Momentos inolvidables de Rock Hudson comediante

Durante los años cincuenta, Rock había sido el rey del melodrama o del drama. Era el héroe, el hombre serio y atractivo que se enfrentaba a los avatares de la vida y al amor en mayúsculas. Joven, alto y muy atractivo paseaba con sus damas en historias dramáticas donde el amor se encontraba con todos los obstáculos posibles. Hudson fue el actor ideal para alguno de los mejores melodramas de Douglas Sirk (Sólo el cielo lo sabe, Obsesión, Ángeles sin brillo, Escrito sobre el viento…) y también estuvo presente en esa película río que fue Gigante o fue el galán del remake de Adiós a las armas (lo siento, Rock, pero me quedo con la versión de Gary Cooper).

De pronto, a finales de los años cincuenta, dio un giro total y absoluto en su carrera. El héroe romántico por excelencia se convirtió en comediante. ¡¡¡Y qué bien lo hizo!!! Ni él mismo confiaba en sus posibilidades, pero unas cuantas buenas películas y la labor de Hudson, siempre trabajador, hizo que nos riéramos con él.

En este viaje a la risa le acompañaron durante tres veces Doris Day y Tony Randall. También, repitió con Gina Lollobrigida. Y además protagonizó un clásico de la comedia que rescataba la screwball comedy junto a uno de los maestros Howard Hawks. ¡¡¡Comienza el espectáculo!!!

Se convirtió en el galán de los galanes, en el ligón entre los ligones, que invitaba al equívoco, asumía personalidades y terminaba siempre con la heroína entre los brazos. Su alta estatura permitió muchos momentos mágicos de risa en pequeños coches.

Las secuencias: un Rock Hudson absolutamente batido y alcoholizado por Thelma Ritter. Él esperaba emborracharla para que le diera pistas sobre cómo recuperar a su amada Day. Y es ella la que se queda como una rosa. Hudson, divertido y tierno, cae derrotado a la mesa. La Ritter cada vez que tiene algo que decirle, le coge del pelo, le levanta la cabeza y le va dando pistas, y él contesta absolutamente fuera de juego. ¡¡¡Delicioso!!!

Confidencias a medianoche (Michael Gordon, 1959)

Un Hudson desatado. Asume el papel de un científico (para engañar a la siempre inocente, pero ojo, independiente señorita Day) que tiene problemas en su relación con las mujeres. De pronto, para llevarse a la señorita Doris a la cama realiza un teatro maravilloso, con lágrimas y desesperación, porque no se siente un hombre del que se puedan enamorar las mujeres.

Pijama para dos (Delbert Mann, 1961)

A Hudson no hay quien le tumbe. Y eso lo comprueban un grupo de niñatos pijos. Tratan de agotarle en un paseo en moto, en una sala de fiestas, y vuelven a intentarlo haciéndole beber y beber, todo porque quieren estar solos con otras niñatas pijas. Pero Rock no les deja. Rock se convierte en el hombre incansable. Camina como el mejor, monta en moto por caminos interminables siempre junto a la bella Lollo, baila mejor que nadie como rey de la pista y tumba a todos los jovenzuelos bebiendo fresco como una rosa…, película de paisajes maravillosos, de tópicos divertidos, pandilla de niñatos y niñatas capitaneadas por Sandra Dee…, se los comen con patatas un divertido y apuesto Rock Hudson y una bellísima, alegre e italianísima Gina Lollobrigida. Ambos son vitales, hermosos y divertidos.

Cuando llegue septiembre (Robert Mulligan, 1961)

Y llega toda una joya donde Rock junto a Paula Prentiss son un despropósito de carcajadas. El experto en pesca que nunca ha pescado, la chica alocada que le mete en un lío tras otro. Impagable Rock en pijama de pantalones cortos, tratando de montar una tienda de campaña, intentando aprender a pescar y pescando tres de los peces más grandes del lago de la manera más inverosímil.

Su juego favorito (Howard Hawks, 1964)

Su última comedia junto a la Day y a Randall. Aquí ya ha conquistado a la dama. Está casado con ella. Pero Hudson hace papel de adorable hipocondriaco que piensa que le quedan sus últimos días. Y se vuelve tierno y divertido. Sólo quiere buscar un nuevo marido para su mujer en sus últimos días de vida porque cree que ella no será capaz de vivir en soledad. Sus conversaciones con Randall, su vecino, lo mejor de lo mejor.

No me mandes flores (Norman Jewison, 1964)

Thelma Ritter

Va pequeño homenaje para esos maravillosos actores de reparto o secundarios que se meriendan a los protagonistas cada vez que aparecen en pantalla. Y para ello pequeño texto en recuerdo de actriz secundaria con filmografía impecable llena de películas que no caerán en olvido. 

Ella era pequeña, desencantada, con una lengua de doble filo pero siempre genial. Thelma Ritter, una de las actrices más nominadas al oscar (seis veces) y que nunca lo ganó. Ni falta que la hizo. Actriz de rasgos duros y dulces a la vez que se gana, con derecho propio, sitio en el Olimpo de los actores. 

Ahí va homenaje mínimo, para que no caiga nunca en olvido. Que sepa que hay quien la reconoce, quien ríe y llora con ella. Su ironía era su arma mejor empleada. 

La fama cinematográfica la llegó pasando la cuarentena…, no tenía rol protagonista pero los minutos que salía, se salía. Sólo nombrar una lista de películas para alucinar: 

Su primeros pasos los da con un clásico de las navidades (De ilusión también se vive, 1947), pasito a pasito consigue rol en esa maravilla que es Carta a tres esposas (1949) y claro Mankiewicz no la dejó escapar. Allí ya la regala diálogos y caras geniales como mujer trabajadora y desencantada de la vida pero vital. Extraña mezcla que sólo ella conseguía. 

No la deja escapar para convertirse en esa mujer que fue grande en el escenario y que termina como amiga, confidente, doncella, dama de compañía de otra grande, Margo Channing en Eva al desnudo (1950). Sus replicas, como no geniales, es la primera que siente que Eva no es trigo limpio. 

Pasa por comedias de éxito del momento como Casado y con dos suegras (1951) pero se vuelve grande en un drama y en una de suspense. Maravillosa secundaria en esa pequeña joya de Samuel Fuller, Manos peligrosas (1953) donde la Ritter se sale como anciana sin hogar, que vende corbatas por las calles y a la vez es confidente de la policía… 

El maestro del suspense quizá le da el rol por la que es más recordada: la enfermera que se implica con el fotógrafo en silla de ruedas y su novia en la resolución de un asesinato. Todo desde la habitación del enfermo…, en la comunidad de vecinos. La Ritter no se calla y es genial en cada secuencia que sale. Estoy hablando de la maravillosa La ventana indiscreta (1954). 

Su carrera sigue imparable y sigue dejando roles que siempre tienen su sello. Roles que no se olvidan tanto en la comedia como en el drama. Así nos sorprende en varios vehículos de la estrella de la comedia romántica en los 50, Doris Day. De la simpática y tierna Confidencias a medianoche (1959) tiene el papel más divertido como la mujer de la limpieza que tiene contratada la Day y que siempre llega a la casa con unas resacas impresionantes. Sin olvidar, su desencanto, su lengua y su gracia. Inolvidable secuencia en la que se bebe dos botellas y deja en estado KO a un Rock Hudson que no puede seguir el ritmo alcohólico de la Ritter. Y encantadora en papel de suegra amable que pone las cosas en orden en la agradable Apártate, cariño (1963), una adaptación de una antigua película de Irene Dunne y Cary Grant  (Mi mujer favorita) que hubiera sido interpretada por Marilyn Monroe pero debido a su muerte fue sustituida por Doris Day. 

También habitó el mundo de un grupo de desencantados pero tiernos en película dura y triste. Ella, genial, y haciéndose notar. Como siempre. Se trata de Vidas rebeldes (1961). Los otros del grupo eran Gable, Clift, Monroe y Wallach. Triste como ella sola de madre luchadora deja otra interpretación tierna en El hombre de Alcatraz (1962). 

Apaguen las luces y déjense llevar por frase lapidaria, interpretación genial o mirada profunda; la mujer pequeña, Thelma Ritter se hace enorme ante los espectadores de la sala oscura.

Películas para llevarse a una isla desierta

Me costaría.

Si me dijeran que sería las única que vería durante muchos años.

Me dejan llevarme diez.

Tiemblo.

Quizá una mezcla de Historias de Filadelfia con unas gotas de La ley del silencio, un baile de west side story, un beso a lo Casablanca con un replicante rubio que llora en Blade Runner…, quizá, tiernamente, una mirada del Sueco y aderezado con la mirada triste de un Charlot al que le ofrecen una violeta. Después, cantaría todo te lo puedo dar menos el amor acompañada de un leopardo y dudo entre una lágrima del Paul Buscavidas o una risa de Dona Reed que atrapa con un lazo a la luna.

Mañana, seguro, mi elección sería distinta.

Eso es lo que siento hoy.

Apache (Apache, 1954) de Robert Aldrich

El género western siempre presentó al séptimo de caballería, a los cowboys, a los pobres colonos como los buenos, los que luchaban por la conquista del Oeste. De lejos, veíamos a los indios, los malos. Los que complicaban la vida ya de por sí dura de ganaderos y agricultores y, de paso, se la complicaban también al séptimo de caballería.

Siempre, en las películas, aparecían los indios como grupo. Indios salvajes que cortaban cabelleras, violaban a las mujeres, quemaban las casas y asustaban al personal. Nunca una manipulación histórica llegó a instalarse tan fuertemente en el ideario colectivo. Reconozco que disfruto con los buenos western pero también sé lo que estoy viendo. Un simplicaficación de la historia, un ocultamiento de la verdadera conquista del Oeste, un ejercicio de racismo latente. ¿Recordais en La diligencia, toda una joya, cómo los indios sólo aparecen como amenaza y para que los buenos los maten y veamos cómo caen de sus caballos?

Siempre que hablo de películas del Oeste, me acuerdo cuando las veía de pequeña con mi hermana. Las dos nos lo pasábamos fenomenal pero mi hermana siempre me decía que a ella lo que más le gustaba y quien mejor le caían eran los indios. Mi hermana que siempre fue y es muy inteligente, y en esa verdad velada que veíamos con ojos de aventura, ella siempre veía a todo un pueblo, a unos individuos que le caían bien, que le gustaban. Siempre le sentaba fatal que los atacaran o les mataran tan fácilmente. Siempre se enamoraba del indio jefe que aparecía como el malo de la película. Y sentía su muerte.

Sin embargo, durante los años 50 algo cambió, y algunos cineastas empezaron a dar otra mirada a los indios. Trataron de presentar películas en las que ya había indios con un rostro, un nombre, una cara, una familia, unos sentimientos y empezaron a mostrar que los blancos o el séptimo de caballería o algún cowboy o colono ya no era tan bueno. Que se conducían con violencia. Que atacaban. Que quemaban poblados, que violaban o mataban a mujeres y niños… Y que, quizá, los indios luchaban por una tierra, por algo que les arrebataban. Que los indios sufrían el exterminio y la humillación de las reservas…, en fin, empezaron a contar de otra manera la historia. La triste historia de los pueblos indios que no sobrevivieron a la conquista del Oeste.

Fueron tres los western que empezaron a abrir la veda y que tuvieron éxito en el género. Dos en los años 50 y la película que nos ocupa en 1954. Flecha rota, La puerta del diablo y Apache. Fueron pasos tímidos pero seguros. Ni Aldrich, Daves ni Mann dieron el paso más importante: que su protagonista indio o india fuera realmente indio o india. Los tres escogieron actores y actrices norteamericanos para dar un rostro al pueblo indio. Por ahí estaban, con piel morena, Jeff Chandler, Debra Paget, Robert Taylor…

Y en Apache mi adorado Burt Lancaster (con un peinado hecho por el peluquero de Javier Bardem en No es país para viejos) y Jean Peters se convierten en Massai y Nalinle. Dos indios que rechazan la humillación a que quiere someterlos el hombre blanco. Que luchan por su pedazo de tierra, por sobrevivir con la cabeza bien alta. Sin reservas, sin ser tratados como inferiores, sin perder su orgullo. El orgullo de ser apache, indio. El orgullo de ser hombres y mujeres libres.

Una vez que te crees a Burt, a pesar de sus azulísimos ojos y el betún indisimulado, y los rasgos de la Peters, entonces Apache interesa y conmueve. Porque trata de acercarse bastante a lo que pudo ser verdad. A cómo iban venciendo a los indios, a cómo los retiraban en reservas, a cómo les quitaban la libertad, la tierra, al racismo latente…, y cómo algunos de ellos sucumbían no sólo ante nuevas enfermedades sino al alcohol y a la tristeza. Y de ahí surge Massai, el que aunque solo, se niega a agachar la cabeza y perder la libertad. Y al lado de la mujer que ama —aunque bien que la cuesta a la Peters—. Y Massai de guerrero enfurecido por el odio, se vuelve un hombre que quiere ir con la cabeza bien alta y que le dejen vivir en libertad, en una tierra, en una casa, con los suyos y si para eso se tiene que convertir en granjero y dejar las armas, pues las deja. Y el odio se transforma en ternura, algo que Lancaster siempre hace bien.

Massai está inspirado en un apache real, de carne y hueso, que siempre huyó de las reservas y luchó contra la ley que quería imponer el hombre blanco. El personaje real, como Burt en la película, también escapó de un tren que le llevaba a una reserva de Florida, y recorrió miles de kilómetros sin apenas comida para regresar a su tierra.

Como curiosidad comentar que ya estaba por ahí, en Apache, en papel secundario y sin su nombre artístico, Charles Bronson, uno de los secundarios de oro de los cincuenta y sesenta que más tarde se transformó en un tipo duro a lo Harry el sucio, con esa ideología de ojo por ojo, diente por diente y yo soy la ley porque me sale de los huevos y te callas o te pego un tiro porque yo decido lo que está bien y lo que está mal.

Frase cinéfila

«Bueno, nadie es perfecto.»

El millonario Osgood cuando Jerry le da mil y un motivos para no poder casarse con Daphne porque entre otras cosas…, es hombre. Es él mismo.

Con faldas y a lo loco

Qué pocas palabras, y cuánta verdad. Osgood es sabio. Nadie es perfecto, somos terriblemente humanos.

El paciente inglés de Michael Ondaatje (Punto de Lectura)

Hay lecturas que agradezco, que me llenan, que disfruto en cada momento que tengo tiempo y puedo quedar atrapada entre palabras y páginas…, una de esas lecturas mágicas que te hacen viajar lejos y ser partícipe de una historia ha sido sin duda El paciente inglés. 

Primero descubrí la película y ya me dejé llevar, ahora al leer la novela, entiendo cómo el fallecido Anthony Minghella se enamoró de estas páginas y cómo conocía la novela. Él escribió el guión, él la dirigió y consiguió una buena adaptación cinematográfica. 

La novela es rica en matices, en imágenes, en metáforas, en historias…, todo está relatado con una belleza que alcanza una prosa poética que te hace sentir los olores, los sabores, el tacto…, te traslada. 

Minghella se centró en el idilio, tremendamente hermoso, entre Almásy, el paciente inglés, y Katherine. Logra trasladar el universo impreso a la pantalla. Son muchas las opciones que podría haber tomado pero él se decantó por esa parte de la novela y creo una hermosa película. 

Se nota que Minghella había leído una y otra vez la novela de Ondaatje y la pena que le dio dejar a otros personajes poco esbozados…, pero no quiere quitarlos. Deja que estén en celuloide, no los desarrolla…, pero intuimos que detrás de cada uno hay una gran historia. 

Y, hoy he cerrado el libro y hoy tengo para mí la historia de esos personajes. En el libro, la enfermera Hana y Caravaggio cobran todo su sentido y el personaje menos dibujado en la película de Minghella, en la novela de Ondaatje cobra toda su fuerza, es la revelación de la narración, para mí el gran personaje: el zapador Kip. 

El retrato del zapador hindú que arriesga cada día su vida para desactivar un suelo minado ha sido para mí el gran descubrimiento de esta novela. Un personaje hermoso, complejo, sensible, profundamente humano y tierno, muy tierno. Y entiendo que Minghella quisiera hacerle aparecer…, aunque de una manera superficial.  

A mí me encanta la película y siempre intuía que detrás de Kip, Hana y Caravaggio había mucho más. Y he podido descubrirlo. Un privilegio. 

La novela es una serie de flash back, memorias y recuerdos que en cada página ponen una pieza más de una pintura, rompecabezas o puzzle incompleto hasta al final conseguir construir un mapa humano. Las imágenes de Ondaatje son evocadoras y no es difícil encontrarse en el desierto o en la villa italiana. 

A Kip me gustaría visitarle en su tienda y que me contara una historia o un pensamiento. Es tierno.

Relaciones cine y literatura…

Marilyn Monroe se casó con el dramaturgo Arthur Miller.

Roald Dahl, sí, el de la fábrica de chocolate, se unió a Patricia Neal.

La desencanta Frances Farmer tuvo un idilio con el dramaturgo Cliford Odets.

El escritor y actor Sam Shepard no se separa de Jessica Lange.

Carlos Fuentes evoca su romance con Jean Serbeg.

Jean Cocteau era poeta, novelista, dramaturgo, pintor, crítico, cineasta… y se enamoró del actor Jean Marais, el de rostro griego y perfecto…

Lilliam Hellman y Dashiell Hammett vivieron enamorados, escribieron, y ambos dejaron su huella en guiones de cine. 

Hubo una época en que Vicente Blasco Ibánez era todo un escritor de best seller y su éxito llegó a Hollywood y sus obras fueron adaptadas…, y en alguna, Greta Garbo muda, consiguió su halo de muerje de destino fatal.

Por ahí hay un epistolario sobre le amor eterno que le profesaba Ernst Hemingway a Marlene Dietrich. 

A Hitchcock hubo algo de los relatos y novelas de Daphe du Maurier que hizo que recurriera a su obra en contadas ocasiones. Así ella no cayó en olvido. Al fin y al cabo es la autora de Rebeca.

Paulette Godard, primero musa de Charlot, se casó con el escritor alemán Erich Maria Remarque que ya había alcanzado la gloria en Sin novedad en el frente.

Barbra Streisand

Hoy me quedo mirando fijamente una fotografía que aparece en el artículo dedicado al recientemente desaparecido Paul Newman en el nuevo Fotogramas del mes de noviembre. Una imagen en la que aparecen cuatro actores carismáticos y progresistas cuando en 1969 constituyeron la productora First Artist: el propio Paul Newman, Steve McQueen, Sydney Poitier… y Barbra Streisand. Siempre fue una mujer de armas tomar. 

Entonces me vienen a la cabeza varias canciones y discos de vinilo que no me cansaba de escuchar allá por los años ochenta. La Streisand tiene muchas cosas que la hacen distinta y especial: una bonita voz, una nariz imperfecta, unos ojos azules vivos, unas preciosas manos —que siempre sabe enseñar— y una carrera cinematográfica… Los setenta tienen rostro de Barbra que supo emplear su talento y su personalidad carismática. En los ochenta le dio por dirigir y no salió mal parada. Su carrera cinematográfica es breve pero muy interesante donde brilló en el musical, en la comedia y también como heroína romántica. 

Su primer éxito cinematográfico llegó más tardíamente que su triunfal carrera como cantante pero arrasó…, como ya lo había hecho en su representación en Broadway. La actriz y cantante aparece en la pantalla con Funny Girl, 1968, sobre la historia de la cantante y cómica judía Fanny Brice. Entró al cine por la puerta grande y con oscar incluido. Streisand estaba deslumbrante como esa divertida patita fea que obtiene, con perseverancia, el éxito y se enamora de un bello jugador que la rompe una y otra vez el corazón con cara de Omar Shariff.  La Streisand siempre lo conseguía…, estallaban fuegos artificiales en su unión con distintos actores. Conseguía química. La joven Streisand demostró en su primera película que sabía cantar, sabía actuar y ser divertida. Todo un logro. Su secuela (Funny Lady, 1975) no supuso tanto éxito aunque es un placer volverse a encontrar con Fanny ahora acompañada por el locuelo de James Caan (¡qué bien hace de chuleta!)…, Omar sigue rompiéndola el corazón. 

Siguió en la senda del cine con dos musicales más: Hello, Dolly (1969) donde se convertía en una viuda casamentera o Vuelve a mi lado (1970) con una Streisand dispuesta a todo con tal de dejar el tabaco. La joven promesa trabaja con dos veteranos del género musical: Gene Kelly y Vicente Minnelli. 

En 1970 decide no cantar en el cine y sí hacer reír y protagoniza una entrañable y poco recordada película (que es en realidad la adaptación de una famosa obra teatral de Bill Manhoff) La gatita y el búho. Ella es una prostituta con muchas ganas de convertirse en una actriz famosa y él (brillante George Segal, de nuevo la química), un escritor al que no publican sus novelas. Ambos se ven unidos por una situación incómoda y a partir de ahí asistimos a los encuentros y desencuentros de dos seres muy distintos pero con algo que les une: su afán por no aceptar que han fracasado en sus sueños, su habilidad por pintarse otra personalidad y aparecer tal y como no son, su vulnerabilidad…, y la prostituta y el escritor terminan comprendiéndose y enamorándose de veras. 

A partir de este punto de inflexión en su carrera, Barbra es el rostro femenino de la nueva comedia de los setenta. Y ella que no es tonta recupera el prototipo de mujer progresista, locuela, inteligente, liberada y divertida de las screwball comedy de los años 30 y 40. Papeles con personalidad de una cabeza loca, inteligente y divertidísima como lo fueron Carole Lombard, Katherine Hepburn, Rosalind Russell o Barbara Stanwyck. Y nos deja dos obras de la diversión y el equívoco. Rozando el surrealismo (sobre todo la más desconocida). Por supuesto vuelve a conseguir química con sus compañeros de reparto: Ryan O’Neal y Michael Sarrazin. 

La primera de estas películas que protagonizó en 1972 es un claro homenaje a La fiera de mi niña y Barbra no sale mal parada, risa asegurada con esta loca de la vida que es Judy en ¿Qué me pasa doctor? Con O’Neal volvió a trabajar en otra comedia que no tuvo la misma repercusión, Combate de fondo (1979) 

La segunda comedia es todo un disparate Qué diablos pasa aquí, estrenada en 1974, donde Barbra es una joven esposa que quiere ayudar a conseguir sus sueños a su esposo, un joven taxista, y de pronto se mete en un lío y en otro y en otro más…, ¡ojo! al protagonismo de unos búfalos… 

También, en esta misma década se convierte en heroína romántica en dos películas que son nostalgia pura que además adereza con sus canciones. Y por supuesto se deja acompañar muy bien… ¡¡¡y como siempre con química!!! por Robert Redford y el atractivísimo y también cantante Kris Kristofferson. 

Con el primero sube a los cielos del cine romántico y al altar de los nostálgicos en Tal como éramos (1976) en una historia de amor a lo largo de los años (30, 40 y 60) entre Katie, idealista y con ideas políticas progresistas siempre deseando un mundo mejor y Hubbel, el niño bonito y pijo de la universidad, más individualista y práctico. De banda sonora, la voz de Barbra en uno de sus temas más recordados The way we were, ¿alguien da más? 

Con el segundo,  protagonizó todo un clásico que ya habían interpretado Janet Gaynor y Judy Garland, Ha nacido una estrella. La película de Barbra y Kris traslada la trama al mundo del rock and roll. Corre el año 1976, las drogas y el alcohol destruyen la trayectoria de un brillante cantante mientras su esposa va subiendo poco a poco hacia el estrellato. Buenas canciones, mucho amor y mucho dolor. Yo oigo Evergreen y me emociono. 

De pronto, llegan los ochenta, y si ya había sorprendido con su afán en el mundo de la producción, deja a todos boquiabiertos con Yentl (1983), sensible musical plagado de hermosas canciones, donde Barbra actúa, dirige, produce y escribe el guión. Ahí, la actriz y cantante es una muchacha judía, hija de un rabino, que quiere estudiar en un centro donde sólo les permiten acceso a los hombres y ni corta ni perezosa se disfraza y se convierte en uno para poder cumplir su sueño. Fue un éxito de crítica y público y, sin embargo, hoy está bastante olvidada. Como muchas películas de los ochenta. 

A partir de este momento sus apariciones empiezan a ser más esporádicas. Trabaja en un thriller que tiene cierta repercusión en el año 1987, Loca y en su última aparición ha vuelto a la comedia y a papel alocado de hippy psicóloga de toda la vida en Los padres de él (2004). 

Sin embargo, regresa de nuevo dos veces a la dirección con éxito en dos películas que funcionan. La primera como melodrama psicológico y la segunda como comedia romántica, de las de siempre. Y en ambas se reserva papel protagonista y lo borda. La primera sorpresa la da con un taquillazo que recupera además también a un Nick Nolte de capa caída ambos están magníficos en melodrama familiar donde una psicóloga trata de indagar en el pasado del hermano de una paciente y termina desvelando una terrible verdad y enamorándose de él.  ¿Recuerdan El príncipe de las mareas (1991)? 

En la segunda se une a mi adorado Jeff Bridges y se montan una película romántica de las de toda la vida, donde dos profesores universitarios se plantean que pueden estar juntos y bien avenidos sin sexo de por medio (porque el adorado Jeff piensa que las relaciones sexuales son las que hacen fallar a las parejas)…, pero ella empieza a pensar distinto. Y ahí tenemos la divertida El amor tiene dos caras que además nos plantea muchas cosas sobre las relaciones de pareja. Y como siempre Barbra y Jeff desprenden mucha pero que mucha química. 

¿Regresará a la pantalla?¿Volverá a dirigir? Ya tiene un hueco en las salas oscuras en la pantalla blanca…, pero quizá pueda darnos otra sorpresa.

El manantial (The Fountainhead, 1949) de King Vidor

Ésta es de esas películas que tienen mil y una lecturas. Empecemos en plan laberinto a bailar entre interpretaciones.

Director de prestigio como King Vidor. Actores de la talla de Gary Cooper, Raymond Massey, Kent Smith o Robert Douglas. El descubrimiento de una nueva estrella del firmamento, la siempre interesante Patricia Neal. Música del maestro Max Steiner. Impecable uso de la escenografía y del blanco y negro.

Resultado: melodrama tórrido de finales de los cuarenta con variadas connotaciones sexuales.  Ésa puede ser una primera lectura. Un hermoso hombre encuentra una hermosa mujer (complicada mujer, todo hay que decirlo, yo a veces me pierdo con ella a profundidades que no entiendo) y desde su primera mirada saltan chispas. Pero el amor no es posible. Y entra el tercero en cuestión, un Raymond Massey (en un papel complejo pero bien resuelto, está fantástico) que no impide que se apague el amor entre ambos…, pero para más inri, Massey se convierte en el mejor amigo del hermoso hombre y se enamora profundamente de la hermosa mujer. Y para dar más rizo al rizo, la hermosa mujer y el hermoso hombre sienten enorme cariño hacia el tercero en cuestión. ¡¡¡Dios mío, Dios mío!!!

Destacar de esta primera lectura: ¡¡¡realmente hay una química increíble entre el viril Cooper (que hubiera estado mucho mejor en este papel a principios de los años treinta, vamos cuando conseguía que la mismísima Marlene Dietrich le siguiera por los siglos de los siglos por el desierto) y la joven y solida promesa cinematográfica, Patricia Neal.

Conclusión: cotilleo hollywoodiense la pasión traspasó la pantalla…, ambos ya estaban protagonizando tórrida historia que les descolocó por los siglos de los siglos, sobre todo a Neal.

Segunda lectura: el hermoso hombre es un arquitecto demasiado moderno e incomprendido por todos. Las obras arquitectónicas y cinematográficas del hermoso hombre se parecen bastante a las del arquitecto Frank Lloyd Wright. Tanta modernidad del artista que además no cede nunca a que se altere su obra original, le trae problemas. La genialidad no está bien vista. Y tiene enemigos por doquier. La gente no está preparada para su interpretación de los edificios. No casa con los gustos del momento. Y todo el mundo, prensa y opinión pública se abalanzan sobre él. Ya se lo avisó su compañero de estudios, que va con todas las modas y por eso obtiene prestigio y fama, cede y da lo que te piden. Pero el hombre hermoso es íntegro con lo que ama hacer y nunca cede hasta que poco a poco se va aceptando su estilo y su forma de entender los edificios. Nunca decaé. El hombre hermoso ve como se cargan su obra arquitectónica, su proyecto, y toma decisión drástica que le traerá problemas con la justicia. Pero él explica que es genial y que los genios siempre han sido incomprendidos, vilipendiados, perseguidos e insultados…, y entonces convence a un jurado que escucha su elaborado discurso.

Conclusión: El manantial puede ser una defensa a la genialidad y creatividad de los artistas que no deben dejarse llevar por modas o gustos de épocas e innovar sin cansancio. Y también una defensa a la integridad de la obra del artista, a que es una obra del creador y por lo tanto no tiene que ser modificada. Si se modifica, se atenta contra la libertad y creatividad del artista.

Tercera lectura: el cine es un medio de comunicación, un instrumento que puede transmitir ideas, conceptos, ideologías, pensamientos, propagandas, interpretaciones, puntos de vista…, y ésa es la razón por la que nació El manantial que no es más que la adaptación de una de las novelas  de la filósofa e ideóloga Ayn Rand. La mujer en cuestión huyó de la revolución bolchevique y su exilio la llevó a EEUU y allí entre otras cosas creo un sistema filosófico llamado el Objetivismo. Rand defendía el absoluto individualismo del ser humano, realizaba odas al egoísmo humano y miraba con muy buenos ojos al sistema capitalista (la intervención del Estado ni verla). Además, de hacer obras filosóficas quiso llevar su pensamiento a la ficción y se convirtió en autora de libros de ficción de éxito, uno de ellos El manantial. Cuando se compraron los derechos del libro para ponerlos en imágenes, ella se convirtió en guionista de su propia obra y no permitió que cambiaran ni una coma (aunque al parecer no se quedó muy satisfecha con el resultado).

Conclusión:… a entonces es la historia de un superhombre con un par de huevos que no se deja aplastar por la masa mediocre y por sus compañeros parásitos, que lucha sólo por él mismo y su obra y que le trae al pairo lo que le rodea, nadie tiene por qué intervenir en lo que hace. Porque todos opinión pública, masa, políticos…, todos son corruptos, todos buscan poder corrompido. Lo que pasa es que se cruza por su vida la mujer hermosa, pero que le entiende muy bien y le deja libre y para ello se casa con uno que se cree poderoso pero que no lo es, vamos que se ha dejado arrastrar por la corrupción, por los mediocres, y claro, cuando se encuentra ante un hombre íntegro, su manera de pensar cambia totalmente y se descubre para su horror parásito…, él sabe que el superhombre sólo tiene ojos para su mujer. Bueno, a lo mejor cojo y como soy un fracasado pues me aparto del camino. Y el viril, egoísta, íntegro como él solo, genial arquitecto será el que se lleve a la chica (que siempre ha sido algo complicada pero es que también es genial) y construirá para siempre edificios como le salga de los mismísimos y cuidadito con que alguien le toque las narices porque su edificio es su edificio y lo demás importa un huevo. Yo siempre íntegro. Íntegro. Y no se crean que los hombres que hacen que tenga una carrera, que construya como le sale de donde le salga, son curiosamente hombres muy ricos hechos a sí mismos, que saben lo que es ser genial y egoísta y le dejan construir y le ponen la pasta.

Diccionario cinematográfico (80)

Enfermos terminales: y me viene a la cabeza Rémy, el protagonista de Las invasiones bárbaras, y cómo lloré con ese hombre cínico y lleno de vida que se ve postrado por un cáncer terminal y decide cómo quiere morir y cómo quiere despedirse de cada una de las personas importantes de su vida.

Entonces recuerdo a Ann, en Mi vida sin mí, y esa delicada lista que realiza de todas las cosas que desea antes de morir o esa cinta que graba para dejar todo bien atado, para siempre estar ahí. Y el silencio que guarda sobre su destino…

De pronto, visito a  Dimitri en ese centro de cuidados paliativos y cómo va aceptando que tiene que irse y cómo se da otra oportunidad para no irse cabreado y para querer y dar. Y entonces canta con esa voluntaria de rostro dulce, Suzanne, en un karaoke una canción que habla de la belleza de la vida, de cómo la cabeza me da vueltas como un tiovivo.

Y veo como esa joven alocada vive sus últimos momentos con tranquilidad y belleza, una amarga victoria es la que tiene Judith con los ojos de una Bette Davis de excepción.

Entonces regreso al viejo café donde la encantadora de abejas sufre porque su Ruth sabe se muere, que los ojos se le cierran, entonces su amiga enferma le pide que le cuente esa historia de los patos que se llevaron el lago…