Tiempo de gloria (Glory, 1989) de Edward Zwick

Lo primero que me llama la atención de esta película bélica de 1989 sobre la guerra de secesión es una escena en que aparece por primera vez Denzel Washington (que ganó un oscar como mejor actor secundario y supuso la plataforma para que este actor accediera a partir de este momento a papeles principales. Washington podríamos decir que se convirtió en el heredero de Sidney Poitier). Él es miembro del futuro regimiento 54 de Massachussets, el primer batallón formado únicamente por soldados negros (aunque los encargados de formarlos, organizarlos y mandarlos fueran todos militares blancos). En su primera aparición, Denzel muestra sus características es un esclavo huido que sólo guarda odio y desprecio porque nunca le han tratado de otra manera y es su forma de salvaguardar su orgullo y rebelarse contra la humillación continua. Con sus nuevos compañeros de batallón se muestra cínico y cuando ellos les preguntan que dónde estaba, les dice irónicamente, algo así como: Me he presentado como presidente y he perdido. Y todos ríen ante tal contestación porque todos entienden que es una situación imposible. Sin embargo vemos que en pleno siglo XXI esta situación no sólo no es imposible sino que actualmente el presidente de EEUU es un hombre negro. Así esta película adquiere otra dimensión.

Por otra parte, Tiempos de gloria presenta un aspecto de la guerra de secesión poco estudiado así amplía una visión de la historia. Y además presenta este aspecto con complejidad, no se queda totalmente en la superficie. Analiza cómo más bien la estrategia de Abraham Lincoln de convertir la guerra de secesión en una guerra de derechos humanos fue una estrategia más. Es decir, esta guerra supuso más bien el enfrentamiento entre dos modelos económicos entre la población del norte y la población del sur. La abolición de la esclavitud era sólo un aspecto más. Porque como queda claro una cosa era la abolición y otra cosa era que la población negra lograra los mismos derechos, libertades y deberes que cualquier ciudadano americano. Así plantea el racismo presente en el ejército de La Unión, en la parte Norte. Pero no obstante para muchos ciudadanos negros supuso un primer paso hacia la consecución de sus derechos y a una lucha por la dignidad.

Otro aspecto que toca de manera genial sobre todo en toda la emocionante, trágica y tremenda secuencia final es la inutilidad de la guerra. Como miles de hombres son lanzados a ataques suicidas, cuerpo a cuerpo, en misiones que se saben de antemano imposibles. Lo absurdo de lanzar a la muerte a un montón de ciudadanos.

Como es habitual en el cine de Edward Zwick para narrar esta historia emplea una narrativa cinematográfica épica con ritmo, tensión y emoción. Pero a la vez, en esta ocasión Zwick, también trabaja con momentos intimistas y el detalle. Lo cotidiano y la convivencia entre este regimiento. Tanto de los integrantes del batallón como la relación entre éstos y los dirigentes. Centrándose en la figura del joven y sensible coronel Robert Gould Shaw que contó su historia a través de las cartas que envíaba a su madre. Y el tratamiento de este personaje no es plano y heróico sino lleno de ricos matices que crean un personaje complejo. Un personaje que logra evolucionar a lo largo del metraje y que emociona su transformación así como entender sus motivaciones.

Señalar también el acierto del elenco de actores que construyen sus personajes (y que algunos es cierto son el estereotipo del tipo de soldado que se recrea en las películas bélicas pero con unos matices que les hacen creíbles). El sensible pero también duro coronel Robert Gould Shaw, un hombre joven, inteligente pero a la vez frágil con sus miedos e inseguridades (a veces siente que el papel de mando le queda demasiado grande y es consciente de sus debilidades) que se toma la formación y organización del batallón con todo el sentido del deber. Él cree en su batallón, y por eso lucha porque tengan los mismos derechos y deberes que los demás soldados del Norte (que tengan la misma consideración, los mismos trabajos y misiones que los demás, la misma paga, los mismos uniformes y que reciban el mismo trato que todos). Así recibe la incomprensión, en un principio, de sus mismos compañeros y amigos y de los propios integrantes del batallón que no conectan con él… pero después poco a poco se va viendo su forma de actuar y todos van construyendo un sentimiento de empatía hacia el coronel Robert Gould Shaw que es interpretado, a mi parecer muy bien, por Matthew Broderick. También es acertado el rol de su compañero fiel que se mete de lleno —aunque muchas veces no entiende la actitud del amigo— en la organización y formación del batallón. El compañero fiel cuenta con el rostro de Cary Elwes y es el personaje que cuenta desde el principio con la empatía del espectador porque mira a través de nuestros ojos y entiende la actitud del amigo al igual que la vamos entendiendo nosotros.

El reparto de los actores negros protagonistas que forman parte del batallón y que tienen un papel dramático importante en la trama está formado por Denzel Washington que da todo el carácter épico necesario a su personaje y que logra emocionar (además de tener las escenas más interesantes junto a Matthew Broderick que construyen una relación y una reflexión sobre la inutilidad y sinsentido de esa guerra), nos encontramos con el siempre eficaz Morgan Freeman en un papel repleto de humanidad y a Andre Braugher como un negro libre e intelectual consciente de todos sus derechos pero que lucha porque todos alcancen esa igualdad, libertad y derechos (aunque su camino será duro, arduo y complejo). Este actor me emociona (como ya lo hizo en una pequeñísima película A Dúo donde su personaje hace de esta película un recuerdo imborrable para la que esto escribe).

Así Tiempos de gloria se convierte en película interesante para revisitarla y disfrutarla en todos sus matices. La escena final que cierra la película, impactante.

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Momento inolvidable de La ventana indiscreta (1954) de Alfred Hitchcock

Otra de mis películas favoritas del director británico que está plagada de momentos inolvidables. Pero hoy elijo uno tan solamente y es la primera aparición de Grace Kelly y el primer beso de la película. Bellísimo.

Y es que Hitchcock era el rey del suspense pero también sabía como nadie cómo presentar a sus protagonistas y también era buenísimo en algo que no es nada fácil y que sin embargo aparece en prácticamente todas las películas: filmar un beso. Y este hombre orondo, de humor peculiar, amigo del suspense y del terror… rodó algunos de los besos más hermosos (otro memorable es el de la película de Encadenados, por nombrar otro mítico, vamos).

Demos a la moviola. Y recordemos.

Ese patio de vecinos que nos acompañará durante todo el metraje. Un patio vivo donde oímos como una mujer está ejercitando su voz. Cae la luz del atardecer. Lo notamos. Las luces de las casas se van encendiendo. Hay movimiento, algunos vecinos están en sus terrazas, otros ya preparan la cena.  La cámara entra en la habitación de nuestro protagonista, nuestro fotógrafo con una pierna escayolada, inmovilizado, y convertido en voyeur que vigila la vida de sus vecinos para vencer el aburrimiento. En estos momentos se encuentra dormido. Primer plano de su rostro. Su cuarto está a oscuras y sólo entra la luz de la ventana. Sobre su rostro se va proyectando una sombra. Alguien avanza hacia él.

De pronto, silencio. Parece que el tiempo va más despacio. Nuestro protagonista, James Stewart, tiene los ojos cerrados. Esa sombra pertenece a la mujer que ama (pero con la que no se compromete). El espectador ya la ha visto. Pero nuestro protagonista no. Es su novia, Lisa (Grace Kelly). El fotógrafo dormido abre los ojos… y sonríe. Tomamos su punto de vista. Su mirada de fotógrafo adormilado que asimila la imagen de la mujer amada, imagen fotografiada, imagen soñada, y el tiempo se ralentiza. Ella se va acercando a cámara lenta hacia el amado. Como si fuera en 3D parece que se va a salir de pantalla. Grace Kelly se va acercando a Stewart, al espectador, en un primerísimo plano… Y de pronto Stewart entra también en el plano. Dos medios rostros que van a besarse despacio, en silencio. Nada existe alrededor. Y se besan…, y tienen una pequeña conversación, y vuelven a besarse… y sólo vemos sus medios rostros…

¡Dios, ¿no es hermoso?!

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Caravana de paz (Wagon Master, 1950) de John Ford

Quizá no sea la primera película que nos venga a la mente si nos dicen que digamos en unos segundos varias películas de Ford. Sin embargo su visionado ha sido una agradable sorpresa. Es tan sencilla y grande a la vez. Tan natural y emocionante… Es de esas películas que se puede ver una y otra vez y pasar una buena tarde disfrutando de buen cine.

Porque Ford sin duda es el rey del detalle. De lo cotidiano. De lo que puede ocurrir en el día a día. Del retrato de grupos humanos. De caracteres secundarios inolvidables. De paisajes y composiciones como buenos cuadros.

La historia no puede ser más simple. Un grupo de caravanas de mormones tienen que realizar una larga travesía no desprovista de obstáculos y contratan a dos jóvenes, en esos momentos vendedores de caballos, para que les guíen hasta su destino.

Así la película se convierte en la crónica de un viaje donde ocurren muchas pequeñas y grandes cosas. Lo más bonito y lo que más me ha llamado la atención es que es un viaje de un grupo de personas que son ‘diferentes’ a los demás. Un grupo humano que se encuentran con otros que también son ‘diferentes’ y ‘desarraigados’ o ‘rechazados’ por no vivir o creer como los demás.

Y es que en este viaje no sólo nos encontramos con los peculiares mormones (rechazados y bajo sospecha en muchos lugares debido a sus creencias y forma de vida) sino con dos fuera de ley, jóvenes y libres, que no tienen lugar de arraigo. O con un grupo de malvados ladrones, la banda de los Clegg, que son los bandidos del oeste, despiadados. O con un peculiar grupo de ‘artistas’ compuesto por un charlatán y borrachín (maravilloso Alan Mowbray, me he enamorado de este personaje), una mujer que tuvo sus días de belleza y gloria pero que ahora anda siempre al lado del doctor y una joven bella de mala vida. O también con un grupo de navajos que no tendrán problema en pasar una velada de celebración junto a tan peculiar grupo. Así debido a las circunstancias todos serán protagonistas de un viaje hacia una tierra prometida.

De esta manera el espectador va siguiendo la ruta de las caravanas, la búsqueda del agua, la alegría por encontrarla, la fiesta, la música, los encuentros, los distintos conflictos (sobre todo por los malvados Clegg que complican más el viaje), las comidas compartidas, ese toque especial de cuerno por la agradable hermana Ledeyard (no podía ser otra que Jane Darwell), las relaciones que se van estableciendo entre los dos jóvenes guías que ambos se sienten atraídos por dos mujeres de la caravana. El serio pero buen hombre Ben Johnson, Travis en la película, se enamora de la joven bella de mala vida (Joanne Dru) y el pelirrojo de la función, Sandy (con rostro de Harry Carey Jr.) se enamora de una pelirroja y dulce mormona.

Y poco a poco nos vamos encariñando con el abanico de personajes que nos ofrece Ford. Los vividores guías, amigos para siempre, y buenas personas que ‘sólo disparan a las víboras’. Los mormones como ese líder con cara de Ward Bond que dirige a todos con su energía. Con los mayores, los niños, los jóvenes, los hombres y mujeres que recorren kilómetros y kilómetros para encontrar un sitio donde asentarse. De los únicos que no podemos encariñarnos es de los Clegg que son los generadores de conflicto.

Todo en Caravana de paz es visto con cariño y detalle. Y su visionado sólo ofrece momentos geniales… Un viaje tranquilo que nunca acaba con canciones del viejo oeste de fondo. Un grupo de personas que se dirigen hacia una tierra prometida, hacia un sitio donde asentarse…

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La loba (The little foxes, 1941) de William Wyler

Como siempre, Wyler no decepciona. Uno de sus más famosos melodramas es La loba donde queda en la mente del espectador el rostro sureño y decadente de una Bette Davis que aterra.

Wyler tomó a dos de sus damas: la dramaturga y guionista Lilliam Hellman —que era amiga del director y que muchas veces colaboraron juntos formando un gran matrimonio artístico— y la diva Bette Davis (con la que ya había trabajado en Jezabel y La carta. Con la mujer que ya había odiado y amado, amado y odiado).

Así el director ya contaba con una buena historia (que la Hellman había estrenado en Broadway con éxito), la propia dramaturga iba a adaptarla a guión; con la diva entre las divas para encarnar a Regina (una de las zorras más impresentables de la historia del cine… pero la queremos tanto); con un reparto maravilloso (del que hablaremos en breve) y con un equipo técnico habituado a realizar buenas películas —a la cabeza el director de fotografía Gregg Toland—.

Y es que La loba es de esas películas maravillosas que tienen matices y múltiples lecturas. Aunque la primera vez que la ves es imposible no dejarse arrastrar por el pérfido personaje de Regina. Pero una vez que la ves más veces surgen una cantidad de temas que merece la pena comentar. Además de valorar el trabajo interpretativo de todo el elenco.

El punto de partida es simple una familia sureña de tres hermanos (Regina, Ben y Oscar) quieren unir un capital de partida para traer a la localidad una fábrica de algodón en colaboración con un hombre de negocios de Chicago. Para beneficiarse los tres del negocio necesitan que Regina reciba su parte de su marido, Horace. Horace es un banquero con una dolencia de corazón irreversible al que le queda poco tiempo de vida. Alrededor de esta familia nos encontramos con la hija de Regina y Horace, una joven con mirada todavía inocente, una niña rica (enamorada del periodista de la localidad, un joven vital y con los ojos abiertos); la esposa de Oscar, una mujer consumida por el alcohol y que vive una humillación continua; el hijo de ambos, Leo, un vividor con dos dedos de frente y, por último, todo el personal de servicio, todos negros que son testigos silenciosos de los rencores, defectos y tejemanejes de la familia.

La película puede ser un análisis certero sobre el nacimiento de un capitalismo salvaje. Sobre la acumulación de riquezas sin mirar a quien te llevas por delante. Sobre cómo levantar un negocio aplastándose unos y otros sólo mirando por los intereses de cada cual.

También narra la desintegración de una familia y la caída de una aristocracia sureña trasnochada (representada por la tía alcohólica) y el paso a una burguesía sureña con menos escrúpulos todavía que busca la acumulación de dinero y poder sin mirar otros intereses. Sin importarles la explotación de trabajadores o el bien de una comunidad. El capitalismo despiadado.

Toda esta transformación-desintegración (transformación de cada uno de los personajes, transformación de una familia a socios de un negocio sin escrúpulos que desencadena una guerra despiadada y la desintegración final de una familia) ocurre bajo la mirada pasiva de la joven hija (que sólo reaccionará al final) y la de los sirvientes negros que ven como sus amos se comen unos a otros sin dejar pellejo.

William Wyler emplea maravillosamente como en otras películas todas aquellas escenas que transcurren en las escaleras de la mansión de Regina. Ahí en las escaleras ocurren las escenas-clímax que hacen avanzar la trama. Y también organiza como nadie esas reuniones familiares que nos van lanzando informaciones que nos ayudan a ir construyendo una historia.

Sí, ya hemos alabado la interpretación electrizante de una Bette Davis, que es esa zorra bíblica que nombran una y otra vez en la película (zorra al igual que sus hermanos ávidos de poder, dinero y reconocimiento aunque tengan que aplastar al otro o aunque tengan que esperar con una sonrisa cínica). Esa zorra que triunfará como mujer de negocios pero que quedará sumida en la más terrible de las soledades aunque podrida de dinero, eso sí. No le van a la zaga las demás composiciones. La película supuso el debú de Teresa Whright como la dulce joven de mirada pasiva que despierta y se transforma a lo largo de la película de mujer-florero (abocada a la desintegración, la humillación y el fracaso como su tía alcohólica) a mujer-acción que toma las riendas de su vida. De un jovencísimo Dan Duryea que ofrece una interpretación genial de ese primo Leo vividor y con dos dedos de frente (este actor se convertiría posteriormente en el mejor chulo y ser despreciable de películas de cine negro). Después la película cuenta con reparto excepcional con el olvidado Herbert Marshall que conmueve como ese hombre que va perdiendo la vida y que su corazón se rompe cada vez un poco más al ver en el nido de pirañas que se ha convertido su familia y al sentir continuamente el odio patológico que le profesa su señora esposa. O la tía Birdie, otro de los personajes positivos pero absolutamente vencido entre litros de alcohol con el rostro de Patricia Collinge. O ese tío solterón y cínico que es Ben con el rostro del actor de carácter, Charles Dingle. O el otro tío Oscar, un hombre que se caso por dinero y posición y que su vida es, al sentirse humillado siempre por sus hermanos, no escatimar humillaciones para su esposa y su hijo, todo con el rostro de Carl Benton Reid. O esa sirviente negra que los protege a todos ocultando los secretos y echando siempre su mirada de comprensión ante cada uno de ellos con la cara de Jessica Grayson.

Ver una película de William Wyler siempre ofrece la oportunidad de aprender mucho de cine.

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Asfalto (Asphalt, 1929) de Joe May

Gracias a Cinema de perra gorda por sus descubrimientos 

Apenas queda para que arrase el cine hablado y, sin embargo, el cine silente…, el lenguaje cinematográfico ha llegado muy alto. El cine como todo un mundo de imágenes en movimiento había alcanzado su madurez artística. El sonido supuso un cambio y el adaptarse a las nuevas técnicas un nuevo campo de experimentación y de formas de contar. A veces significó un retraso hasta… que pronto volvió a brillar una vez que se vivió la adaptación con los equipamientos de sonido y con las posibilidades que podían facilitar. El sonido llevó a la primera revolución cinematográfica, al primer periodo de cambios.

Así a finales de los años 20 las obras cinematográficas alcanzaron una nota muy alta en cuanto obra artística. Alemania era una potencia cinematográfica fuerte. De hecho si echamos un vistazo a los exiliados europeos en Hollywood durante los años treinta veremos que había una nómina alta de ‘artistas’ en varias áreas necesarias para la creación de una película de origen alemán.

Todo aquel que ama el cine probablemente sepa y conozca a Fritz Lang. Sin duda le suene alguna obra de su etapa muda. Quizá esté familiarizado con su etapa americana. Si mencionamos Metrópolis o M, el asesino de Dusseldorf. O si recordamos Sólo se vive una vez, Perversidad, La mujer del cuadro o Mientras Nueva York duerme… no nos quedamos indiferentes. Sabemos que detrás estaba Lang con una trayectoria enorme. Al final de su carrera regresó a Alemania y realizó un díptico de aventuras exóticas La tumba india y El tigre de Esnapur…, historias que hacía mucho tiempo atrás escribió la que fue su esposa y colaboradora, Thea von Harbou.

Fritz Lang, en realidad, realizó unos remakes de unas obras ya rodadas en el cine alemán a principios de los 20… cuando él trabajaba como guionista y repitió con un realizador de éxito… que se apagó en Hollywood (donde también dirigió películas) y cayó en olvido. Estamos hablando de Joe May.

Y este realizador olvidado en los albores del cine sonoro, rodó Asfalto, película intensa. Y ahí ya había huellas del cine urbano, del cine noir, del cine negro que estaba por llegar… Es la única obra que he podido ver de May. Pero su mundo y manera de rodar y plasmar una historia me ha dicho mucho.

Sencilla historia. Policía honrado y bueno, buen hijo de su padre y su madre, buen trabajador, buen ciudadano…, después de un día duro trabajo detiene a una bella dama a la que han pillado robando en una joyería. El joven policía honrado cae en manos de la arpía, que por supuesto tiene todos los ingredientes de una femme fatale. El mundo ordenado del joven policía se cae en pedazos. Su vida sucumbe en un tobogán de destrucción y caída cuando se enamora apasionadamente de la ladrona. Pero toda buena femme fatale tiene su corazón… y a pesar tener un chulo a su lado (toda femme fatale anda con el chulo de turno), ésta, la de Asfalto cae rendida en los brazos del inocente policía. Y no sólo eso sino que será capaz de sacrificarse por él. Sólo por amor.

¿Sencillo, no? Sin embargo, Joe May logra arrastrarnos por esta historia ya por nosotros muy conocida. Primero nos devora con la visión de la ciudad, una ciudad viva. En movimiento. Después nos implica con los personajes en escena magnífica sobre robo y detención de la chica en una joyería. Nos arrastra a la pasión que se dispara en la ordenada vida del joven policía cuando la chica se abalanza en sus brazos para suplicarle que no la detenga. Y vamos viendo la transformación del chico que pierde la cabeza de amor. Joe May nos deja enormes y preciosos primeros planos de los dos protagonistas en éxtasis. El joven cae en lo más bajo cuando se enfrenta en pelea (con ritmo y violencia) con el chulo de la chica. Se va vencido a casa de sus padres y ese padre, que es viejo policía, decide que su chico debe dar respuesta a la justicia por sus actos. Pero ahí está la femme fatale para caer redimida por amor y volver a dar orden al caos de vida en la que ha transformado la existencia del amado.

Todo además aderezado en el excelente dvd con una banda sonora genial, especial para el visionado de la película (merecerían un post aparte todos esos compositores que se han especializado en recuperar o volver a crear las composiciones que acompañaban las películas mudas). La película además ofrece el retrato de una espectacular mujer tentáculo con cara de Betty Amman, elegante, morena, sensual y con ojos enormes. Toda ella llena, se come, la enorme pantalla y al espectador. Así como merece la pena la transformación del ordenado joven policía en un hombre apasionado y atormentado a través de la cara de Gustav Fröhlich (que fue también el protagonista de Metrópolis).

Joe May ha sido sin duda un descubrimiento… del que me queda mucho por ver y aprender.

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Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring me the head of Alfredo Garcia, 1974) de Sam Peckinpah

Sam Peckinpah, hombre atormentado y cineasta lírico a través de la caída, del descenso a los infiernos, de lo tétrico y violento. Mi dominio de su filmografía reconozco que es mínimo (Perros de paja, Grupo salvaje… y poco más). Llevaba tiempo detrás de Quiero la cabeza de Alfredo García y su visionado no me ha decepcionado. Porque Peckinpah se muestra duro, violento, desciende a los infiernos pero deja, y sé que es difícil de explicar —por eso se convierte en pieza especial—, lirismo y poesía en lo sucio y mísero. En lo triste y desencantado.

El argumento es sencillo. Un rico terrateniente mexicano proporciona una sustanciosa cantidad de dinero al que le traiga la cabeza de Alfredo Garcia, un hombre que ha dejado embarazada a su joven hija. Así varios mercenarios se ponen en marcha para su búsqueda, mercenarios sanguinarios capaces de todo por conseguir la sustanciosa suma. En esta carrera se ve metido, cosas de azar y destino, un gringo que pasa sus días en tugurio mexicano como pianista (Warren Oates)…y que piensa que ese dinero puede facilitarle un futuro mejor junto a la mujer (Isela Vega) que en estos momentos ama.

Y es Quiero la cabeza de Alfredo García es varias cosas a la vez. Una road movie a los infiernos, una triste y oscura historia de amor, un recorrido hacia una venganza terrible, un viaje peculiar de un hombre con una cabeza que se convierte en una especie de confesor, una historia de la frontera donde se choca con un territorio sin ley dominado por la miseria y la violencia, una narración sobre el fracaso…

Así Peckinpah nos arrastra a la historia de un perdedor, de un fracasado, como aquellos argumentos de su John Huston admirado. Y ese pianista oscuro y fracasado, con sus gafas de sol que no se las quita ni en la cama, con su peculiar código de vida desencantada, que se ve arrastrado a cuatro días de furia porque le arrebatan lo único que quizá le aferraba en esos momentos a la vida… Porque realiza una apuesta que cree sencilla… conseguir una cabeza de un hombre que sabe ya muerto para que le dé un pasaje a la felicidad junto a la mujer que ama.

De pronto, este hombre se ve envuelto en una espiral de violencia donde pierde a la triste mujer que ama con desesperación. Entonces empieza a preguntarse por qué esa cabeza, la de Alfredo García, está desatando esa cadena de violencia irracional y desatada. Si primero su objetivo es el dinero, lo segundo es entender esa violencia irracional, la razón, el motivo… y cuando lo descubre decide arrasar con todo porque no entiende tanta vileza…en la que él se ve arrastrado.

Y en la película de Peckinpah todo es oscuro, mísero, terrible y violento pero dentro de ese mundo de frontera, de esa ideología nihilista y del fracaso, surge un poema lírico que engancha. Unos amantes en un picnic hablando de futuro, entre litros de alcohol, siempre con sonrisa y lágrima a punto de salir del ojo. Una mujer tristre porque ve un final negro en una ducha desnuda. Mujeres de negro y una embarazada de blanco en una especie de juicio frente al terrateniente que quiere una venganza sádica. Los malvados mercenarios americanos y mexicanos que persiguen su presa sin importarles las víctimas. Dos amantes semienterrados en una tumba de un hombre ya sin cabeza. Una canción con una voz suave de mujer que nunca deja de sonar. Un hombre conversando, en su soledad existencial, con una cabeza que finalmente no será un pasaporte al futuro sino a su redención y caída… Y mientras se suceden escenas brutales, a cámara lenta, a lo Bonnie and Clyde, de violencia extrema donde no se salva ni el apuntador.

Sam Peckinpah prepara y deja una ópera del fracaso y del desgarro. Una road movie que sólo conduce a la muerte.

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Momento inolvidable de Historias de Filadelfia (1940) de George Cukor

Desde el momento de la fiesta.

Cuando la diosa, la figura de bronce, Tracy Lord, quiere ser mujer de carne y hueso.

Porque como dice ella no quiere ser deseada, ni adorada, quiere ser mujer amada.

Y en esa fiesta rompe su perfección.

Con unas copitas de champán.

Se vuelve única, cuando pierde la formas.

Y entonces, borracha, medio dormida, mujer… se vuelve la amada pelirroja.

La mujer amada.

Y el escritor, periodista y poeta… la dice que irradia luz por cada poro.

Ambos se ríen de la luna.

Juntos se zambullen en una piscina.

Ella pierde el sentido… pero siempre será la mujer divertida.

Porque Tracy en la piscina logra romper la estatua de cobre.

Abrir su cuerpo de diosa.

Y ser por fin, la mujer amada.

La pelirroja.

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