La Venus de las pieles (La Vénus a la fourrure, 2013) de Roman Polanski

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Una pieza cinematográfica aparentemente menor que conjuga un montón de ingredientes que demuestra cómo Polanski además de ser un mago a la hora de dar vida propia a los espacios donde ‘habitan’ sus personajes, es capaz de dar varios significados a las imágenes que el espectador está viendo… proporciona varias capas de miradas. Propone un juego sustancioso al espectador para que termine sufriendo la famosa catarsis que puede vivirse en un escenario teatral (y además puede reírse… en el intento).

Primero. Teatro y cine. Cine y teatro… y además Polanski. La Venus de las pieles transcurre en un teatro vacío donde todavía su escenario cuenta con los atrezzos de la obra anterior: ¡La Diligencia en clave musical! Butacas vacías, un escenario que puede transformarse, unos cuantos elementos que lleva la protagonista o que se encuentran en su bolso gigante (un traje de época, una estola de lana, un collar de perro, unos zapatos de tacón, un chaleco de mayordomo, un batín…), también un poco de imaginación y por último jugar con las luces, con la iluminación…

Segundo. Dos  únicos actores. Y que los dos además estén brillantes en un duelo interpretativo que brinda múltiples posibilidades. Pero ¿dos únicos personajes? Comienza el espectáculo y el baile de roles.

Por una parte Emmanuelle Seigner. Que es la señora de Polanski y lleva mucho vivido con él (y también trabajado). Que además también es una actriz que busca que la hagan una prueba, que llega tarde en un día de tormenta, que está cansada, que está empapada, que parece vulgar, inculta, macarra, llena de espontaneidad, que nunca calla, que dice lo que piensa… Que es Vanda personaje en el que se transforma que aprenderá a dominar porque es lo que ‘exige’ el hombre al que ama. Primero le costará… luego absolutamente nada. Y hay un contrato de por medio para dejar las cosas claras. Que es Venus, diosa del amor que somete y doblega, también castiga. Que es la mujer-diosa… aquella que cumple la profecía: “Dios le castigó poniéndole en manos de una mujer”… O es simplemente una mujer enamorada o una mujer que cuestiona una sociedad encorsetada y machista…

Por otra parte Mathieu Amalric. Que tiene un tremendo parecido en peinado e indumentaria a un Polanski más juvenil. Que es también un director-adaptador-actor que está malhumorado y cansado que quiere ir a cenar con su novia y que está convencido de ser un gran intelectual… y que de pronto tiene que hacer una prueba a una actriz maleducada y tardona. Que de pronto se convierte en un director ensimismado y entusiasmado cuando se da cuenta que ha encontrado a la actriz ideal para encarar el personaje… que dirige y se mete en el papel con el que da replica a la que se va transformando en una musa. Que es Severin aquel que necesita enamorarse a través del dolor y la humillación… Que es el creador que se queda aturdido cuando la musa cuestiona su obra, pone sobre la mesa su machismo (así como una futura monótona vida sin trasgresión alguna) y no solo eso sino que le ofrece mejores soluciones artísticas que las que él elaboró… Que se convierte en hombre fascinado y enamorado de una mujer-diosa con la que cambia rol para transformarse en un ser abandonado, castigado y humillado…

Tercero. Parte del texto de una obra de teatro que precisamente se llama La Venus de las pieles del dramaturgo norteamericano David Ives (que también es guionista junto a Polanski de la película) que toma como fuente de inspiración la novela del escritor austriaco Leopold von Sacher-Masoch que iba a formar parte de un gran proyecto de seis libros temáticos… La Venus de las pieles es su novela temática sobre el amor. De su apellido y de los elementos autobiográficos que volcaría en esta obra literaria surgiría el término masoquismo.

Polanski ha disfrutado con la adaptación de obras de teatro y novelas que de alguna manera contaban o reflejaban algo que ‘toca’ su sensibilidad y su manera de ver el mundo pudiendo dejar así su firma de autor: La muerte y la doncella, Macbeth, Tess, Oliver Twist, Un Dios Salvaje

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Cuarto. El universo claustrofóbico de Polanski está presente así como la complejidad de las relaciones personales, la sumisión y el poder, y los cambios de roles. Los espacios que tienen vida. Así se vuelve a ese juego claustrofóbico a bordo de un barco en una obra temprana como El cuchillo en el agua en el que en vez de dos personajes había tres (aunque en La Venus de las pieles tenemos a una tercera, una ausente muy presente, la novia de Thomas, el director). O esos espacios vivientes (porque creedme el escenario tiene vida) como la casa de Repulsión o la de Un Dios Salvaje o los ambientes vivos en El escritor. Vuelven temas que obsesionan al director relacionados con la sumisión y el poder y las difíciles relaciones entre hombre y mujer en películas como Tess, La muerte y la doncella, o Lunas de Hiel.

Quinto. No desaparece un elemento que Polanski emplea muy bien en algunas de sus películas (no nos olvidemos de Un Dios Salvaje o El baile de los vampiros): el humor, un humor inteligente y negro que enriquece la trama. Una trama que juega con los límites. Con todos los límites. Qué es realidad, qué es ficción. ¿Hay un elemento fantástico? ¿Es todo representación?

Sexto. La Venus de las pieles es una película de Polanski aparentemente menor que con sólo un vistazo o un breve análisis deja ver mucho más además de convertirse en todo un deleite para el espectador que observa… Señores y señoras, damas y caballeros… comienza el espectáculo o la vida…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El lobo de Wall Street (The wolf of Wall Street, 2013) de Martin Scorsese

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Esperpento. Es lo que pienso mientras van pasando las imágenes de El lobo de Wall Street. Me río. Me río mucho… pero mi risa es incómoda porque lo que me están contando no tiene ni pizca de gracia. Ni puta gracia, vamos. Más bien es un relato de terror y humillación. El ritmo de la película es salvaje… y ese ritmo ya lo proporciona la ridícula, primaria y salvaje canción que entona el primer jefe y maestro del protagonista, Jordan Belfort (Leonardo Di Caprio), el corredor de bolsa. Una canción que acompaña de golpes en el pecho y que pide a Belfort que siga ese ritmo… y vaya si lo sigue… (son apenas cinco minutos los que sale Matthew McConaughey y su ‘filosofía’ empapa toda la película).

Indago en la palabra Esperpento. Un hecho grotesco o desatinado. Entonces recuerdo todo lo que he visto. Todos esos personajes que pululan por los fotogramas donde no tienen medida para lo ridículo, lo extravagante, el mal gusto…, donde los seguidores de Belfort —los que le rodean— y él mismo hablan o proceden sin juicio ni razón casi siempre bajo los efectos de alguna sustancia que distorsiona… Me viene a la cabeza Ramón del Valle Inclán y sus espejos deformantes. Deformación de la realidad para plasmar el desgarro de una época. Y así veo lo que Martin Scorsese y equipo han creado con el libro de las memorias de Jordan Belfort. Mientras río sale un grito porque es brutal: el mundo de las finanzas, el destino de muchísimas personas, está en manos de un grupo de payasos amorales.

Así Martin Scorsese crea una comedia negrísima que contiene escenas que remueven, brutales. Y uno de los personajes que muestra que lo que nos están contando no tiene ni pizca de gracia es el agente del FBI (con rostro de Kyle Chadler) que cuando ha terminado su jornada laboral regresa a su casa harto y cansado en un vagón de metro… donde hay un montón de gente harta, cansada y desesperanzada… Y mientras los payasos amorales siguen haciendo de las suyas, arrasando. O ese público ensimismado, adormecido… (que puede ser una triste metáfora de los espectadores que hemos acudido a la sala de cine a escuchar lo que nos cuenta en primera persona Jordan Belfort) que acude a una conferencia de un caradura que les va a contar cómo hacerse ricos…

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Dentro de los payasos amorales nos encontramos con la pareja cómica por excelencia (los dos más amorales) que se convertirán en líderes de un grupo de pirados sin cerebro pero que absorben sus mandatos y sus enseñanzas… y por supuesto no tienen ningún reparo de llevarlas a cabo. Son tan pirados, tan estúpidos que no tienen ni conciencia, ni les importa (y eso da mucho miedo… porque se convierten en incondicionales). Y esa pareja de cómicos tienen el rostro de Leonardo Di Caprio y su compañero de andanzas, Jonah Hill. El gordo y el flaco en acción dejan escenas hilarantes y escalofriantes, una de ellas con Popeye incluido.

En El lobo de Wall Street fluye la fiesta desaforada, el sexo, los estupefacientes y la droga más potente de todas, el dinero. Los payasos amorales solo se mueven al ritmo de un cántico salvaje… y solo les mueve ganar dinero sin que importen los medios para conseguirlo. El mundo se derrumba a su alrededor pero no importa, la droga del dinero sigue afectándoles. Para ellos la mayoría de los ciudadanos son meras marionetas, objetos a los que manipular, objetos sin sentimientos. Y el máximo payaso Jordan Belfort se convierte en monstruo cuando descubre que las personas que tiene a su alrededor (entre ellas su segunda esposa) no son un objeto de su posesión… sino personas independientes que también actúan y que no están bajo su control.

Martin Scorsese, con su montadora habitual Thelma Schoonmaker, crea una sucesión de secuencias de ritmo trepidante donde unos payasos amorales hacen de las suyas y mientras el mundo se cae en pedazos, ellos no son conscientes en absolutamente ningún momento. Viven en una burbuja indestructible… Les da igual todo. Siguen tan solo los aullidos del lobo y el ancestral ritmo de una canción salvaje… y para no sucumbir ni pensar: mucha droga, mucho alcohol, mucho sexo…

Nos encontramos con toda una tragedia…, los payasos hacen daño y provocan risas congeladas. Después de la carcajada, toca irse llorando. Cómo está el mundo… en qué manos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.