Tres acontecimientos cinéfilos en una sola tarde…

¿Y cuáles fueron esos tres acontecimientos de una fructífera tarde de lunes?

1.- Tener la oportunidad de conocer la Cineteca del Matadero… me enamoré inmediatamente de esta sala de cine. Desde que entré en su hall hasta que me metí en esa sala con pantalla enorme y decoración e iluminación tan especial. Llevaba tiempo detrás de conocerla y por fin con este acto entré a una sala que visitaré sin duda más veces. Siento devoción por las salas de cine especiales y ésta lo es.

2.- Asistir a la presentación del II Tomo de la Historia Mundial del Cine, una macroobra de siete volúmenes realizada por diversos expertos bajo la batuta del profesor y crítico italiano Gian Piero Brunetta. La Editorial Akal editará un volumen por año. Los dos primeros se centran en la historia del cine en EEUU, es una edición actualizada (cubriendo los diez años que han transcurrido desde que salió por primera vez la versión italiana). Y ya se anunció en el acto de presentación que el tercer volumen en preparación es el correspondiente a América Latina, Asia, África, Oceanía… Tuve oportunidad de tocarlos y hojearlos despacio, de deleitarme con ellos… ¡y los quiero! (je, je, je… ya sé que pedir a los Reyes Magos).

3.- Esta presentación iba acompañada de un extra maravilloso: el programa de radio Séptimo Vicio iniciaba así su nueva temporada en la Cineteca con la proyección de Meek’s Cutoff de Kelly Reichardt. Ya me había fijado en esta directora norteamericana con la intimista Wendy and Lucy, así que iba con muchas ganas. Y fui recompensada. Ya había leído bastante sobre esta película (entre otras una buena crítica de mi querido Alfredo Moreno del blog 39 escalones). La elección en este acto tenía todo su sentido: si hay un género que representa el cine americano es sin duda el western. Pero además éste es un western del siglo xxi que recoge la tradición del género pero lo empapa con una mirada nueva.

Meek’s Cutoff (Meek’s Cutoff, 2010) de Kelly Reichardt

Meek’s Cutoff te acerca al tempo de esa dura ‘conquista’ de los colonos al salvaje Oeste. Un tempo lento, de parajes desolados, extensos… paisajes capaces de generar espejismos donde las distancias no están claras. Un tempo de ruidos de la naturaleza. El día y la noche. Y la noche oscura. Con destellos de la luz que se desprende del fuego. Unos colonos profundamente religiosos tratando de llegar a una tierra prometida con agua… donde poder asentarse. Una marcha lenta al ritmo de los carromatos.

En Meek’s Cutoff nos cruzamos con la travesía de tres carromatos: tres parejas y una de ellas con un niño y otro que está por llegar. Las otras dos: son dos jóvenes y otra compuesta por un hombre mayor (y líder de los colonos) que apenas acaba de casarse con una joven de personalidad arrasadora (una maravillosa Michelle Williams, actriz fetiche de la directora). Lo primero que sabemos es que están perdidos y que apenas tienen ya agua… y que además parte de ellos desconfían del guía que han pagado para llevarles a esa tierra que desean, un forajido, un sin ley, apellidado Meek.

Pero Kelly Reichardt se funde con las sensaciones, las emociones y la intimidad de ese camino del Oeste. Nos inmiscuimos en esa naturaleza que cruzan, la sentimos. Nos fijamos en los detalles, en las miradas, en los colores, en los olores… una ristra de sentimientos que van envolviendo al espectador, un tiempo y un ritmo especial. Y también toma la decisión de ofrecer un punto de vista, el de las mujeres. Unas mujeres que avanzan con sus vestidos de fuertes colores que contrastan con la aridez del terreno y esos gorros que no les permiten mirar a los lados (así la directora opta por rodar en formato 1:33, es decir, formato cuadrado, y no cinemascope que siempre se ve más adecuado para un viaje épico en el salvaje Oeste… acercándose de esta manera a la mirada de las mujeres. Y no es que sea muy lista sino que me llamó la atención ese formato y leyendo un montón de críticas en la red, esta interpretación me ha convencido plenamente). Así dejándome arrastrar por las imágenes de Meek’s Cutoff y las sensaciones que me provocaban me retrotraía a los trabajos recientes de dos directoras que se funden también en naturalezas diferentes desde una experiencia íntima y llena de sensualidad. La veterana australiana Jane Campion en su última obra cinematográfica, Bright Star y la prometedora británica Andrea Arnold con su particular Cumbres borrascosas.

Además Meek’s Cutoff es puro western. Con personajes y actitudes totalmente reconocibles. Una continuidad de un género con historia. Los colonos, los largos viajes en caravana, el sin ley-forajido (revestido de leyenda pero a la vez ‘pintado’ como un posible estafador-vividor), la presencia del indio (el personaje externo y aparentemente pasivo que genera odios, racismos irracionales pero también misterio, otra mirada —como esa luna entre nubes—, otra posibilidad de vida y también fomenta acercamiento al otro…). Así el western que más me ha venido a la cabeza en este recorrido físico pero también espiritual ha sido uno de John Ford (no podía ser de otra manera), Caravana de paz. O ecos también de Incidente de Ox Bow, porque se intuye como hombres y mujeres tranquilos pueden transformarse y querer ahorcar al primero que se cruce por su camino, están en un mundo en el que hay que sobrevivir…

Meek’s Cutoff es adentrarse en un universo visual de imágenes potentes como el rostro de una mujer entre las ramas de un árbol. Las conversaciones nocturnas entre sombras y llamas. La aparición en la lejanía, en un horizonte que no habíamos vislumbrado, de unos jinetes…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Cuatro proyectos cinematográficos que encontraron su autor

Un remake de una película americana de los años 70. Una adaptación de una novela de Don DeLillo de 2003. Un guion de un joven que entusiasma a una amiga que se convierte en una productora-actriz con muchas ganas de llevar el proyecto adelante. Un guion de un actor que cuenta sus experiencias juveniles como estríper… Cuatro proyectos en busca de un autor… Y los cuatro lo consiguieron. Así salieron cuatro películas que para servidora se convierten en obras cinematográficas de interés aunque reconoce que son cuatro obras que no buscan ninguna empatía con el público que las ve. No buscan arrasar en las salas. Son imperfectas pero llenas de posibilidades y lecturas. Los cuatro proyectos los llevan a cabo cuatro autores que realizan sus obras libres de ataduras en el campo creativo. Los cuatro proyectos tienen sentido dentro de sus trayectorias cinematográficas. Detrás de cada proyecto hay un lenguaje cinematográfico, una manera de apropiarse de una historia, una puesta en escena y una decisión de cómo contarlo. Los cuatro proyectos pueden ser analizados y diseccionados pero también causar una especie de emoción o de incomodidad.

De latir mi corazón se ha parado (De battre mon coeur s’est arrêté, 2005) de Jacques Audiard

Un productor ofrece la oportunidad al prometedor Audiard (del que esperamos pronto el estreno De Óxido y hueso su siguiente trabajo después de su consagración con Un profeta) de realizar un remake. El realizador elige una película americana de los años setenta, un thriller con Harvey Kietel, Melodía para un asesinato (Fingers) y lo convierte en De latir mi corazón se ha parado (me acerqué a la película porque me chiflaba el título).

Vemos a un joven atrapado en un mundo canallesco del mercado inmobiliario al que se ha visto arrastrado a través de su padre, al que ama y protege. Un mundo de ratas (como también comprobaremos en Cosmópolis). Vemos la historia de un hijo de puta capaz de todo por especular con los inmuebles (y cuya escuela ha sido otro hijo puta que le tiene atado de pies y manos, su propio padre)… Ese joven tiene el rostro de Romain Duris (al que descubrí en la maravillosa El extranjero loco) y arrastra junto a sus compañeros de trabajo su concepción de devorador a toda costa. De arrasar y llevarse lo que sea por delante con tal de que el negocio aporte los dividendos deseados.

Pero de pronto este personaje tiene un encuentro casual. Aquel que trabajó con su madre que falleció, una concertista de piano. Y en ese encuentro este hombre le ofrece una audición. Y nos encontramos con Tom, el hijo puta que en realidad se sentía atrapado en un mundo de ratas y que ve en el piano y en la música la posibilidad de una salida a su enfermizo mundo y a su enfermiza relación con su padre. Y esa salida se la ofrece el recuerdo de su madre muerta.

Y entonces Audiard, experto en diseccionar almas complejas y en presentar su evolución como personajes en historias que atrapan y que siguen la senda del thriller, nos hace seguir el particular camino de Tom para salir de ese mundo que le tiene atado de pies y manos y que le hace descender siempre a la violencia y frialdad más absoluta. Tom empieza a prepararse para la audición con una joven china recién llegada y que no tiene ni idea de francés y en la casa de ella se va creando otro universo posible para Tom donde no hay sitio para la violencia y para el mundo oscuro. Acompañamos a Tom en su particular redención a través de una sensibilidad que tenía enterrada… aunque los caminos de la violencia y la venganza sean casi imposibles de domar…

No conozco la obra cinematográfica original de 1978 pero sí que su remake tiene las huellas del director de Un profeta.

Cosmópolis (Cosmópolis, 2012) de David Cronenberg

En una entrevista a David Cronenberg dice que la novela de DeLillo es profética y su película cotemporánea… Y así es. Cosmópolis no es un resbalón en la carrera de David Cronenberg sino un interesante análisis de un mundo que se descompone con unas reflexiones devastadoras. “La rata se convirtió en unidad monetaria” en un mundo de ratas. ¿Quiénes son las ratas las monedas, los que están fuera de la limusina del multimillonario y joven Eric Parker, o los que están dentro? En un mundo abstracto, que dícese es Nueva York, deambula una limusina insonorizada que pretende cruzar una ciudad que se derrumba, un sistema que se cae. Un día en la vida de Eric Parker, un día de descenso a los infiernos, un día en la vida de un nihilista aislado que sin embargo maneja y predice información privilegiada importándole tres mierdas lo que hay fuera de su limusina. Un ser frío y sin empatía alguna que falla en su predicción y su mundo empieza a resquebrajarse. Ahí trata de salir de la apatía que le rodea, trata de comunicarse para ya es demasiado tarde. Trata de entablar una conversación y relación ‘normal’ con la que es su esposa, otro ser frío que deambula por otros mundos inalcanzables y vacíos. Y ninguno de los dos puede establecer un mínimo vínculo. Sus encuentros transcurren a las horas de las comidas, en el desayuno, la comida y la cena.

Cosmópolis es rica en reflexiones y lecturas. Eric Parker se nos muestra impecablemente vestido, acicalado y neutro al principio del día y se monta en su impoluta limusina blanca. Poco a poco esa apariencia impecable se va deteriorando. Primero le falta la corbata, después se le arruga la camisa, más tarde pierde la chaqueta, después le estampan una tarta de nata en la cara y el pelo, va adquiriendo olores de comida y sexo, más allá se deja el pelo sin cortar bien… Y su limusina va sufriendo el mismo deterioro.

Cosmópolis cuenta la burbuja perfecta que se construyen jóvenes tiburones-ratas que manejan la información privilegiada y dejan obsoletas cada segundo las nuevas tecnologías… y cómo obvian la asimetría, lo imperfecto, lo real y lo humano. Y como ese descubrimiento los hace descender a los infiernos donde sólo queda una única salida. El caos económico, social y moral que han provocado los tiburones-ratas tiene que ver con su absoluto aislamiento y su mundo encerrado en una brújula de seguridad. Impenetrable y destructiva. Todavía tengo en mi cabeza esa enigmática relación entre el joven millonario y su jefe de seguridad Torval que tiene una pistola que responde al nombre de Nancy Babich.

Así en este encargo del productor Paul Branco a Cronenberg sólo veo un resultado inquietante (y nada amable, no busca en ningún momento empatizar con el espectador) que tiene que ver con toda la trayectoria del director. Así Cronenberg sabe cómo contarnos esta historia y te arrastra en este viaje en limusina para observar la caída de un Ícaro impasible. No había mejor elección para Eric Parker que la fría máscara de un vampírico Robert Pattinson que se convierte en la sorpresa de la función (su Eric Parker lucha hasta el fracaso más devastador por parecer humano). Y esos diálogos (que leo son literales de la novela de DeLillo que no conozco) con cada uno de los personajes con rostros de Sarah Gadon, Juliet Binoche, Mathieu Amalric, Paul Giamatti o Samantha Morton pintan un mundo cotemporáneo de lo más caótico…

Restless (Restless, 2011) de Gus Van Sant

Gus Van Sant vuelve a su Portland para ofrecernos un cuento de amor y de muerte. Es lo que se dice una película de encargo que Van Sant lleva a su terreno. Le envían el guion de un joven (Jason Lew) avalado por una joven productora y buena amiga además de actriz, Bryce Dallas Howard, y él decide meterse de lleno en el proyecto y crear un pequeño poema visual.

En la historia se entretejen las relaciones entre una enferma terminal de cáncer, un joven que no asume la muerte de sus padres (y su propia supervivencia) y un fantasma que es un japonés aviador kamikaze de la Segunda Guerra Mundial. Es una historia de amor y de muerte que transcurre en tres meses. Tres meses en los que como dice Enoch, el joven protagonista, se puede aprender a tocar el xilófono, entre otras cosas. Tres meses que parecen una eternidad y luego se muestran escasos, porque al joven Enoch le hubiese gustado poder llevar a su amada a las Galápagos para disfrutar ambos del amor de ésta por Darwin o también haber podido cazar con un lazo la primavera. Pero en esos tres meses el fantasma japonés le susurra al joven Enoch que siempre tenemos que tener en cuenta que queda poco tiempo y por ello decir lo que se tiene que decir continuamente a las personas que amas. Y Annie sabe del valor de la eternidad de un instante. Eso aprende Enoch.

Van Sant rodea el universo de Enoch (Henry Hopper, hijo de Denis) y de Annie (Mia Wasikowska) de una fuerza visual poética que permite la ausencia de palabras. La historia recuerda y tiene ecos a la sensibilidad Hal Ashby… sobre todo de Harold y Maude pero también del universo de Van Sant. Un Van Sant que sigue indagando en el mundo de la adolescencia pero esta vez lo reviste de cuento poético sobre el significado de la muerte y la ausencia.

Magic Mike (Magic Mike, 2012) de Steven Soderbergh

Ver Magic Mike en una sala de cine fue toda una experiencia… porque sólo éramos mujeres (¿?). Me sorprendió el fenómeno. Y la película se iba desarrollando entre gritos y risas… El tráiler en los cines también muestra el lado lúdico-festivo del mundo estríper. Sólo que yo no lograba gritar o reírme a mí Magic Mike me iba provocando una tristeza enorme y ese mundo lúdico-festivo se iba transformando en un mundo cutre y decadente. Tras la risa la lágrima. No nos quiere contar una historia erótico festiva donde sólo disfrutaremos de tíos que mueven todos los músculos de su cuerpo a hembras ávidas de emociones sexuales  (vamos básicamente como se ha visto miles de veces en el cine pero con estríperes femeninas). Magic Mike se ha visto lastrada, a mi parecer, por una campaña de marketing equivocada.

Magic Mike no es un film barroco a lo Showgirls sino que se mueve en un registro realista casi documental pero no llega a ese realismo con destellos que alcanzó Mathieu Amalric en su interesante Tournée. Tampoco muestra el vacío y el mundo lleno de tópicos de Striptease. O se queda en la dimensión de musical con números para recordar a lo Flashdance.

No, Magic Mike, es uno de los lados oscuros del sueño americano en una sociedad que sigue hundida en la crisis económica y social. Aunque Steven Soderbergh no ha logrado redondear la historia ni explotar todas sus posibilidades (como ocurre con su extraña pero por otro lado interesante carrera cinematográfica entre el cine independiente y el más comercial pero con sello). Es de esas películas que piensas: “Lo que podría haber sido”. Contaba con los personajes y con la forma de contarla o expresarla, le falló la propia historia, su desarrollo.

Aun así cuenta con momentos interesantes, sus números musicales están muy bien insertados y logran ese aire entre lo ‘espectacular’ y lo ‘cutre y decadente’. Y cuenta con buenos personajes con alma a los que no les regalan una buena historia: así nos encontramos con el propio Mike (un Channing Tatum que muestra que sabe algo más que mover todos los músculos de su cuerpo), un estríper de 30 años, la estrella del espectáculo, que trata de ser ‘emprendedor’ en cientos de trabajos de día pero que le es imposible prosperar, y que ve siempre como se le escapan sus sueños de alejarse de su personaje creado, Magic Mike, que se convierte en una jaula (que además le da de comer pero le enfrenta con lo efímero de su profesión). Dallas, el dueño de la sala de estríperes, con el rostro y el torso de un Matthew McConaughey que se adueña del personaje con carisma pero poco aprovechado. Un maestro de ceromias con espíritu de empresario que tiene claro que lo que le interesa es ganar más, obtener beneficio de sus bailarines, aunque todo lo esconde bajo una careta de protector y amigo que ofrece sus alas a su ‘familia’ (mientras le sirvan para sus propósitos). El Niño (Alex Pettyfer), el adolescente que se deslumbra por un mundo que le permite salir adelante mientras se hundía en la apatía más absoluta en una sociedad que no le permitía trabajar o prosperar… El Niño, protegido de Magic Mike, es él hace diez años, que cae en el engaño. Y Mike fracasa de nuevo en tratar de avisarle. Y la hermana de El Niño, como la posibilidad de escape…, de huída de ese mundo frágil, efímero y cutre que tampoco tiene muchas salidas. o sorpresas.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Argo (Argo, 2012) de Ben Affleck

Argo es una película interesante porque en ella pueden ‘leerse’ varios niveles o podemos ir quitando distintas capas a la cebolla. Argo tanto en lo bueno como en lo malo no deja indiferente y genera debate. Es una película para analizar y profundizar en ella. Lo que no hay duda alguna es que cuando te sientas en la butaca, el relato cinematográfico de Ben Affleck te atrapa. El actor-director siempre sabe poner en marcha argumentos interesantes y en sus tres obras cinematográficas (Adiós pequeña, adiós, The town y la que nos ocupa) detrás de la cámara muestra un pulso narrativo y un ritmo que engancha al espectador.

Argo plantea la apasionante dicotomía entre lo verosímil y lo realista tanto en su argumento como en la forma de ‘contarnos’ esa historia. Nos narra un ‘hecho real’ que ocurrió en 1979 cuando la embajada de Estados Unidos en Teherán fue ocupada por un grupo de estudiantes iraníes (tras la revolución) y tomaron como rehenes a diplomáticos, funcionarios y ciudadanos norteamericanos para pedir el regreso del Sha de Nueva York (el Sha impuso un reinado de terror cuando dio un golpe de estado, apoyado por Estados Unidos, para terminar con la reciente democracia iraní. Esta democracia no era ‘adecuada’ para los intereses de Estados Unidos en Irán) para que fuera juzgado y condenado. De este hecho Affleck se centra en seis funcionarios que se escaparon en el momento del asalto y se ocultaron en casa del embajador canadiense y en cómo fue su rescate por parte de la CIA, el gobierno de Estados Unidos en cooperación con el canadiense. Este ‘rescate’ fue clasificado y salió a la luz en 1997 y permite a Ben Affleck desarrollar una trama sobre cine dentro del cine (o mejor dicho sobre la representación y el disfraz, ‘el construir una ilusión o una mentira’ para poder huir de una situación de peligro o de reclusión o de ocultación… vayámonos a argumentos tan míticos como Ser o no ser de Ernst Lubitchs o lleguemos a la sátira política La cortina de humo de Barry Levinson).

¿Y qué pinta el cine dentro del cine o la representación en un rescate de seis funcionarios ocultos en el hogar del embajador canadiense? Porque el plan más verosímil que desarrolla un experto en rescates de la CIA, Tony Méndez (con el rostro de Ben Affleck), es el de ‘simular’ que se va a llevar a cabo una película canadiense de ciencia ficción, Argo, y que todo un equipo (guionista, directora artística, director, productor…, cada uno de los seis funcionarios) va a Irán para buscar los exteriores adecuados para esta producción… y después toman el avión para regresar a su país… Y para que toda esta simulación sea creíble para las autoridades iraníes cuenta con la ayuda de dos ‘personajes’ de Hollywood, que conocen bien las entrañas de un mundo de ilusiones, engaños y apariencias: un maquillador (John Goodman) y un productor (Alan Arkin).

Y este nivel es lo más interesante y original de la película de Affleck. Lo que te mantiene en un estado de tensión continúo que no decae ni un segundo (y eso que son dos horas de película que pasan como un suspiro, por lo menos para servidora).

Así Ben Affleck se mueve en la sátira política, el thriller y la intriga… pero si tomamos otro nivel o capa de cebolla Argo muestra sus debilidades así salgas de la sala de cine y empieces a pensar un poco. Y por lo que ya apuntábamos al principo: la forma de contarnos esta historia también navega entre lo verosímil y lo realista. La mirada americana de Ben Affleck que si bien en un principio muestra una crítica a la política exterior estadounidense en Irán se queda en la superficie convirtiendo después en héroes a los americanos que intervinieron en este rescate y mostrando a unos iraníes malos muy malos… y quedando el gobierno estadounidense con esta operación conjunta con los canadienses como adalides del pacifismo (¿?)…

Lo que en un principio parece que va a ser una interesante denuncia política se transforma en una intriga política donde se construyen los estereotipos (el agente de la CIA es un héroe solitario y valiente, los rehenes inocentes y víctimas son rescatados de las garras de los tremendos iraníes malvados y extremistas) del género salpimentado con ingredientes valiosos de sátira. Así Ben Affleck ‘mira’ con un estilo cinematográfico que nos recuerda a las películas de cariz político de los años setenta de realizadores como Alan J. Pakula, Sydney Pollack, Sidney Lumet o Costa-Gavras pero ‘representa’ otra cosa. Así el prólogo para situar a los espectadores que desconocen lo que se va a narrar y el asalto a la embajada denota el tono de estas obras cinematográficas… de las que pronto se aleja y se ‘transforma’ en otra cosa. Ben Affleck no cuenta desde el escepticismo ni llega a mostrar una crítica demoledora de las altas instancias (y de la política tanto exterior como interior…), tampoco refleja un espíritu de denunca como puede verse en Missing, Los tres días del Cóndor, El último testigo o Todos los hombres del presidente. Ben Affleck ‘representa’ una historia verosímil digna de análisis que no realista. Tira más hacia la sátira (y a la crítica con matices de un mundo que conoce bien, el de Hollywood), emplea los códigos de los géneros… pero no muestra una historia realista y de denuncia política (quizá porque ésa no era su intención).

… Ben Affleck sigue prometiendo sorpresas como realizador y seguiré yendo a la sala oscura para disfrutar de sus creaciones cinematográficas. En Argo muestra su arte e ingenio a la hora de narrar y su sabiduría a la hora de enganchar al espectador en historias de ritmo trepidante. Ofrece siempre una ‘mirada’ especial que no deja indiferente y que puede provocar interesantes debates y reflexiones.

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Looper (Looper, 2012) de Rian Johnson

Bucles temporales. Historias que giran y giran. Looper entraba dentro de mi colección especial de cine y juego del tiempo. Y me encontré con una historia de ritmo trepidante que alteraba mi adrenalina y me hizo salir del cine con un subidón de energía. En esta historia los loopers, unos mercenarios que matan a personas del futuro y se deshacen de sus cuerpos, se drogan a través de los ojos. Y es lo que hace Rian Johnson (es la primera película que conozco de su trayectoria como realizador) con el espectador, le inyecta una historia de ritmo trepidante e infinitos bucles donde la lógica pierde todo sentido. Ahí está un hombre duro (uno de mis favoritos), Bruce Willis, para recordárnoslo: “Dejémonos de viajes en el tiempo. No vamos a ponernos a hacernos pajas mentales sobre lo que fue o lo que será”… en una escena clave: el encuentro en un restaurante cara a cara de Joe (Joseph Gordon-Levitt) con su propio yo (con treinta años más y el rostro de Bruce Willis) en su presente.

Si te metes en el juego, te metes de lleno en este bucle temporal que introduce al héroe solitario y perdedor (pero con espíritu romántico) que es un asesino de cine negro, que busca la redención, que se codea con un mundo futurista oscuro de destinos inciertos. La mezcla de géneros provoca una historia potente y además desconcierta y atrapa al espectador… Porque no sólo hay cine negro y ciencia ficción. También puro western con la leyenda del forajido que llega a la granja donde se aloja una mujer fuerte y su hijo. Y ahí se crea un vínculo especial entre los tres. Así como el enfrentamiento con el forajido vengador en los campos de maíz. Y por si fuera poco, de pronto, nos ofrece claves del cine de terror y los fenómenos extraños como la telequinesia. O ese cine de miedo que habla de un elegido maléfico que traerá la destrucción masiva con el rostro de un niño… Más allá todo envuelto de un romanticismo redentor que todo lo puede o todo lo destruye. Y más acá ese género de hombres duros y de acción en el que Bruce Willis es uno de sus iconos y aquí continua con su trono. Y para terminar el bucle de géneros, el metafísico-filosófico en el que un personaje se enfrenta continuamente con su yo…

Y en un análisis cuidado de su argumento, en esas pajas mentales que te construyes como espectador, puedes encontrar ciertas incoherencias o asuntos que necesitan un segundo visionado… pero como dice Willis dejémonos de pajas mentales y disfrutemos de una historia de bucles temporales que sorprende. Y salgamos con un subidón de la sala de cine.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Lo imposible (The impossible, 2012) de Juan Antonio Bayona

Lo imposible se balancea entre película de catástrofe (años setenta y ochenta) y drama familiar con gotas de intimismo, épica y emotividad perfectamente repartidas. No hay sitio para la creatividad o la sorpresa en lo narrado. Ocurre como en Titanic el espectador conoce perfectamente lo que va a ocurrir en cada momento, así que lo importante es cómo lo cuenta de manera que impacte en lo visual (además de una buena factura técnica) y contar con dos estrellas, Naomi Watts y Ewan McGregor, (y con algún rostro nuevo como el adolescente Tom Holland y espolvorear con cameos como el de Marta Etura o Geraldine Chaplin). En Lo imposible todo está medido para que el espectador no se salga de la senda trazada… Así sentirás el tsunami y el miedo ante la rebelión de la naturaleza, notarás la angustia y el terror… y te dejarás arrastrar por lo imposible: el encuentro de cinco miembros de una misma familia en medio del caos tras el tsunami. Música que acompaña cada sentimiento que debes sentir, escenas clímax adecuadas para que salte la lágrima o la angustia. Y te puedes dejar llevar… Creo que Lo imposible no engaña. Sabes a lo que entras. No pretende hacer un análisis de la catástrofe natural, de cómo repercutió en el país donde ocurrió, de cómo afectó a sus gentes, de cómo se actuó tras la tragedia, de qué fue realmente lo que pasó, de cómo la población pudo ir recuperándose… Es cine de género. De catástrofe y melodrama familiar… con una de las frases más temidas en una película (‘basada en hechos reales’).

Juan Antonio Bayona es un director que es además espectador de cine (y sin duda lo ama) y que ha adquirido el lenguaje cinematográfico ‘viendo’ a los narradores de la imagen (y como maestro principal de cabecera, Spielberg —con lo mejor y lo peor de él—), es decir, sabe ‘mirar’ con la cámara… pero a mi parecer no innova, no se desmelena, no busca todavía una voz propia que le haga salirse de aquellos ‘esquemas’ que sabe que van a funcionar a la hora de contar una historia (tampoco se salía de esos esquemas en El orfanato, que me gustó menos que Lo imposible). Presenta una familia bella, idílica y perfecta que va a empatizar desde el principio con el público. Muestra situaciones con las que todos nos vamos a sentir identificados (el dolor, el miedo, el sentimiento de unión, el pánico ante quedarse solo…). Tan sólo hay un momento en que podría haberse salido de la ‘norma’ pero no llega hasta al final y apunta algo interesante y es el del brutal instinto de supervivencia que posee el ser humano (que puede provocar acciones hermosas y otras que no lo son tanto…). Así en un momento en que madre e hijo mayor (Tom Holland) intentan sobrevivir y llegar a un árbol para subirse en él por si viniera otra enorme ola… oyen cómo un niño pequeño grita socorro. El hijo mayor es implacable, le dice a la madre que lo más importante es llegar al árbol y ponerse a salvo que no pueden rescatar a nadie… Y hubiera sido muy interesante que hubiera desarrollado ese conflicto que se soluciona por la vía fácil de una madre coraje que le dice que podrían ser sus hermanos… y entonces van a salvar al niño.

Las relaciones entre los miembros de la familia, y entre la familia con otros supervivientes nunca se sale de lo políticamente correcto (y de lo estereotipado) y del terreno de lo emotivo. A veces son tantos los momentos emocionantes que el espectador no tiene tiempo de asimilarlos y corre peligro de quedarse inmune y frío ante lo que realmente sin duda fue ‘lo imposible’: esa especie de destino que hace que unos encuentren a todos sus seres queridos y otros no encuentren a nadie…

Lo imposible es una obra cinematográfica que respeta totalmente los códigos (no se sale un ápice) de los géneros que ‘representa’. Catástrofe natural (con imágenes que realmente angustian y donde Naomi Watts muestra toda una gama de sensaciones y sentimientos) y drama familiar íntimo (en este aspecto cojea algo más por la simplificación de alguno de los personajes como el padre, un casi siempre correcto Ewan McGregor). Pero logra, sobre todo al principo, la inmersión y el terror ante una catástrofe natural inesperada, el tsunami. La angustia de la supervivencia, de la soledad y de la búsqueda de los seres queridos ausentes, el alivio ante el encuentro, el miedo ante la muerte… Lo imposible no engaña.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Blancanieves (2012) de Pablo Berger

Blancanieves tiene una cualidad mágica: y es que te lleva al éxtasis continuamente. Te conquista desde la emoción, una emoción tremendamente hermosa. Sales con lágrimas y dando palmas… y estas dos actividades tan distintas pueden conjugarse. Porque Blancanieves es un trabajo de orfebrería, de artista cuidadoso en extremo (con colaboradores que tienen el mismo concepto de arte), para dejar al espectador una obra completa y redonda. Y algo sumamente valioso es que te lleva a cotas extremas de sentimiento pero a la vez permite un análisis profundo de varios aspectos que hacen de esta obra cinematográfica un ejercicio intelectual grandioso.

Con Blancanieves te puedes meter en varios terrenos. Y yo me quedé enganchada a tres de ellos. Aún espero volver a meterme otra vez en la sala de cine y descubrir más caminos…

En Blancanieves se mueve una identidad fantasmal de un país que tiene una historia triste (como casi todos los países), un reflejo con una serie de claves que confluyen. El desgarro y el grito de esa España que supo reflejar un Federico García Lorca que se fundía con la Argentinita, el mundo de los toros y el folclore popular. La España deformada y trágica que extrajo Goya de sus pinturas negras y Valle Inclán de sus espejos deformantes hacia el esperpento. La picaresca de Quevedo de unos seres humanos que con miseria e ironía encaran una vida sórdida. Esa España negra… la España oculta de Cristina García Rodero que con una poderosa fuerza visual hizo que surgieran unas imágenes de un país anclado en el tiempo. Esa España de pandereta, copla y toreros que fue una de las únicas cosas exportables de un país bajo la dictadura que silenciaba voces. Así el cine de antes y después del dolor de una Guerra Civil mostraba un país que cantaba, daba palmas y donde el súmmum era la historia entre el torero y la coplera. Y así llegaba nuestra imagen a otras partes del mundo… del mito de Carmen (… visión de Sevilla de un francés a mediados del siglo XIX) se unía la novela del escritor español más internacional, Vicente Blasco Ibáñez, Sangre y arena. La España del cotilleo fácil y el famoseo falso y efímero que aleja al personal de la realidad que le rodea. La España que se ríe de la desgracia ajena para alejar la suya propia. Un cotilleo que destruye y crea falsos espejos y envidias insanas. Un cotilleo que arrastra víctimas por el camino. Blancanieves desgarra con un país triste que se consume entre vítores…

Blancanieves es cine silente puro que se construye con su lenguaje cinematográfico. Ahí nos topamos con el segundo terreno. Y es también una conjunción de la historia del cine universal. No sólo es un ejercicio absolutamente medido del montaje bien hecho sino que sus imágenes destilan esencia de estilos y referencias que finalmente confluyen en un estilo único que da una coherencia maravillosa a la ‘pieza’ cinematográfica. Hacía tiempo que no veía unas transiciones tan absolutamente hermosas… como esa visión de la luna que se convierte en la ostia sagrada que toma Carmen el día de su primera comunión. O ese maravilloso plano que anuncia un cambio desgarrador en la vida de la protagonista cuando un traje blanco se mete en una tina y aparece totalmente negro. O esa imagen hermosa del paso de la infancia a la adolescencia de Carmen.

Emoción es lo que destila toda una galería de primeros planos de diferentes rostros. Desde Eisenstein a Dreyer pasando por Abel Gance. A las espaldas de Blancanieves descansa el lenguaje del melodrama con esas divas del cine mudo que eran casi diosas (Lilliam Gish y sus personajes bondadosos que sufrían toda clase de desgracias, Greta Garbo y sus sacrificios por amor o la sensualidad de Joan Crawford que es imposible olvidar en Garras humanas).

El espíritu de ese otro Hollywood, un Hollywood que destilaba poesía de lo horrible, pulula por los fotogramas de Blancanieves. Y nos viene a la cabeza, de nuevo, imágenes de otra obra maravillosa de Tod Browning, La parada de los monstruos. Otras imágenes recrean la pátina de ese Hollywood también deformante y grotesco, de grand guignol a lo Aldrich. Así el personaje de la madrastra con rostro de Maribel Verdú nos trae a la mente Qué fue de Baby Jane o ese Hollywood decadente de El crepúsculo de los dioses.

También recorremos esa imagen de relato cinematográfico que recrea lo gótico, fantasmagórico y terrorífico. Esa imaginería de grandes mansiones y las historias desgarradas que ocurren en su interior. Como si nos topáramos de nuevo con Manderley o con Thornfield. O con los secretos tras la puerta a lo Lang.

Blancanieves pulula también por el cine patrio y desgarrado. Pinta de oscuro y poesía la España de la copla y el mundo del toreo. El espíritu de Buñuel pulula por los fotogramas pero también la tristeza y belleza de un Víctor Erice que mira a través de los enormes ojos de una niña (El espíritu de la colmena) o refleja de manera intensa la relación hermosa entre padre e hija (con ecos de El Sur). No puedo dejar de mencionar una de las escenas más hermosas, a mi parecer, que es esa niña de enormes ojos vestida de folclórica, que pone un disco donde canta su madre y baila con su padre que se encuentra en una silla de ruedas, en esa habitación prohibida.

Y el tercer terreno en el que me quedé absolutamente enganchada fue en cómo se conserva la esencia del cuento en el que se inspira. Pablo Berger introduce el universo que captaron los hermanos Grimm en su plasmación de este cuento y le dota de todo un sentido y una iconografía necesaria para trasladarlo a esa Sevilla ‘inventada’ de los años 20. Así se conservan todos los rasgos que dan identidad al cuento, no elimina la maldad implícita en los relatos populares (que sí eliminaron las versiones de Walt Disney) y deja un final entre hermoso y poético con un tamiz de crueldad, sin traicionar ni el espíritu del cuento ni de la historia que narra, que nos deja en el límite de la emoción intensa.

En esta inspiración del universo Blancanieves lo dota de sus claves (pero con estilo propio) y también deja otras huellas o ecos de otros cuentos populares (como Caperucita Roja, la Cenicienta, Barbazul u otros). En Blancanieves de Pablo Berger no falta la madrasta malvada, el cazador asesino, los ¿siete? enanitos, la manzana envenenada y un espejo muy especial, la revista Lecturas… y el elemento ‘mágico’ del cuento.

Mención aparte cada uno de los actores que encarnan a los distintos personajes de este ‘relato’ cinematográfico. Así como los innumerables rostros de extras que dejan unos primeros planos difíciles de olvidar. Pero haré mención especial a todas las generaciones posibles de actrices femeninas que tienen un rol especial e importante en Blancanieves y todas en su esplendor máximo: una madre coplera con el espíritu de las mujeres de Julio Romero de Torres con cara de Inma Cuesta, la abuela más hermosa, buena y sentida que tiene el rostro de Ángela Molina, la madrasta más perversa entre las perversas y más frívola (Maribel Verdú), una Blancanieves niña con ojos enormes (Sofia Oria) y la Blancanieves adulta con la intensidad y frescura de Macarena García. En el cuidado montaje, que tiene ritmo y rima como un buen poema, no podía faltar una cuidada obra musical de Alfonso de Vilallonga y la selección de melodías y cantos así como el descubrimiento de la voz de Silvia Pérez Cruz.

Blancanieves es una perfecta estructura cinematográfica, con todas las piezas en su sitio, que juntas disparan la emoción del espectador y le hace tocar prácticamente lo sublime, la obra bien hecha (ha sido un proyecto cinematográfico que ha costado años sacar adelante pero ahí está, vivo). Vuelvo a repetir salí llorando y dando palmas…

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El artista y la modelo de Fernando Trueba en tres momentos y un instante

A mí El artista y la modelo me atrapó sobre todo por tres momentos y un instante. Y antes de cualquier análisis los describo.

Primer momento. Sus dos protagonistas, Marc Cros (Jean Rochefort), el escultor y Mercè (Aida Folch), su joven modelo ante una postal donde se reproduce un dibujo a mano de Rembrandt. Y de pronto esos trazos cobran vida a través de las palabras del artista que va introduciendo a una cada vez más emocionada Mercè en el ‘alma’ del dibujo, construyendo ambos una pequeña historia. Así el anciano escultor logra que su modelo entienda a lo que se refiere cuando él dice que necesita atrapar la idea adecuada para poder llevar a cabo la creación artística.

Segundo momento. Una conversación de ambos en el patio de ese maravilloso estudio en las montañas mientras almuerzan. De nuevo el anciano escultor le cuenta una historia a su modelo. Le cuenta cuáles son las dos pruebas sobre la existencia de Dios… la primera es el cuerpo desnudo de una mujer. Y entonces relata su versión particular (y más entendible) del pecado original… y el origen de Adán. La segunda… me guardo el secreto.

Tercer momento. Cuando ya se ha producido la máxima comunicación y unión entre artista y modelo. Cuando ya ambos han alcanzado la idea, la creación artística… El escultor va hasta la cama donde la modelo duerme y se sienta junto a ella. Cuando Mercè abre los ojos se encuentra con el rostro de Marc. Y entonces alza sus manos, y en silencio, va recorriendo y acariciando su rostro.

El instante. Ante la obra ya terminada sentado frente a la naturaleza, en las montañas, al lado de una mesa, el escultor disfruta de uno de los mayores placeres, un pequeño placer (que son los mejores), corta un trozo de buen pan y le echa un chorrillo de aceite de oliva… y lo come intensamente…

Pequeño análisis. Más desnudez todavía y creo que entonces el propio Fernando Trueba hubiera alcanzado en su totalidad esa idea para la creación artística que sigue el anciano escultor… El artista y la modelo podría haber llegado a ser la obra totalmente desnuda que transmite la máxima emoción. A veces se intuye de manera demasiado evidente ese afán de Trueba por alcanzar la belleza.

Más desnudez y más confianza en la imaginación del espectador para el entendimiento de la historia (como confía el escultor en su modelo ante la visión de la postal con el dibujo de Rembrandt). Por eso me hubiera gustado prescindir de todas las tramas secundarias y sus personajes (sólo intuirlas, intuirlos). Me hubiera bastado con asistir al universo, en ese estudio, del artista y la modelo. Un universo que me llenaba una y otra vez, encerrada en ese habitáculo maravilloso. Quizá el único personaje secundario del que no hubiera prescindido (porque se intuye una historia preciosa y también emocionante) y que me parece que aporta a esa ‘esencia’ de la idea: es el de Léa, la esposa del escultor (una Claudia Cardinale ajada y bella con su voz áspera). Las risas de Mercè (aunque entiendo su función) me sacaban de la trama…

… No obstante contuve en todo momento una emoción en los ojos, un nudo en la garganta. Y en la mayoría de las escenas estaba a punto de tocar la idea… el secreto que hace de la creación artística un universo emocional que está por encima de todo…

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Ocho reflexiones en torno a la última película de Woody Allen, A Roma con amor

1.- A Roma con amor es una película caótica donde Woody Allen se deja arrastrar por un descuido formal a la hora de narrar cinematográficamente su cascada de historias en la capital italiana. Así vuelve a ese caos de sus primeras producciones donde había una supremacía del gag sobre la historia y la forma de contarla. Y aun así dentro de este caos esconde escenas que muestra que puede ser cuidadoso en este ámbito (como la visita nocturna y con tormenta a gloriosas ruinas romanas), el formal. En A Roma con amor le interesan las situaciones en las que sus personajes se mueven en una ciudad que presenta caótica (y sin embargo hermosa, llena de callejuelas y rincones).

2.- En este caos formal que es A Roma con amor, Woody Allen se salta toda la coherencia temporal entre las historias y en el interior de las propias historias. De tal manera que una claramente transcurre en un día, otra en varias jornadas, en alguna pasan meses… y en otra crea un juego temporal con el espectador: en la historia de Alec Baldwin no sabemos si es él el fantasma (gana esta teoría) o si los fantasmas son el grupo de jóvenes protagonistas (son una proyección de la juventud de Baldwin)…

3.- Dentro del caos antes descrito Woody Allen realiza sin embargo guiños que muestran su amor al cine. Guiños que recorren el cine italiano o películas que han tenido como principal protagonista la ciudad con ojos de cineasta del otro lado del mar. Primero su estructura en diferentes historias y episodios que nada tienen que ver las unas con las otras. Las películas en episodios era una fórmula bastante empleada en el cine italiano durante los años cincuenta y setenta que reunía varias historias dirigidas por distintos directores o por el mismo. Aquí Woody Allen las intercala, también caóticamente, pues normalmente los episodios eran continuos, empezaban y terminaban, en un mismo largometraje. La fórmula empleada para que transcurran las historias es muy simple: primero un policía de tráfico que trata de poner orden en el desorden sin muy buen fortuna se dirige al espectador diciendo que él, a ras del suelo, es testigo de muchas historias que se desarrollan en la ciudad y para poner el broche final un romano nos dice que éstas son unas historias pero que hay otras esperando desde su balcón…

Otra de sus inspiraciones más evidentes es la de Federico Fellini sobre todo en uno de los ‘episodios’: el de la joven pareja de provincias que llega a Roma y por circunstancias se separan durante toda la jornada (una historia de cine dentro del cine). El referente más cercano es una de las primeras películas de Fellini, El jeque blanco.

También el personaje de Penélope Cruz (española ejerciendo de ‘italiana’) pone de relieve el tipo de estrella italiana de los años cincuenta y sesenta que fue reconocido a nivel internacional: las mujeres-musas, las maggioratas, que exportaron su carácter de sex symbol, la belleza italiana (y luego muchas de ellas evolucionaron hasta convertirse en grandes actrices), a otras cinematografías. Me refiero a las Silvana Mangano, Sofia Loren, Claudia Cardinale…

Y, por último, esa visión de turista del ciudadano norteamericano a un país mediterráneo como Italia. Así no es de extrañar que el propio Woody Allen vuelva a actuar en esta película y se otorgue el papel de turista-visitante. El cine americano está poblado de esta ‘visión del turista’ de Italia. Podemos recordar Vacaciones en Roma o Avanti y ejemplos más recientes como Bajo el sol de la Toscana.

4.- El gag estrella, uno de los momentos más divertidos de estas ‘episódicas’ historias, que nos devuelve el humor absurdo de sus primeros tiempos, es sin duda el cantante de ópera bajo la ducha… y toda la resolución de este gag. No tiene desperdicio. Así nos encontramos con ese turista americano, un Woody Allen representando su álter ego habitual, un intelectual ya jubilado y casado con una psiquiatra, que descubre en el padre (que lleva una funeraria) del prometido de su hija a una estrella de la ópera en potencia. Pero con una peculiaridad que Allen trata de subsanar en una delirante y absurda ‘transgresión’ cultural.

5.- No puede faltar la historia típicamente woodyliana donde varios personajes, hombres y mujeres, viven complejas relaciones personales entre ellos. Y donde claramente el director reflexiona sobre ellas con un punto de humor y varias gotas de nostalgia. Regresamos a la historia de Alec Baldwin, un arquitecto de prestigio que pasea solitario por una Roma que le trae recuerdos de juventud. Cuando llega a una calle que cree que puede ser en la que vivió hace años se cruza en su camino un joven estudiante de arquitectura (Jesse Eisenberg), que vive en Roma con su novia. De pronto Baldwin se convierte en una especie de voz de la conciencia que es testigo de una historia sentimental. Baldwin ‘invade’ la intimidad del joven Eisenberg y los va aconsejando. Todo se revoluciona cuando aparece una joven amiga de la novia, una aspirante a actriz (con aires de intelectual, neurótica y libre en sus relaciones personales… caótico personaje con un poso de frivolidad y egoísmo) con cara de Ellen Page, y pone patas arriba el hogar de la joven pareja. El personaje de Ellen Page pasa como un torbellino que desbarata, sobre todo, la seguridad emocional del personaje de Eisenberg que tiene un ‘espejismo’ de enamoramiento y pone en evidencia su inmadurez…

6.- También Woody Allen introduce una crítica a la Italia berlusconiana y los medios de comunicación con la historia de Roberto Begnini, un oficinista, padre de familia de clase media, que de un día para otro y sin explicación alguna se vuelve un famoso personaje de la crónica diaria donde cualquier paso que dé en su cotidianeidad es cubierto por televisión, prensa y radio. Y como esa fama por no hacer nada transforma su vida. Una fama efímera que desaparece igual que aparece. Una fama que termina trastornando al gris oficinista, una fama que crea adicción y que cuando el protagonista de este ‘drama’ termina su ‘aparente’ pesadilla (la persecución continua de periodistas y paparazzis, la imposibilidad de intimidad y soledad) vive otra pesadilla que es la de sentirse totalmente ‘anónimo’ en la caótica ciudad.

7.- Así de nuevo Allen presenta tras una aparente y simple película todo su mundo y filosofía de la vida. Y sin cuidar apenas lo formal vomita todo su universo particular trasladado a Roma. Encontramos al Allen filósofo, al Allen que ama el cine, al Allen intelectual que se ríe de sí mismo, al Allen que estudia las relaciones personales y el amor, al Allen cómico que regala momentos de humor absurdo…

8.- Conclusión: A Roma con amor no es de las películas más redondas de Woody Allen pero tampoco es una obra vacía en la que no haya un planteamiento cinematográfico del director ni tampoco se desmarca de su trayectoria. Las señas de identidad continúan presentes así como su universo. Y como siempre pasa con el director hay situaciones, momentos y personajes que merecen un buen análisis y que provocan interesantes reflexiones. Woody Allen aterriza en Roma y con su mirada de turista (no nos miente), como su personaje, nos cuenta cuatro historias que transcurren en diversos rincones de la ciudad.

Me voy a cantar a la ducha… o a mojarme en una tormenta entre ruinas romanas solitarias…

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Mátalos suavemente (Killing them softly, 2012) de Andrew Dominik

Antes de ver la película ya todos conocemos su frase clave, la que pronuncia el mercenario Jackie Cogan (Brad Pitt) en la barra de un bar de mala muerte: “América no es un país, es un jodido negocio”. Una frase a la que sólo hay que cambiar el país para que funcione en numerosos lugares del mapa mundi. A lo largo del metraje el director neozelandés (que ya llamó mi atención en El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford) representa y pone en boca de más de un personaje que todos los seres humanos están absolutamente solos en este momento de crisis económica, política y social…

Su título hace referencia a una ‘manera’ de trabajar del mercenario. Mata a sus víctimas desde una determinada distancia… prefiere matarlos ‘suavemente’ sin que le salpique la sangre. Pero también es una metáfora de este momento histórico: ante la doctrina del shock (doctrina del miedo), que tan bien explica Naomi Klein, los ciudadanos del mundo vamos muriendo suavemente ante un sistema que arrasa cualquier atisbo de humanidad y que lo que menos le importa son los ciudadanos libres. En los extremos hay fugas de movimientos e indignaciones pero a los que mueven los hilos no los vemos, son abstractos… Parece o da la sensación de una soledad trágica de David contra Goliat… y parece que Goliat va derribando obstáculos y venciendo. Así en Mátalos suavemente los de arriba (mafiosos o altos cargos políticos, el paralelismo es tristemente evidente), los que mueven los hilos, son también invisibles, pero dan órdenes y mueven sus piezas despiadadamente. Y tienen a sus órdenes sicarios, mercenarios y mafiosos que sólo conocen el lenguaje del dinero y del negocio. Jackie Cogan está inmerso en las reglas del juego. Porque todo es un jodido negocio y si quieres estar en el barco hay que jugar y sobre todo no fallar nunca. Siempre controlar la situación.

Así Brad Pitt crea un personaje cinematográfico de esos que dejan huella. Y es ese asesino que no pierde el control. Frío, impacable, chulo. Con sus gafas oscuras, su cazadora de cuero negro, acojona. Con sus palabras tranquilas y sus golpes en el hombro, acojona. Y así se mueve por la ley del miedo y el horror para mantener el ‘orden y el juego’. Recibe órdenes de los de arriba a través de un mediador con cara de Richard Jenkins (siempre magistral) y las ejecuta con limpieza de movimientos, como si protagonizara una coreografía de violencia. De trabajo bien hecho para que sea bien pagado. Da igual la naturaleza del trabajo.

La película transcurre en lugares del extrarradio de una gran ciudad. Espacios solitarios. Bares oscuros, habitaciones de hotel, puentes solitarios, una estación, carreteras… Y ahí siempre de fondo una radio, un televisor, que desgrana las palabras de Bush y Obama sobre la situación política y económica del país. Son los momentos previos a la victoria de Obama… y la ironía y la desesperanza tras las palabras y los discursos que escuchamos y lo que acontece es desolador.

Si Dominik me cautivó en su anterior obra cinematográfica no fue sólo por lo que cuenta sino por cómo lo cuenta y su potente fuerza visual. En Mátalos suavemente me ha ocurrido lo mismo… me dejé llevar por lo que me contaba pero también por cómo lo contaba. La sinopsis pudiera parecer sencilla (y ya vista) pero encierra toda una reflexión y radiografía pesimista —una mirada— sobre el mundo actual: dos pringados de poca monta expertos en chapucillas (dos personajes tristes encarnados por Scoot McNairy y Ben Mendelsohn) a instancias de un tercero deciden atracar una partida de cartas ilegal que organiza un mafioso de la zona (Ray Liotta, impresionante). Esta chapuza no queda impune sino que ‘altas instancias’ del crimen organizado a través de un mediador (Richard Jenkins) contratan a un mercenario (Brad Pitt) para que solucione este entuerto (lo contratan a precio de crisis)… Todo debe estar bajo control.

La película está construida a base de diálogos entre los personajes que pueblan la trama. Entre los dos raterillos. Entre los raterillos y el que organiza el golpe. Entre el mercenario y sus víctimas. Entre el mercenario y el mediador que le contrata. Diálogos poblados de ironías y humor negro que llegan a la caricatura por lo perverso y lo horrible que reflejan (provocan la risa incómoda)… El mercenario siguiendo las reglas para llevar a cabo un impecable trabajo que no deje huella exige la presencia de otro asesino (James Gandolfini que se come la pantalla a dentelladas con su personaje excesivo) para eliminar a una de las víctimas… pero en vez de encontrarse el glorioso asesino que recordaba se encuentra a un hombre cansado, devorado por el alcohol, a punto de ingresar en la cárcel, a punto de estallar, a punto de perder el control… que no le vale para el trabajo enconmendado. Es un negocio. Tiene que planificar otra manera de realizar lo mandado.

Otro aspecto de análisis interesante es que en este mundo de los bajos fondos despiadado y poblado de hombres y violencia no hay sitio para las mujeres. Sólo son protagonistas en las conversaciones de los personajes masculinos y de la manera más vejatoria ‘como seres follables para pasar el rato poseedoras de culos impresionantes’, como ‘objetos deseables’. El único personaje femenino de toda la trama es una prostituta que sale unos dos minutos y sólo recibe un trato verbal vejatorio por parte de los dos hombres presentes… Y las reflexiones complejas que surgen de este tratamiento de lo femenino en esta película son escalofriantes. También dan miedo. Pero otra lectura puede ser que a la mujer se la sitúa en el terreno de los sentimientos, de la emoción, de lo humano y cercano… y en el mundo reflejado no hay hueco ni para el sentimiento, ni para la emoción, ni para lo humano ni lo cercano.

Y en esta radiografía desesperanzada y oscura del mundo surge la mirada de un cineasta que deja imágenes y un uso del lenguaje cinematográfico que hipnotiza a servidora. Toda la secuencia del atraco en la partida de cartas clandestina, la importancia de los sonidos (lo que se cuenta a través de lo que se oye y de los silencios), la muerte por parte de Jackie Cogan de uno de los mafiosos, uno de los diálogos de los dos raterillos, uno de ellos sobre todo bajo los efectos de la heroína, la puesta en escena de cada una de las apariciones de Jackie Cogan… todo regado con un buen repertorio de canciones de fondo y sonidos de lo urbano. Como anécdota la aparición casi en categoría de cameo de Sam Shepard como otro mercenario que tiene más importancia por lo que es nombrado a lo largo del metraje por otros personajes…

Mátalos suavemente no deja indiferente y motiva distintas reflexiones sobre la situación actual. Quizá todo no sea tan negro o quizá sólo sea un esbozo y todo sea peor… la doctrina del schock nos está arrastrando suavemente… Los que mueven los hilos son invisibles y contra lo invisible es difícil enfrentarse…

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Shanghai (Shanghai, 2010) de Mikael Hafström

Sí, señoras y señores, Shanghai cuenta con una frase clave que no se convertirá en clásico de la memoria cinéfila porque quizá no sea de esas películas que el público vaya a ver masivamente. Y esa frase es: “El corazón no es neutral”. Y ahí, les aseguro, ya tenemos una historia. Shanghai es de esas obras cinematográficas donde los espectadores salen y dicen: ésta es una película de las de antes, una película clásica. Y ¿qué quieren decir esos términos? Trataré de explicarme a lo largo de una retahíla de palabras.

Si me dijeran que redactara una sinopsis. No me centraría en todos estos ingredientes que sí contiene: espionaje, intriga, thriller, años cuarenta, Segunda Guerra Mundial, drama… No. Hablaría de una ciudad multicultural y lejana donde por una serie de circunstancias coinciden tres hombres románticos: uno, el espía americano (y el narrador en primera persona de esta historia, con el rostro de John Cusack); dos, el militar japonés (Ken Watanabe) y tres; el mafioso chino (Chow Yun-Fat)… Los tres tienen objetivos y cometidos distintos en sus vidas pero sólo coinciden en un punto: son de naturaleza romántica y aman profundamente a las mujeres que significan algo para ellos. Los tres coinciden en un momento crucial de la historia en Shanghai meses antes del ataque a Pearl Harbor (y por lo tanto antes de la intervención de EEUU en la Segunda Guerra Mundial). Mucho tiene que ver en su encuentro el romanticismo exacerbado de un personaje ausente (Jeffrey Dean Morgan), el amigo del espía americano, que se convierte en el detonante del conflicto… y también hombre enamorado.

Las dos damas que organizan tal revuelo entre hombres tan diferentes tienen la fisonomía de mujer fatal pero ambas poseen un espíritu comprometido y un corazón entregado y sufriente: una es la esposa del mafioso chino (Gong Li) y la otra aparece como una víctima (Rinko Kikuchi)… pero lo que nos dejan claro en Shanghai, desde el principio, es que nada es blanco o negro… sino que existen distintos tonos y matices.

El director sueco Mikael Hafström ejecuta una película en un estilo clásico con un guion que narra bien una historia con una galería de estrellas norteamericanas, chinas, japonesas y otras nacionalidades (como la alemana Franka Potente). Y a qué me refiero con estilo clásico: a un uso correcto del lenguaje cinematográfico y puesta en escena, a una buena presentación de personajes (y unas actuaciones correctas), bonita y llamativa ambientación (incluyendo locales, calles, viviendas, vestuario, peinados…) y una adecuada banda sonora. Shanghai (ni ofrece más ni ofrece menos) es lo que pretende, una historia de las de antes, con suspense, espías, enfrentamientos y romanticismos exacerbados en periodo de guerra. Y todo enmarcado en una ciudad exótica. Así pasaba en Casablanca, así pasaba en El expreso de Shanghai, así pasaba en Árgel… o hace relativamente poco en El paciente inglés.

Sus recursos cinematográficos ya nos suenan o bien del cine de espías o algunos prestados del cine negro (no innova en nada Shanghai ni es ésa su intención): voz en off del espía americano desencantado, mejor amigo del espía (un tipo heróico, noble y romántico) asesinado, largo flash back para explicarte el origen de toda esta historia, investigación y peligro por parte del protagonista, enfrentamiento entre personajes antagónicos pero unidos por un rasgo de su personalidad (espía, militar japonés, mafioso chino), distintos grados de suspense, bellas y misteriosas damas fuente de desvelos de los protagonistas masculinos, acción, muerte… y mucho, mucho romanticismo.

Shanghai es una película para ver en una tarde de otoño (de esas que no hace ni frío ni calor donde los colores de la calle ofrecen distintos matices…) y salir con una sonrisa en los labios porque lo has pasado bien. No pretende ni más ni menos.

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