My Blueberry Nights (My Blueberry Nights, 2007) de Wong Kar-Wai

El director que viene desde Hong Kong aterriza al otro lado del océano y sigue siendo un contador de historias de desamor que envuelve en un estilo visual de colores y sentidos, cámaras lentas, y encuadres tras cristales, escaleras, locales, cámara lenta, primeros planos y una banda sonora de fondo que te hace viajar a un mundo de sentimientos y sensaciones.

El argumento es sencillo y apacible para tarde de domingo triste. O tarde de corazones rotos ávidos de segundas oportunidades o de elecciones no equivocadas.

Un poco de amargura, espolvoreado de imágenes bellas y estéticas, con canciones de amores desesperados pero eternos. Tres historias sólo unidas por un mismo testigo, una Elizabeth que pretende curarse en la distancia de una historia de desamor para enfrentarse con otra madurez a una nueva historia de amor que la espera tras la puerta, en el bar de la esquina, junto a una tarta de arándanos y una cámara de vídeo que recoge momentos especiales. Elizabeth emprende el viaje para olvidar y ver cómo otros también sufren pero la vida fluye. Y el corazón se rompe y se recompone. Y hay que elegir o a veces hay que confiar u otras veces hay que entender y ponerse en el corazón o cabeza del otro. Beth escribe a Jeremy, el dueño de un café que es corredor de fondo que siempre espera y sueña, y aunque la vida rompa corazones y almas, procura no perder una sonrisa, procura saber esperar, procura reservar un sitio y cocinar tartas de arándanos con helado porque hay alguien que las espera…

Y esa persona, una Beth nueva y tranquila, volverá a quedarse dormida en la barra del bar después de una copiosa comida que consuela estómagos y almas. Y sus labios volverán a estar manchados de crema. Y de nuevo Jeremy le limpiará esos labios con un beso…, esperando que sea correspondido. No hay prisa. Él guarda tartas o llaves con historias de puertas que tal vez se cierren o vuelvan a abrirse. Él espera, siempre en el mismo sitio. Porque ahí los sentimientos simplemente pueden acabarse o simplemente puedan empezar de nuevo.

Beth decide emprender el viaje y trabajar de día y de noche en restaurantes de comida rápida, en locales nocturnos o en casinos 24 horas, para olvidar, para transformarse, para rozarse con otras historias tristes de personas con corazones rotos que o tiran la toalla, o cambian de vida o siguen apostando con una sonrisa y un pequeño rictus de amargura.

Así Beth se encuentra con un hombre alcoholizado que bebe todas las noches hasta quedar inconsciente en la barra de un bar. Un hombre triste consumido por una separación que no asume porque él está loco de amor por su ex mujer. Y por las mañanas, ese mismo hombre es un ciudadano con uniforme de policía, educado y tranquilo. Su mujer es una aventurera que por amor se quedó atrapada en un pequeño pueblo que la ahoga como la ahoga el amor de un hombre al que no puede corresponder. Y ambos se autodestruyen y ambos sufren y ambos toman distintos caminos. Es una historia de amor desgarrado y Beth desde la barra se convierte en testigo de unas copas de whisky o vodka sin pagar.

Y en su periplo acaba en un casino donde conoce a una joven que apuesta por la vida, de corazón duro y con apariencia frívola, que oculta algún que otro dolor y una relación amor-odio con un padre que la ha aconsejado que desconfíe de todos, de él mismo e incluso de sí misma. Ella va por la vida como riéndose un poco de todo aunque por dentro sea una mujer triste. Y Beth y la jugadora de cartas se hacen amigas y emprenden un viaje que transformará a ambas y ambas extraen algo la una de la otra, la otra de la una.

Al final Beth regresa porque olvida o porque decide que ya puede elegir o emprender otra historia porque ese desamor ya ha pasado su fase. Ahora tiene un asiento reservado al otro lado de la puerta, alguien que la espera, y con un beso le quite los restos de una tarta de arándanos que nadie quiere, sólo ella.

Y para este cuento de desamores se puede contar con rostros bellos pero con surcos e historias.  Wong Kar-Wai se recrea en las miradas, silencios, lágrimas y alguna que otra sonrisa de la cantante Norah Jones, de Natalie Portman, Rachel Weisz, Jude Law y David Strathairn.

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Diccionario cinematográfico (116)

Cárcel: no sólo Malamadre está entre rejas. Y no sólo él es un FIES. Tiene como compañero de celda a Garfia con cara de Alberto San Juan que se transforma y se enamora de una enfermera que es capaz de ver al hombre tras el asesino en unas horas de luz. Y no sólo ellos organizan motines que son frenados por las fuerzas políticas y las fuerzas del orden sin importar lo que se llevan por delante. Que se lo pregunten a los chicos brasileños de Carandirú y a esos suelos repletos de sangre. También, vivimos motin carcelario en directo por la periodista Tally Atwater en Íntimo y personal. Hay otros que realiza motines individuales con el apoyo de todos los compañeros que desearían ser igual de indomables que Luke, pero él es el único, que con una sonrisa que no se retira de sus labios, cuestiona y pone en vilo una y otra vez a la autoridad porque él no se somete.

De nuevo Babenco nos deja una celda, íntima y pequeña, donde se relacionan un preso político y un homosexual que a través de historias imaginarias tratan de huir de una realidad que les come la moral un poquito más cada día en El beso de la mujer araña. Daniel Day Lewis es condenado como terrorista junto a su padre bueno y trabajador y ahí en la cárcel va sufriendo transformaciones… en el nombre del padre.

Luego están los corredores de la muerte. Desde un solitario y desválido hombrecillo al que los poderes locales anuncian que hay que aplicarle sin demora la pena de muerte para obtener numerosos votos hasta que se cruza por su camino servidora, una Hildy que también sabe del cuarto poder, y pone patas arribas la prisión en luna nueva. Después con sexo masculino y una primera plana también intervendrá un Hildy con cara de Lemon. Pero ahí no acaba todo, también está el enorme negro de la Milla Verde capaz de cambiar vidas a pesar de su muerte cercana. O ese Matthew Poncelet que realiza la cuenta atrás para ser matado junto a una hermana con dilemas morales. Como también es fría la ejecución de un reo a muerte en Monster Balls donde un joven policía con padre severo no puede reprimir un sentido de la humanidad y vomitar ante el horror de una ejecución legalizada (qué terminos unidos más horribles).

Y si hablamos de afán de huida nos vamos a cárceles y a centros de detención en guerra. Y ahí la búsqueda de libertad es eterna. Y termina en drama o en comedia. Y hay joyas del cine o pequeñas piezas con alma. Si nos vamos a Francia emociona La gran ilusión o esa mano que sale a través del asfalto en la maravillosa La evasión. Desde Gran Bretaña nos lo tomamos a risa y Cattaneo crea película tierna de cárcel, teatro y fuga en Lucky Break. Y va de guerras y centros de detención donde los presos que son también soldados buscan oportunidades para escapar del encierro y ahí existe prácticamente otro subgénero que ha dado películas dispares pero fundamentales como La Gran Evasión, El puente sobre el río Kwai, Evasión o Victoria con Pelé incluido o Traidor en el infierno.

Hasta el musical se mete en prisión sea de mujeres en Chicago o sea con el rey del rock. La cárcel también crea curiosas relaciones como la que se establece entre un joven neonazi con un compañero negro que no dudará en darle la mano en más de una ocasión en esa película que llega directa al cerebro y el corazón American History X.

Este género tiene varios hitos que si alguien pide una lista nadie olvida. Así Burt Lancaster y su hombre de Alcatraz amante de los pájaros es intocable. O un Robert Redford que quiere derechos humanos en una cárcel bestia en el drama Brubaker. Otra de las más populares es Papillon con un McQueen y un Hoffman que planean huida.

Pero las cárceles no terminan aquí. Los gángster también acaban entre rejas directos a la pena de muerte, los cowboys y bandidos también dan con sus huesos en las celdas o asesinos y delincuentes comunes con mucha mala suerte o inocentes que acaban entre rejas o historias en las que se muestran cárceles inhumanas donde el hombre pierde su identidad. Entonces nos topamos con lista interminable de dramas carcelarios: Rejas de cristal, jóvenes en cárcel italiana en la que entra un profesor con otras ideas. O la maravillosa Sólo se vive una vez donde un joven Fonda ve como la cárcel le mina la vida, le destroza. O Río Bravo que transcurre gran parte en una celda mientras un joven pistolero, un sheriff, su ayudante alcohólico y un abuelo tratan de que no escape el hermano asesino de un terrateniente con poder y violencia en las manos. O El patio de mi cárcel inspirada en la experiencia de una funcionaria que desde los años 80 lleva un grupo de teatro con las internas de la cárcel de mujeres.

Son muchas las rejas de celuloide.

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Tres novelas y tres películas

Tengo abiertos tres frentes. Tres novelas que fueron adaptadas al cine en distintos momentos.

Doctor Zhivago de Boris Pasternak publicada en 1957. Su adaptación al cine corrió a cargo de David Lean en 1965. Novela de cientos y cientos de páginas que relata la revolución rusa y años posteriores bajo la mirada de un reflexivo doctor huérfano esposo de una mujer, Tania, de buena familia. Lean dejó aparte las reflexiones históricas y políticas de esta interesante novela y se centró en uno de los personajes secundarios, Lara, creando un personaje femenino ideal y maravilloso con cara de Julie Christie.

Rebecca de Daphne du Maurier publicada en 1937. Su adaptación al cine corrió a cargo de Alfred Hitchcock en su primer encargo para el cine de Hollywood en 1940. Novela barroca, de misterio y que atrapa desde la primera página. Sólo hace falta una mansión decadente, Manderley y una presencia muerta que envuelve todo el ambiente, una mujer llamada Rebecca. Hitchcock atrapa la esencia de la novela y regala una señora Danvers inolvidable con el rostro de Judith Anderson. Sus apariciones son escalofriantes.

Y ahora me espera El turista accidental de Anne Tyler publicada en 1985. Su adaptación al cine corrió a cargo de Lawrence Kasdan en 1988 y ahora espero obtener más información de las reacciones de Malcom y Muriel. Os contaré pronto.

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Arde Mississippi (Mississippi burning, 1988) de Alan Parker

Arde Mississippi es de esas películas que según vas viendo te vas cabreando y cabreando más con el ser humano y por sentir la capacidad que tenemos de ser unos burros sin cerebro. Arde Mississippi te hace temblar y gritar de indignación según van pasando las dos horas de metraje. Arde Mississippi es una película que apunta y analiza el odio racial y trata de buscar los orígenes de ese odio y de comprender una reacción así tan salvaje.

Arde Mississippi te pone en un dilema. El dilema que se les plantea a los dos agentes del FBI magníficamente interpretados por Willem Dafoe y un Gene Hackman que se sale. Cómo tratas de acabar con las injusticias de una pandilla de seres irracionales con el odio en sus venas e incapaces de razonar. Cómo. Y el dilema es duro. ¿Empleas todo los métodos legales y ortodoxos y la vía del razonamiento como aboga el joven agente el FBI?¿O empleas el mismo lenguaje, el único lenguaje que entienden y ante el que reaccionan?¿Empleas los mismos juegos sucios, las mismas actuaciones irracionales y violentas para poder detenerles, para poder pararles en esa cadena de violencia injustificada?¿Empleas el método del perro viejo sureño del FBI que sabe que con burocracias y demás poco se va a poder hacer? Y el dilema es chungo muy chungo. Y la película se decanta…, y te hace ver de manera contundente que sólo hay un camino posible para detener a esos bestias… pero te queda la duda, ¿será ése el único camino?

En Arde Mississippi se unen varios ingredientes que cocinan despacio una película de calidad. Una película denuncia y además buena. Una de esas historias en las que el odio racial se siente y duele. Un director efectivo como Alan Parker que cuando encuentra un buen tema sabe cómo dirigirlo y plasmarlo en imágenes con soluciones acertadísimas. Un guión bien construido. Una fotografía magnífica y una banda sonora acorde con los sucesos que se nos cuentan son el envoltorio para un magnífico elenco de actores principales y secundarios que hacen vibrar la pantalla.

Los afroamericanos aparecen como colectivo y pocos personajes se individualizan. Pero para entender ese odio racial sin sentido la fórmula funciona.Tan sólo adquieren importancia indivual en la historia el granjero y su hijo que protagonizan una de las escenas más tremendas y dramáticas. Ambos luchan activamente contra unas actitudes injustas y el no tener miedo lo pagan muy caro. También, destacar el breve pero efectivo papel de un hombre negro que trabaja para el FBI y que viene para cumplir una misión muy especial.

Los que sí se individualizan son los del otro lado, los agente del FBI que tratan de averiguar que ha sido de tres activistas de los derechos civiles y humanos (tres jóvenes, dos blancos y un negro —hay una crítica a lo largo de toda la cinta de que si no hubieran desaparecido los dos blancos nadie hubiera movido un dedo ante tamaña injusticia—) y algunos ciudadanos de ese pueblo sureño comido y roído por el odio racial.

Si ya he hablado de la labor de los dos agentes, no se puede dejar aparte el trabajo de Frances McDormand, una chica del sur casada con el ayudante del sheriff y que de alguna manera simpatiza con uno de los agentes del FBI (Hackman, por supuesto) y él con ella…, una mujer inteligente y cansada que siente la irracionalidad de ese odio que no comparte ni mucho menos. McDormand junto a Hackman explican en diálogos de 10 las posibles causas de ese odio irracional y peligroso.

Pero los miembros de la policía local y algunos ciudadanos, todos miembros o simpatizantes del KKK se salen en sus papeles. El casting de secundarios es amplio y deja unas interpretaciones que hacen temblar. Brad Dourif (el dulce enfermo mental de Alguien voló sobre el nido del cuco) borda su papel de machista y paleto ayudante del sheriff. Michael Rooker (sí, el actor que quedó marcado por Henry, el retrato de un asesino) logra dar miedo como ese saco de músculos capacitado para dar golpes y ser bestia así como soltar continuas lindezas por su boca. Gailard Sartain (el dulce y aburrido marido de Kathy Bates en Tomates verdes fritos) es el sheriff, simpatizante del KKK que deja y motiva el odio racial. R. Lee Ermey (famoso por su papel de sargento en La chaqueta metálica) como alcalde simpatizante, ciego y corrupto. Y, por último, un Stephen Tobolowsky (sí, ese hombre con cara de cómico que hacía reír cada vez que aparecía como amigo plasta en Atrapado en el tiempo) como cabeza pensante, como ideólogo y lider de pacotilla.

Arde Mississippi es película de imágenes inolvidables e impactantes. Así como de diálogos para analizar una y otra vez. Desde la primera escena, buenísima, explica perfectamente cuál va a ser el tema principal de la película. Dos lavabos y dos carteles: White y Colored. Así de repente si me dijeran qué recuerdo, los agentes del FBI perfectamente trajeados, hombres con corbata y buenos zapatos, atravesando un pantano. Un hombre negro ahorcado de manera salvaje mientras a su espalda su casa arde en llamas. Cualquiera de los encuentros y conversaciones entre McDormand y Hackman. La escena en la que vemos la persecución y el miedo de los tres jóvenes activistas…, desde el principio conocemos su final… Las declaraciones de ciudadanos anónimos ante las cámaras de televisión que dejan ver un odio racial enraizado en lo más profundo…

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Celda 211

Daniel Monzón se va por el cine de género puro y duro, el cine carcelario que ha dado películas memorables como Brubaker, Carandiru, La leyenda del indomable, En el nombre del padre, Cadena perpetua… y nos regala Celda 211 una película interesante y bien hecha con más aciertos que equívocos.

Y ahí estás casi hora y media conteniendo la respiración por saber cuál va a ser la resolución de ese motín en vieja cárcel de Zamora. Monzón juega con el espectador y ofrece dosis suficientes de intriga y tensión.

Monzón no sólo acierta en la ambientación sino que da en el clavo al recrear personaje mítico, el preso Malamadre aquel que no tiene nada que perder, con un humor y una filosofía de vida que estampa en cada frase, con un código de honor determinado y que, a veces, hasta le podemos ver un tío —aunque si te lo encuentras te mueres del miedo— con un toque de ternura a pesar del pedazo bestia que lleva dentro. No podía ser otro que un Luis Tosar de Goya. Hay que quitarse el sombrero no sólo por su caracterización sino por el trabajo de su voz y movimientos creados. Impagable esa cabeza rapada con tatuaje en el cuello.

Como no podía ser de otro modo le secundan sus compañeros de motín. Secundarios de lujo que ofrecen distintas caras: Carlos Bardem, Vicente Romero o Luis Zahera (increíble como preso heroinómano). Y fuera los funcionarios, negociadores, policías, director de centro penitenciario… con rostros como el de Antonio Resines (brutal), Manuel Morón, Fernando Soto o Félix Cubero tratando de frenar el motín. Quizá los personajes de fuera son los más planos y a veces menos creíbles a excepción quizá de Resines como poli bestia y malote aunque son fundamentales para la resolución y avance de la trama.

 

Frente a Malamadre nos encontramos con Juan, un joven funcionario que en su primer día de trabajo se topa, accidentalmente, con la revuelta. Y para sobrevivir decide hacerse pasar por un preso más. Sin embargo, no sabe las consecuencias que va a vivir y cómo el destino va a golpearle ante esta situación que le ha puesto la vida por delante. Juan es joven e inteligente y sabrá manejar la situación hasta que un hecho determinante le hace perder la cabeza y casi la razón ( o a lo mejor lo que le pasa es que realmente  abre los ojos a una realidad y se descubre a sí mismo en muchas de sus facetas ocultas). Malamadre ‘adopta’ a Juan, el nuevo preso, el calzones (cada uno tiene su mote) a quien admira por su inteligencia y sus buenas ideas. Ambos quedan unidos por un destino que ninguno de los dos esperaba. Juan es Alberto Ammann que da el matiz que el papel necesita. No estoy de acuerdo con que Ammann haya hecho un mal trabajo creo que aporta credibilidad al personaje y a su transformación.

Daniel Monzón sabe jugar todas las bazas del género. Violencia, fuerzas del poder que se exceden en sus funciones, la frialdad e hipocresía de los negociadores y otras fuerzas de poder para llegar a solucionar algo que se les está escapando de las manos por momentos, el papel de los medios de comunicación, amistades, odios, perdedores, impotencia, traiciones, venganzas…e incluso encaja perfectamente a los presos de ETA (no quiero desvelar cosas importantes y curiosas de la trama).

Celda 211 es una película de ritmo y tensión que engancha y te hace sentir y chillar. Además, de fondo queda una crítica… ¿realmente los centros penitenciarios son centros de rehabilitación, es decir, que forman y transforman?¿O realmente los centros penitenciarios embrutecen y rompen en más pedazos a las personas que habitan en sus celdas? ¿Los FIES tienen sentido?¿Qué hacer, cómo reformar Instituciones Penitenciarias para que realmente puedan rehabilitar?

La película está llena de detalles y tiene puntos de humor como el tema de las gambas o algunas contestaciones de los presos. Pero también muestra un mundo violento y duro. Trágico. Celda 211 es la adaptación de una novela de Francisco Pérez Gandul (que todavía no he leído) y es una película de género con todos los ingredientes en funcionamiento para crear emociones y proporcionar más de una reflexión.

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Diccionario cinematográfico (115)

Bolso de Mary Poppins: es uno de los grandes misterios sin resolver de la humanidad. ¿Qué capacidad tiene el bolso de una supernanny mágica? Puede sacar un perchero, un espejo, una planta, un paragúas, un… Es el maravilloso bolso sin fondo ni peso. Puedes llevarte tu casa en cuestión de segundos e ir alrededor del mundo sin problemas a aquel sitio que te apetezca aterrizar en determinado momento… y sentirte como en casa rodeada de tus posesiones queridas y prácticas, las que te hacen sentir siempre en un hogar. El bolso de Mary, al que todos miramos con ojos asombrados, y que todos envidiamos siempre produce capacidad de sorpresa. Y ahora sale… o ahora meto… Y su tamaño es ideal sí señor. Imagínense nunca habría que facturar con un bolso así en los aeropuertos. Las mudanzas serían cuestión de risa y segundos. El mundo sería supercalifragilisticoespialidoso…, claro, por eso el bolso de Mary Poppins tiene valor incalculable…, y claro, por eso Mary es inmortal y sigue alrededor del mundo y del tiempo, con su bolso, sintiendo que cada lugar donde aterriza es su dulce hogar…

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Scaramouche (Scaramouche, 1952) de George Sidney

Te lo pasas bien, muy bien, viendo Scaramouche, el aburrimiento es misión imposible. Desde el primer minuto te metes de lleno en el cuento que propone George Sidney (una libre adaptación de la novela de Sabatini). Scaramouche es aventura, sueño, drama, comedia, acción, elegancia, belleza, lucha, amor, revolución, arte de la esgrima, política, aristocracia, commedia dell’ arte…, es puro espectáculo. Y ahí está el espectador ávido de emociones que puede disfrutar con una historia que le llena aunque sea poco verosímil…, ésa es la magia de Scaramouche que entras de lleno en el juego que propone, en sus incoherencias… y te conviertes en feliz espectador de un relato con fuegos artificiales.

Los reyes de la función, para la que esto escribe, los que hacen que sea puro placer su visión son precisamente sus personajes secundarios muy bien acompañados por unos protagonistas correctos. ¿Quién no se queda prendada, absolutamente, por ese Marqués de Moynes, una especie de Valmont seductor y bello, péfido y malévolo, e increíble espadachín con una elegancia que traspasa la pantalla? Mel Ferrer engatusa como personaje malvado y enriquece cada una de las escenas en las que es protagonista. Un Marqués de Moynes que es el colmo de la elegancia perversa. Ese aristócrata libertino de 35 años que se limita a vivir la vida y pasárselo en grande además de continuamente crear duelos para practicar su deporte favorito, la esgrima. Ese favorito, primo, de la seductora reina Antonieta en su corte de lujos, que se ríe de su futuro y de esa revolución que se aproxima, y él lo sabe y le importa poco, para acabar con ellos. Ese seductor que finalmente se verá atrapado, como Valmont, por la buena dama…, que en este caso le desprecia…

¿Y quién no rebosa energía o se siente atraido por su electrizante belleza, humor y poderío de esa actriz popular, que lo lleva en las venas, que ama sobre todas las cosas, una Leonor capaz de renunciar al amado con tal de verle feliz y sano y salvo? Eleanor Parker es fuego y risa y está impagable en Scaramouche. Seductora, bella, fierecilla con un corazón que se le sale, divertida, que trata de igual a igual a su amor… Con su melena pelirroja y sus bofetadas o contestaciones, con esas pestañas interminables, se come la pantalla y se convierte en reina del technicolor… ¿Alguien cree que pueda ser rival de una damita —que se reveló posteriormente poderosa— con cara de buena?

Ellos hacen brillar en lo más alto del espectáculo de Scaramouche. Sin negar que los protagonistas de la función están más que correctos… pero menos seductores. Scaramouche tiene el rostro del bonachón actor británico que se especializó en cine de aventura, Stewart Granger, logra hacer un personaje simpático pero fondón al lado de la elegancia y galanadura de Mel Ferrer. ¿Se imaginan un Burt Lancaster en sus primeros tiempos…, ufff?

Janet Leigh es la damita por la que suspiran el marqués y Scaramouche. Dama de 19 años, rubia casi cana, inocente y pura pero mujer de coraje e ideas propias, aristócrata y favorita de la corte de Maria Antonieta…, aunque al lado del torbellino Parker poco puede hacer.

La trama es delirante… pero tan divertida, tan interesante… Todos además esperamos impaciente el enminente duelo a espadas de Scaramouche con el Marqués de Moynes y cuando llega no decepciona. Es lucha emocionante, elegante y espectáculo (de nuevo la palabra) puro y duro.

Como está contada la historia francesa es de una ingenuidad que desarma. La revolución francesa se aproxima y un aristócrata rebelde, íntimo amigo casi hermano del protagonista (que no sabe quién es su verdadero padre pero ya empieza a realizar averiguaciones que llevan a equívocos), dispara la trama. Granger ve cómo pierde al amigo que grita Libertad, Igualdad y Fraternidad a los cuatro vientos frente al frívolo marqués. Y descubre que la damita en la que se ha fijado…, olvidándose de golpe de su Leonor, es la prometida oficial del marqués y además se da cuenta de que posiblemente les una un parentesco muy cercano. A partir de ese momento vive para la venganza y tan sólo quiere aprender el arte de la esgrima para matar al aristócrata. Pero como es perseguido por los hombres del marqués debe ocultarse y lo hace en la compañía de actores populares que van por los pueblos a llevar diversión. Allí está su amada, su risa, su diversión, la pasional Leonor, primera actriz de la compañía, que entra desde el principio en el juego de su amado. Y de la noche a la mañana se convierte en actor cómico excelente con personaje que siempre tapa su cara con una máscara, el divertidísimo Scaramouche.

Y es que Scaramouche es para soñar, disfrutar y volar a un mundo y a una historia que no existe… pero se disfruta tanto. En technicolor con partitura de Victor Young, con unos diálogos pícaros y chispeantes y unos actores que hacen brillar un cine de aventuras que, a veces, se echa de menos.

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Ava Gardner

Los agentes de publicidad creaban frases y mitos, a Ava le tocó ser el animal más bello del mundo, y claro a ella no la hizo mucha gracia cargar con este sambenito toda su vida. Sus inseguridades y el férreo sistema de estudios no la hicieron valorarse nunca como actriz, siempre que intentó mostras sus dotes…, el estudio prefería que jamás sacrificara su portentosa belleza.

Ava no salió ni diva ni glamurosa. Ni estrella. Ella quería vivir la vida y disfrutar, si podía, de su profesión. De pocos papeles se sintió orgullosa. Sin embargo, se convirtió en leyenda recordada y algunas de sus películas no caen en olvido. En una biografía de la actriz (Beberse la vida de Marcos Ordóñez), que analizaba su unión y pasión por España, comentan su espíritu atormentado por un lado y su aferrarse a la vida. Mujer nocturna, bebedora y reina de corazones —que se rompió varias veces hasta que eligió la soledad—.

Ava tuvo infancia difícil en entorno humilde… y fue escalando hasta convertirse en icono mundial. Hasta que llegó adolescente a Hollywood y empezó a aparecer como la chica del protagonista en producciones baratas como La casa encantada —con Bela Lugosi y los chicos Dead end—. Pero su verdadero debú, cuando realmente el público y crítica empezó a fijarse en ella, fue cuando en 1946 encarnó a una femme fatale en maravillosa película de cine negro de Robert Siodmak. Ella llevaba a la perdición a un ex boxeador con cara de Burt Lancaster en Forajidos.

Aún así la siguieron empleando en películas menores donde se potenciaba su belleza como Venus era mujer pero a la vez iba siendo protagonista, junto a las grandes estrellas masculinas del momento, de melodramas donde protagonizaba amores míticos y tristes. El gran pecador, Odio y orgullo o Las nieves del Kilimanjaro iban situando a Ava Gardner como estrella de principio de los 50. En 1950 protagonizaría película onírica y extraña, película símbolo, otra mujer misteriosa y fatal, trágica como su propia figura real, Pandora y el holandés errante. Esta película es importante en carrera y en su vida porque la pondría en contacto con España, país con el que mantendría un largo idilio. Y al año siguiente protagonizaría el famoso musical Magnolia donde se llevó disgusto porque finalmente los estudios decidieron doblarla en las canciones.

1953 la disfrazó en película de aventuras de Ginebra con sombrero de cono en Los caballeros del rey Arturo y también la hizo protagonizar mi película favorita de su carrera, la maravillosa Mogambo, de Ford. Ahí Ava está magnífica como mujer de vida alegre pero de corazón enorme que conquista, con esfuerzo, al aventurero Clark Gable que siente la llamada del amor con una niña fina y pija… ¡¡¡y casada!!!, con carita de Grace Kelly.

Así continúa su carrera en la década de los 50 llena de películas dramáticas, melodramas de mayor o menor calidad que iban robando el interés de Ava hacia su carrera: Una vida por otra, Cruce de destinos, La cabaña o película futurista como La hora final (de nuevo con Gregory Peck, una de sus parejas cinematográficas). Destacaríamos dos, La condesa descalza en 1954 y Fiesta en 1957. Ambas continuarían con esa unión de la actriz y España, además de ser representativas en su carrera. En la primera sería la ascensión de una chica española humilde, María Vargas, bailarina que termina pisando con fuerza en Hollywood pero atrapada por la tragedia y el amor desencantado. Y en la segunda sería una de las protagonistas de novela de Hemingway en fiesta pamplonica. Como casi siempre mujer objeto del deseo de un grupo de desencantados.

En los años 60 comenzaría su carrera en otra historia ambientada en la guerra civil española donde ella puso interés por el realismo en su personaje y donde el estudio de nuevo volvió a imponer su ley, la quería bella, y punto. Nuevo desencanto con la desconocida El ángel vestido de rojo. Como no podía ser de otra manera fue una de las estrellas que participó en superproducción, en tierras españolas, de Bronson, 55 días en Pekín. Y de nuevo protagonista de la segunda película favorita de Hildy de su carrera, ella  habita el mundo tormentoso de Tennesse Williams, en la atrayente La noche de la iguana en 1964. Una Ava, hermosa, sensual, vital, trágica y madura se convierte en Maxine, que regenta un hotelillo tropical y es reina del desencanto junto a otros personajes. Huston también le da el papel de una bella y serena Sarah en La biblia. También participa en película policiaca a lo Frankenheimer en Siete días de mayo.

Ava cada vez opta más por la soledad y espaciar sus intervenciones en los setenta y se mete en producciones de catástrofes (Terremoto), en intrigas de acción (El puente de Cassandra) o en cuentos infantiles (El pájaro azul). De nuevo es Jonh Huston quien la regala papel mítico y de leyenda en el western El juez de la horca, como mujer soñada e inalcanzable. Así hasta el retiro silencioso…

Los amores de Ava también fueron cinéfilos. Los más sonados: la obsesión que tuvo por ella el millonario Howard Hughes; su primer marido, el ex actor infantil Mickey Rooney; su matrimonio breve con el músico Artie Shaw y su amor tormentoso y eterno con Frank Sinatra donde hicieron evidente la frase ni contigo ni sin ti. Y después una serie de amores y romances fugaces…, al final, Ava optó por la soledad. Mujer hermosa y trágica, un bello recuerdo.

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La luna de José Luis López Vázquez

Ahí, en su luna de avellaneda me despedí de José Luis. En la cama de un hospital donde Darín con un biombo y una lámpara regalaba a un abuelo que cerraba los ojos la luna que le pedía…

Desde los años 50 su rostro pisó el celuloide y ya hasta el siglo XXI no lo abandonó.

Versátil.

Para comedia o drama.

Vázquez trabajó con Berlanga, con Ferrari, con Saura, con Fernán Gómez, con Gutiérrez Aragón, con Armiñán, con Camús…

Su rostro acompaña a películas ya míticas.

Fue mi querida señorita o vivió enclaustrado en una cabina.

Una vista atrás: El pisito, Atraco a las tres, El verdugo, La colmena,  Plácido, El cochecito…

Y fíjense curiosidades de su prolífica carrera. El gran Vázquez, el hombre inseparable a su bigote —excepto cuando el guión exigía que saliera sin él—, también fue dirigido por George Cukor en Viajes con mi tía o trabajó en película junto a un mito erótico francés y otro italiano (Brigitte Bardot y Claudia Cardinale) en Las petroleras.

A sus 87 años ha emprendido su viaje particular a su luna…, que proyectará en pantalla gigante para los siglos y siglos aquellas películas en las que mostró el oficio de actor…

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Diccionario cinematográfico (114)

María y Tony: una de los Sharks, otro de los Jets. Pero ambos fuera ya del código de las bandas. Sólo quieren llevar una vida normal. Ser felices, sentirse bien con ellos mismo, sentirse jóvenes y bellos, enamorarse y quizá, a la vuelta de la esquina, poder llevar a cabo una vida en común.

Se conocieron en el gimnasio. De pronto, los problemas, las diferencias, el tiempo se esfumó. Bastó con mirarse.

Ellos viven en barrio marginal. Les queda ilusionarse. Soñar. Con un lugar, un espacio donde puedan estar juntos. Donde no haya problemas. Donde, tal vez, poder amarse.

Pero aunque lo que une a los Sharks y a los Jets es mucho más de lo que los separa, no son conscientes. Sí de las peleas, los códigos, los puños, las navajas, piedras y pistolas. Entre ambos hay rebeldía y odio. Dominio de un barrio en el que no les dejan supervivir, vivir. Ante la falta de recursos, en vez de compartir pelean por ellos. No están para historias de amor.

No sólo cuentan con todos los obstáculos sociales sino que ellos mismos crean barreras. No hay sitios para las historias de amor. No hay sitio para María y Tony. El odio y las rencillas prevalecen. Y ese amor ya nace roto aunque los protagonistas de esta historia no quieran verlo o escribirlo en graffiti en los muros del barrio del que, quizá, nunca puedan salir.

Ellos son jóvenes y rebeldes y ya no se creen la tierra de las oportunidades. Sí creen en la lucha y el puño duro. O nosotros o ellos. Son los Montescos y Capuletos del West Side. No hay sitio para María y Tony.

Todo se complica. Todo se tuerce. Tan sólo un malentendido, una venganza por odio y un disparo.

Tony se desploma… a punto de cumplir su sueño con María. Porque ambos estaban dispuestos a irse sin nada, a encontrar un lugar donde cumplir sus sueños. Pero sólo una bala es suficiente para romper esperanzas.

Y entonces Tony cierra los ojos. Y María se desploma. Mira. Y grita con dolor que ella también puede matar porque ha aprendido a odiar.

Ese grito que desgarra, une. Los Sharks y los Jets se dan cuenta de la trampa, ven que hay mucho más que les une y se dan cuenta de que los obstáculos son otros, no ellos mismos. Y toman el cuerpo pesado de Tony y cubren la cabeza desnuda de María rota de dolor. Ya no hay sueños, ya no hay otro lugar. Quizá un acercamiento para soportar una vida perra.

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