Ararat (Ararat, 2002) de Atom Egoyan

Genocidio: Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad.

Diccionario de la Real Academia Española

 

Ararat es una interesante obra cinematográfica donde el director armenio-canadiense Atom Egoyan aborda de una manera intelectual (casi un ensayo) el genocidio armenio por los turcos a principios del siglo xx.  Así llama la atención cómo cuenta esta historia y la estructura que propone Egoyan en la película. Ararat no pretende emocionar (o por lo menos a mí me dejó cierto aire de frialdad y distanciamiento) sino exponer algunos planteamientos y reflexiones del director-creador a través de una película de ficción. Y por eso puede chocar o parecer que no es absolutamente redonda, lo que sí plantea es una propuesta para ser desmenuzada y analizada en profundidad.

El primer valor de Ararat es que sea una película que trata de acercarse a un hecho histórico apenas tratado en el cine (me viene a la cabeza una película que no he visto de los hermanos Taviani, El destino de Nunik) y todavía desconocido (además de polémico pues todavía no es reconocido, sobre todo por el propio Gobierno turco pero también por otros países, si realmente se produjo en el año 1915 un genocidio… y éste es un punto desconcertante y dramático porque relega a todo un pueblo al olvido y a obviar su sufrimiento) desde una perspectiva original: ante la condenación al olvido, ante la negación de la memoria, ante la negación de una realidad cruel, ante la impotencia de unos supervivientes que tratan de enteder su historia y otros que se lo niegan… la posibilidad del arte de transmitir una verdad a través de distintos lenguajes expresivos, de atrapar el sufrimiento e impotencia de un pueblo, el evitar el olvido de los que perecieron… Pero no sólo es ésta la única manera de acercarse a ese intento de recuperación de la verdad y la memoria lo que plantea Ararat sino que hay otros caminos que de alguna manera marcan en el presente a cada uno de los personajes.

Atom Egoyan en su estructura introduce varios personajes clave que afrontan de distinta manera ese ‘olvido impuesto’ y convierten Ararat en una denuncia inteligente. Hay una presencia en toda la película que de alguna manera une a todos los personajes y es una figura histórica, un superviviente del genocidio armenio, que pudo llegar a EEUU. Esta figura histórica es un artista, un pintor, que vivió en su piel el genocidio. Arshile Gorky, un pintor de vida atormentada, que arrastró su pasado (y diferentes etapas de asumir ese pasado que él mismo quiso olvidar)… Ararat nos lleva a su estudio y a la creación de un cuadro a través de una fotografía. La única fotografía que posee Gorky junto a su madre poco antes del exterminio. La fotografía que documenta su pasado, la fotografía que recuerda que tuvo una madre que murió en la deportación… La fotografía que muestra una infancia arrebatada, que se convierte en tormento porque le conecta con un pasado que no le dejan que aflore.

Esta figura histórica es un personaje de una película que está realizando un renombrado director armenio (Charles Aznavour) que quiere plasmar el genocidio de su pueblo y dejarlo reflejado en una película que trata de recoger su visión como superviviente (quiere extraer la esencia de ese genocidio según su punto de vista y se tomará ‘licencias poéticas’ para poder llegar más al espectador lo que quiere contar… como que el monte Ararat —un símbolo— se vea desde un balcón desde el que es imposible su visión. Pero es una verdad que sale de su interior y ‘recrea’ esa verdad que sale de las entrañas) y reconstruir sus recuerdos (y todo lo que le contaron). El director explica que lo que más le duele es no entender todavía cómo fueron tan odiados y como ahora que no les dejan recordar, siguen siéndolo. Qué fue lo que motivó ese exterminio… cuando eran también ciudadanos turcos…

Arshile Gorka también es el personaje central del nuevo libro de una historiadora armenia (Arsinée Khanjian) que se acerca a la verdad a través de una exhaustiva documentación. Que trata de entender con testimonios y acercamiento a la historia con rigurosidad qué pasó y cómo esto sigue marcando a su pueblo (su primer marido murió cuando intentaba asesinar a un diplomático turco y es señalado en EEUU como terrorista). Ella es contratada como asesora histórica en dicha película y trata de entender esas ‘licencias poéticas’ que el director pone en imágenes para acercar su verdad.

En dicha película trabaja también como conductor el hijo de la asesora, un joven (David Alpay) que trata de entender al padre ausente y al que le remueve algo en su interior el rodaje (y también las difíciles relaciones entre su madre y su novia) y trata de encontrar la verdad (el origen) del genocidio viajando a Turquía y filmando aquellos sitios que pueblan los recuerdos de los supervivientes. Encontrar la verdad desde la emoción, desde el viaje y el descubrimiento. Captar la tierra del olvido, las huellas del genocidio…

Ahí también se encuentra un actor de origen turco (Elias Koteas) pero nacido en EEUU que se mete en la piel de Jevdet Bay, gobernador de Van (una de las regiones más castigadas y donde el pueblo armenio trató de resistir ante el asedio turco), y uno de los perpretadores del genocidio. Él hace otra interpretación de la historia, cree que hubo un enfrentamiento armado entre armenios y turcos durante la Primera Guerra Mundial y que eso es muy distinto a un genocidio. Apuesta por vivir el presente y seguir en el olvido.

Uno de los actores principales es un norteamericano que se mete en la piel de otro personaje histórico, Clarence Ussher, un doctor norteamericano que trabajaba para la Cruz Roja y fue testigo presencial de la masacre de Van. Después trató de testimoniar lo que vio en un libro e instaba a los armenios que lograban salir del país que contaran su verdad, que avisasen sobre la masacre, que informaran… El actor se empapa del genocidio armenio a través de las memorias del doctor norteamericano y cree totalmente en lo que cuenta. Se identifica con él.

Así llegamos al policía de la aduana (Christopher Plummer), que está a punto de jubilarse, y entrevista al joven armenio que ha viajado hasta Turquía y trae unas ‘misteriosas’ bobinas de películas de 35 mm. Entrevista que articula parte de la película. Plummer estará unido al joven por una serie de casualidades y escucha toda la historia del genocidio armenio a través del relato del joven. Y conecta con la tragedia y con el joven a través del sentimiento y de las complejas relaciones paterno-filiales. Siente esa búsqueda de respuestas que vive el joven, ese querer comprender al padre ausente…

Atom Egoyan presenta las imágenes del genocidio no como un flash back a un pasado real sino mostrando una película dentro de una película. Lo que vemos es el horror según lo reconstruye el director armenio Edward Saroyan (que encarna el cantante de origen armenio Charles Aznavour) que quiere expresar su dolor y negarse al olvido. Que quiere mostrar lo que ocurrió desde su particular mirada. Así en su manera de mostrar la tesis de su ensayo, Egoyan me recuerda a la técnica que empleó Harold Pinter para adaptar la novela de Fowles a la pantalla, La mujer del teniente francés, película que dirigió Karel Reisz.

Así Egoyan construye un peculiar ensayo (y muy complejo porque permite múltiples miradas) sobre las ‘formas’ de recuperar la memoria y lograr contar la verdad de un acontecimiento que se quiere relegar al olvido y las consecuencias dolorosas que esto genera en las distintas generaciones.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Diccionario cinematográfico (192)

Vejez: El proceso de envejecimiento, los ancianos, los abuelos, las enfermedades y achaques, la fragilidad, los fallos de memoria, la soledad, las segundas oportunidades, los recuerdos… son temas que acompañan a la vejez. Y son temas que hemos visto numerosas veces plasmados en la pantalla de cine. Desde el drama más descarnado hasta la posibilidad de realizar un sueño imposible. La cotidianeidad de los abuelos. Las complejas relaciones familiares. Su vulnerabilidad y fortaleza. La soledad más absoluta o el periodo de la caida. Aquel o aquella que se mira en un espejo y ve cómo se marchita. El anciano que se convierte en la pieza fundamental de una comunidad o el relegado al olvido y la injusticia. La vejez protagoniza drama, melodrama, comedia e incluso ciencia ficción… Y es un tema estrella en la sala oscura. Porque es un tema cercano que a todos nos toca…

La última ha sido la película de Haneke, Amor, pero la vejez es un tema que siempre ha estado presente. Ahora me espera el visionado de Primavera tardía de Ozu…, un hombre mayor condenado a la soledad cuando su hija deja el hogar porque se casa. Y pronto se estrenará la película que ha dirigido el actor Dustin Hoffman sobre un grupo de ancianos, excantantes de ópera, que viven en una residencia, El cuarteto.

Podemos buscar huellas desde el cine silente y ese testimonio triste del empleado anciano que es relegado a lo más bajo en un hotel y su progresiva caída al abismo… El último de Murnau.

La vejez puede ser contada, sobre todo, desde dos visiones: el camino hacia la muerte o el momento de realizar cosas que nunca se hicieron, las segundas oportunidades. O mezclar ambos temas. El camino hacia la muerte y el dolor que genera el ser mayor puede ser contado desde una perspectiva desgarrada como en Venus de Roger Mitchell o desde un camino tranquilo y amable, con naturalidad, del que sabe que el fin está cerca y hay que apurar como En el estanque dorado de Mark Rydell.

El mundo de las segundas oportunidades suele ser comedia o tragicomedia. Ahí está Alexander Payne contando las andanzas de un recién jubilado y viudo que emprende un viaje por carretera en A propósito de Schmidt. O David Lynch construyó su relato cinematográfico más clásico de la mano de Alvy y su tractor, un anciano que va al encuentro del hermano con el que se enfadó hace años en Una historia verdadera. Sin olvidarnos de esos abuelos que deciden viajar a la India y darse segundas oportunidades en El exótico hotel Marigold de John Madden.

La unión de ambas visiones: el camino hacia la muerte y las segundas oportunidades (de ser, por ejemplo, mejores personas) se unen en El gran Torino de Clint Eastwood que también encarna a Walt Kowalski, un hombre que se replantea las ideas que ha mantenido toda su vida ante la nueva realidad que le rodea.

Los ancianos son también guardianes de historias y poseen una sabiduría que los jóvenes no tienen. Cuentan viejas historias, narran cuentos y saben de qué va la vida. Ahí se encuentra Ninny que cuenta a quien quiera escucharla la historia de una encantadora de abejas y una dama sureña que se hacen amigas en los años de la depresión en Alabama… en Tomates verdes fritos. O también pueden ser personajes excéntricos que saben el significado de las ataduras y quieren por ello que sus seres más cercanos sean libres. Así le ocurre al abuelo con cara de Lionel Barrymore en Vive como quieras de Frank Capra. Ahí también se encuentra el abuelo macarra y yonqui que adora a su nieta y salta por encima de los prejuicios sociales en Pequeña Miss Sunshine.

… Hay abuelos frágiles y vulnerables a los que les afecta la realidad dura que les rodea. Así no olvidamos al anciano matrimonio de la familia Joad que son los primeros que perecen en el largo peregrinaje para encontrar un empleo durante la Gran Depresión en Las uvas de la ira de John Ford. O ese funcionario jubilado que no llega a final de mes y que le quieren echar de la habitación de alquiler donde ha vivido años en la emocionante Umberto D de Vittorio de Sica. O esa abuela que la diagnostican alzheimer y vive con su nieto (que comete un acto horrible)… y trata de buscar un poco de Poesía ante el horror de la realidad que la rodea. O ese matrimonio anciano que pierde su hogar y se lo queda el banco (¿a qué recuerda?)…, sus hijos (otro de los grandes temas las relaciones padres-hijos, abuelos-nietos) no tienen espacio para que se que queden juntos en una de sus casas y tienen que separarse por primera vez… y protagonizarán la más hermosa de las despedidas en Dejad paso al mañana de  Leo McCarey.

También existe el abuelo patriarca. Aquel que sigue siendo déspota por los siglos de los siglos o aquel que ejemplifica el final de un periodo histórico. Por ejemplo Burt Lancaster supo reflejarlo en su rostro en Novecento y El Gatopardo. O el abuelo patriarca de una familia, el que sustenta su memoria, como en La familia de Ettore Scola y un Vittorio Gasman que recorre décadas hasta ser un ilustre abuelo.

Otros abuelos conviven día a día con la soledad como Maria Galiana y Carlos Álvarez- Novoa en Solas de Benito Zambrano o una increíble Petra Martínez en La Soledad de Jaime Rosales. Y otros conviven con enfermedades degenerativas como el Alzheimer, ancianos que tratan de enfrentarse al olvido o que se hunden definitivamente en otros abismos como puede verse en El hijo de la novia, Lejos de ella o la película de animación Arrugas.

Y hay hasta abuelos que se codean con la ciencia ficción… y encuentran la fuente de la eterna juventud que viene ni más ni menos que de unos extraterrestres en Cocoon de Ron Howard. O ancianos que se cruzan con lo fantástico, como ese curioso caso de Benjamin Button que nació ya con muchos años a sus espaldas. Sin olvidarnos del caso del último viejo que queda con vida en el mundo y sus posibles vidas, Mister Nobody.

… La vejez es atrapada en la pantalla blanca… que curiosamente hace que sus personajes, hasta los más ancianos, sean inmortales…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Amor (Amour, 2012) de Michael Haneke

Un alumno, ahora pianista de renombre, escribe a sus viejos profesores de música clásica una nota en la que dice que visitarles ha sido entre bello y triste. Así se describe perfectamente la sensación que le queda al espectador tras ver Amor de Michael Haneke. Amor no plantea una historia ni fácil ni sencilla. Pero habla de temas que siempre se quieren evitar o silenciar y sin embargo forman parte de lo cotidiano, del día a día. Temas que se quieren encerrar entre cuatro paredes. ¿Cómo morir con dignidad? ¿Cómo acompañar al ser querido hacia la muerte? ¿Cómo vivir el deteriodo que supone una enfermedad que avanza…? ¿Cómo enfrentarse a ello?… No son preguntas con una sola respuesta. Y Haneke lo sabe. Y cualquier respuesta, duele.

Ya se lo dice George (sublime Jean Louis-Trintignant) a su hija (Isabelle Huppert), no le vale de nada su preocupación a distancia. Ni sus reproches. ¿De qué le sirven en su lucha diaria para mantenerse intacto junto a Anne (maravillosa y trágica Emmanuelle Riva…)? ¿Qué es lo que propone? ¿Tiene alguna solución a mano para evitar el deteriodo y el sufrimiento? ¿Sabe enfrentarse a ello? ¿Puede evitar la soledad? Parece que también se está dirigiendo a los espectadores.

George, un ‘monstruo sensible’ que es buena persona como dice su Anne, es un gran contador de historias. Y él nos guía por esta historia dura y sin concesiones, directa. Es tan lacerante y real ese bisturí de Haneke que retuerce las entrañas, que plantea preguntas difíciles sobre el amor, la enfermedad, la vejez y la muerte…

Michael Haneke nos deja un único final posible para George y Anne… tal y como lo haría un sensible contador de historias que no puede más con el dolor de sus protagonistas. El final es el que es, lo sabemos desde el principio, pero el director cruza el umbral… y nos hace ver, de manera sencilla y hermosa, que puede que la vida y la muerte estén más cerca de lo que creemos…

Para enfrentarse a Amor, hay que escuchar atentamente a un George que no para de contar historias. Le cuenta a su esposa que sufre y delira, mientras acaricia su mano con una ternura que desarma, que recuerda cómo su madre le decía que si se encontraba bien en un campamento de verano que pintase en la postal un ramo de flores y que si se sentía mal pintase estrellas… Y eso es lo que pasa con Amor es una película repleta de estrellas porque el espectador se siente mal ante lo que ve contado con un pulso firme entre un realismo atroz y una sensibilidad que no se regodea en lo amargo, sino que muestra una realidad terriblemente cercana.

Y todo esto nos lo cuenta Haneke de una manera sublime. Desde la presentación de los personajes en esa sala de conciertos, son dos personas más entre un público entregado a una pasión: la música; hasta la manera de recorrer las habitaciones de la casa donde viven o el empleo de los sonidos para narrarnos algo más. Lo que nos deja intuir, lo que nos deja ver, lo que se oculta tras las puertas… El detalle. La cotidianidad de esos dos personajes que van imparables hacia el abismo… Y no hay remedio alguno. La presencia de lo onírico que choca con la soledad brutal de unas paredes que encierran dos historias que se apagan, que agonizan.

De nuevo George-Haneke cuenta una historia… y dice que una vez vio una película de la cual ya no se acuerda de su argumento ni quién estaba en ella… pero sí recuerda totalmente lo que sintió ante esa película, lo que le hizo llorar. Y, es cierto, creo que Amor se quedará presente en el inconsciente del espectador que recordará lo que sintió mientras habitaba en la casa de George y Anna… Una melodía interrumpida. Y también será difícil olvidar los rostros y las miradas de dos actores que traspasan el umbral (y vuelan más allá de la pantalla blanca), Jean Louis-Trintignant y Emmanuelle Riva.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Los muelles de Nueva York (The docks of New York, 1928) de Josef von Sternberg

 

… Eran los tiempos en que el petróleo todavía no había sustituido al carbón y los grandes medios de transporte necesitaban para moverse el trabajo de los fogoneros… Los muelles de Nueva York, la niebla y los barcos. Unos hombres se encuentran en las tripas de uno de ellos. Han realizado una larga travesía y han echado carbón sin parar para que el barco se deslice. Ellos se presentan con sus cuerpos sudorosos llenos de hollín. Ahí está Bill (una mole con el rostro de George Bancroft) que se dispone a fumar un cigarrillo. El barco se ha detenido en el muelle. Su antipático jefe les avisa: tienen la noche libre, mañana zarparán de nuevo. Y Bill se pone delante de unos dibujos obscenos de mujeres desnudas que tienen pintados en una pared a tiza y sonríe. Sus compañeros hacen lo mismo. Esa noche sólo tiene claro que quiere pasarlo bien.

Así arranca una película silente de Josef von Sternberg que es una joya donde el director muestra su capacidad para generar ambientes que no se borran de la mente. De lo sórdido crea lo bello. Recrea. Éste es su secreto. Y su firma. Pero también su peculiar manera de contar y su empleo elegante del lenguaje cinematográfico. Nadie olvida una película de Von Sternberg y sus garitos. Así viene a nuestra cabeza el cabaret de El Ángel Azul, el casino de Sanghai o el garito donde actúa Marlene Dietrich en Marruecos. Y en los muelles de Nueva York, el bullicioso garito Sandbar. Von Sternberg y Dietrich quedaron tan unidos como pareja artística que a veces se olvida que ambos tuvieron sus propias trayectorias por separado… Así existe un Von Sternberg sin Dietrich que crea una sensibilidad especial en sus películas. Entre la sordidez puede surgir la posibilidad de amor. Esto es lo que ocurre en la sencilla trama de Los muelles de Nueva York. Lo que entusiasma es cómo está contado.

Los personajes de esta historia llevan marcado en el rostro y en su cuerpo un destino trágico. Negro. Todo apunta a ello. Bill es un solitario que con un poco de alcohol pierde los estribos. Es fácil que estalle y se vuelva violento, es una mole con una fuerza que asusta. Bill lleva su vida marcada en el cuerpo recubierto de tatuajes. La mayoría de las veces está cubierto por el hollín… pero esa noche toca bajar a tierra, se desprende del carbón pegado a su cuerpo y sus tatuajes con nombres de mujer quedan al descubierto.

Los muelles de Nueva York transcurre tan sólo en unas horas pero son suficientes para cambiar la vida de varios personajes… la oscuridad de la noche y un amanecer que anuncia un nuevo día. Y tan sólo conocemos unos pocos escenarios: las tripas del barco, algo de los muelles cubiertos de niebla, un garito de mala muerte, y la habitación de una mísera pensión…

Cuando Bill busca un garito donde divertirse, oye cómo una mujer se ha tirado al agua. Él la salva. Ella es una prostituta que no quiere vivir, joven y absolutamente desencantada. Se llama Mae (Betty Compson). Ahí empieza todo. Bill buscaba sólo un cuerpo de mujer con el que divertirse y sin comerlo ni beberlo se topa con el amor. Mae era una mujer que ya no tenía ilusión por vivir y encuentra una posibilidad de futuro junto a un bruto, al que sabe tranquilizar, llamado Bill.

Tan sólo hacen falta unas horas para que sus vidas se transformen. Pero sin alboroto alguno. De una manera fluida y natural. Los dos deciden darse una oportunidad aunque no lo tienen fácil. Antes un simulacro de boda oficiado por un sacerdote que sí imprime un carácter espiritual y serio a la ceremonia (como si intuyera que ahí hay algo mucho más serio que una juerga). Una noche de bodas. Y una mañana en que el fogonero piensa que tiene que volver al trabajo, dejar el puerto, vagar de nuevo por el mar. Ahí reposa en la cama otra mujer para otro tatuaje. Lo pasó bien. Y deja el dinero en la mesilla… Pero un intento de asesinato les hace ver que quizá les espera otro futuro y que no tiene por qué ser oscuro.

Y todo lo cuenta Von Sternberg alejándose del melodrama y el folletín y acercándose a una sensibilidad que preludia cine negro y realismo poético. Ahí se encuentran unos cimientos. Además de demostrar que sabe contar con imágenes. El suicidio de Mae lo vemos reflejado en el agua… y el intento de asesinato fuera de cámara. Pero son varios los detalles que nos informan de lo que ha ocurrido. Y sabemos por cómo vuelan unas gaviotas desde la ventana del homicidio que ha sido un disparo…

… En el garito hay rostros, más rostros que permiten esas horas extrañas a los protagonistas. El desagradable jefe de Bill, que también desea a Mae. Lo más representativo de los bajos fondos, hombres y mujeres. Otra mujer desencantada y desilusionada, la esposa del jefe de Bill (la actriz rusa Olga Baclanova que alcanzaría la inmortalidad por su papel en la película de culto La parada de los monstruos). Desde que se casó empezó su sufrimiento, su marido siempre la abandona y desprecia, ella finalmente se ha dedicado a la prostitución. Protege a Mae y ve en ella la posibilidad de un amor verdadero, de que quizá tenga algo más de suerte en la vida… aunque no está muy segura (no sabe si es la noche y el alcohol). Pero en sus ojos queda una esperanza.

Von Sternberg recrea los bajos fondos y como de esos bajos fondos se crea la posibilidad de una historia de amor entre dos personajes excluidos… De la oscuridad, la luz.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

El molino y la cruz (Mlyn I Krzyz, 2011) de Lech Majewski

Para mi madre, claro. En Luna nueva no sale pero es la mar de maja.

La primera vez que oi hablar de esta película polaca fue hace bastantes meses que se anunciaba su estreno en el Museo del Prado con la presencia de su director. La madre de la que escribe se pasa horas y horas en dicho museo (sus hijos bromeamos cuando no sabemos dónde está: “seguro que se encuentra en su segunda casa”) así que ahí estaba. Y salió fascinada. Con la película y con el director. A ella la apasionan las historias que hay detrás de los cuadros y a mí las que me cuentan en el cine… Y a ambas la simbiosis entre cine y pintura, pintura y cine. Así que estaba deseando que fuera a verla. Y ahí que fui, cumplidora.

Más que una película, me pareció un ensayo de arte. No hay narración y sí reflexión. Si te acercas a ella sin saber que trata sobre un cuadro que de pronto resucita ante nuestros ojos quizá se entienda muy poco. Quizá el espectador se quede frío. Me recordó a los videoartes de Bill Viola. Por eso es importante antes de meterse en el cine empaparse del cuadro de Brueghel el Viejo, Camino al calvario. Quedarse con su composición. Observar el paisaje y los personajes que lo pueblan. Y que alguien (o el espectador mismo  a través de la lectura) te sitúe en la época que fue pintado. Países Bajos, Flandes, dominación española. Catolicismo férreo frente a la Reforma protestante. Y entonces el espectáculo visual (y los increíbles efectos digitales que hacen que el espectador ‘viva’ inmediatamente el cuadro) que está asegurado desde la primera imagen puede significar algo más.

Apenas hay diálogos sólo hay tres personajes que hablan (de una manera simbólica) y son precisamente los que tienen rostros de actores internacionales. Por una parte el propio pintor Brueghel el Viejo (con el rostro de Rutger Hauer), su mecenas Nicolas Jonghelinck (al cual da vida Michael York) y una campesina mayor que sufre, una mujer llamada María (con la cara hermosa de Charlotte Rampling). El pintor conversa con su mecenas y le descubre los motivos de su cuadro, los secretos, el porqué de la composición, los símbolos, los detalles, las metáforas, los significados. Sus cuadros eran alegorias religiosas o de mitología complejas. El mecenas charla con su esposa, siempre silenciosa, y sitúa al espectador en el periodo histórico. Y, María es el personaje simbólico. Una mujer del siglo XVI que sufre por su hijo que ha sido detenido y condenado a muerte… y con su historia y sus reflexiones vivimos un calvario igual que el de Jesucristo. Un calvario universal que muestra como en todas las etapas de la historia el calvario puede repetirse una y otra vez.

El polifacético director Lech Majewski (primera vez que me acerco a su trayectoria cinematográfica) apunta más al cerebro que al corazón. El molino y la cruz es un ejercicio intelectual que no busca la emoción sino la comprensión de cómo pudo ser el proceso de creación de un cuadro. Un análisis de lo que quizá quiso plasmar el creador, el pintor. Pero además Majewski recrea escenas que cobran vida y reflejan cómo podía ser la vida cotidiana en el momento en que el pintor creó su obra pictórica. Son escenas que transcurren durante un corto periodo temporal en el cual también se vive ‘el calvario’. Estas escenas cotidianas son perturbadas por los mercenarios vestidos de rojo y a caballo al servicio de los españoles que se dedican a sembrar el terror entre los ciudadanos y a llevar a cabo torturas terribles. También se refleja la dureza del catolicismo sobre aquellos que no siguen la doctrina…, ellos se convierten precisamente en los instigadores de otro ‘calvario’ cruel.

Así vemos cómo la plácida vida de una joven pareja de campesinos es truncada por estos mercenarios cuando someten al joven a una tortura horrible atándole en una rueda que elevan hasta el cielo (y que se convierte en un elemento simbólico del cuadro del pintor). O asistimos al despertar en un enorme e impresionante molino (el diseño de producción y arte es impresionante, el molino se encuentra en lo alto de una roca y es testigo de toda la escena y parte fundamental del cuadro) del molinero, su esposa y el ayudante. Un molino que tiene vida propia y que es una metáfora del que todo lo observa… También conocemos la cotidianeidad de una familia, la del propio pintor, que tiene una bella mujer (que también es modelo de sus cuadros) y un montón de hijos que nos deleitan con sus juegos.

Majewski cuida el detalle hasta la obsesión. El vestuario es exquisito y logra totalmente los tonos del cuadro (y es que el proceso fue laborioso para conseguir ese resultado en pantalla). Y cuida esos fondos creados digitalmente creando unas imágenes increíbles. El interior del molino es una joya arquitectónica… ese mecanismo que empieza a funcionar desde la mañana temprano, esa escalera interminable, las astas que empiezan a dar vueltas y es como si comenzara la vida. Se detienen en un momento y es cuando el tiempo se para y observamos el momento justo que captó el pintor. Brueghel creaba las alegorías de tal manera que lo más importante del cuadro queda oculto, no es lo más importante de la composición… Y por eso sus cuadros son tan especiales y característicos llenos de símbolos y metáforas que descubrir.

Al final el director nos saca del cuadro justo en el momento en que se celebra un círculo donde varios personajes danzan al son de la música, danza de vida, danza de muerte… Y nos muestra cómo el cuadro tiene vida propia. Está colgado en una pared de un museo de Viena. Pero como todos los cuadros, habla… y nos cuenta algo tal y como ha querido reflejar, de manera especial, Lech Majewski.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Actrices durante el periodo pre-code

O actrices que llenaron con sus rostros y sus historias las pantallas de cine, las salas oscuras, durante 1929 hasta 1934 cuando el código Hays se puso realmente en marcha, es decir, fue obligatorio por las productoras el seguirlo punto por punto. Este código no era otra cosa que censura… a partir de 1934 todo guion antes de ser filmado tenía que ser revisado para ver si lo cumplía y conseguir un sello para poder seguir adelante con la producción cinematográfica…

Pero durante esos años donde el código era voluntario surgió una pléyade de actrices con unos papeles complejos y ricos en matices que mostraban una nueva expresión de la feminidad donde desde la pantalla blanca se veía a mujeres que decidían sobre su vida profesional, sentimental y sexual. Y protagonizaron películas que planteaban cuestiones interesantes sobre la identidad femenina (no fue sólo una libertad mayor para mostrar la sexualidad sino que iba más allá), ya no primaba el estereotipo que funcionó bien durante el periodo silente (la ingenua, la vampiresa, la buena madre, la chica de campo, la chica de la ciudad…) sino que estas actrices y sus personajes se saltaron las fronteras de este estereotipo.

Algunas de ellas siguieron su carrera deslumbrante después de 1934 y se adaptaron a los nuevos tiempos. Otras no pudieron seguir adelante y se quedaron en promesas o pasaron al olvido. No hay mejor manera de entender este rico periodo que viendo sus películas pero no es fácil (aunque no imposible, cada vez se están editando más dvd de películas de este periodo).

Siempre vienen a la cabeza los siguientes nombres cuando se habla de este periodo pero no fueron las únicas: Jean Harlow, Joan Crawford, Greta Garbo, Marlene Dietrich, Barbara Stanwyck, Bette Davis, Katherine Hepburn, Mae West (cuyas películas precipitaron la aplicación obligatoria del código)… Y de todas recordamos alguna película de este periodo. Si pensamos en Jean Harlow recordamos sus mujeres de vida alegre en Tierra de pasión y Cena a las ocho. A Crawford la vemos como esa taquígrafa que trabaja también como modelo en Grand Hotel, como prostituta indomable en Lluvia o como esa millonaria de vida loca a la que se le complica la existencia y encuentra trabajo como periodista intrépida en Danzad, locos, danzad. O, por ejemplo, recordamos a una Barbara Stanwyck ya con sus mujeres fuertes y sensuales en sus primeros papeles con Frank Capra… pero también protagonizó una película que ya se ha topado varias veces en mi camino pero no he podido verla y siempre la ponen como ejemplo de película pre-code, Carita de ángel (Baby face, 1933) de Alfred E. Green. Aquí Barbara es una mujer que irá subiendo puestos en una gran empresa porque utiliza  a los hombres que se cruzan por su camino.  Pero también hubo otras actrices tremendamente populares en ese momento que cayeron instantáneamente en olvido…

Durante estos días he podido descubrir un interesante documental, narrado por Jane Fonda, que habla precisamente de una manera clara (y con entrevistas y trozos de películas muy interesantes) de estas actrices y cómo fueron los personajes que interpretaron durante este periodo: Mujeres liberadas (Complicated women, 1993) de Hugh Munro Nelly. Lo he disfrutado muchísimo y me ha mostrado un montón de películas, me ha recordado a ciertas actrices y me ha hecho conocer a otras.

Para entender qué es lo que se estaba cociendo durante estos años, en el documental se explica cómo dos actrices al empezar el sonoro dieron otra dimensión a sus personajes, se saltaron el estereotipo. Y a partir de ellas, surgió un grupo de actrices que quisieron personajes ricos y con matices en sus carreras. Una fue Norma Shearer, que normalmente ejercía de ingenua, sin embargo, luchó por conseguir el papel de La divorciada (The devorcee, 1930) de Robert Z. Leonard. Ahí era una mujer que descubría la infidelidad de su marido y decidía comportarse igual. Mientras él dice que en su caso fue una tonteria, no admite la actitud de su esposa y pide el divorcio. Ella no se amilana y como mujer independiente continua con sus aventuras. La otra, Greta Garbo en Anna Christie (Anna Christie, 1930) de Clarence Brown. A su personaje de vampiresa destroza hombres le regala un fondo de moralidad, un halo de vulnerabilidad, sufrimiento y sacrificio… convierte el estereotipo de vampiresa en algo mucho más complejo.

Así podemos empezar a nombrar a las más olvidadas pero que durante este periodo tuvieron una carrera rica con personajes llenos de matices. Ya he hablado en varios post (porque estoy pudiendo ver algunas de sus películas) de la prometedora Karen Morley. Durante los 30 tuvo papeles maravillosos como los que ya he comentado recientemente, Inspiración (su debú) de Clarence Brown o Carne de John Ford. En el primero era una joven modelo y mantenida que lleva su situación alegremente pero que no puede aguantar el abandono. Y en la segunda es una delincuente que se cruza en su camino con un hombre muy bueno. Cuando hace apenas unos días escribí sobre Joel McCrea, escribí que estuvo casado toda su vida con Frances Dee, ella fue una de estas mujeres pre-code. En el documental, ella misma cuenta que tuvo un papel de cleptómana y ninfómana en Blood Money (1933) de Rowland Brown y que se lo pasó estupendamente sobre todo después de haber encarnado a una de las mujercitas de George Cukor, personaje totalmente opuesto.

Otras tres actrices que nadie recuerda ya son: Joan Blondell que fue muy prolífica durante estos años del pre code con diversos papeles de mujeres más allá del estereotipo. Tan sólo he logrado verla en El enemigo público y en Vampiresas 1933 (que ya habla de su versatilidad, saltaba de película de gánster a musicales. De los brazos de James Cagney a los de Dick Powell). De Ruth Chatterton sólo he tenido oportunidad de ver, después del periodo pre-code, la interesantísima Desengaño (1936) de William Wyler donde interpretaba a una mujer madura que se negaba a envejecer pero también fue una de esas actrices que se prodigaron durante los primeros años treinta con personajes variopintos y con caracter como en Barrio chino (1932) y Hembra (1933). En la primera era una prostituta en apuros, en la segunda una dura empresaria. Y la tercera una de las hermanas Bennett, Constance. Desde 1931 recreó a mujeres liberadas que asumían los errores de su vida como en Tentación (1932) o Lecho de rosas (1933). Una artista de vida loca o una prostituta que trataba de sobrevivir.

Otra actriz muy activa durante estos años fue Miriam Hopkins. Para tener idea de su importante carrera y de sus ‘mujeres liberadas’ señalaremos algunas películas punteras de su filmografía. En Una mujer para dos (Design for living, 1933) de Ernst Lubitsch nos plantea una divertida y despreocupada relación a tres bandas: ella, Gary Cooper y Fredrich March. Anteriormente con el mismo director, en 1931, está absolutamente cautivadora en El teniente seductor donde pasa de princesa reprimida a vampiresa picarona. También, el documental me descubre una película que quiero ver ya, donde Hopkins se convierte en la protagonista de una adaptación cinematográfica de una escandalosa novela de Faulkner, Santuario. La película se tituló Secuestro (The story of Temple Drake, 1933) de Stephen Roberts. Ahí Hopkins era una mujer sureña violada que además se convertía en asesina…  Y en su filmografía se puede ver cómo tuvo que adaptarse a los nuevos tiempos después del código cuando en la versión cinematográfica que realizó Wyler sobre la obra teatral de Lilliam Hellman (La hora de los niños) no pudo hablarse de lesbianismo (Esos tres, 1936).

… Durante este periodo era normal ver a las actrices en ropa interior o con vestidos muy sugerentes pero también hubo desnudos. Los más recordados son los de Maureen O’Sullivan en las dos primeras películas de la serie de Tarzán. En concreto el de Tarzan y su compañera, que al ser de 1934 y empezar ya el código la secuencia completa fue censurada. Sin embargo puede verse ahora y muestra una secuencia acuática muy hermosa donde Sullivan está totalmente desnuda. Pero tampoco olvidar a Claudette Colbert en una película poco conocida donde también se pega un baño desnuda en una playa, A la sombra de los muelles (I cover the waterfront, 1933) de James Cruze. Y nadie olvida como desde Checoslovaquia llegó una mujer que corría desnuda por los bosques tras su vestido que se llevaba galopando su caballo… Fue en Extasis, 1933 y supuso la puerta de entrada para Hedy Lamarr en el firmamento de Hollywood.

Durante estos años estas actrices contaban con un abanico amplio y versátil de personajes: una reina bisexual, una alegre divorciada, una esposa que para poder cuidar a su marido se vuelve prostituta, una prostituta que sale de la cárcel y tiene que sobrevivir, una madre soltera, una empresaria dura, una aviadora tenaz, una muy buena doctora, una artista que busca buenos papeles, una buscavidas, una millonaria insatisfecha, una mujer pobre que quiere llegar a lo más alto y usa a los hombres que conoce, una mujer que quiere ser amada y deseada, una madre que no quiere serlo, una alocada, otra muy responsable, una asesina, una artista bohemia que ama a dos hombres a la vez, la chica del gánster que quiere dejar de serlo, una ama de casa que se convierte en delicuente para ayudar a su amado acusado injustamente… Papeles que no podrían volver a representar con toda libertad (y sin castigo del personaje) y naturalidad hasta aproximadamente los años sesenta cuando el código Hays dio sus últimos coletazos.

Toda una galeria de actrices que o bien cayeron en olvido o bien no pudieron reivindicar sus primeras obras (porque eran muy difíciles de ver), ahora, pueden resurgir y forman parte de un periodo interesante de la historia del cine que sigue dándome buenas sorpresas… Seguiremos indagando en el tema a través de otro documental: Hollywood prohibido: sexo, pecado y censura (Thou Shalt Not: Sex, Sin and Censorship in Pre-Code Hollywood, 2008).

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

El tercer hombre (The third man, 1949) de Carol Reed

¿Qué convierte El tercer hombre en una película inolvidable?¿Qué es lo que hace que siga hipnotizando a nuevos espectadores? ¿Es posible escribir algo original sobre ella? A todas estas preguntas trataré de darles unas respuestas a lo largo de este post. De lo que no hay duda es que es un gozo volver a ponerse frente a la pantalla y dejarse llevar por la cítara de Anton Karas (sin miedo a que esto se convierta en un tópico) y ‘mirar’ El tercer hombre.

Así Graham Greene (convertido en guionista) nos seduce con un atractivo triángulo formado por un escritor norteamericano de novelas del Oeste, Holly Martins; por su mejor amigo, Harry Lime, que ‘prospera’ en la Viena de la posguerra y por Anna, una actriz checoslovaca que trata de sobrevivir y que vivió un intenso romance con Harry.

Los tres pululan en un universo especial, en una Viena destruida por la guerra donde los ciudadanos tratan de recuperar su cotidianeidad a pesar de estar dividida en zonas ocupadas por los aliados (franceses, británicos, rusos y norteamericanos). Una Viena que tiene una vida propia que intenta resurgir de las cenizas y donde la ambigüedad moral impera por sus callejuelas, locales, casas y alcantarillas… O en los rostros de sus habitantes.

Carol Reed se deja seducir por el expresionismo alemán y emplea las sombras, los planos y contraplanos, los rostros de sus secundarios, las localizaciones (como las callejuelas vienesas, los locales nocturnos, los apartamentos y las alcantarillas) para distorsionarlos y crear una realidad deformada que representa a la perfección cómo se encontraban los ánimos después del final de una guerra horrible. Pero también toma elementos del mejor cine negro tanto en la psicología de los personajes principales (el perdedor desde el primer fotograma, ese inolvidable Holly Martins) como en la importancia de una atmósfera de ambigüedad moral y desencanto así como en el reflejo de un romanticismo trágico.

Por otra parte Graham Greene empapa toda esta historia oscura con unos evidentes ramalazos de comedia negra que se dejan caer a lo largo del metraje dando un toque especial. El vendedor de globos intentando vender su mercancía a unos policías ocultos en las sombras, la fallida conferencia de Holly Martins sobre ‘alta’ literatura, algunos personajes secundarios que rozan el esperpento, el ‘dulce’ niño que denuncia a un inocente como presunto asesino…

La trama comienza de manera fuerte: Holly Martins (inolvidable Joseph Cotten) acude a Viena tras una llamada de su amigo Harry Lime (enigmático Orson Welles) que le ofrece un trabajo. Cuando llega se entera de que su mejor amigo acaba de ser atropellado accidentalmente y ha muerto. Acude al cementerio para despedirse del amigo y ahí ve por primera vez a Anna (ambigua Alida Valli) pero también a un policía británico, Calloway (eficaz Trevor Howard), que investiga a Lime al que acusa de estar inmiscuido en asuntos turbios y por otra parte el único que echará una mano a un solitario Holly. El escritor en un primer momento no cree las acusaciones de Calloway y  decide por ello investigar la muerte del amigo y limpiar su nombre… Y empieza un thriller enigmático que lo que nos cuenta finalmente es una triste historia de amistad condenada y un  amor imposible.

Uno de los sambenitos (pero que también la han hecho popular) que ha arrastrado El tercer hombre es que Carol Reed no fue el director total de esta obra sino que ahí estaba la mano larga de Orson Welles y que toda la escena de la persecución en el alcantarillado vienés se debía a su dirección y saber hacer. Sin embargo, a parte de los testimonios que ofrece el propio Welles en los que dice que él no ejerció de director, sí podemos ver en una obra anterior del realizador británico, la estupenda Larga es la noche, que Reed pudo ser perfectamente el único director de El tercer hombre. En Larga es la noche cuenta la persecución nocturna de un terrorista del IRA y nos encontramos en esas persecuciones a través de callejones ‘aires’ que nos recuerdan a escenas que veremos después en El tercer hombre.

Lo que sí hizo suyo Orson Welles fue al personaje de Harry Lime que incluso antes de aparecer ‘se come’ la historia a dentelladas (su presencia es siempre evidente) y cuenta con una de las apariciones más increíbles de un personaje (ese gato que le sigue y se restriega en sus pies, ese callejón oscuro y un portal sin luz, esa luz que se enciende de pronto en medio de la noche, y el rostro iluminado de Harry Lime). Cuando ves la película por primera vez el impacto es igual al que sufrimos con la aparición de Gene Tierney en Laura (puro cine negro), otro personaje siempre presente incluso en su ausencia. Así no le dotó solamente de una presencia hipnotizadora sino que le regaló un gran monólogo mil veces repetido (“en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, quinientos años de democracia y paz y… ¿qué tenemos? El reloj de cuco”), se dejó perseguir por las alcantarillas, dejó ver unas manos desesperadas que quieren salir al asfalto a través de una rejilla y protagonizó una muerte que suplica con los ojos.

Otro de sus puntos fuertes es la historia de amor imposible entre Anna y Holly Martins. Éste último sabe que nada puede hacer pero siempre lo intenta, protagoniza una triste declaración de amor sumido en el alcohol donde le confiesa a Anna que la ama. Los dos saben que nunca estarán juntos. Desde el principio no dan ninguna oportunidad a su historia, la sombra de Harry es alargada. Uno de los motivos por los que Holly se plantea traicionar al amigo, no es sólo lo que descubre de él, sino el poder salvar a Anna de su compleja situación. Pero ella se deja llevar por una fidelidad absoluta hacia Harry, le comprende ciegamente y está eternamente agradecida porque iluminó sus momentos oscuros y le arregló los papeles… Le quiere con su ambigüedad moral y su complejidad y por eso sólo vive la ‘actitud’ de Holly como una sucia traición.

Él la ve por primera vez en el cementerio. Y ella no repara en el rostro del fracasado escritor de novelas del Oeste. Y su historia termina en ese mismo cementerio cuando ella le ignora en ese plano fijo maravilloso donde pasa de largo con la cítara de fondo… Y Holly no hace nada más que tirar su cigarrillo. Su amor estaba ya muerto desde el principio… Y esta escena se queda para siempre en la retina de cualquier espectador que la vea por primera vez.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Joel McCrea, el bello ranchero que primero fue actor

… Hay actores de los que el espectador (en este caso espectadora) se va enamorando poco a poco. Le ve en una primera película y recuerda con cariño su personaje. Después le identifica en otra y reconoce el rostro. En la de más allá se ríe con él. En otra vive cientos de aventuras en su compañía, recorre los mares o los paisajes del oeste. En la otra se encuentra en una intriga junto a él… Y así va identificándole película tras película hasta que llega el día en que reconoces irremediablemente que eres mujer enamorada. Eres consciente de que te queda aún mucho por descubrir de su filmografía pero lo que ya has visto te dice que serás espectadora fiel… Y eso me ocurre con Joel MacCrea, el bello ranchero que primero fue actor.

Empezó en el cine mudo como extra, después se fue forjando una interesante carrera durante los años 30 y 40. Buenos directores confiaban en él como hombre aventurero y sensual, como galán romántico y también en su faceta de cómico. A partir de los cincuenta, de ser un actor que desempañaba distintos roles en distintos géneros decidió decantarse sólo por uno, se convirtió en hombre del Oeste. Y más tarde, como nunca fue estrella rutilante (y pocos espectadores aún le recuerdan…) decidió retirarse al mundo que amaba, su rancho. Dejó Hollywood y se convirtió para sempre en un ranchero amante de la naturaleza.

Además Joel McCrea no sólo era un hermoso hombre montado a caballo por las verdes praderas (o por los paisajes desérticos) sino que fue hombre discreto en su vida privada, tan discreto que encontró en los años treinta a Frances Dee y ya no se separaron nunca. Ella es otra musa olvidada pero también con carrera cinematográfica interesante para recuperarla y estudiarla.

En los años 30 paseaba como hombre atractivo y sensual por distintas películas sobre historias de pasiones desatadas. Era el periodo pre-code y Joel McCrea era hermoso y deseado por las damas que se encontraba en melodramas, comedias y aventuras varias. Así fue la pareja de la famosa y olvidada Constance Bennett en películas que olían a escándalo Tentación (1932) de George Cukor o Lecho de rosas (1933) de Gregory LaCava y ahora son curiosos testimonios de un cine sin censura. King Vidor le hizo protagonizar una historia exótica y mostró su sensualidad sin tapujos junto a Dolores del Río en Ave del Paraíso (1932). Protagonizó también un clásico del cine de terror y aventuras (que tengo aún que descubrir), El malvado Zaroff (1932), sobre una ‘cacería de humanos’ en un isla retirada donde Joel corría desesperado junto a la reina del grito, Fay Wray para no ser cazados.

Terminó la década con tres melodramas interesantes a reseñar donde se encontraba detrás de cada uno de ellos el director William Wyler: la primera versión cinematográfica de la exitosa obra teatral de Lilliam Hellman (La hora de los niños) donde ya se veía cómo iba a actuar el código Hays porque tanto Hellman como el director tuvieron que dar un giro de guion para poder rodar esta adaptación. El lesbianismo entre las maestras desaparecía y el bulo de la niña se convertía en una acusación de un trío entre el hermoso Joel junto a Miriam Hopkins y Merle Oberon en Esos tres. Aun así la película funciona como reflejo de una sociedad hipócrita y de doble moral y sobre cómo un rumor puede destrozar a las personas. Después una película que comenzó Howard Hawks y terminó Wyler, Rivales. Una interesante película con un trío de protagonistas de excepción: Edward Arnold, Frances Farmer y Joel, en un melodrama familiar. Un padre y un hijo no sólo son rivales en cómo llevar un negocio maderero sino también rivales por el amor de una mujer. Y la mejor de las tres, un drama social de la Hellman y Wyler que transcurre en una calle de New York donde en un lado viven los desheredados y al otro lado los afortunados. Entre los desheredados hay dos jóvenes honestos que tratan de salir adelante y de ayudar a todos los que les rodean, Drina (Silvya Sidney) y Dave (Joel McCrea), ambos de la clase trabajadora y con sueños de volar… Me refiero a Callejón sin salida (Dead end, 1937).

En los cuarenta Joel nos hizo reír y protagonizó su película más recordada: Los viajes de Sullivan (1941). Antes el maestro del suspense le quiso para una de sus películas de espionaje donde Joel se convirtió en un atractivo periodista norteamericano que se enfrenta a los nazis en Enviado especial (1940).

Así Preston Sturges apostó por la vena cómica del actor: lo quiso galán y divertido. Y lo convirtió en un famoso director de Hollywood, un director de comedias que está cansado de realizar este tipo de películas y quiere dedicarse a los dramas sociales… pero para eso tiene que conocer mundo… y Sullivan sale de viaje para empaparse de realidad y en el camino se encuentra a su mejor compañera, una actriz que ha perdido las esperanzas, una Veronica Lake en su salsa. Pero Los viajes de Sullivan es mucho más que una comedia, es una reflexión sobre la función del cine y en concreto de la comedia. Al año siguiente Sturges también le quiere para una de sus comedias más alocadas la divertida pero olvidada Un marido rico donde Joel es un arquitecto-inventor que está enamorado de su esposa (Claudette Colbert)… pero no prosperan económicamente y ella decide marcharse a por un millonario al que enamorar para que los sueños de ambos puedan cumplirse… El bello de Joel no sólo lucha por recuperar a la Colbert sino que tiene que lidiar con una millonaria que tiene el rostro de Mary Astor que quiere ‘cazarle’ a toda costa… Y siguiendo el terreno de la comedia también será uno de los protagonistas de El amor llamó dos veces (1943) con Jean Arthur y dirigido por George Stevens. Una chica se ve obligada a compartir su piso con dos inquilinos… Años más tarde habría un remake con Cary Grant (Apartamento para tres) actualmente más recordado pero no mejor que el original.

En esta década Joel ya empieza a apostar totalmente por el western y al terminar la década protagonizará uno de los westerns más trágicamente románticos: Juntos hasta la muerte de Raoul Walsh que es un remake en el Oeste de El último refugio. McCrea corre hacia la muerte junto a Virginia Mayo… En las siguientes décadas antes de abandonar definitivamente el cine para vivir en su rancho se dedicará exclusivamente al cine del Oeste. En esta faceta es donde menos le conozco y donde me queda mucho por descubrir. De momento me atraen los tres westerns que realizó bajo la batuta de Jacques Tourneur: Estrellas en mi corona (1950), Wichita, ciudad infernal (1955) y El jinete misterioso (1955). Y, también me apetece descubrirle en una de Sam Peckinpah, Duelo en la alta sierra (1962) junto a Randolph Scott.

Así Joel McCrea tiene todavía mucho que ofrecerme como espectadora… aún puedo enamorarme un poco más de él… y acompañarle en un largo viaje por kilómetros de celuloide.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Los Miserables (Les Misérables, 2012) de Tom Hooper

Los Miserables ha sido la primera película del año 2013 y me ha dado una de cal y otra de arena. Cuando empecé a verla sentí que no me gustaba la forma en que me la estaban contando, el lenguaje cinematográfico empleado, pero pronto me quedé encandilada con la historia, los personajes (y los actores que lo encarnaban) y con las canciones (cuántas canciones hermosas…).

… Parto confesando de antemano que no he leido la extensa novela de Victor Hugo y que tampoco he disfrutado nunca del musical en los teatros. Ni he visto ninguna de las versiones que se han hecho para cine ni para televisión. Después de una confesión, vienen otras: amo el cine musical y Tom Hooper no me encandiló con El discurso del rey (me pareció una película agradable con un buen reparto). Así después de este párrafo de confesiones, voy al grano.

¿Qué es lo que no me gustaba de la realización de Hooper? Se le escapaba la épica, se le escapaba la intimidad… su cámara bailaba pero no es Max Ophüls (por supuesto nadie se lo ha pedido ni tiene por qué serlo. Sólo lo nombro por hablar de un director que hacía bailar bien a la cámara)… para que la cámara baile tiene que merecer la pena que baile y pasee por distintos ambientes porque tiene qué mostrar. Tiene que servir para algo. Los primeros planos daban una aparente calma a una cámara imparable… pero era tan evidente el movimiento. Ahora el actor sufre, primer plano. Ahora toca la épica, muevo la cámara de un lugar a otro. Subo y bajo. Y hago doble pirueta. Los Miserables daba para números absolutamente impresionantes y se quedaron en correctos. Me viene a la cabeza el sentido de cine musical de Rob Marshall (por traer a un director de musicales del siglo XXI) incluso en su fallida Nine. El puerto donde Fantine cae y cae…, la taberna de los mesoneros, la fábrica, las barricadas, las iglesias, el cementerio, los tejados de la ciudad, las cloacas… estaba lleno de escenarios para unas coreografías donde la cámara bailara a gusto…

Pero ¿qué es lo que salva Los Miserables? Que Hooper realiza una dirección correcta (sin mucho riesgo… y con esa cámara bailarina) como la que hizo en El discurso del rey y que cuenta también con un elenco de actores brillantes y con una historia de un romanticismo exacerbado del siglo XIX donde los desherados de la tierra tienen el absoluto protagonismo. Una historia con unos personajes que se comen la pantalla y con unos conflictos universales que llegan al espectador a través de fórmulas melodramáticas y de folletín. Así la historia se sustenta por el enfrentamiento a lo largo de los años entre Jean Valjean, que sufrió terrible castigo por robar un mendrugo de pan, y el policía Javert que piensa que un criminal siempre será un criminal. A partir de esta historia surgen triángulos, dúos, y cuartetos entre personajes de los bajos fondos (y también de una especie de clase media)… El bien, el mal, la posibilidad de redención o perdón, lo revolucionario unido a lo espiritual, la lucha de un pueblo que persigue la libertad, escapar de la opresión y de la pobreza… y la consecución de la felicidad es sólo posible después de la muerte o a través de dos jóvenes enamorados y puros que durante sus vidas tienen varios protectores de los bajos fondos que hacen posible que salgan adelante. Cossette y Marius alcanzan la felicidad y el amor puro por el sacrificio de Fantine, Eponine o Valjean.

… Y canción tras canción, fui sintiendo unas ganas enormes de inmiscuirme en la palabra escrita de Victor Hugo. De profundizar y conocer más las situaciones y los personajes y el periodo histórico que cuenta y describe. También disfruté al máximo las voces e interpretaciones de Hugh Jackman, un atormentado Valjean, Anna Hathaway como una sufridora Fantine y Russell Crowe, el policía que sigue la máxima del deber por el deber y que salió también de los bajos fondos. Ellos son el triángulo que dispara la trama. Así como del otro triángulo formado por los jóvenes, la pura Cossette (Amanda Seyfried), el joven revolucionario Marius (Eddie Redmayne) y Eponine (Samantha Barks), una desheredara enamorada de la persona equivocada. El contrapunto cómico lo dan una pareja de mesoneros rastreros y malvados que saben llevar a la perfección Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter… que abandonan la calle de Fleet para meterse en calles francesas…

Así fue una sensación extraña porque me vi arrastrada por unos personajes, una buena historia y unas canciones que finalmente me hicieron disfrutar bastante de Los Miserables… aunque el cómo me contaban esa historia no me convenciera del todo…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Las evocaciones del paciente inglés

A todos los que vemos películas.

Porque tenemos infinitos años nuevos.

Vivimos infinitas historias…

Además de celebrar nuestros años nuevos, además de vivir nuestras vidas…

Hay películas que son evocación pura… Retazos de recuerdos. Imágenes en la retina. Diálogos en la memoria. El paciente inglés (The english patient, 1996) de Anthony Minghella es una de ellas. Y es la película que he elegido para mirar este último día del año. Y otra vez me he ido a ese desierto que posee una montaña con forma de espalda de mujer. Y otra vez he sentido las emociones y sensaciones entre la enfermera Hanna y el sij Kip. Entre Katherine y el conde Almasy. La sensualidad.

Y otra vez he evocado…

Tu escotadura suprasternal me pertenece.

El bósforo de Almasy.

…Y Katherine cuando apenas le quedan ya fuerzas escribe en la Cueva de los Nadadores palabras al amado, al conde Almasy, que ha prometido que irá a buscarla. Que no la dejará morir allí.

“Lo quiero todo marcado en mi cuerpo.

Somos los auténticos países. No las fronteras en los mapas con epónimos de poderosos.

Sé que me sacarás al Palacio de los Vientos.

Eso es todo cuanto he deseado recorrer un lugar así contigo… con amigos.

Una tierra sin mapas”.

Lo quiero todo marcado en mi cuerpo… mientras el conde Almasy susurra en mi oído los distintos vientos… Y me asegura que no debo tener miedo…

Mientras en otro tiempo, cuando el paciente inglés se está muriendo lentamente entre recuerdos, surge otro tipo de amor entre Hanna y Kip (el personaje más complejo y más hermoso en la novela de Michael Ondaatje). En esa casa de la campiña italiana se han reunido personas que se debaten entre la vida y la muerte. Entre Eros y Tanatos… Y ahí intensamente se unen los cuerpos de la enfermera y el sij. Y desnudos en una cama ella le pregunta:

“Si una noche no viniera, ¿qué harías?”.

El sij contesta: “Intentaría no esperarte”.

… Hanna insiste: “Sí pero ¿y si se hiciera tarde y no hubiera venido?».

Kip serio vuelve a hablar: “Pensaría que hay una razón”.

La enfermera, mientras acaricia su pelo, parece que no se queda satisfecha con esas palabras:

“¿No irías a buscarme? Eso hace que no desee volver. Pero me digo: se pasa el día buscando. De noche, quiere ser encontrado”.

Entonces Kip se da la vuelta, la mira, y dice sonriendo:

“Sí, quiero que me encuentres. Quiero ser encontrado”.

Y así nos pasamos los días encontrando personas… que se cruzan en nuestros caminos. Queremos ser encontrados… y a veces retenidos.

Al conde Almasy no le gusta la propiedad… hasta que un día encuentra y recorre el omoplato de Katherine… Y entonces ve ese hueco en el cuello de la amada. Un hueco que puede recorrer, donde puede también beber el sudor de su cuerpo… y entonces lo bautiza como el Bósforo de Almasy.

Mientras Kip y Hanna visitan una antigua iglesia y vuelan entre las viejas pinturas… y quedan para siempre en ese lugar… Saben que es suyo. Allí el tiempo no pasa.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons