Hay personajes femeninos que dicen cosas interesantes o que llaman la atención por cómo están construidos y lo que transmiten. A veces, la actriz que los representa también aporta mucho a esa mujer de ficción o en otras ocasiones lo que merece la pena es cómo se muestra secuencia tras secuencia la personalidad y el carácter de la dama. Las dos películas que vamos a analizar quizá no son clásicos tan recordados como algún otro, me atrevería a decir que pocas veces son nombradas en alguna conversación cinéfila, ni son la obra más importante en las filmografías de sus directores, pero en ellas hay un personaje femenino en el que pararse. Sí, son dos películas que se ven con gusto y esta es solo una manera de escribir sobre ellas.
El parador del camino (Road House, 1948) de Jean Negulesco
Lily Stevens (Ida Lupino) la conocemos desde la primera secuencia como una mujer solitaria, independiente y que sabe muy bien desenvolverse por la vida, aunque esta nunca se lo haya puesto fácil. Está fumando. En prácticamente toda la película fuma sin parar. En el triángulo que protagonizará, los dos hombres que se cruzan en su camino nunca saben muy bien qué hacer con las colillas que va dejando en un sitio u otro. Más de una vez la llaman la atención por lo que fuma…
Lily Stevens canta en garitos y Jefty (Richard Widmark) en una noche de borrachera se la ha traído desde Chicago y la ha contratado para que cante en su local. Jefty parece un tío majo, un hombre que lo ha tenido siempre todo, y que lleva el local como le apetece, aunque deja todo en manos de sus empleados y, sobre todo, de su mejor amigo, Pete Morgan (Cornel Wilde). Se conocen desde niños y lucharon en la guerra. Jefty pone la pasta, Pete le saca de todos los marrones, incluso de las cantantes que va contratando para meterlas en su cama y después despacharlas. Pero Lily será distinta. Y los dos serán conscientes de ello muy pronto.
De momento, Lily deslumbra a todo el personal con su voz cazallera y su manera despreocupada de tocar al piano, interpretando o más bien susurrando canciones de amor. Por supuesto, las colillas van dejando señales al piano impoluto, como ella también deja huella en los hombres que la van conociendo. Es tal la sensualidad que desprende, que uno del pueblo, bastante alcoholizado, se abalanza sobre Lily cuando esta termina de cantar, armándose una batalla campal.
