de difusión y marketing que han tenido las distintas obras premiadas. Así como otros años entre las candidatas y nominaciones se escapaba alguna otra manera ‘de hacer cine’, el caso más reciente fue la ceremonia de 2008 que convirtió en  ganador a Jaime Rosales y su película La Soledad que apenas había conseguido que el público acudiera a los cines y, sin embargo, es una película con una mirada distinta; en la Ceremonia de este año los grandes ausentes han sido aquellos que muestran otras maneras de hacer cine y aportan otras miradas (y que conste que las dos caminos me gustan), historias o vías. Por ejemplo, muchos dicen que los ausentes de las nominaciones han sido las obras cinematográficas de Isaki Lacuesta, Javier Rebollo o la casi total ausencia de Mapa de los sonidos de Tokio de Isabel Coixet.

Todo esto me remite a un recuerdo. Al principio de los tiempos de la ceremonia de los Oscar había dos apartados respecto mejor película. Uno era Mejor Película, Producción. Y el otro era Mejor Película, Producción Artística Única. Y para que nos entendamos: en la primera categoría se la llevó la gran superproducción Alas de William A. Wellman y la segunda fue para Amanecer de F. W. Murnau, ¿nos entendemos? Y ambas son importantes producciones dentro de la Historia del Cine.

Así que poca sorpresa supuso que las grandes ganadoras de la noche fueran Celda 211 de Daniel Monzón y Ágora de Alejandro Amenabar.

Tercero. Está claro que también Alex de la Iglesia sabe lo que es tener sentido del espectáculo y lo que puede dar juego para que la Ceremonia sea un acto seguido en televisión y realmente sirva de plataforma y escaparate de cine español. Con lo cual regaló varios titulares:

-Su presentador, Andreu Buenafuente, para muchos un monstruo televisivo.

-La vuelta de Rosá María Sardá a la hora de dar los premios más esperados, recordada como la mejor presentadora de los Goya (y, como siempre, lo demostró y lo hizo bien, por lo menos para servidora).

-Fue capaz de que las dos ‘grandes estrellas del cine español’ que además son pareja aparecieran por primera vez juntos y relajados en un acto cinematográfico: Penélope Cruz y Javier Bardem, dando así el glamour que este tipo de ceremonias exigen.

-Por ahí vemos la nota extravagante al estar el perro más famoso y más lindo de la actualidad, Pancho, el de la Loteria.

-Como dije al principio la gala no habló de política ni sirvió de plataforma reivindicativa. Sólo se habló de cine.

-Y consiguió el regreso estelar a los premios Goya del director siempre enfrentado a la ceremonia y a la gala, Pedro Almodóvar, para entregar el galardón a la mejor película. (Hubiera sido divertido que también hubiese acudido junto a él José Luis Garci, otro de los directores siempre ajenos a la ceremonia).

Cuarto. Momento emotivo y muy bien elegido el hombre del cine al que se le dio el homenaje, que debido a su estado de salud no pudo acudir a la gala (ahí estaban sus hijos para el agradecimiento) pero sí se realizó un vídeo que recogía el bonito detalle de Alex de la Iglesia yendo a la casa del galardonado para dárselo. Hablo de Antonio Mercero que no sólo ha dirigido películas para recordar sino que también ha sido un hombre de la televisión ofreciendo series muy populares. Así a Mercero se le puede recordar tanto por películas notables como el mediometraje La Cabina, las populares películas con Lolo García (La guerra de papá y Tobi) y sus buenas obras cinematográficas como Espérame en el cielo, La hora de los valientes o Planta 4º o por su paso por la televisión con las series Verano azul, Turno de Oficio o Farmacia de Guardia.

Nada que ver con el Goya con aires underground y marginal a un director polémico pero que toda su vida la ha dedicado y dedica al cine que pudimos también disfrutar el año pasado en la figura de Jesús Franco.

Por otra parte en muchos momentos de la ceremonia se habló de otros cambios que se están produciendo en el mundo del cine, veladamente, pero ya evidente y que suponen un cambio en el modelo actual de industria. Se realizó el uso de efectos especiales que muestran el avance-terremoto de las nuevas tecnologías permitiendo el efecto de unas cañerías que estallaban en pleno acontecimiento o la presencia de Pocoyó, una animación digital. Se hizo una broma referente al 3D y hubo algunos premiados que tuvieron palabras nostálgicas para todos aquellos buenos profesionales de lo analógico que tanta sabiduría han repartido, compartido y adquirido. También el mejor cortometraje de animación fue para una obra (que también está nominada a los Oscar) que emplea el 3D, La dama y la muerte. Uno de los premios fue entregado por una desconocida, una espectadora, a través de un concurso de SMS…, claramente se vive un momento de cambio.

Quinto. En los premios no hubo grandes sorpresas. Estaba claro que las favoritas eran Ágora y Celda 211 y lo confirmaron durante toda la gala aunque la que se llevó los premios más importantes fue la de Daniel Monzón.

El Goya para Malamadre de Luis Tosar era la crónica de un premio anunciado (y merecido).

Las que se fueron sin premio alguno: El baile de la victora de Fernando Trueba (no ha funcionado en las taquillas) y El cónsul de Sodoma de Sigfrid Monleón (la cual ha recibido críticas absolutamente demoledoras pero no puedo opinar pues no la he visto).

¿Soledad Villamil actriz revelación?

También cantado la mejor película hispanoamericana para la coproducción El secreto de sus ojos de J. J. Campanella.

Lola Dueñas repite triunfo con Yo, también. Ya había sido premiada con la Concha de Plata. Curioso el plantel de actrices por una parte actriz de Hollywood en superproducción española, Rachel Reisz (ausente en la gala). Por otra actriz española en producción de Hollywood en concreto en obra de Coppola, Maribel Verdú. Estrella española, superestrella de Hollywood y musa de Pedro Almodóvar, Penélope Cruz. Al final, Goya para actriz española, de cine intimista y pequeño presupuesto, que es musa de directores como Javier Rebollo.

Daniel Monzón frente Amenabar, Campanella y Trueba. El crítico que se pasó al cine y ha mostrado que se puede hacer cine de género entretenido y que sea un buen espectáculo con buena historia de base (aunque analizando aspectos de guión y trama se descubren incoherencias que por el ritmo trepidante, la emoción y sobre todo Malamadre se olvidan…).

He de reconocer que aunque la película no me entusiasmó por varios motivos que ya expliqué en el post correspondiente, sí me quedé con el trabajo de los actores presentes en Gordos, la obra de Daniel Sánchez Arévalo. Por eso no me sorprendió el premio a Raúl Arévalo y sí me chocó el de Marta Etura (que por otra parte me gusta como actriz y su discurso de agradecimiento me pareció de los más frescos, vitales y encantadores) porque no tiene el papel precisamente mejor desarrollado de Celda 211. A mí me sorprendió la interpretación de Pilar Castro en Gordos y era, sin duda, mi favorita. También lo tenía difícil Alberto Amman (pero su personaje sí que presentaba más matices en el papel escrito y a mí frente a otros espectadores que no les gustó como llevo a cabo su interpretación, yo sí me crei a Amman) y sin embargo se alzó con el goya a mejor actor revelación.

Las propuestas a mejor película europea eran diversas y cualquiera que hubiera ganado no me hubiera disgustado del todo. Son producciones que tienen cada una en su campo elementos interesantes. Quizá la más innovadora sea Déjame entrar (por lo que he leído, estoy pendiente de verla próximamente).

Los premios a cortometrajes ficción, documental y animación, a la mejor película de animación y mejor documental o mejor dirección novel indican que hay que seguir luchando porque estas obras lleguen a más público y tengan más posibilidades de exhibición.

Y, por último, los premios técnicos demuestran que hay mucha gente que vale en estas profesiones capaces de llevar su trabajo con pasión y profesionalidad. Y que está repleto de buenos profesionales con unas trayectorias increíbles. Y que contribuyen a que una película sea una gran obra o no lo sea.

Sexto. Al final la reflexión que me planteo es: ¿es ése el escaparate cinematográfico español? ¿Son esas las mejores películas o producciones? ¿Son los trabajos de mayor calidad? ¿Está todo el cine español presente y reflejado?¿Todas las obras cinematográficas, todas las vías representadas?¿Todos los profesionales y equipos humanos se encuentran presentes…? ¿La industria cinematográfica española está preparada para afrontar los cambios que supone el mundo digital?…

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William Wordsworth y Esplendor en la hierba

Película que veo una y mil veces. De romanticismo exacerbado hasta tal punto que enloquece. La dirigió con sensibilidad extrema Elia Kazan y cuenta la trágica historia de amor entre dos adolescentes poco antes y durante la Depresión del 29.

La película la dirigió en 1961 con dos jóvenes bellos Natalie Wood, toda una estrella, y Warren Beatty que comenzaba así una carrera plagada de éxitos.

Son muchas las escenas que siempre evoco pero siempre viene a mi cabeza un poema que sirve para enmarcar una historia efímera, delicada y trágica.

Un fragmento de poema, de una oda más bien. Son versos de William Wordsworth, un poeta romántico inglés.

Unos breves versos que aparecen dos veces en la película y que pertenecen a Oda a la Inmortalidad. El fragmento se lee en dos momentos muy distintos. Una lectura en el instituto donde estudian los protagonistas. El instante en que el frágil personaje de Natalie se rompe en pedazos y donde el significado de estos versos carece de sentido para ella. Y en la escena final, cuando ambos personajes, ya reconstruidos, menos rotos, vuelven de nuevo a encontrarse, y ella entonces rememora esos versos ya con un significado distinto y totalmente profundo.

“Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que en mi juventud me deslumbraba.

Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo”.

Y es oír estas palabras y recordar todas las imágenes de Bud Stamper y Deanie Loomis y su amor imposible por distanciamiento social, por educación represiva, por circunstancias históricas, por los conflictivos ambientes familiares, por la importancia de las  apariencias, por una sexualidad reprimida, por un mundo que se derrumba…

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Pequeño juego cinéfilo (I)

Si me dijeran, de repente, piensa en un director y elige una película para explicar su obra cinematográfica. O una película para compartir con el otro. O una película para llevarte a un lugar lejano que no aparezca en los mapas…

Entonces pienso y pienso y así de primeras quizá mi elección así sin reflexionarlo mucho, quizá sería:

Charles Chaplin y Luces de la ciudad.

Franz Borzage y El séptimo cielo.

William Wyler y Calle sin salida (Dead end).

Frank Capra y Sucedió una noche.

Ernst Lubitsch y El bazar de las sorpresas.

Jean Renoir y French Can Can.

Preston Sturges y Las tres noches de Eva.

Gregory La Cava y Al servicio de las damas.

Douglas Sirk e Imitación a la vida.

Alfred Hitchcock y Con la muerte en los talones.

Michel Power, Emeric Pressburger y Narciso negro.

Vincente Minelli y Como un torrente.

Otto Preminger y El hombre del brazo de oro.

Elia Kazan y La ley del silencio.

Federico Fellini y Las noches de Cabiria.

Luchino Visconti y Las noches blancas.

John Ford y Las uvas de la ira.

Howard Hawks y Río Bravo.

George Stevens y Un lugar en el sol.

John Frankenheimer y El tren.

François Truffaut y Los cuatrocientos golpes.

Jean Vigo y L’Atalante.

Jacques Becker y París, bajos fondos.

Roberto Rossellini y Alemania, año cero.

Vittorio de Sica y Umberto D.

George Cukor e Historias de Filadelfia.

Billy Wilder y El apartamento.

Pier Paolo Pasolini y Mamma Roma.

Stanley Donen y Dos en la carretera.

Mike Nichols y ¿Quién teme a Virginia Woolf?

King Vidor y Y el mundo marcha

Robert Siodmak y Forajidos.

Jules Dassin y Noche en la ciudad

John Huston y Los muertos.

Hal Ashby y El regreso.

Michael Cimino y El cazador.

Brian de Palma y Atrapado por su pasado.

Terrence Malick y Días del cielo.

Martin Scorsese y Toro Salvaje.

Peter Bogdanovich y La última película.

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Momento inolvidable de Roma, ciudad abierta

Roberto Rossellini, 1945, neorrealismo italiano y… Anna Magnani, gigantesca y trágica. Ahí continúa esa Roma, de venas abiertas, de ese pueblo que resiste los golpes de la ocupación nazi, ese pueblo que se reconstruye y se levanta día a día, que lucha contra el que oprime. Esa ciudad que se cae en pedazos por una guerra cruenta donde las gentes sencillas sobreviven cada uno como puede.

Da igual, es escena mil veces repetida pero a mí me sigue helando las venas. Esa mujer fuerte, esa Pina enamorada, que sueña con ser feliz, con casarse de nuevo con su tipógrafo, hombre comprometido con la resistencia. Mujer valiente que no calla, mujer con cara única, la Magnani, gigante. Mujer enamorada que ve cómo se llevan en camión al hombre que ama, que ve el futuro que se le depara. Y protesta y grita y corre detrás del amado…, en carrera desesperada que sólo frena una ráfaga de metralla que la deja tirada en el suelo. Desolador. Sólo así logran callarla.

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El violín (2005) de Francisco Vargas Quevedo

A veces el cine te regala un rostro y una voz inolvidable. “Se acabo la música”. Eso es lo que pasa con película pequeña —pequeña por los medios de los que dispone, por sus dificultades de distribución pero grande por lo que cuenta y cómo logra contarlo con escasez de medios— que te encoge el corazón y la cabeza ante lo que vislumbras y lo que oyes.

Tardaré tiempo en olvidar el rostro y la voz de Don Plutarco Hidalgo, un abuelo octogenario y músico rural reflejado por un hombre (que murió en el 2008, ya hace dos años) real no actor pero sí figura importante dentro de la música popular mexicana que dedicó su vida a su conservación, Don Ángel Tavira. Tavira-Plutarco que te llega al corazón con sus frases, su mirada o el movimiento de las manos —era manco, perdió una de sus manos en un accidente pero eso no fue impedimento para dedicarse a lo que amaba: tocar el violín—.

Así la película regala momentos mágicos e inolvidables gracias a Don Plutarco. Ese abuelo, que junto a su hijo (también sobrecoge la fuerza de su rostro, Gerardo Taracena) y su pequeño nieto Lucio (los ojos grandes de Mario Garibaldi), no sólo recorren lugares ofreciendo su música sino que también colaboran con la guerrilla contra el poder del estado opresor (representado por los militares) en una guerra dolorosa y cruel.

La premisa de la que parte es sencilla. La aldea de los tres protagonistas es ocupada brutalmente por el ejército de tal manera que no pueden aportar las armas que escondían en el maizal del abuelo a la guerrilla que espera en las montañas el momento de atacar. Y Don Plutarco sin perder nunca la calma y sabiendo que la vida es cabrona traza un plan para conseguir hacer llegar ese armamento perdido.

Así Don Plutarco, con su apariencia de abuelo músico y su sabiduría popular a cuestas se gana la confianza, con su burra, música y violín, del ejército que ocupa y sobre todo del capitán de la unidad (impresionante también Dagoberto Gama).

Y entonces surgen los cuatro momentos mágicos de la trama. La conversación bajo la luna llena de Don Plutarco y su nieto Lucio. Donde Plutarco trata de hacer entender a su nieto porque no están papá, mamá, porque de momento no pueden regresar a su hogar y porque no pueden regresar hasta que lleguen ‘tiempos buenos’. Don Plutarco narra una vieja leyenda ancestral a su nieto sobre por qué existen hombres ambiciosos que aplastan y oprimen a los hombres verdaderos.

La conversación entre Don Plutarco y el patrón para conseguir una burra que le ayude a llevar a cabo su plan bajo la atenta mirada del nieto. Y ese momento en que el patrón le dice que firme un papel en blanco (el patrón no se fía de Plutarco pero presupone que Plutarco sí debe firmar un papel en blanco como promesa para comprar su burra) y Don Plutarco que ya no tiene tiempo, con dignidad, planta su firma. Así nos regala esos viajes en burra que te encogen el alma.

La conversación entre Don Plutarco y el capitán del regimiento sobre la música y la vida. Donde el capitán del regimiento cuenta su admiración y amor a la música y narra su pasado proletario y humilde. Donde Don Plutarco se ofrece a enseñarle. Y los dos ríen y tal vez sueñan. La única vez donde el capitán parece un ser humano y la única vez que confiesa que no le gusta estar donde está…

Y el último momento en que vemos al abuelo Don Plutarco, digno y valiente, nunca derrotado a pesar del horror. Cuando sentencia al capitán y a todos los espectadores que “se acabó la música”. Y nos abandona a todos con un escalofrío.

Será difícil olvidar a Don Plutarco, sus palabras, su música al violín sin una de sus manos y su mirada…

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Miscelánea de títulos de aquellas que no vi y estrenos de cartelera

Gente de Roma (2003) de Ettore Scola

Director al que tengo especial cariño porque me encanta Una jornada particular, porque me emociono con La familia o sueño con poder volver a ver Macarroni. Su último trabajo estrenado hasta la fecha en España fue Gente de Roma, una especie de radiografía documental en ficción de la vida de una ciudad, de Roma. Scola se escapa con su cámara y atrapa momentos de distintas personas que habitan las calles. Y ahí queda un fresco de situaciones y personajes a veces emotivos. Me quedo con el momento de ese padre y ese hijo en un restaurante (qué bien se le dan a Scola las comidas).

Paranoid Park (2007) de Gus van Sant

Otro director por el que siento cariño sobre todo cuando le prometí fidelidad a raíz de quedar absolutamente tocada por Mi Idaho privado. Me encanta esa película. Paranoid Park consigue una belleza visual y un dominio de la imagen cinematográfica y del sonido en una historia sobre la soledad y el sentimiento de culpa de un skater, un adolescente que ve su vida bruscamente cambiada a partir de un acontecimiento trágico al que sólo sabe enfrentarse con el silencio y una confesión escrita para sí mismo.

Up in the air de Jason Reitman

Cuidado tras la preciosa sonrisa de Ryan Bingham (George Clooney) se esconde un hijo de puta (y yo me enamoro en cada fotograma de esa sonrisa y esa forma de bailar. Y ese pelo…). Pero Ryan lo sabe, su trabajo es tremendo, trabaja para una empresa externa que gestiona los despidos de grandes empresas. Capitalismo puro y duro. Y Ryan sabe que está  ahí porque las propias empresas quieren desentenderse de la manera más fría y tremenda de sus trabajadores. ¿Ironía?¿Inteligencia? Up in the air de Reitman, te hace reír, te hace sentir y empatizar con los personajes pero también pensar. ¿De qué nos quiere hablar?¿De la soledad? ¿De que es mejor estar mal acompañado? ¿De la necesidad de echar raíces en un hogar?¿De la situación de las personas en los despidos tras estos tiempos de crisis? ¿Que sí que es muy bueno que te despidan para atreverte hacer cosas que ni habías soñado?¿Que se puede superar la situación si tienes a alguien que te apoya detrás…?, ufff, desgraciadamente para George Clooney y su joven y pedante compañera (y si consigue también que sea tierna) y su mundo burbuja el despido siempre es una mala racha, una etapa de incertidumbre, y que si la situación económica y social no lo permite puede ser una situación de larga duración que arrasa y desestructura ese entorno que ‘te rodea y protege’. Que me dice el bueno de Reitman, que efectivamente es muy pero que muy inteligente y sabe armar muy bien un discurso (a mí Gracias por el fuego me sorprendió), ¿que es mejor un matrimonio, unos hijos, un trabajo, un jefe, alguna hipocresía…, que elegir libremente otro tipo de vida que no necesariamente tiene que abocar a la soledad y al desapego absoluto (hay familias muy unidas y me encanta pero también hay quien forma familia y está más solo que nunca)?

Invictus de Clint Eastwood

¿Recuerdan Evasión o victoria de John Huston? Pues Invictus, con aire más serio y producción más cuidada y completa, me ha recordado a esa película del pasado con fútbol de fondo, Silvestre Stallone y Pelé y un partido vital en un campo de concentración nazi. Clint Eastwood cuenta esta vez con Mandela (Morgan Freeman) y su intento por que un nuevo gobierno en Sudáfrica no se sustente en el odio, la venganza y la represalia tras el Apharheid a través de un partido de rugby. Así realiza película entretenida que cuenta como siempre con toques de humanidad que hacen que el respetable público se emocione (ese niño negro que se acerca tímidamente a oír el partido junto a un coche de policías blancos hasta que al final celebra la victoria del equipo con abrazos de los que fueron los enemigos o la relación entre los de seguridad, negros y blancos, que acompañan al presidente).

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Hondo (Hondo, 1953) de John Farrow

Hace poco quedé encantada con un western de los de John Wayne. Una película totalmente desconocida para mí: El ángel y el pistolero. Esa obra era dirigida y escrita por uno de los guionistas favoritos del actor y amigo del alma James Edward Grant. El ángel y el pistolero era una intimista historia de pistolero acogido por familia de cuaqueros y su transformación gracias también a la química que surge con la bella hija de la familia con enormes ojos de Gail Russell. Grant continuó realizando guiones para el icono Wayne. Y él encantado con las buenas frases que le ponía en boca.

Así en 1953 surge Hondo y de nuevo la pareja de camaradas deleita con otro western intimista envuelto en gran producción. De hecho Hondo —ya me informó un amable caballero mientras esperaba la cola para pagar el dvd— fue una de las últimas producciones de los cincuenta que se hizo en 3-D. Como dicen los testigos e historiadores en los extras del dvd poca gente vio en 3-D la película…, yo de hecho en el calor de mi casa la vi, claro está, en 2-D. Se nota que hay escenas como una pelea con cuchillo y algún disparo que está rodada para que el público sufra ataque de pánico al ver una bala traspasar la pantalla.

Pero Hondo me gustó por otros motivos. De nuevo nos habla de un tipo duro y solitario, un pistolero, que se ve transformado y cambiado cuando entra en contacto con una ranchera —cuyo marido pasa bastante tiempo fuera del hogar— y su hijo pequeño. La ranchera fue el debú de una actriz de teatro: Geraldine Page, que después se labraría una interesante carrera cinematográfica. Y de nuevo se consigue la magia y la química entre Page y Wayne creando otra bella y sutil historia de amor con niño incluido. No olvidemos que ese mismo año se estrenó también Raices profundas con la más intensa relación entre el pistolero (Alan Ladd) y el niño (Brando de Wilde). Pero en Hondo tampoco se descuida esta química entre niño y forajido con un aliciente más: el niño también se convierte en el favorito del jefe de la tribu de los apaches, Vittorio (Michael Pate), que al haber perdido a todos sus hijos en su lucha contra los blancos, se queda enganchado con el hijo espabilado de la ranchera.

Porque también son esos años en que el western empieza a dar otra personalidad a los indios. Ya no son el enemigo sin rostro y personalidad sino que se empieza a profundizar en personajes y a mostrar cómo son los blancos los que están echando de sus tierras a los indios y los que están destruyendo su modo de vida. Todavía tímidamente pero ya es un hecho así van surgiendo títulos como Flecha rota o Apache que van dando otra cara diferente y más profunda a los indios. Además, Hondo el pistolero, es un hombre mestizo con sangre india que ha vivido durante años con los indios y conoce bien su personalidad y modo de vida. Los admira. Hondo durante esos años de convivencia estuvo casado también con una mujer india. Son tiernas las escenas en que trata de explicar a la ranchera el significado de las palabras indias.

Hondo merece la pena porque no sólo es un western entretenido sino que cuenta con delicadeza un enamoramiento y porque sigue la estela de evolución que se está produciendo en este género. También cuenta con persecuciones, séptimo de caballería, buenos secundarios del género (como el imprescindible amigo de Wayne y Ford, Ward Bond)…

No me gustaría terminar sin nombrar a otro personaje secundario. El perro de Wayne, Sam. Un perro solitario e independiente que corre siempre tras su dueño, al que Wayne trata rudamente pero que sabe que es su compañero fiel en la soledad del forajido por las montañas, que siempre corre junto a él ante cualquier peligro. El perro rastrea indios, ha sido entrenado para ello, los siente…, y tiene un triste y horrible final. Me apena que el personaje de Wayne no se despida de su compañero fiel, como si ahora al encontrar de nuevo a la ranchera y al niño, el perro no tuviera cábida.

En los extras del dvd se cuenta la dureza del rodaje en México, no sólo por el calor sino por los pesados equipos de 3-D pero como no obstante fue un buen rodaje para todos los que participaron, técnicos y actores. También nos recuerda la personalidad de su director John Farrow, considerado un ‘artesano’ veterano de la industria con películas interesantes de todo tipo de géneros y también conocido como el padre de la actriz Mia Farrow y el esposo de la novia de Tarzán, Maureen O’ Sullivan. Por último, también como curiosidad explican que la última escena de persecuciones entre hombres blancos e indios (que sí los humanizan más pero como siempre los presentan como pésimos estrategas) fue rodada por un John Ford sin acreditar porque Farrow tenía que empezar ya otra película y no pudo terminarla.

Hondo es otra pequeña sorpresa del género. A mí no me decepcionó, sobre todo ver a un Wayne lacónico decir a la amada: “el amor no entiende de calendarios” o algo similar y otras geniales frases además de no olvidar nunca ciertos toques de humor sello de James Edward Grant.

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