Carne (Flesh, 1932) de John Ford

Si miramos entre las páginas del kilométrico volumen Tras la pista de John Ford de Joseph McBride (cuenta con 846 páginas), lo que escribe el autor sobre Carne, en este completo análisis de la figura y obra del director, no llega ni a una página. El experto señala que es una “extraña” producción dentro de la obra de Ford. También explica el origen de su guion, una historia original del director Edmund Goulding… en el que hubo muchas manos entre ellas las del escritor William Faulkner sin acreditar (en su largo idilio amor-odio como guionista en Hollywood). También especifica que Carne no ha resistido bien el paso del tiempo (en mi humilde opinión yo no lo veo así). Y que de ser una comedia “vulgar pero simpática” pasa a convertirse en “una trágica historia de la degradación moral de un hombre”. Nos señala que fue la MGM la que contrató a Ford para que llevara a cabo esta película. Por eso, por política de estudio, justifica que tenga un triste final feliz (y añado yo, que es un final emotivo muy bueno y un precedente de muchos finales en películas posteriores). Y, por último, a nivel técnico explica que es una película fallida en cuanto querer mostrar una influencia del expresionismo alemán (y me pregunto: ¿era esa la intención de Ford y de su director de fotografía?).

Así esta obra cinematográfica de Ford es una de las grandes desconocidas (como muchas de sus primeras películas tanto del cine silente como de los primeros años del cine hablado) de su filmografía. Yo he vivido de otra manera mi visionado de Carne porque me ha ofrecido bastantes más luces que sombras. Llevaba tiempo detrás de conseguir el dvd que siempre que lo veía llamaba mi atención pero no me decidía a adquirirlo. Lo que me motivó finalmente (además de una buena oferta en la que se podía elegir cuatro dvd a un precio muy asequible) fue ver que su protagonista era Karen Morley. A esta actriz y su historia había accedido hacía muy poco cuando fue su interpretación y personaje lo que más me llamó la atención de Inspiración de Clarence Brown (aunque ya la había visto, pero en su momento no indagué, en una película mítica, Scarface, el terror del hampa, como la chica del gánster, Poppy… el papel que en la versión de Al Pacino heredaría Michelle Pfeiffer). Y en esta película demuestra que es de esas actrices que hay que recuperar del olvido.Y así Carne ha sido una adquisición feliz, de esas que merecen la pena.

El argumento de Carne toma un argumento universal y pone sus ingredientes originales (esto de los argumentos universales se explica de manera clara en un libro imprescindible de cabecera, La semilla inmortal. Los argumentos universales en el cine de Jordi Balló y Xavier Pérez). Y este argumento es raro que no funcione… Aquí, en esta película funciona totalmente: La bella y la bestia. La bella es Laura (Karen Morley), una ex convicta americana, encerrada en una cárcel alemana al igual que su amante Nicky (el latin lover Ricardo Cortez) por un delito que no es desvelado pero que por la trayectoria posterior tuvo que ser económico (de robo o estafa). La narración arranca con que dan la libertad a Laura pero no a Nicky y ésta empieza a deambular por las calles hasta que acaba en una popular cervecería donde también se organizan combates de lucha libre. Ahí los camareros y dueños forman una gran familia y entre esos camareros nos encontramos con la bestia (camarero y luchador), Polokai, muy querido por todos. Polokai (un Wallace Beery que emociona en cada escena que aparece) es una mole de carne, todo fuerza y todo bondad. Un hombre bueno y honrado pero no muy inteligente. Polokai tiene una humanidad desbordante y cuando Laura se mete en un problema porque no puede pagar la cena que ha consumido… Polokai, con una inocencia que desarma, no sólo paga su deuda sino que termina ofreciéndole un hogar y acogiéndola en ‘su familia’.

Laura traicionará una y otra vez a Polokai, le mentirá una y mil veces, pero también siempre será consciente de que es un hombre bueno e inocente y que la quiere de verdad (y eso también va haciéndola mella en su carrera vertiginosa carrera hacia la supervivencia… Laura se va transformando bajo el amor redentor y desinteresado de Polokai). Polokai es un hombre que ama, lleno de ternura, y siempre está dispuesto a perdonar a su amada. Polokai es capaz de todo por amor (hasta de traicionarse a sí mismo) y jamás obliga a Laura a que le ame. Es más él nunca se cree digno de su amor porque siente que sólo es una mole de carne sin atractivo alguno… hasta que los sentimientos de Laura van cambiando. Por eso es tan hermoso ese final que transcurre, como el principio, en una prisión, esta vez americana. Ahora quien está tras las rejas es Polokai (por amor, siempre por amor)… y aunque es un triste final feliz… es el apunte de una esperanza en una relación que parecía no tenía futuro alguno. Y es que ese triste final feliz lo veremos repetidas veces en otras películas posteriores como American Gigoló, por citar sólo un ejemplo.

Uno de los muchos obstáculos y mentiras con los que se encuentra Polokai en su carrera hacia lograr ser amado es Nicky, el amante de Laura. Nicky es seductor con dones de comunicación y relación, atractivo, elegante, manipulador, estafador, mentiroso, sibilino y un maltratador pero Laura se siente atada a él… Y Nicky será el motivo por el que Laura traicione y mienta una y mil veces a Polokai.

Dentro de la obra de Ford, Carne, aunque es una obra de encargo, puede relacionarse con varias películas del director. Esas películas en que John Ford retrata a los seres humanos más marginales (en sus westerns también los retrata)… películas con ecos humanistas donde el director no es ajeno a la realidad que le rodea, al sufrimiento. La primera película que me vino a la cabeza al conocer a los protagonistas fue El delator (1935) donde hay otra bella y otra bestia en Irlanda pero esta vez con final trágico donde América se queda como un sueño inalcanzable. La bestia fue un actor con un parecido físico a Wallace Beery, Victor McLaglen. Otro hombretón todo carne… que se equivoca por amor, por conseguir un sueño. Y delata. Y la bella es una prostituta (para sobrevivir) que es el amor del grandullón con el rostro de Heather Angel, una Laura más desencantada. Carne presenta un cierto realismo de las gentes sencillas (la ‘gran familia’ de Polokai) y los bajos fondos (la fauna en la que se mueven Nicky y Laura). Ese retrato de las gentes sencillas Ford lo llevaría hasta el extremo en los años cuarenta en una trilogía importante (Las uvas de la ira, Qué verde era mi valle, La ruta del tabaco). En Carne se ve la camaradería y cotidianeidad entre grupos humanos determinados así Ford, como demostró en sus westerns, refleja como nadie esos momentos cotidianos (reuniones, fiestas, conversaciones…) que vive Polokai con sus amigos y vecinos. Es rara la película de Ford donde no salga una lucha o un combate entre sus protagonistas (peleas espontáneas u organizadas), en Carne hay muchos combates de lucha libre con un aire muy realista. Polokai lucha en el ring y en la vida. Es un trozo de carne con mucha humanidad, una de sus características es que siempre termina levantando y abrazando a sus rivales, porque es un hombre honrado y bueno, y sabe que ese hombre al que ha derribado sólo es rival en el ring pero es un hombre como él. Recordemos otro boxeador ilustre en la obra cinematográfica de Ford, ese hombre tranquilo, boxeador americano, que viaja a Irlanda para encontrar sus raíces y olvidar…

Por último señalar dos asuntos. En el desarrollo de la historia, de los personajes y de los conflictos que surgen es evidente que todavía no había entrado al 100 por 100 el código Hays en las películas de Hollywood. Y por otro lado es evidente que Hollywood miraba al cine que se hacía en Europa y esto influenciaba en las producciones cinematográficas americanas (y viceversa también). Carne transcurre una parte en una Alemania de decorado y es una historia sensible e intimista donde se desarrollan temas ‘serios’ como la degradación moral de las personas (argumentos de películas europeas míticas como El último o El ángel azul) o también la redención. No sé si era la intención de Ford dar un aire expresionista a esta obra, es cierto que no hay huella alguna de este movimiento (o no lo consiguió junto a su director de fotografía) pero sí un aire europeo no sólo en la temática y en ese triste final feliz sino en el planteamiento de algunas escenas como esa idílica (más cercana al realismo poético francés… su parte alemana tiene ecos de este movimiento) escena del amigo de Polokai en una barca con Laura confesándole el amor del grandullón hacia ella, mientras el enamorado espera en otra barca con la esposa del amigo la respuesta de la amada…

Carne es un feliz descubrimiento en la trayectoria cinematográfica de John Ford.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El velo pintado (The painted veil, 1934) de Richard Boleslawski

La esfinge Greta Garbo nos narra esta película con dos tocados. Con dos formas de llevar un pañuelo en su cabeza. Así vemos la transformación de Katrin. La sinopsis es sencilla: Katrin se casa precipitadamente con el doctor Walter Fane (ella quiere huir de un futuro gris) que la lleva a una China desconocida. Allí el doctor es un trabajador infatigable y Katrin se siente sola hasta que conoce a un agregado de la embajada y vive una historia de pasión.

Con el primer tocado. Vemos a una Katrin preparándose para ser infiel. Frente al espejo, con un pañuelo blanco elabora una especie de turbante. Y la magia del rostro de Greta hace que la veamos muy hermosa. Así con tal atuendo va junto al que será su amante a un festival chino (y depués a un templo) y se deja seducir por un mundo que le es ajeno pero también atractivo lleno de misterio, sensualidad, belleza y placer. Con ese turbante empecerá la historia de su infidelidad. Cuando llega de nuevo a su hogar la espera el esposo quien la mira y la dice que jamás la ha visto tan bella.

Con el segundo tocado. Podría ser esa misma tela pero ahora el tocado es distinto. Es sencillo. Similar al de las religiosas con las que colabora Katrin en un orfanato donde los niños padecen los estragos de una enfermedad, cólera. Ahí está Greta sin glamour pero igual de hermosa. Ahora ha sufrido una transformación. Ya no es la esposa solitaria y aburrida que sufre con un marido que no para de trabajar. Ahora se ha fundido con la filosofía de su esposo, con su capacidad de servicio, y se ha enamorado de verdad. También conoce la otra cara de China, un pueblo que sufre. Y sabe que ella puede ser útil, que puede aportar. Y también está especialmente bella.

Así El velo pintado de Richard Boleslawski adapta a base de elipsis y sutilidades una historia de transformación espiritual de una mujer. Ésta es una de las adaptaciones de la novela de W. Somerset Maugham que volvió a un panorama de actualidad cinematográfica con la buena versión de John Curran  en 2006 con Naomi Watts y Edward Norton como protagonistas. Existe otra de los años cincuenta (que no conozco) con Eleanor Parker, Bill Travers y George Sanders que se tituló The seventh sin. Así Boleslawski nos regala una manera elegante de cómo el doctor descubre la infidelidad de su esposa. Él le compra unas revistas que la pueden interesar y se las lleva a casa. La puerta de su dormitorio está cerrada y cuando va a dejar las revistas en una mesilla… ve que hay un sombrero de hombre que no es el suyo… Todo queda dicho. También Boleslawski sabe mostrar la transformación espiritual y hacer que acompañemos a la Garbo en su éxtasis particular. Nos lleva a la emoción de ese amor no sólo pasional sino también trascendente en un mundo diferente al occidental, en una China de cartón piedra. Esto no era ajeno a este realizador que murió  joven (a los 48 años) y que dejó una breve filmografía (aún muy desconocida para mí), entre ellas El jardín de Alá de 1936 (única película aparte de ésta que he podido ver del realizador) que es un auténtico delirio de amor fou y espiritualidad entre Marlene Dietrich y Charles Boyer.

La diva Greta Garbo está perfectamente secundada por sus dos protagonistas masculinos. El doctor cuenta con la imagen de un magnífico Hebert Marshall (cada vez me gusta más)… que hace suyo ese doctor que parece demasiado entregado a su trabajo e incluso un poco gris pero que según vamos conociendo su faceta de entrega a su profesión y a tratar de conseguir un mundo mejor (al mismo tiempo que lo va descubriendo su esposa Katrin) se va haciendo un hombre tremendamente atractivo (esta proeza la conseguía también Edward Norton y muestra que ambos son grandes actores). Los momentos íntimos de la pareja en dos cocinas distintas (la primera en Austria cuando el doctor se declara a Katrin y la segunda en China cuando el doctor vuelve a declarar su amor a Katrin y le plantea la opción de marcharse de su lado…) son de una belleza innegable y ambos muestran sus facetas interpretativas además de dar coherencia a la evolución de la pareja dentro de esta historia. Y también está correcto en su papel de galán, de tentación equivocada, George Brent que se convierte en el seductor funcionario que descubre un mundo de fascinación a la aburrida esposa. Pero que también se sabe mostrar mezquino (y por lo tanto humano) cuando se descubre el pastel y ve en peligro su prestigio y carrera.

El velo pintado es otra interesante obra cinematográfica que acerca al espectador el mito de Greta Garbo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Cuestión de sangre (Little Odessa, 1994) de James Gray

Ya he leído sobre su próximo trabajo Nightingale donde vuelve a trabajar con su actor fetiche Joaquin Phoenix junto a Marion Cotillard y Jeremy Renner… sigue los caminos de la tragedia y esta vez se va a los años 20. Me apetece escaparme por esta historia. De James Gray había visto La noche es nuestra y Two Lovers, en las dos me gusta el director que ‘mira’ (y cómo mira) y su uso de la narración cinematográfica pero sus tragedias no me hacían estallar de emoción. En las dos me podían finalmente más los peros… aunque reconozco que en algún momento me metía en la historia y sentía estar viendo buen cine. Así que es un director que sí me sigue atrayendo para acercarme a la sala oscura porque intuyo que tiene mucho que mirar y creo que su trayectoria está siendo interesante. Más cuando me he topado con Cuestión de sangre. James Gray tan sólo tenía 24 años y entregó un poderoso e íntimo drama familiar con gotas de cine de mafias de por medio. Y me ha gustado tanto lo que me he encontrado que quiero volver a mirar las dos anteriores películas y lograr ver la que me queda pendiente de su breve filmografía: La otra cara del crimen.

Gray logra meternos en un universo familiar intenso y desgarrado donde entra amor, odio y desgracia. Pero es muy conciso en su forma de contar la historia. Y esa concisión provoca fuerza. Gray deja muchas pistas para construir la historia. Hay mucho debajo de cada fotograma y ahí está el espectador para construir e intuir. Con los códigos del cine negro y la tragedia nos deja una historia que va directa a dejarte KO. Y toma el leitmotiv de sus siguientes películas: la familia como universo que atrapa, del que es muy difícil alejarse. La familia que marca. Y que tanto amor como odio construye y destruye a la vez. El oveja negra de la familia, la fábula del hijo pródigo… Busca en las raíces familiares propias (sus abuelos eran rusos y judíos) y muestra un tejido social concreto, el de la inmigración rusa en EEUU. Y en esta familia que arrastra secretos y tragedias, historias duras que desgarran, hay un hijo que se fue. El hijo mayor que se ha convertido en un matón profesional. La historia (y el conflicto) empieza porque ese hijo regresa al barrio de sus orígenes, del que fue expulsado, para realizar un trabajo. Y pronto se enteran aquellos que no desean su vuelta… y su hermano pequeño, un adolescente perdido que se aferra al amor que siente por su hermano mayor.

Inevitable. Las historias de hermanos a mí me pueden. Y si encima están interpretados por dos actores que construyen magníficamente sus personajes entonces… me atrapan y no me sueltan. Así James Gray contó en Cuestión de sangre con un Tim Roth enorme en su papel de frío asesino al que le vuelven destellos de humanidad (que se apagan continuamente) cuando regresa a su barrio natal y se encuentra con un hermano pequeño que le adora, una madre moribunda y una chica que le recuerda… En Cuestión de sangre hay mucho trabajo visual, pocas palabras. Gray nos sabe contar la historia con la cámara. Con contundencia. Y te desgarra cada vez que ves la mirada de ese adolescente que trata de no caer, que trata de sobrevivir, y que ama de manera incondicional (aunque le duela) a su hermano (que es un asesino), a su madre (que se muere), a su padre (que es un hombre resentido, que ha luchado por no quebrarse y sacar adelante a los suyos pero que sólo sabe perjudicar a los que ama)… Ahí está uno de los mejores actores adolescentes de los años noventa, Edward Furlog (¿dónde te has metido? ¿Qué te ha pasado?), que sabe expresar con su manera de andar, de fumar, de mirar, de hablar…

En Little Odessa Gray nos mete en el hogar familiar donde transcurren secretos, desgarros y tragedias tras las puertas. En las calles frías del extrarradio donde fácilmente puede desaparecer un cuerpo. En un acuario vacío, espacio de intimidad entre hermanos. En los locales donde hay negociaciones mafiosas o también celebraciones familiares… o habitaciones donde hay un hueco para un poco de ternura. Por lo menos dos veces los protagonistas se escapan del color gris y de lo oscuro de la vida en la sala de un cine de barrio. Pero la violencia siempre está presente, al acecho. En Little Odessa también salta la violencia de manera dura y seca. Tras unas sábanas blancas. Un disparo a bocajarro. Deshacerse de un cuerpo con frialdad absoluta. En Little Odessa los lazos familiares saltan por los aires y las relaciones son complejísimas. Y un padre (Maximilian Schell) que pega y hace daño es humillado violentamente por el hijo asesino que no soporta que maltrate a los que quiere (en esos destellos de humanidad que a veces le quedan)… Y de pronto sentimos lo que hay, el amor y el dolor que se esconde, en una imagen en que el hermano mayor y el hermano pequeño rodean a la madre (Vanessa Redgrave) que se muere en la cama, sin palabras. En Little Odessa hay una enorme telaraña que cada vez complica más las cosas y envuelve a sus personajes en una violencia sin salida que arrasa con aquellos que son inocentes y con quienes no lo son (condenando a una soledad absoluta a aquellos que sobreviven).

La verdad es que Little Odessa logró sorprenderme y algo que todavía no había sentido con Gray, emocionarme. Dentro de su concisión, dureza, aspereza… fluye un submundo de sentimientos enterrados que conmueven.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Una luz en el hampa (The naked kiss, 1964) de Samuel Fuller

Samuel Fuller tiene la capacidad de dejarme KO, fuera de juego. Samuel Fuller siempre logra removerme, inquietarme. Todavía me queda mucha filmografía por ver pero lo que voy descubriendo me va dando certeros puñetazos. En algunos momentos me deja en estado de shock. Casi siempre me descoloca. Y eso me ha pasado en Una luz en el hampa, una traducción del título a mi parecer desacertada (queriendo realizar una especie de metáfora con el papel de la protagonista, Kelly) y quitando la nota de inquietud que esconde su título original.

Me ha impactado entre otras causas porque desconocía absolutamente a la obra que me acercaba. Tan sólo sabía que la protagonista era Constance Towers (con la que ya había trabajado en el Corredor sin retorno) y que era uno de los trabajos donde Fuller contó con libertad creativa porque la hizo prácticamente con sus propios medios (como autor independiente). Nada conocía de su argumento, sólo que su protagonista era una prostituta.

Samuel Fuller te atrapa desde la primera escena presentando a su personaje, Kelly, de la manera más impactante, violenta y brutal posible… ya ante los títulos de crédito te quedas de piedra (escena que no quiero desvelar para no quitar el efecto sorpresa a futuros espectadores que como yo se sentirán alucinados desde el primer momento). Lo que no te esperas es que después de una presentación tan brutal de un personaje que parece que va a protagonizar un thriller duro o puro cine negro te veas hundido en el melodrama más exacerbado y barroco con escenas culminantes de emoción exaltada y rozando siempre la virguería visual. Y después un regreso ligero al cine de investigación policial más convencional aunque con una continuidad en soluciones visuales que atrapan.

Una luz en el hampa es de esas películas que irremediablemente no se olvidan. Dentro del melodrama forma parte de un esquema narrativo que siempre funciona: la tranquila localidad norteamericana de carácter idílico en la que sólo hace falta rascar un poco para encontrar toda la podredumbre que la corroe. Así descubrimos las luces y sombras de los personajes más representativos de la trama que guardan la doble moral y la hipocresía reinante. Por eso Fuller golpea porque nos ‘engaña’ sobre una posible redención de la prostituta que decide rehacer su vida en idílico lugar… y nos muestra la imposibilidad de redención en un mundo que la hunde de nuevo en el ostracismo. Así Fuller va dando giros de trama que nos van hundiendo más y más en el fondo de la butaca… y sin embargo a Kelly la mantiene intacta, siempre en pie a pesar de las bofetadas continuas que recibe.

Y la película constantemente inquieta. Ofrece momentos de relativa paz e idilio pero siempre con una nota inquietante que nos hace estar en un estado continuo de incomodidad. Impresionante es esa escena en el hospital donde trabaja la exprostituta como enfermera de niños con discapacidad física. Es una escena como un paréntesis emotivo y musical (Constance Towers siempre quiso se cantante y actuó posteriormente en varios musicales exitosos en Broadway) que desconcierta absolutamente al espectador. Los niños discapacitados físicos se encuentran perfectamente distribuidos en una habitación y a base de primeros planos van ejecutando una melancólica canción (Tell me please), de pronto, ante los rostros de las demás enfermeras y el prometido de la exprostituta (el millonario que realiza obras de caridad de la localidad) que está grabando esta sesión, Kelly va pasando entre cada uno de los niños cantando también la triste melodía. No sabes el qué es pero toda la escena te incomoda. Y además la canción melancólica y triste toma un cariz terrorífico cuando vuelve a repetirse de nuevo (pues ha sido grabada) en la casa del millonario. Es un día en el que Kelly entra entusiasmada en el que será su futuro hogar con su traje de novia en una caja… de fondo está la angelical pieza musical… Y entonces es cuando Kelly ve algo que rompe de nuevo con la narración que estábamos contemplando y nos golpea de manera brutal, como a la protagonista, en la cara.

Es increíble el juego que realiza Fuller (creador también del guion) con cada uno de los personajes. En todos hay luces pero sobre todo unas sombras que pesan como losas. Unas losas que todo lo ensucian. Sombras alargadas como las que porta Kelly, el personaje más transparente, pero también con unas sombras inquietantes (sufre varios momentos de una violencia inesperada que siempre nos pillan con brutal sorpresa). Kelly no puede huir de su pasado no tanto por ella como porque la podredumbre está anclada en cualquier sociedad que se quiere mostrar idílica… y esa podredumbre arrastra a todos a Kelly incluida. Samuel Fuller nos lleva de la mano a la historia de un ‘ángel’ redimido y nos golpea con la imposibilidad de esa redención en un mundo lleno de lodo e hipocresías sociales. Todos los personajes, incluso los niños, muestran notas discordantes, desde el policía machista e hipócrita (que rechaza continuamente a Kelly por lo que fue aunque se siente atraído por ella desde el primer instante en que la ve) hasta la anciana que alquila su habitación y le cuenta una historia de amor imposible y le recita un poema-oración alrededor de su cama.

Samuel Fuller, con el director de fotografía Stanley Cortez (presente en El cuarto mandamiento de Orson Welles o en La noche del cazador de Charles Laughton), crea momentos de puro cine para expresar momentos entre el idilio y la pesadilla e inquietud. Otro momento culminante (la película, la verdad, está lleno de ellos) es cuando el millonario de la localidad finalmente se entrega a la protagonista. Él le propone a ella, mientras comparten gustos culturales, un viaje por Venecia. Y entonces le proyecta una película de uno de sus viajes a dicha ciudad. Y la dice que imagine a un gondolero cantando. Kelly entra en estado de éxtasis y nos hace entrar a todos en su estado. Todo el idilio y el éxtasis… es cortado de golpe por el primer beso entre los futuros enamorados… pero Kelly sonríe confiada (ha salido un momento de la ensoñación) y vuelve a rodear en sus brazos al enamorado. Regresa a Venecia.

Sólo me queda decir que es de esas obras ocultas que merecen ser vistas cuanto antes. Merecen ser descubiertas. Porque sorprenden, remueven y golpean… Voy saliendo, aunque me cuesta, de mi estado de shock.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Inspiración (Inspiration, 1931) de Clarence Brown

Tengo como oro en paño una vieja edición de un libro del sociólogo y filósofo Edgar Morin que se llama Las estrellas del cine (Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1964) y ahí habla del fenómeno de las estrellas en la sociedad. De cómo construyen mitos y cómo se instalan en el pensamiento colectivo. Cómo hay una especie de liturgia alrededor de ellas. Y una de esas estrellas que influyó e influye en el imaginario colectivo fue sin duda Greta Garbo porque construyó un estereotipo en el que danzaban la mayoría de sus películas. Y ese estereotipo caló muy hondo. Dice Morin: “Entre la virgen y la mujer fatal surge la divina, tan misteriosa y soberana como la mujer fatal, tan profundamente pura y destinada al sufrimiento como la joven virgen. La divina sufre y hace sufrir. Greta Garbo encarna la ‘belleza del sufrimiento’, dice Balazs (Theory of films, p. 288). ‘Es el sufrimiento de la soledad… su rostro pensativo viene de lejos’ (ibídem). Está perdida en su sueño, lejana, inaccesible. De ahí su divino misterio”. Otro amante de las estrellas inmortales fue el querido Terenci Moix y en uno de sus maravillosos artículos dedicado a la diva de su serie genial Mis inmortales del cine dice que “el mito de la Garbo como objeto erótico debe ser cambiado inmediatamente por el homenaje a la mujer que mejor supo expresar todas las mutaciones del amor en la historia del cine”.

Y tanto las palabras de Morin como las de Moix son patentes en su tercera película hablada donde ‘la divina’ se convierte en musa-modelo de artistas parisinos, Yvonne, que de pronto encuentra un amor puro en un joven estudiante que se prepara para ser diplomático (Robert Montgomery). Pero todo se complica por el pasado que arrastra y por los distintos ambientes en los que se mueven y por lo tanto por su distinta filosofía de vida. Como acostumbra Garbo se enamora apasionadamente del bello y joven galán (casi afeminado por su belleza) y sufre por ello, hace sufrir al galán (que no deja de ser un hombre inmaduro… la Garbo tiene una talla demasiado gigante) y ella, finalmente, decide sacrificarse por amor. Y como acostumbra es en la soledad donde, liberada, decide lo que debe ser su vida en el futuro. Me estoy refiriendo a Inspiración de Clarence Brown. Una película al servicio de la diva y sobre todo de sus fans.

Pero no sólo brilla Greta Garbo como la parisina Yvonne sino que se nota un trabajo de dirección y puesta en escena. Y llama la atención una historia secundaria que resulta prácticamente más atractiva que la trama principal que protagonizan los amigos de la bohemia: una joven enamorada (Karen Morley) y un hombre maduro (Lewis Stone). Ambos protagonizan una escena magistral. Son muchos los puntos que convierte Inspiración en una pequeña sorpresa que merece la pena verse.

La película fue otra de las colaboraciones entre Clarence Brown y la divina que rodaron juntos siete películas. Brown era un director del sistema de estudios y trabajaba en la MGM. También trabajó numerosas veces con Joan Crawford, otra diva del estudio. Así que en Inspiración se le nota su buen oficio y su elegante puesta en escena. Destacaría tres momentos: toda la fiesta inicial hasta que los dos futuros amantes van a la habitación del joven estudiante. Una secuencia puramente cinematográfica, en la que se nos presenta a los principales protagonistas de la trama. Y además se desarrolla el principio del conflicto. Yvonne, solicitada modelo, que crea admiración y envidias, y que sin embargo no se siente satisfecha con su vida emocional y pasional conoce a un joven estudiante. El bullicio de la fiesta en la planta baja… el posible enamoramiento en lo alto de unas escaleras. Finalmente terminan yéndose de la fiesta y ella deja en plantón al hombre que en esos momentos la está ‘manteniendo’. Fuera en la calle están esperando los chóferes pero ellos deciden montar en un coche de caballos… llegan a la habitación del joven y consuman su amor (es lo que me pide esta cinta, que me exprese así).

El segundo momento (también una secuencia) es una Greta Garbo, gloriosa, posando como modelo, con los brazos en alto, para una enorme escultura. El artista la mira desde arriba y ella se muestra poderosa. En la habitación de al lado en el piso de arriba están todos los amigos de celebración deseando la presencia de ambos y salen a reclamarles. Entonces ella pasa a la habitación feliz (esperando a su joven amante) y se producen varios diálogos, algunos mordaces, sobre todo con una modelo destronada. Yvonne quiere claramente alejarse de su vida bohemia y teme que su nuevo amante no encaje con su ambiente. El joven va a buscarla pero oye a la modelo destronada referirse a varios capítulos oscuros de la vida de Yvonne… y sale de la habitación llevándose a la amada. Cuando descubre, por una mirada, que es verdad todo lo que ha dejado caer la modelo destronada; el joven se va despechado dejando sola a una Greta que entra lentamente en la habitación y pega una bofetada a la que ha desvelado un pasado que no la deja en paz.

Y la mejor escena a mi parecer es la protagonizada por Karen Morley y Lewis Stone. Él la está acompañando a casa para abandonarla, se va. Suben unas escaleras y abren la puerta. Ahí en la entrada, se despiden con rapidez, la deja un cheque con dinero para su manutención durante un año. Ella le dice que no quiere despedidas. Él la consuela diciéndole que pronto se le pasará el enamoramiento, que en un mes le habrá olvidado. Ella le dice que probablemente en una hora. Él no entiende. Pero la pide que sonría y que cierre los ojos, la besa, y cierra la puerta. Ella no ha armado ninguna escena melodramática. El caballero se arregla la ropa, se pone su sombrero, juguetea con su bastón y baja con tranquilidad las escaleras… cuando sale al portal, se encuentra el cadáver de la joven. Se ha tirado por la ventana. Brutal e increíblemente rodada. Esta historia secundaria pide un largometraje.

Además Karen Morley es una actriz de historia interesante. La descubrió Clarence Brown y ésta fue su primera oportunidad. Se fue haciendo un nombre en la MGM pero como consideraba que no la daban papeles adecuados decidió dejar el estudio e ir por su cuenta. Sin embargo no lo tuvo fácil sobre todo porque fue una de las actrices que se negó a decir si pertenecía o no al Partido Comunista y cuál era su actividad política  ante el comité de actividades antiamericanas y eso le costó su entrada en la lista negra y la falta de trabajo.

La película además está inspirada en la novela Sapho de Alphonse Daudet (que no conozco) con un argumento que en su momento produjo cierto escándalo. Se nota en la exposición de los temas y en la forma de exponer las relaciones que el código Hays todavía no existía.

Por último me gustaría señalar otra anécdota curiosa. El joven galán, Robert Montgomery, sería en el futuro también realizador. Me pregunto si ya se fijaba en cómo trabajaban los directores con los que actuaba. Esta pregunta me viene dada porque hay una escena en Inspiración en la que el amante que mantenía a Yvonne, abandonado en la fiestadel principio, va a la casa de ella para comprobar si se encuentra en alguno de los aposentos, va abriendo puertas hasta que llega al dormitorio. Y toda esta escena está rodada con cámara subjetiva… como años después Robert Montgomery rodaría toda una película, La dama del lago (1947).

… No sólo hay que disfrutar de Inspiración por una solitaria y divina Greta Garbo…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Fat city, ciudad dorada (Fat city, 1972) de John Huston

… por las calles de Stockton, una ciudad americana durante los años setenta, pasea la desolación y la lírica triste, tras las notas de una balada country una galeria de rostros perdidos, sin posibilidad de un mañana. Y entonces la cámara se para en un rostro concreto, el de un hombre solo, en la habitación de un hotel cochambroso que busca una cerilla para encender un último cigarro. En la mesilla también hay una botella de alcohol. El no poder encenderse ese cigarro activa a ese hombre a vestirse… empieza un nuevo día. Y la voz de Kris Kristofferson acompaña a Billy Tully (Stacy Keach, me quito el sombrero mientras me cae una lágrima), un fracasado más que trata cada día de ser un perdedor con la dignidad intacta. Y esa balada triste habla de que el ayer está muerto, que el mañana todavía no se ve y es triste estar solo… y realiza un ruego “ayúdame a pasar la noche”… Ésa es la situación que arrastra (y nos arrasa) Billy Tully, un treintañero que vivió su momento de gloria en el boxeo. Ahora es hombre acabado con toda la vida por delante… un superviviente entre soledades, recuerdos de glorias, alcohol y trabajos esporádicos en el campo. Cuentan que fue su ex mujer quien le abocó a la desgracia… pero Tully lleva en la cara que está perdido… aunque una y otra vez trata de levantarse, igual que hacía en el ring.

Pero es un perdedor que no está solo. En Stockton está rodeado de ellos. En los bares cutres que visita, en los camiones que le llevan a su trabajo de jornalero, en las calles donde pasea… con aquellos que se relaciona. Y Billy Tully nos arrastra a un mundo de perdedores que se ahogan pero tratan siempre de salir a flote. Y el mundo es triste. Tully nos hace conocer a otra mujer igual de sola que él, alcohólica y autodestructiva que se llama Oma (Susan Tyrrell)… y ambos tratan de no pasar las noches solos. “Puedes contar conmigo, lo sabes ¿no?” (en una de las escenas más tiernas que ambos protagonizan donde ambos se permiten una pequeña esperanza que pronto perece). También nos presenta a un joven luchador sin mañana que se ve atrapado y perdido en un mundo de fracaso, Ernie (con el joven rostro de Jeff Bridges), un buen chico abocado a ser el perdedor superviviente. Nos hace pasear con ese entrenador Ruben (Nicholas Colasanto) que hace todo lo posible por no ver su vida gris e inventarse siempre noches de gloria. Y vuelve a luchar contra Lucero (Sixto Rodríguez), perdedor cansado y enfermo con la dignidad intacta y la soledad a cuestas. Nos enfrenta al otro hombre de Oma, un perdedor que comparte su tristeza con Tully, ambos reconocen que ella les quita cierta sensación de soledad… Y se intercambian cajas de cartón con sus ropas… La galería es amplia hasta llegar a ese camarero anciano y a todos los clientes tristes que pueblan un bar, imagen congelada. Y ése es un mañana que merece un silencio y la cabeza baja. Un reflejo que es mejor olvidar. Mañana con otra botella.

John Huston se vuelve poeta de perdedores (él siempre supo de esta raza de personajes) que aun así siempre tratan de levantarse para alcanzar una ciudad dorada que siempre se les escapa… Y la vida golpea, como en el ring. Y la vida noquea, como en el ring. Y a veces como en un combate caes y vuelves a levantarte. Unas veces te vas, venciendo y otras te quedas solo. Y la vida te hiere. Billy Tully y Lucero protagonizan uno de los combates más tristes de la pantalla de cine, cuerpo a cuerpo. Pero un combate de dos perdedores que respetan las reglas del juego y sobre todo se respetan a ellos mismos. Al final se abrazan.

Y John Huston que siempre pobló sus películas con perdedores míticos supo empaparse de triste poética en Fat city. A él, un viejo narrador cinematográfico del Hollywood dorado, no le costó seguir la senda de un momento cinematográfico en que otros jóvenes realizadores pintaban un lienzo de esa otra América triste y desesperanzada. Primero vino del otro lado del océano John Schlesinger para mostrarnos a unos solitarios cowboys a medianoche perdidos y anónimos en un New York que los invisibiliza. Después Jerry Schatzberg nos hundió en el lado más triste en un mundo poblado de drogodependientes (Pánico en Needle Park) o en el viaje sin rumbo de dos sin hogar (impresionante, El espantapájaros). Más allá Scorsese nos hace acompañar a una solitaria ama de casa a alcanzar un sueño que siempre se escapa (Alicia ya no vive aquí)… Y ahí continuaba John Huston que siempre supo sobre rebeldes perdedores o sobre vidas fracasadas.

Fat city cuida los lugares donde transcurre… y los acompaña de una luz ténue: esas habitaciones de hotel, el gimnasio, las salas de combate, las barras de bar, las carreteras, las escenas del campo… todo delata tristeza. Los diálogos, las miradas, los tiempos muertos… todo nos cuenta una caída. La película podemos estructurarla en los tres o cuatro encuentros que tienen Tully y el joven Earl… y entre medias las distintas situaciones que protagonizan ambos por separado y largas elipsis de sus vidas que no necesitamos saber porque con lo que vemos podemos imaginar lo que ha pasado… Demoledor es su encuentro final. Un golpe bajo. En el fondo de las entrañas.

Fat city es una triste balada country… Y ahí en esa calle vemos avanzar a Oma y Tully. Ella se tropieza porque va alcoholizada. Y él la rodea en sus brazos y la besa con cariño. Puedes contar conmigo. Y los dos ríen y lloran a la vez… porque saben que esa noche no van a estar solos.

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La dama de armiño (That lady in ermine, 1948) de Ernst Lubitsch y Otto Preminger

… Mientras veía La dama de armiño he soltado varias carcajadas. Pero, sin embargo, es ésta una película que navega en el olvido por varios motivos. La dama de armiño fue la última película de Ernst Lubitsch. Lubitsch ya se encontraba con todo el proyecto cinematográfico en marcha y llevaba ya ocho días de rodaje cuando sufrió un ataque al corazón que terminó con su vida. Tomó las riendas del rodaje otro director europeo y amigo de Lubitsch, Otto Preminger, que trató de no salirse ni un ápice del plan trazado… Los análisis, quizá, se volvieron un trabajo triste y arduo… nunca se lleva bien la despedida de alguien que tanto hizo disfrutar con sus comedias.

Para entender qué sentido tiene La dama de armiño en la trayectoria del director hay que retroceder a los primeros trabajos del Lubitsch sonoro. A esas operetas y vodeviles (todo a la vez) que transcurrían en unos ambientes palaciegos o de altos vuelos totalmente idealizados. Películas que mezclaban el amor, la picardía, la comedia, la música, la alta aristocracia y los bajos fondos… con buen oficio cinematográfico. Tendríamos que recordar El desfile del amor, Montecarlo, El teniente seductor, Una hora contigo o La viuda alegre… donde Lubitsch mantenía y desarrollaba su famoso ‘toque’ (término a veces desvirtuado pero que no carece de sentido en la especial trayectoria del director).

A finales de los cuarenta el director vuelve a las temáticas de ese periodo y vuelve a rodar enredos en la corte, en unas cortes idealizadas. En su primer intento de vuelta a esa temática, La Zarina (1945) sufrió otro de sus infartos y también fue sustituido por Preminger (esta obra cinematográfica aún no he podido verla). La segunda vez ocurrió con La dama de armiño… y ya no hubo regreso posible. Esas operetas de inicio del sonoro eran películas frescas, un canto al amor y la risa que transcurren en un mundo inexistente e idealizado con puertas y ventanas cerradas (y abiertas en el momento justo), con elipsis imaginativas, diálogos chispeantes, personajes secundarios inolvidables y una puesta en escena especial que definía así ese toque. Eran tiempos en los que la gente quería olvidar momentos duros cotidianos, eran los tiempos de la crisis del 29… y Lubitsch les servía paraísos artificiales. Después de la segunda guerra mundial esos tiempos volvían de nuevo a ser sombríos. Y el director, quizá, de nuevo vio el momento de crear paraísos artificiales… aunque ya eran paraísos artificiales caducos. En La dama de armiño roza lo fantástico y el humor absurdo… y es en ese mundo barroco, artificial y caduco donde reside su rareza, su encanto y extrañeza. Su peculiaridad.

Cuando te metes de lleno en su visionado notas señas de identidad de Lubitsch en algunas situaciones y personajes secundarios maravillosos. E incluso diálogos brillantes y con chispa. Sus huellas están presentes. Apenas hay números musicales (así que no lo calificaría de cine musical) y sí bastante risa, fantasía y romanticismo (tiene hasta una escena de balcón a lo Romeo y Julieta pero con un punto de ironía). Los escasos números musicales que hay están al servicio de su estrella, Betty Grable en la cumbre de su éxito, la chica rubia de las preciadas piernas (que pocos años después cedería su trono de sex symbol a Marilyn Monroe). De hecho a nivel de anécdota, la canción más famosa de la película fue nominada a los Oscars (y bonita desde luego es), This is the moment…

Preminger trata de seguir y respetar los dictados del director fallecido pero ‘su toque’ especial se le escapa de las manos. Normal, no era el suyo, así que bastante hace con una dirección correcta e intentando conservar en lo posible el espíritu de Lubitsch. Además quizá sobre todo hacia el final de la historia no hubiera tantas indicaciones como las deseadas. La dama de armiño conserva un aire de historia casi inacabada… Pero estos puntos no quitan que sea una película de visión divertida (y en momentos tremendamente romántica). La sonrisa se empieza a dibujar en el primer fotograma y no se borra hasta el último… Incluso con una protagonista tan diferente a las heroínas de Lubitsch. Betty Grable no parece ni mucho menos una elección personal y posible… a no ser que le recordara a una primeriza y resultona Jeannette MacDonald… (¿?). Betty Grable no entra dentro de los cánones femeninos del director pero sin embargo dota a su personaje de lozanía, salud, frescura… Sin embargo, lo que sí es cierto es que en esos momentos era una de las actrices de moda.

El argumento ya es hilarante y fantasioso de por sí. La duquesa Angelina de Bergamo se casa con su amor de toda la vida, el conde Mario. Nos encontramos en pleno siglo XIX. Angelina arrastra un linaje con siglos de historia y cada uno de sus familiares tiene su correspondiente cuadro en su castillo. Angelina tiene un parecido sin igual a una familiar de hace trescientos años, Francesca, la dama de Armiño (con su correspondiente y surrealista cuadro), que salvó a su castillo de la invasión de un temible duque al que enamoró y después mató… Ahora justo cuando se va a celebrar la noche de bodas de Angelina y Mario, les invanden los húngaros, y un malhumorado coronel irrumpe en el castillo. Mario debe marcharse con sus hombres para luchar contra los húngaros… Entonces esa misma ajetreada  noche los cuadros cobran vida y reclaman que Angelina debe hacer algo para salvar a los suyos y al castillo… Y ahí está Francesca para recordar su historia…

Los momentos brillantes (toques) e hilarantes están en las manos de cuatro intérpretes masculinos a cada cual más divertido. Realmente divertido en su doble papel de coronel húngaro y duque está Douglas Fairbanks Jr. El conde Mario es un desatado Cesar Romero. Pero se llevan la palma los secundarios: el mayordomo de Angelina, Luigi (Harry Davenport, ¿recuerdan al doctor de Lo que el viento se llevó?) y el soldado a las órdenes del coronel húngaro y el duque (maravilloso Walter Abel). Con ellos se recupera la magia Lubitsch. Cesar Romero convertido en gitano adivino tiene una escena graciosísima junto a Angelina y el coronel húngaro. El coronel húngaro, Douglas Fairbanks Jr., no sólo está divertido sino también atractivo y romántico. Luigi (Harry Davenport) tiene las frases justas y adecuadas para provocar la risa. Y por último el maravilloso Walter Abel que siempre acude a los gritos-llamadas de sus correspondientes jefes para que le hagan todo tipo de observaciones o para que simplemente le digan buenos días o buenas noches… a gritos. Sus caras son un poema. Y él jamás pierde ni la humanidad, ni la dignidad. Tiene uno de los diálogos más jugosos en el que dice al coronel húngaro que el mundo está dividido en los que gritan y los que saltan ante esos gritos. Le explica que él está en el grupo de los que saltan y el coronel es de los que grita…

La escena culminante, divertida y romántica hasta el paroxismo es el sueño que tiene el coronel húngaro con Angelina. Ahí cantan la canción más conseguida. Bailan encima de la mesa… siendo el súmmum del amor. Ahí el coronel es inspirado por su dama y capaz de hacer lo imposible… (incluso dejarse matar por la amada…). Ahí se muestra la fuerza femenina (en las películas de Lubitsch siempre llevan la voz cantante) y hay un cambio de rol divertidísimo donde una Betty Grable con un salero increíble toma en los brazos a su amado y le sube por las escaleras… descabellado.

No sabemos cómo hubiera quedado el testamento fílmico de Lubitsch si hubiera estado absolutamente rodado por él… pero lo que queda de su espíritu (y el tesón de Preminger en no traicionar del todo su esencia) es una obra cinematográfica que despierta más de una risa. Un paraíso artificial para tomar como medicina en tarde otoñal…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La huida (The Getaway, 1972) de Sam Peckinpah

¿Por qué La huida se encuentra en el imaginario cinéfilo?, me pregunto ante el espejo cual madrasta mala (ahora que distintas versiones de Blancanieves invaden las pantallas cinematográficas). ¿Será por ser una de Sam Peckinpah? ¿Será por su temática? ¿Será por su pareja protagonista? ¿Será por cómo está contada? ¿Será por algún personaje secundario? ¿Será por la estética? ¿Será contradictoria? ¿Será…? Y todas las preguntas responden a la primera pregunta. No es la mejor de Peckinpah, no es la mejor de McQueen, no es el mejor road movies visto en la pantalla blanca, no es la mejor película de acción, no hay nada nuevo bajo el sol… No importa… te quedas enganchado de principio a fin. Es de esas extrañas películas que perduran en el tiempo y en la retina del espectador. No la olvidas. No es la mejor, ni la peor… pero se meten de lleno en el imaginario cinéfilo… Y si las ves de vez en cuando, no decepciona.

¿Cuáles son esos ingredientes mágicos? Hay una escena clave en La huida: Doc y Carol (Steve McQueen y Ali MacGraw) en uno de los tramos de su trepidante huida terminan en un camión de la basura… que precisamente echa toda su carga en un vertedero… incluidos a los dos protagonistas. En este momento hay un punto de inflexión en la relación entre los dos personajes principales, entre la basura. Esa relación que estaba a punto de romperse vuelve a fortalecerse… pero el sitio elegido es un auténtico vertedero como el mundo en el que habitan. Un mundo donde no hay ni un solo personaje positivo…, nadie en quien confiar (a no ser que sea la una en el otro y la otra en el uno… como deciden que así sea). Ni siquiera ellos, los protagonistas, se salvan de la quema. Su moral es otra… El público se siente sin embargo al lado de estos dos fuera de la ley, fuera del sistema, porque dentro de todos los personajes representados poseen unos “ciertos principios”.

Doc y Carol siguen esa estela de parejas fuera de la ley que siempre ha poblado el cine pero que se impuso, de nuevo, a finales de los años sesenta con Bonnie and Clyde. Bonnie and Clyde se convirtieron en símbolo de esos nuevos tiempos de jóvenes airados contra el mundo establecido. Parejas de fugitivos que desafiaban el sistema. Sin embargo estas parejas casi siempre contaban con un destino fatal y trágico que siempre veíamos imprimido en cada uno de sus pasos… sabíamos que nunca iban a llegar a la frontera. Que su amor estaba condenado a perecer. Que nunca alcanzarían sus sueños de libertad…

No les ocurre lo mismo a Doc y Carol que después de una espiral de violencia se encuentran en su camino a una especie de personaje benévolo (en el que ambos confían) que les ayuda a pasar la frontera. Y es este mismo personaje el que les augura un feliz final sin continuan juntos y ‘forman una familia’ tradicional. Eso es lo que quieren nuestros dos protagonistas ser una pareja normal y corriente con sus problemas económicos ya solucionados y empezar de cero en el terreno de la legalidad. Un final poco progre pero, en su momento, un final con éxito… puesto que los fugitivos no son castigados sino que formarán una pareja domesticada y nueva en el sistema.

Doc es un antihéroe perfeccionista, violento y puntilloso más hombre enamorado, soñador, leal, cumplidor de su palabra y celoso. Llega un momento que se siente traicionado por esa esposa soñada que para sacarle de prisión se ha acostado con el mediador… Doc no soporta estar en prisión, cree que perderá la cordura (como refleja ese principio que revela pautas de la personalidad del protagonista que se consume en la rutina diaria de la prisión). Así que pide a su esposa que vaya a ver al hombre que puede sacarle… Y es precisamente ese mediador corrupto el que pone un precio a esa libertad (además de llevarse a la dama a la cama) y es que la pareja lleve a cabo un robo minucioso a un banco con dos hombres que él también les proporciona (y no muy fiables). Por supuesto el robo es un caos… y empieza el conflicto y la huida. Así McQueen crea uno de sus héroes de pocas palabras de espíritu romántico a su manera (con poesía a su manera… como esa escena en la que imagina un baño con Carol ambos vestidos… y después cumple su fantasía) con una fuerte estética visual. Imposible olvidarle con traje de chaqueta negro, camisa blanca y enorme escopeta (ya vimos en Mátalos suavemente que esto sigue funcionando)… dando a la galeria otro delincuente bestia más bestia enamorada…

Su compañera, Carol, es morena, hermosa y puede llegar a ser igual de violenta. También le ama aunque le cabrea que no confíe en ella. Se muestra dura, sensual y a la vez sumisa esposa. El rostro es de Ali McGraw, la actriz de moda en aquel momento pero con falta de carisma. Da belleza y posee bastante química con Steve McQueen (saltó el amor en el mundo real entre los dos actores… y terminaron con sus respectivas relaciones para casarse a continuación) creando momentos de intimidad y sensualidad en las situaciones en las que pueden estar con un poco de calma.

¿Por qué también nos ponemos siempre al lado de Doc y Carol además de lo ya descrito? Porque les persiguen una ristra de malos malísimos sin ningún principio ni moral (y además bien feos…). Sobre todo el asesino corpulento y malvado que les quiso traicionar durante el atraco. Ese asesino tiene un rostro que no se olvida fácilmente y protagoniza una historia paralela que hace ver cierta ‘pureza’ en la relación entre Doc y Carol. El malo malísimo tiene la cara del actor Al Lettieri. Y en su persecución toma a dos rehenes, un veterinario y su esposa. El veterinario será humillado continuamente ante la relación enfermiza y perversa que se establece entre el asesino y su mujer.

¿Dónde está Peckinpah? En la coreografía de la violencia. En esa mezcla de lirismo, basura y sangre. En el ritmo frenético y trepidante a través del montaje. En las relaciones perturbadoras entre sus personajes donde ya se encuentra la semilla de la tremenda y maravillosa Quiero la cabeza de Alfredo García. En cómo cuenta una historia y el uso de la narración cinematográfica en ella. En la tensión creada… En el desencanto pero esta vez con un atisbo de final feliz… En ser creador de antihéroes que se quedan en la retina…

Así crea momentos de tensión recordados como la recuperación por parte de Doc del maletín lleno de dinero que les ha robado en la estación de tren un timador de poca monta. Esa persecución ocurre en los vagones de un tren en marcha… intercalando imágenes de una Carol solitaria en la estación que no sabe cómo va a terminar esta historia. El propio y minucioso robo al banco. O como no el clímax peckinpahiano final con uno de sus tiroteos sangrientos donde uno a uno van pereciendo los malos malísimos… con sus brotes de sangre y cámara lenta.

La huida supuso un buen paso taquillero en la carrera de Steve McQueen y Sam Peckinpah. Y un proyecto lleno de recovecos complejos. Ambos necesitaban un éxito que pusiera sus carreras en órbita en un sistema de estudios que se derrumbaba y dejaba paso a un nuevo panorama. Así éste fue el primer proyecto que Steve ofrecía a la productora Firts Artists, una nueva simulación de United Artists, donde se encontraban Barbra Streisand, Paul Newman, Sydney Poitier… en esos momentos McQueen y más tarde también Dustin Hoffman. A Steve le gustó la novela de Jim Thompson e incluso quiso que fuera el propio autor quien realizara el guion… pero al actor no le gustó su final, un final bastante más pesimista del propuesto… y cambió de guionista dándole la historia a Walter Hill. Sam vio una oportunidad con este encargo de un éxito de taquilla… y lo tuvo. Así cotinuó reflejando su mundo… Y todo se fue encadenando de una manera u otra hasta crear La huida tal y como la conocemos hoy.

La huida no es una de las mejores road movies pero forma parte de la memoria cinéfila… Seguro que tras su visionado siempre recordaremos alguna imagen…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La muerte de vacaciones (Death takes a holiday, 1934) de Mitchell Leisen

“Soy una especie de vagabundo del espacio. Soy el punto de contacto entre el tiempo y la eternidad”. Nunca había oido una definición de la muerte tan certera. Y es que La muerte de vacaciones está repleta de buenas frases para inmiscuirse en los significados de la vida y la muerte. Mitchell Leisen es un director delicado y elegante que siempre supo jugar con la comedia sofisticada (e incluso alocada) y el melodrama. A veces, como la vida misma, sabía mezclar las dos tendencias y podían surgir combinaciones especiales. Y en esta ocasión, una de sus primeras obras cinematográficas, iba un poco más allá: no sólo filosofa sobre la vida y la muerte sino que además echa unas gotas de humor, otras de ironía, un poco de fantasía revuelta con comedia romántica y un puntito de drama.

La muerte de vacaciones es la adaptación al cine de una obra teatral italiana… donde el protagonista de la función es la muerte. Si me dejaran elegir alguna representación de ésta creo que me quedaría con La Muerte según Mitchell Leisen. La Muerte tiene el rostro de Fredric March. Un hombre solitario al que le apena que todo lo que se acerque a él muera (emociona cuando se siente ilusionado porque al regalarle una flor ésta no se marchita). La Muerte quiere comprender por qué todos los hombre temen su llegada, él (porque cuando se va de vacaciones ocupa el cuerpo de un príncipe ruso) se siente incapacitado para averiguarlo porque “¿qué significa el miedo para mí si no tengo nada que temer?”. Es elegante, irónico (escuchen sus opiniones sobre la guerra), exótico… La muerte se emociona, siente y padece. Y se da cuenta de que el amor es tan poderoso como la muerte misma, como él mismo… La Muerte se convierte en una criatura bromista que confiesa a su cómplice en esta aventura que emprende: “Mis vacaciones son un capricho, una broma que le gasto a la vida”.

La muerte de vacaciones se mueve en una nebulosa entre onírica y mágica. Y refleja un romanticismo exacerbado y puro… amor fou. Amor fou entre la etérea Grazia y la muerte. Desde el principio notamos que Grazia es una heroína atraída por lo trascendente, por el más allá de la vida. Los personajes principales nos son presentados en pleno jolgorio, en unas calles en fiesta y llenas de alboroto. Nuestra heroína es ajena a lo terrenal, a las pasiones humanas… a ella nos la encontramos solitaria y en silencio en una iglesia. Pronto nos damos cuenta (como todos los personajes saben y admiten) que Grazia es extraña y distinta. De vuelta a la mansión donde transcurrirá la trama (porque todos los protagonistas son de alta alcurnia, la muerte no es tonta y de vacaciones quiere vivir bien) Grazia muestra un placer casi suicida ante la sensación de velocidad. Su novio conduce imprudentemente y veloz… ella le pide que acelere hasta el infinito casi en estado de éxtasis. Todos los personajes en los coches sienten una presencia sobrenatural, una sombra pero ninguno sabe expresar qué es. No es más que la muerte que ya ha elegido con quién quiere pasar sus tres días de vacaciones.

Y esas vacaciones lo son hasta el extremo de que durante tres días la muerte deja de trabajar… y nadie, absolutamente, nadie muere. Y eso se convierte en portada de los periódicos. Porque transcurren accidentes mortales, enfrentamientos y otros asuntos… pero todo el mundo se salva milagrosamente…

En la mansión donde se encuentra hospedada la muerte como un joven y misterioso príncipe, los habitantes se sienten fascinados ante su presencia (sobre todo las damas, ¿somos las mujeres más etéreas y más cercanas a la muerte o su comprensión?) pero a la vez recelosos y algunos muestran incomodidad o cierto temor. Otros se sienten (sobre todo los más mayores) más cercanos y tranquilos… como ese personaje con el rostro de un secundario de oro, Henry Travers (el ángel de Qué bello es vivir)… Y, por último, está Grazia que reacciona con una atracción irracional. Se obnubila con la muerte.

La muerte en sus tres días de vacaciones descubre la trascendencia del ser humano. Descubre que un hombre es algo más que carne con pasiones (al principio está perplejo porque siente que “la forma en que se entretienen me sigue pareciendo trivial y vacía”). Se da cuenta de que los “hombres llevan un sueño dentro. Un sueño que los eleva por encima del polvo y de sus vidas”.

Así Mitchell Leisen habla de la muerte, la vida, el amor, la guerra, las pasiones, la trascendencia en una película de apariencia ligera con toques oníricos y llena de momentos mágicos que descubren una dirección elegante y certera de un realizador que sabe emplear sutilmente la narración cinematográfica. Como la primera aparición de la muerte ante su cómplice: una sombra en el jardín que se va acercando y explica a su atribulado oyente que se toma unos días de vacaciones en su mansión como invitado de honor. O la escena romántica con Grazia en la que ambos se reflejan en el agua… y luego los recuperamos hasta unos primeros planos de sus rostros… El contraste de ella, casi angelical y de blanco pero cubierta con la capa negra de la muerte, y él pálido con unas ojeras que devuelven una mirada especial y vestido con un frac negro.

La muerte de vacaciones nos acerca a ese “vagabundo del espacio” y lo convierte en un fenómeno más natural y cercano a conceptos como la vida o el amor… Un fenómeno inevitable… La muerte con rostro de Fredric March hace que nos enfrentemos a ella con menos temor del necesario. Si nos da la mano… no olvidemos que un viaje a lo desconocido siempre causa una sensación de inquietud pero también una puerta a lo inexplicable…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Abbott y Costello contra los fantasmas (Abbott y Costello meet Frankenstein, 1948) de Charles Barton

… Sigamos con las risas. El lunes aproveché el ansiado día del espectador en los Verdi y me metí en una película terroríficamente divertida. ¡Y vaya si paré algún momento de carcajearme! Estos cines llevan a cabo una bonita labor que es proyectar clásicos en alta definición en una hermosa pantalla blanca.

Este estreno lo han hecho coincidir con el centenario de la productora de los monstruos: Universal Pictures. En esta productora vivían todas las criaturas amadas que poblaban nuestras pesadillas de infancia: Drácula, Frankenstein y su novia, El hombre lobo, La momia, El hombre invisible… pero hubo un momento en que estos monstruos después de una guerra cruel y de muchos momentos duros ya no daban el miedo que causaron en sus primeras apariciones… Eran más inocentes que los propios humanos y el público ya no se asustaba con ellos.

Así que las películas protagonizadas por estos míticos monstruos fueron fracasando en taquilla… Parecía que iban a quedarse sin trabajo. Ya no daban miedo. Entonces a la Universal se le ocurrió una idea ¿y si protagonizan una película donde se den situaciones divertidas? ¿Y si los monstruos nos divierten en vez de asustarnos? ¿Y si nos reímos de ellos y con ellos? ¿Y si metemos a dos cómicos muy cómicos y que vivan una y mil aventuras con los monstruos…? Y nació Abbot y Costello contra los fantasmas y una segunda carrera profesional para aquellos que nos dieron tanto miedo, les seguiríamos queriendo pero además esta vez moriríamos de la risa.

Abbott y Costello son dos transportistas a cada cual más tonto… y reciben dos cajas enormes bien embaladas que tienen que llevar a un museo del terror. Pero este encargo no es tan sencillo… Abbott y Costello se enfrentan ni más ni menos que con Drácula (Bela Lugosi), Frankenstein (Glenn Strange), el hombre lobo (Lon Chaney Jr) y por aparecer aparece hasta el hombre invisible. También se las tienen que ver con el dueño del museo, un hombre insoportable (Frank Fergunson) y con toda una mujer fatal (Lenore Aubert) y con otros secundarios que no pintan mucho pero así dan más dosis de surrealismo a la película.

Están absolutamente todas las claves de las películas de terror de la Universal, los ambientes tenebrosos, las apariciones, las sombras, las transformaciones… pero lloras de la risa porque en todo momento hay dos panolis que ponen patas arriba el mundo de las criaturas. Y en todo momento sientes la inocencia de esos monstruos.

Hay castillos tenebrosos, noches de luna llena, luchas terribles, un Frankenstein con toda su fuerza bruta, habitaciones con puertas falsas, laboratorios extraños, bosques tenebrosos, oscuridad, ataúdes, gritos… pero ves a Drácula, un Bela Lugosi que te trae a la memoria ese anciano decadente de Tim Burton, que trata de hipnotizar con sus ojos y sus manos a sus ‘víctimas’ y te entra una ternura increíble. Lo mismo pasa con un hombre que se transforma en lobo que pide por favor que le encierren en la habitación. O ya es el colmo con un Frankenstein agotado (siempre víctima) al que quieren trasplantar un cerebro con menos coeficiente intelectual que el suyo para que sea imposible que se rebele y siempre obedezca… Esos monstruos que tratan de seguir haciendo con la misma dignidad su trabajo… y lo consiguen.

Abbott y Costello nos divierten todo el rato a un ritmo vertiginoso (hacen reír ellos mismos con sus gestos, su manera de comportarse, su físico y viven además situaciones que nos causan risa). El director Charles Barton dirigiría a la pareja de cómicos en varias ocasiones y en varios éxitos. Y ya algo que me dio más ternura todavía fueron los buenos pero inocentes efectos especiales: ese Drácula que se transforma en murciélago (animado) o ese hombre que se convierte ante nuestros ojos en hombre lobo…

… Leo la hoja informativa de esta película y me corrobora algo que se intuye mientras la ves y es que fue una película pionera en mezclar el terror y la risa. Sentimos su influencia posterior. Así enseguida recuerdo esas series de televisión de reposición que me encantaban en mi infancia y me reconciliaban con los monstruos: la familia Monster y la familia Adams. Pero la influencia de esta película sigue siendo alargada…

Algún día hablaremos largo y tendido de parejas de cómicos que nos hicieron reír (o no) a lo largo de las décadas: del Gordo y el Flaco, de Abbott y Costello, de Bob Hope y Bing Crosby, de Jerry Lewis y Dean Martin…

… Lo importante es una cosa, lo importane es seguir riendo…

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