Un cadáver a los postres (1976) de Robert Moore

Esta película extraña se ha convertido en una popular cinta de culto por extravagante. Pero una extravagancia muy bien hecha. Los responsables, el director Robert Moore y el dramaturgo y guionista Neil Simon intentaron repetir la jugada dos años después con Un detective barato pero no salió bien. 

Un cadáver a los postres es una película divertida y entretenida pero con fondo. Parodia y reflexiona sobre la comedia policiaca. Una reflexión y un tratado sobre la literatura y las películas de detectives. Imagínense una sesión del divertido juego de mesa El cluedo surrealista, agítenlo y tendrán todos los ingredientes de Un cadáver a los postres. 

Robert Moore y Neil Simon conocen todos los códigos, tópicos, giros y personajes de las historias de detectives y las aplican de manera exagerada y divertida en la película. Para entendernos con un ejemplo más cercano, Cervantes logró hacer una parodia y reflexión de la novela de caballería con un estupendo y divertido libro de aventuras, El Quijote. Robert Moore, Neil Simon y los actores logran hacer lo mismo pero con el género policiaco. 

La trama ya es delirante: un millonario invita a su mansión a los mejores cinco detectives del mundo para que solucionen un asesinato en una noche. Se presentan cinco personajes con sus respectivos acompañantes. Los cinco detectives son similares a Poirot, Miss Marple, Charles Chan, Sam Spade y Nick –de las divertidas comedias de los años 30 de El hombre delgado–. Los personajes secundarios no tienen desperdicio: un mayordomo ciego, una rubia-mujer fatal, la encantadora Nora –esposa de Nick–, una anciana y venerable enfermera, un hijo adoptivo, un delicado chófer, una cocinera sordomuda…, ¿alguien da más? 

Asistimos a una noche misteriosa, con niebla, tormenta y una mansión llena de secretos ocultos. Como la mejor novela o serie de detectives, en una habitación, a medianoche, ocurre un terrible asesinato. Y entre todos los que están presentes, se haya el asesino. Ficción, efectos especiales, verdad, mentira, música sugerente, manos misteriosas, un timbre de puerta muy especial, ruidos, situaciones extrañas, giros y giros…, para resolver el asesinato. 

La película se sostiene con unos diálogos inteligentes y divertidos pero sobre todo con un reparto de lujo. Cada uno de los actores borda su personaje. Les invito a pasar un rato inolvidable junto a Alec Guiness, Eileen Brennan, Truman Capote (y su soñada aparición como actor en una película), Peter Sellers, James Coco, Peter Falk, David Niven, Elsa Lanchester o Maggie Smith. 

Diccionario cinematográfico (8)

Lágrima: gota que sale del ojo…, puede ser inolvidable como la lágrima que sale del ojo de una mujer vencida como la Marquesa de Merteuil. Puede ser tierna y tatuada como Cry Baby, el chico duro de corazón frágil. A veces, no sale ni la lágrima ni el grito, sólo la angustia como Michael Corleone en las escalinatas de la Ópera. La lágrima puede salir de miedo, de amor, de risa, de angustia, de impotencia…, resbala por el rostro y puede caer en la mano, en el rostro amado, en una mesa…, a veces, las lágrimas crean inundaciones, preguntárselo a Alicia cuando se siente perdida en el país de las maravillas.

Crítica El buen alemán

El buen alemán me ha decepcionado, profundamente. Técnicamente, funciona. Sólo ahí. La película parece rodada en los años 40 en un Berlín decadente. El blanco y negro así como el montaje recuerdan a película de ayer. La banda sonora parece que te va a transportar a un viaje al pasado. Los actores tienen carisma. La historia parecía interesante. ¿Qué ha pasado? El buen alemán me parece una película vacía. Muy fría. La historia no logra atraparte además de ser confusa. No te crees, no ves la historia de amor entre los dos protagonistas Jake Geismar (George Clooney) y Lena Brandt (Cate Blanchett). No deseas ni que acaben juntos ni que terminen separados. Te da igual. No llegas a aburrirte del todo pero casi. A veces, piensas que los personajes, en solitario, no están mal construidos. El personaje más débil de la trama es Geismar, una lástima de héroe desaprovechado. Lena, sin embargo, ofrece un personaje ambiguo, entre el bien y el mal, una mujer destrozada y rota por la guerra, que tiene una idea clara: quiere sobrevivir. En el camino de su huída –su deseo es salir de Berlín–, Lena quiere tener tiempo de redimirse, de realizar un acto noble para limpiarse por dentro.  

Los dos amantes se encuentran a través de un joven chófer americano, Tully (Tobey Maguire), que se deja llevar por el poder de la guerra, del dinero negro, de la supervivencia, de una ciudad que se cae a pedazos… como dice Lena, sólo es un niño imprudente. Va de chulo y matón pero se da cuenta demasiado tarde de que no sirve para ese rol. Después, de fondo, el ambiente decadente y en ruinas, la hipocresía de los vencedores que cada uno vela por sus intereses, el inminente descenso hacia la guerra fría, lo que hay bajo la Conferencia de Potsdam, las contradicciones, las culpas, las confesiones… 

Steven Soderbergh se le ve un enamorado del cine de los años 40 pero no se deja llevar por la historia. Está tan preocupado por el estilo, por los guiños, por dar el pego, que se le olvidó volar. Me quedo con Casablanca, con Berlín Occidente, con el Tercer Hombre, con El Baile de los malditos o con Vencedores y vencidos. En esas películas sí que me transportaba a otros tiempos, sí que me creía los conflictos, sufría con las contradicciones, me emocionaba y me metía de lleno en la historia. 

Diccionario cinematográfico (7)

Tiempo: corre como las agujas del reloj o las hojas del calendario. Segundos, minutos, horas, días, estaciones y años. El tiempo siempre pasará. Ya nos lo decían en Casablanca. Las imágenes perduran. Los actores crecen. Les vemos de niños, adolescentes hasta que se hacen mayores –ocurrió con Liz Taylor, con Jodie Foster, con Christina Ricci o con Edward Furlog, ¿dónde diablos te has metido?–. Algunos alcanzan la eterna juventud como James Dean o Jean Harlow y otros, una madurez tranquila, como Jean Gabin o Katherine Hepburn. Sin embargo, el tiempo se detiene en cada fotograma, en cada historia inmortal. Y Creta Garbo siempre será Margarita Gautier o Marcelo Manstroianni alucinará por los siglos de los siglos con la belleza y exhuberancia de una Anita Ekberg en la Fontana de Trevi. Antoine Doinel llegará siempre a la playa y nos mirará con un rostro desafiante, de libertad. A veces podemos ver qué pasó con unos personajes que nos cautivan años después como la historia de Jesse y Celine Antes de amanecer y Antes del atardecer… o el desencanto que sigue presente en cada uno de los habitantes de una pequeña localidad de Texas después de la última película. Por no olvidarnos de qué fue de los personajes de El declive del imperio americano con la muy humana Las invasiones bárbaras. Demasiado humana.

El tiempo también sirve para narrar cinematográficamente o para dar tensión a una historia. No olvidemos la importancia de los segundos cuando va a estallar una bomba, cuando se va a perder un tren o un avión, cuando esperas a alguien querido o una noticia que te cambiará la vida…, los relojes son de cine. No pueden faltar en una buena situación.El cine es tiempo. Y hace falta para ponerte frente una pantalla y apasionarte con miles de historias de todas las épocas, de todos los siglos o de todas las estaciones del año.

Conversaciones con Al Pacino de Lawrence Grobel

Tengo un amigo que hace poco me regaló este libro. Y supuso un gran esfuerzo para él porque no le gusta ni Al Pacino, ni sus películas –aunque intento que vea la trilogía de El Padrino–, ni la sonrisa que exhibe en estos últimos tiempos. Sin embargo, sabe que siento por Al Pacino un amor y cariño especial y supo que con este regalo me iba alegrar el día y así fue. 

De todos los géneros del periodismo, uno de los que más disfruto es con la entrevista. Sobre todo si la persona que tengo enfrente me encandila con las palabras. Conversaciones con Al Pacino es una recopilación de entrevistas que realiza el periodista Lawrence Grobel desde que conoce al actor en 1979 hasta la actualidad. Al Pacino no es amigo de las entrevistas y permite en el primer encuentro que Grobel hable con él porque le ha gustado como ha entrevistado anteriormente a Marlon Brando. 

A partir, de esa entrevista son muchos los encuentros posteriores. El libro es un recorrido por la vida de un hombre, de un actor, a lo largo de los años y a través de sus palabras. Nos metemos en las entrañas de Al Pacino que cuenta historias de su infancia y juventud, la relación con sus padres y abuelos, con sus amigos de correrías adolescentes, con las mujeres, su pasión por el teatro, sus miedos, sus opiniones sobre compañeros de trabajo, su análisis de las películas que protagonizó, su amor por Shakespeare, su cariño y mimo hacía tres películas que produjo y dirigió, tres experimentos con el cine…, Al Pacino se desnuda ante nuestros ojos y de su timidez y de su imagen surge el hombre. Que muchas veces se escapa. 

Este libro me ha servido para seguir cautivada por la sonrisa y los ojos saltones de este actor que se puso tras la pantalla en los años 70 y ha ofrecido una carrera de buenos y especiales personajes…, hasta hoy. 

Carlito Brigante mientras sueña con una playa inalcanzable, el paraíso, fuera de las calles de Nueva York, antes de cerrar los ojos; Michael Corleone, un hombre de corazón frío que maneja la venganza y el poder para la protección de su familia; Johnny, un cocinero de vida dura pero que sonríe a la vida y trata de amar a una mujer desencanta y asustada por el amor, a Frankie; el yonqui de Needle Park de sonrisa preciosa y buen corazón pero atrapado por la heroína; Lionel, el sin hogar que sueña con llevar una lámpara –un poco de luz– a su hijo, pero que pierde la poca salud mental que le ata a una dura realidad; Tony Montana, un gangster de los de siempre pasado de rosca con la cocaína que ama a su amigo y a su hermana de manera desbocada…

(Crobel, Lawrence, Conversaciones con Al Pacino, Belacqva, documentos, Barcelona, 2007)

Los actores detrás de la cámara (VI)

Laurence Olivier

 

Nos centramos en la historia de uno de los grandes actores clásicos. Un actor de teatro que triunfó en el cine. Un actor que amaba a Shakespeare y decidió ponerse tras las cámaras para dar su particular visión. 

Laurence cautivó en los años 40 con sus papeles cinematográficos donde se convertía en hombres románticos y atormentados como en Cumbres borrascosas, Rebeca o Lady Hamilton. Y partir de los años 60 se convirtió en un malvado sofisticado en películas como Espartaco, La Huella o Maratón Man. Aunque era un hombre de tablas y escenarios, en la pantalla grande también consiguió su hueco. 

Los tres clásicos shakespearianos que dirigió este gran actor británico fueron: Enrique V (1946), Hamlet (1948) y Ricardo III (1956). Por supuesto, en las tres propuestas, él también interpretó al personaje protagonista. Una buena trilogía, tres buenas adaptaciones de teatro al cine. 

Primero, fue Enrique V y en su debú como director nos sumerge no sólo en la obra de William Shakespeare sino en el mundo del teatro. Asistimos a una representación de la obra en el mítico teatro The Globus. La ambientación nos mete en un escenario de época, con un público lejano que se deja atrapar por la historia de este complejo rey (Enrique V no sólo inspira a Orson Welles –que se mete de lleno con uno de los personajes más interesantes Falsaff– sino también de una película fascinante de Gus Van Sant, Mi Idaho Privado). El público del teatro y nosotros, espectadores de la película, nos metemos tanto en la historia que de pronto desaparece el escenario para adentrarnos en grandes batallas o en solitarios monólogos…, a todo color. 

El prestigio lo alcanzó con su adaptación en blanco y negro de Hamlet. Olivier es totalmente fiel al original –bueno todo lo que se puede ser cuando una obra de cuatro horas hay que convertirla en una película de dos– y su interpretación es buena y seria. Enternece el papel de una Ofelia con el joven rostro de Jean Simons. Triunfó en la ceremonia de los Oscar con los galardones de mejor película, actor, decoración y vestuario. Clasicismo puro y duro. Laurence fue un creíble príncipe de Dinamarca. Como soy un poco cotilla os cuento que esta película entristeció a una enamorada e insegura actriz shakesperiana Vivian Leigh –como olvidarla en Lo que el viento se llevó o en Un tranvía llamado deseo– que esperaba que su esposo luchara para que le dieran el papel de Ofelia. No fue así. Olivier también pensó que era mejor que Ofelia la interpretara una actriz más joven. Más dolor para una relación apasionada pero muy compleja de los dos rostros más bellos británicos de la década de los 30 y 40. 

Su última incursión en Shakespeare a través del cine fue con su interpretación del oscuro personaje de Ricardo III. La película relata la guerra civil inglesa, la guerra de las rosas, entre las casas de Lancaster y York. De nuevo, la interpretación de Laurence Olivier se lleva la palma con un Ricardo III que es la encarnación del mal y el poder. Y de nuevo la adaptación es siguiendo fielmente al original. Un personaje que le fascinaba y que décadas más tarde se ha convertido en la obsesión de Al Pacino (un actor que nos encontraremos de vez en cuando por este blog porque yo, Hildy, confieso que me fascina) 

Después, Laurence se metió a director de comedia y adapta una ligera obra teatral de Terence Rattingan con la rubia más explosiva de EEUU, Marilyn Monroe. Perdió los papeles con la actriz y no entendía su forma desordenada de trabajo. No se dio cuenta de que era la cámara quien estaba enamorada de Marilyn. No fue una buena relación y él no supo trabajar con la sex symbol (y muchos saben que era complicado). Sin embargo, la película que surgió es linda, El príncipe y la corista (1957). Distintas casas reales se reúnen en Londres para coronar al rey Jorge V. El regente de Carpatia se queda prendado de una corista llamada Elsie durante una representación teatral. Y la hace llamar para que vaya a sus aposentos. Algunas escenas hacen que esboces una sonrisa –por lo menos la mía– y no deja de ser una oportunidad de ver juntos a dos talentos tan diferentes. Quizá con un guión mejor o con una historia de más pretensiones, hubieran salido chispas de una pareja tan dispar. Como siempre Laurence cuidó la ambientación, la puesta en escena y la interpretación. 

Por último, dirigió una obra de Antón Chejov, Tres hermanas, en el año 1970 pero no tengo apenas referencia de esta película. Nunca la he visto. 

Diccionario cinematográfico (6)

Muerte: el cine hace tiempo que terminó con ella. La vida siempre está detrás de la pantalla. Las imágenes se pueden pasar una y otra vez son inmortales. A cualquiera de nosotros que nos graben en 7 mm o ahora en vídeos digitales, se nos concede el don de la inmortalidad. Ése es el poder del cine. Puedes ver una y otra vez a Sonny Corleone con vida y como le acribillan a balazos pero sólo con rebobinar un poco le tienes de nuevo lleno de fuerza. Charlot siempre caminará y pegará su patada inmortal en la soledad del fotograma y Dorothy pasará siempre de una vida en blanco y negro a un camino de baldosas amarillas… A veces, los personajes de cine pueden rebelarse como ya ocurrió en La rosa púrpura del Cairo, un hito histórico. A veces, pienso que Terry Malone, Antoine Doinel, Rick, Ilsa o Jim Stark y Judy tienen que sentirse un poco como atrapados en el tiempo, como en el famoso día de la marmota…, pero no es cierto. Porque todos los vemos con ojos distintos, todos les damos vidas diferentes, todos les entendemos de manera distinta…, les seguimos dando vida. Nunca mueren.

María aprende a odiar

Con West side story (1961), Robert Wise y Jerome Robbins crearon uno de los musicales que más me cautivó cuando era menos anciana que ahora. Loca en aquellos tiempos y ahora del dramaturgo William Shakespeare, persigo todo lo que tenga que ver con él y por supuesto cómo ha inspirado y sigue inspirando buenas historias en el cine. Una de ellas es este musical, que es una puerta abierta de este género a la modernidad. Leonard Bernstein compone una banda sonora magistral e inolvidable y Stephen Sondheim es el creador de unas letras intensas –más suaves en la versión cinematográfica que en la representación de Broadway–. Por otra parte, funcionan las coreografías e impresionantes números musicales de Robbins y la trama inspirada en Romeo y Julieta que dirigió Wise.  Los Capuletos y los Montescos se convierten en los Sharks de Puerto Rico y los Jets de Nueva York. Todo ocurre en los barrios marginales de la ciudad en los años 50 y la película es un estudio intenso y emocionante sobre temas como la violencia, los códigos entre bandas callejeras y la inmigración. Romeo y Julieta son Tony y María, los desgraciados amantes. Las letras de Cool, América, María, Somewhere…, vienen habitualmente a mi memoria. En las interpretaciones siempre me cautivan los personajes de Riff (Russ Tamblyn) y de Bernardo (George Chakiris), los jefes de las bandas. La fuerza de Anita (Rita Moreno), la novia de Bernardo, y la encantadora y dulce María (Natalie Wood). El que siempre me dejó más fría fue el pobre Romeo (Richard Beymer) que hace muy poco creíble su papel de joven marginal reformado. Le falta algo de carácter canalla para adentrarnos en su pasado. Por último, resaltar el increíble prólogo musical, sólo banda sonora, y después el paso a la panorámica de la ciudad de Nueva York desde arriba hasta llegar al barrio donde transcurrirá la historia. Así como sus originales créditos finales donde los graffitis son los protagonistas. 

La secuencia: como siempre son muchas las secuencias que destacaría pero aquí señaló y me quedo con la última –cuidado los que nunca la hayan visto (aunque creo que casi todos conocéis el argumento de Romeo y Julieta), no quiero estropearos el final. No sigáis leyendo–.Tony ha muerto en los brazos de María. Antes de llegar la policía, María recrimina, destrozada por el dolor, a los miembros de las dos bandas y suelta una frase clave, que todavía hace pensar: “Ahora yo también puedo matar porque he aprendido a odiar”. Fuerte.La policía llega al lugar del suceso y trata de acercarse al cuerpo de Tony pero María se abalanza no quiere que lo toquen. No quiere que Tony sea un mero suceso. Mira, sin rencor y con muchas ganas de comprensión, a sus amigos puertorriqueños y a los amigos de Tony. Quiere una despedida digna para el muchacho al que una vez amó y que trató de huir de los márgenes del barrio. Tony quiso otra vida, lejos de la violencia, pero no pudo alcanzar otro lugar. Todos se miran avergonzados y les cuesta reaccionar. Hasta que van a acercándose para elevar el cuerpo de Tony…, entre todos, entre los Sharks y los Jets, el juego ha terminado. Poco a poco, todos se van alejando del lugar del suceso, despacio, con calma. Nadie ha podido evitar una tragedia ya anunciada. 

La vida es teatro (tres adaptaciones de obras dramáticas americanas)

El cine y el teatro son un matrimonio bien avenido. Sus relaciones son interminables. El cine se ha alimentado del teatro y el viejo arte también ha recibido su influencia del séptimo arte. 

En la búsqueda de argumentos, muchos directores y guionistas se han inspirado en grandes y pequeños textos teatrales. Y a veces esta inspiración-fusión ha merecido la pena. 

El teatro americano contemporáneo ha dejado grandes escritores y piezas teatrales. Hoy quiero centrarme en tres dramaturgos, tres obras de teatro y tres adaptaciones cinematográficas muy interesantes. Actualmente, estas tres películas se pueden encontrar en dvd. Se trata de Larga jornada hacia la noche de Eugene O’Neill, Dulce pájaro de juventud de Tennessee Williams y ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee. 

Sus adaptaciones cinematográficas fueron realizadas por Sydney Lumet, Richard Brooks y Mike Nichols. Las tres fueron rodadas en la década de los sesenta, las dos primeras en 1962 y la tercera 1966. Sus fuertes temáticas y su traslado a la pantalla estaban avisando de que se asomaban nuevas temáticas y nuevos aires al cine americano y que la censura tenía los días contados. Aunque a las tres les afectó, todavía, la censura. 

Los protagonistas contaban con el rostro de grandes actores de épocas pasadas en papeles distintos a los habituales –grandiosos– y a una nueva generación de actores que se abrían paso en el firmamento hollywoodiense. Katherine Hepburn, Jason Robards, Paul Newman, Geraldine Page, Elizabeth Taylor, Richard Burton, George Segal y Sandy Dennis son sólo alguno de los intérpretes que elevan la calidad de estas películas. 

Larga jornada hacia la noche (1962) de Sydney Lumet: este director, de la generación de la televisión, ha plasmado argumentos impresionantes como Doce hombres sin piedad o Tarde de perros…, adaptó Larga jornada hacia la noche, la obra teatral más autobiográfica de O’Neill y no falló.De fondo, la hipnótica música de André Previn y en un blanco y negro fascinante vivimos una intensa jornada junto a la familia Tyrone. Poco a poco, según va llegando la noche vamos descubriendo la brutalidad, el amor, las frustraciones, los odios ocultos, las confesiones, las frustraciones, los ideales y los sueños rotos de cada uno de los miembros de la familia Tyrone. Una película con una humanidad que desarma y unas interpretaciones que ponen los pelos de punta. Cada personaje tiene su momento de gloria pero es difícil olvidar el rostro de Katherine Hepburn, una mujer que se marchita y que depende en exceso de la morfina, y que relata en varias escenas claves la historia de su vida. 

Dulce pájaro de juventud (1962) de Richard Brooks: a Brooks, las obras de Williams no le eran ajenas. Ya había conseguido una magnífica adaptación de La gata en el tejado de Zinc en 1958. Su protagonista fue también Paul Newman. En esta versión vuelve a retomar al héroe atormentado bajo el bello rostro de este actor norteamericano. Vuelve de nuevo a plasmar el mundo de pasiones y los ambientes turbios de T. Williams bajo un tamiz más suave debido a la censura.Las obras originales terminan siempre dramáticamente. Los personajes de Williams no consiguen un asomo de esperanza y son despedazados por un ambiente que les aplasta y oprime. Brooks logra plasmar el drama pero siempre deja un final abierto a la esperanza.Dulce pájaro de juventud está lleno de personajes atormentados e historias familiares tremendas, amores malditos, escándalos en la América profunda, poderes corruptos y seres humanos que tratan de huir de su destino y encontrar la liberta y la individualidad.Paul Newman cumple con su papel de gigoló en busca del éxito para conseguir el amor y el favor de su amor de juventud. Geraldine Page ofrece un retrato de estrella decadente que teme el fracaso de su retorno al mundo del cine y los estragos de la vejez… todo envuelto en un ambiente sórdido y caluroso. Un drama de los de siempre. 

¿Quién teme a Virginia Woolf? (1966) de Mike Nichols: este director volvió hace poco a la actualidad con su adaptación cinematográfica de la obra teatral, Closer –actualmente en la cartelera teatral de Madrid-. La película mostraba las relaciones entre dos parejas…, y logró envolver con las historias de encuentros, desencuentros e infidelidades.Si nos vamos a su debú, la adaptación de la brutal y magnífica obra teatral de Albee, también cuenta la noche que pasan dos parejas muy distintas. Una obra de diálogos geniales. Diálogos muy fuertes e impactantes entre cuatro personas que aman, sienten, odian, se desesperan, sueñan…, y litros y litros de alcohol en cada escena.

Albee revolucionó el mundo teatral con una obra donde mostraba la fuerza y brutalidad del diálogo y Nichols lo traslada a la pantalla –luchó contra la censura para que se respetara en lo posible los diálogos aunque tuvo que suavizar algunos términos-. Richard Burton y Elizabeth Taylor son dos actores magistrales que se desnudan con toda su crudeza como un matrimonio que lucha contra el desencanto a través de unos juegos verbales…, somos testigos de cómo a través del lenguaje se puede elevar, destrozar, humillar o aplastar a las personas. El poder de la palabra da miedo.

Ellos son George y Martha que se aman y destrozan. El monólogo de Liz Taylor reconociendo a un joven profesor (George Segal) quién es el amor de su vida es brutal –tanto en la película como en la obra original-.

Diccionario cinematográfico (5)

Luna: Holly canta al Río de Luna entre alegre y melancólica en el balcón de su ventana, mientras Cher y Nicolas Cage se desnudan y enamoran frente a la luna llena. ¡Qué bello es vivir! cuando hay un George Bailey que atrapará a la luna con un lazo para Mary. La luna es sinónimo de amor. Que se lo pregunten a Hildy que quiere cambiar de vida y encontrar lunas nuevas. Meliés, el mago del cine mudo, quería que todos disfrutáramos de un viaje a la luna con cara amable y lindos ojos. La luna significa amor pero también presagia miedos ocultos. Drácula surge en la noche, el hombre lobo se transforma mirando a la luna llena…, los seres extraños se sienten seguros cruzando una luna enorme, que se lo pregunten a ET y a sus amigos. En noche de luna son más fáciles los encuentros en tercera fase o que starman llegue a su planeta. Las noches de luna llena son las mejores para que vengan a buscarte y te lleven a planetas extraños. Que se lo pregunten a Fanny, que sabe que sí la quieren por fin, y ayuda a su amigo Orfeo a que se lo lleven amigos de otros planetas.La luna blanca y enorme espera celuloide que la ruede para seguir creando e inventando sueños.