Jennifer Jones, una de las protagonistas del libro Al oeste del Edén.

Al oeste del Edén… No hay duda, hay libros que te llaman. Leí una breve reseña… y sentí que necesitaba leerlo. Me acerqué a la librería más cercana y me lo llevé a casa. Empecé a leerlo y ya no lo solté. Lo leí en pocos días, y sé que volveré a él varias veces. Antes de comprarlo, indagué en la web de la editorial, y hubo algo que me impactó en la biografía de la autora: después de dos décadas de trabajo, un año después de su publicación, Stein con 83 años de edad se lanzó al vacío desde su apartamento en New York. Al ver la naturaleza del libro, estremece más este trágico final, pues entre las páginas se esconde una polifonía de voces, que narran las historias de cinco familias que habitaron en siete mansiones (Beverly Hills o Malibú) de Los Ángeles. Muchas de esas voces ya no existen; de hecho una de ellas es la de la misma Jean Stein, pero todas reviven la vida de esas familias en esas mansiones donde ya no están.

Son historias del pasado, historias de fantasmas. Y vuelven a la vida a través de la narración oral de testigos que aún viven o de otros que ya nos dejaron. En Al oeste del Edén cada historia familiar es contada por un collage de voces de distinta índole (familiares, amigos, vecinos, personas del servicio, gente de otras profesiones…). Y se dibuja además una peculiar historia de Hollywood, desde un punto de vista especial. Desde la intimidad de esas mansiones. Unas mansiones que se convierten en escenarios con vida propia. Cada historia familiar daría para un argumento de una buena película sobre Hollywood, puro cine dentro del cine. Como siempre, la realidad supera la ficción. Son historias reales, pero material de oro para dramas, melodramas e incluso puro cine negro proyectadas en pantalla grande. Hay ecos de Francis Scott Fitgerald, Nathanael West, William Faulkner o de Raymond Chandler…, ellos también recogieron historias de Los Ángeles, sabían lo que escribían. Y entre las voces que narran esas intimidades familiares o los mundos que les rodeaban se encuentran también las de otros escritores como Joan Didion o Arthur Miller, que ofrecen su mirada propia.

Es apasionante cómo se encadenan unas historias con otras. Es decir, las voces presentes como meros testigos en algunas de las narraciones familiares se convierten en protagonistas en otras. Y también poco a poco van surgiendo una retahíla de nombres relacionados con Hollywood protagonizando sus películas reales, sus historias personales.

Pero además Jean Stein refleja en ese coro griego de voces, porque predomina la tragedia y el destino oscuro, una mirada clara. En el prólogo Mike Davis (escritor, historiador y activista político) cuenta cómo ejerció de chófer durante los años setenta en esos autobuses que mostraban a los turistas los secretos de Hollywood y Beverly Hills, un recorrido por las mansiones de los poderosos y de las estrellas. Y recuerda que en aquellos años Hollywood Boulevard representaba el epicentro de la marginación y la miseria. Cuando paraba en el Teatro Chino, donde las famosas huellas de las estrellas, los turistas no reparaban en el panorama que les rodeaba de prostitución, drogodependencia, violencia, pobreza… “porque les daba igual todo. No les estremecía la enorme distancia moral que separa el mito de Hollywood y lo que tenían delante. Qué va, la mayoría no veía otra cosa que su imagen preconcebida del paraíso. Era de locos”.

Stein va al corazón de esa imagen preconcebida en Al oeste del Edén y muestra que en las colinas de Bervely Hills o en las mansiones de Malibú, en ese mundo preconcebido de glamur y riqueza, se escondían todas las miserias y contradicciones humanas habidas y por haber. Un mundo oscuro y doloroso, lejos de la mitología hollywoodiense. Muchos habitantes llegaron desde la más absoluta pobreza para construir imperios de riqueza, fama y éxito… con pies de barro. Locura, drogas, alcoholismo, relaciones tóxicas, humillaciones, herencias psicológicas dañinas de padres a hijos, suicidios, asesinatos, traiciones, corrupción…, pero vestidos de lentejuelas, habitando majestuosas mansiones y organizando macrofiestas donde todos lucían máscaras de una vida feliz.

Al oeste del Edén. En un lugar de Estados Unidos es un libro triste, pero a la vez apasionante, donde ciertos nombres se ven desde otra luz. Entre sus páginas vuelven a estar llenas esas mansiones y las historias trágicas de sus inquilinos. Todo adquiere un tono fantasmagórico, onírico, extraño…, como si se estuviese proyectando en una pantalla de cine.

Las cinco familias

Las familias retratadas son los Doheny, los Warner, la de Jane Garland, la de Jennifer Jones, y la de la propia Stein.

La de los Doheny, parte del magnate del petróleo Edward L. Doheny, un hombre que de la miseria pasó a amasar una fortuna, pero se va detallando la truculenta historia familiar que culmina con dos muertes en extrañas circunstancias, nunca aclaradas, en Greystone, la mansión que Edward construyó a su hijo Ned, y un largo juicio por corrupción. Edward L. Doheny sirvió de inspiración tanto a Raymond Chandler como a Upton Sinclair, y su figura pulula en el fondo de Pozos de ambición de Paul Thomas Anderson. Aunque según uno de sus bisnietos: “lo que cuenta Pozos de ambición es totalmente apócrifo. No hay ni una pizca de verdad en esa película; menos el principio, cuando está solo en el pozo y empieza a cavar. Mi bisabuelo siempre contaba que se cayó en un pozo y se rompió las piernas. Pero todo lo demás, pura y simple bosta de caballo”. Esa es una de las riquezas de Al oeste del Edén, que es poliédrico, y cada historia familiar tiene un montón de miradas y puntos de vista, algunas incluso se contradicen, lo que hace más apasionantes y complejas cada una de las narraciones. Es la época del gran magnate del petróleo, pero también del nacimiento de la industria del cine. Así en pleno juicio Edward acudió a “Cecil B. DeMille, que en aquel entonces era el director de cine más famoso de Estados Unidos, y le pidió que filmara un biopic. Quería, básicamente, que DeMille rodara una película hagiográfica que le reflejara como una persona apasionante, glamurosa y muy patriota” (Richard Rayner, historiador y novelista).

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