J. Edgar de Clint Eastwood

Tres son los aspectos que me han atraido del J. Edgar de Eastwood.

1.- La forma de contarla.

Clint Eastwood hace hincapié en un asunto, el ya sabido proverbio, “la información es poder”. Junto a otro pensamiento: la historia adquiere una u otra forma según quién la cuente y cómo la cuente.

Eastwood se centra en un personaje oscuro, polémico y complejo del siglo XX, J. Edgar Hoover, que estuvo al frente del FBI y vio pasar a ocho presidentes de EEUU. Nos narra las sombras del personaje a través de su propia mirada. Él mismo cuenta su historia y él mismo nos muestra el laberinto de su personalidad.

Durante su mandato de cuarenta y ocho años frente al FBI Hoover sabe lo importante de la ‘información privilegiada’ así como del buen uso de la publicidad del departamento y de la manipulación histórica para la consecución de sus fines.

Y son estas herramientas las que incorpora a su propia historia (narrada a distintos agentes). Él se cree Hoover, el hombre más poderoso. Y él mismo lo transmite. Y ésta es la manera que elige Eastwood para contarnos su personal biografía del personaje con todos sus recovecos poliedricos y reflejos en el espejo.

Eastwood muestra también la influencia del cine. Así son ricas las dos escenas que transcurren en la sala de cine. En una, cuando el departamento del FBI está dando sus primeros pasos y se está definiendo, aparece Hoover en un anuncio antes de la película advirtiendo sobre la peligrosidad de los gánster, la gente no lo toma en serio. En esos momentos los héroes cinematográficos son los gánster y ahí está James Cagney en su aplaudido papel El enémigo público (1931) donde es un delincuente que se llevó todas las simpatías de los espectadores y dio escenas que se convirtieron en míticas como el pomelo que estampa en la cara de Mae Clarke. Y cómo Hoover dio la vuelta a esta visión a través de la publicidad y el uso de los medios de comunicación hasta que convirtió a los de FBI en héroes. Así la segunda vez que aparece la sala de cine, él es el espectador de una película donde James Cagney es agente del FBI y héroe. Supongo que la película es Contra el imperio del crimen (1935).

2.- La trama intimista.

Lo único que no sabe manipular el Hoover de Eastwood es su propia intimidad. Ahí muestra pequeñas mentiras sin importancia y notamos siempre latente la complejidad emocional del personaje, que en su último diálogo con Tolson queda totalmente desnuda.

Así Eastwood nos cuenta una bella y complicada historia de amor y represión entre Hoover y su compañero Tolson. Desde que se ven por primera vez en un bar hasta su última conversación antes del fallecimiento de Hoover. Y es ahí donde la película alcanza unas cimas emocionales intensas y donde Eastwood nos muestra su forma magistral de narrar cinematográficamente. Como ya indicó en Los puentes de Madison, Eastwood sabe contar lo que supone un enamoramiento. Así vemos sus cenas, sus discusiones, sus miradas, la importancia que dan a su imagen y aspecto, sus conversaciones íntimas…

También nos da pinceladas de su relación con su madre (la descripción de la madre de un ‘mariposón’ es escalofriante así como la reacción de Hoover frente al espejo ante la ausencia de la madre) y con su secretaria personal Helen Gandy (quizá la más diluida a lo largo de la película pero no por ello la menos interesante).

3.- La interpretación de Leonardo Di Caprio.

Sigo defendiendo a capa y espada a Leonardo Di Caprio, uno de los actores que mejor está llevando a cabo su trayectoria cinematográfica y su evolución como intérprete. Y aquí incluso hace que olvides el maquillaje infame y te dejes llevar por su personaje atormentado, complejo y polémico… En su forma de moverse y comportarse, en su dicción y forma de hablar, en sus miradas, silencios y lágrimas. Leonardo ofrece todas las capas que necesita Hoover…

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Los descendientes de Alexander Payne

Los descendientes es un “un drama con toques luminosos” así define Alexander Payne su película en una entrevista (Caimán. Cuadernos de cine. Enero 2012). Y en esa misma entrevista explica que la comedia “es una forma muy seria” y que “incluso en los momentos más dramáticos de la vida hay algo de comedia, de humor, de absurdo”. Y no puedo estar más de acuerdo. Y todo esto no puede estar mejor volcado que en su nueva película.

Y es que Los descendientes es de esas historias aparentemente sencillas pero que emocionan en cada fotograma, llegan al espectador y tienen mucho que decir y vislumbrar. Logra una autenticidad de sentimientos y mediante destellos luminosos y una puesta en escena muy bien pensada plasma temas duros, muy duros y dolorosos.

Así Payne presenta una familia desestructura preparándose como puede de una pronta ausencia importante (la figura materna que se encuentra en coma irreversible)… y cómo en un momento catártico y que todo parece hundirse alrededor de los personajes vuelve a surgir una unión (que incluye a la ausente “mi amor, mi sufrimiento”). Y todo gira alrededor del personaje que siente un tsunami en su interior cuando los acontecimientos revuelven su “estructurada vida”, el padre, que se mantenía al margen de sus dos hijas y de su mujer, de sus amigos, de sus primos, de sus descendientes, y de la tierra de sus ancestros, tierra virgen (sin las huellas de una civilización que ofrece comodidades pero mina la humanidad y aisla sentimientos —o forma archipiélagos entre cada uno de los seres humanos—. Nunca olvidaré cuando una buena compañera de trabajo me dijo en una ocasión: Hildy, no seas ilusa, recuerda que todos estamos solos). De pronto el estado de su esposa, le hace plantearse bastantes cuestiones de su vida, que podría parecer la de un hombre triunfador… pero como nos confiesa el protagonista (en una muy bien usada voz en off)… los paraísos no existen, tampoco en Hawai. Y ese padre no es más que un hombre perdido en la jungla. Un hombre que tropieza, se equivoca, y que se ha convertido en un extraño para “las tres mujeres de su vida”… que para él tienden a la autodestrucción.

Alexander Payne deja fluir una película perfectamente construida. Desde esa imagen luminosa de una mujer riéndose mientras va detrás de una lancha motora hasta esa escena final (maravillosa) de reconstrucción de la unidad familiar ante el dolor. Payne ejecuta con detalle cada escena y mide de manera equilibrada la tragedia y los toques luminosos (bien en situaciones o bien con la aparición de personajes como el amigo de la hija adolescente). Payne es capaz de equilibrar (como lo hace la vida) momentos cómicos con destellos de tragedia y humanismo como un suegro prepotente, rencoroso y duro con los vivos que se derrite en gestos de amor emocionante ante la esposa enferma y ante su querida hija ya para siempre ausente.

Payne también emplea ese paraíso que no es tal, Hawai, para darnos otra imagen de las islas. Con el estudio minucioso de las viejas fotografías el director señala la herencia genética que llevamos todos. Con sus cosas buenas y malas. Y que no se puede obviar. El director desvela a los descendientes pero también a los presentes. Muestra sus momentos nobles y los momentos patéticos… y las posibilidades de unir los archipiélagos para estar menos hundidos y menos solos.

Merece Los descendientes un cuidado visionado porque además de un buen trabajo de dirección nos encontramos frente a un reparto que nos hace llegar una ola de sentimientos… con el rostro predominante de un George Clooney que llena la pantalla con todos los matices de un hombre desconcertado y fracasado (en las relaciones humanas) que va reconstruyéndose como puede (en busca de un paraíso verdadero o por lo menos parecido)… Merece la pena cruzarse con ese otro Hawai…

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La bestia enamorada y la dama de hierro derretido

Drive de Nicolas Winding Ref

La escena clave de Drive no transcurre en un coche sino en un ascensor. Ahí en un espacio reducido el conductor anónimo, el antihéroe romántico, muestra al desnudo toda su naturaleza. Así es a la vez el caballero más romántico que protege a su amada (y protagoniza escena de romanticismo extremo de protección y beso dulce) como el caballero guerrero más macarra y bestia que patea al gánster sin cansancio hasta verle morir. Y ahí la amada (como nosotros) descubre que mira y se siente atraída por una bestia enamorada.

El hombre con la cazadora del escorpión y el palillo en la boca que conduce su coche con frialdad y estrategia. Capaz de las escenas más complejas en los platós de cine y de burlar a la policía o al enemigo en sus conexiones con la parte oscura de la ciudad. El antihéroe solitario, como un cowboy urbano o un desencantado del cine negro, pulula por ambientes decadentes con música de fondo que devuelve unos años ochenta de continuo homenaje. El antihéroe desencantado y silencioso, como un samurái, se enamora cual caballero medieval de la vecina de al lado. Un amor platónico… y así surge su humanidad tras su careta fría, y es capaz de idear un plan para ‘salvar’ a su amada y a su familia (un niño y un pobre diablo que tiene por marido). No le importa ni el robo, ni el dinero… pero todo sale mal porque es cine negro, y el destino del antihéroe es funesto. Él lo lleva en la cara y en su cazadora, el escorpión que se autodestruye.

La dama de hierro de Phyllida Lloyd

Lo que retrata Phyllida Lloyd no es a la dama de hierro, no es una Margaret Thatcher como personaje histórico. Lo que retrata Phillida Lloyd es el retrato de una persona que envejece, con demencia senil, y a la que vienen ráfagas de recuerdos y memoria de su vida pasada. El ausente, su marido, se hace presente y la acompaña en su soledad enferma. Y resulta que esta anciana (bajo la que se oculta Meryl Streep) fue en su día la Primera Ministra británica.

Phillida Lloyd no hace un análisis histórico del periodo de su mandato ni de la figura de la Thatcher. La Lloyd crea un biopic de pinceladas. Y el análisis o su posicionamiento brilla por su ausencia. Sin duda los protagonistas retratados en las películas de directores de cine social británico a lo Ken Loach se removerán en sus asientos ante el retrato vulnerable de la dama de hierro y los partidarios de la dama temblarán ante la imagen derretida de la mujer de hierro.

La Lloyd opta por mostrarla vulnerable, por no juzgar ni analizar, sino mostrar un pasado diluido (con esos destellos que la demencia senil de una mujer que fue inteligente y calculadora le permite), de retazos, de una mujer que a su modo fue a contracorriente y creyó hasta el final en sus ideas.

Así nada de análisis sobre su pensamiento político, sobre las consecuencias de su mandato en Gran Bretaña, ni sus relaciones ni política exterior. Sino que vemos una mujer con un par de ovarios que se enfrentó a un mundo de hombres (¿?) y que sacrificó su vida personal (marido e hijos) por su imagen pública. Ése es el análisis del retrato fílmico de Phillida Lloyd. Los recuerdos fragmentados de una anciana (y reconozco que esas escenas son duras y hacen empatizar con un personaje con el que jamás hubiera imaginado empatizar) que tras la muerte del esposo se ha quedado sola y aislada. Y además es consciente de ello.

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Le Havre de Aki Kaurismäki

Quizá la primera película que vi de Kaurismäki fue La vida de Bohemia y lo recuerdo con cariño. Desde que la vi en el momento de su estreno no he vuelto a rescatarla. Pero tengo imágenes en mi retina que no se borran. Es curioso. Desde ese momento siempre que he podido he acudido a una sala de cine para ver a Kaurismäki. No he visto toda su filmografía pero a la que he podido acceder siempre ha supuesto una agradable inmersión a su particular mundo (Lenigrand Cowboys go America, La chica de la fábrica de cerillas, Nubes pasajeras, Un hombre sin pasado, Luces al atardecer). Su estilo hierático que alcanza lo näif. Su aparente distanciamiento. La ternura de sus personajes. Su pesimismo triste o su optimismo esperanzador. Sus personajes siempre al margen. Ese uso tan peculiar y hermoso del color y del detalle. De los silencios. Esa cercanía a los expulsados, los excluídos, los diferentes. Esa presencia de los perros con humanismo en la mirada…, como su perra Laika. Y esa querencia por unas bandas sonoras especiales o por la presencia de extraños ‘grupos musicales’ que dan sus conciertos ‘en directo’. Lo especiales que son sus actores fetiches.

 

Y si nombré La vida de Bohemia… es porque Le Havre sigue los pasos de uno de esos tres bohemios en blanco y negro. Marcel (André Wilms), que ahora vive como zapatero ambulante en Le Havre, ciudad portuaria. Un Marcel bohemio y mayor que vive con la mujer de su vida (una de sus actrices fetiche, Kati Outinen) en un barrio proletario con sus colores especiales. Y Kaurismäki en su historia que habla de milagros cotidianos nos muestra que este triste pesimista (que es Kaurismäki) a pesar de los pesares cree en los seres humanos, en la bondad de los desconocidos. Y que sólo la solidaridad social puede obrar momentos-milagro. Y aunque la apariencia es la de un cuento Le Havre exuda autenticidad por sus poros. Son los excluidos, los marginados, los que protagonizan una historia de solidaridad y justicia social con la aportación y colaboración de un inspector criminalista que nada tiene que ver ‘ni con Hacienda ni con Inmigración’ y que harto de ser un hombre gris y desencantado decide creer, por una vez en el ser humano, y echar una mano a esta comunidad de vecinos que se unen para que un niño inmigrante alcance la ‘tierra prometida’, Londres.

 

Así el director filandés nos vuelve a hacer partícipes de su universo con metáfora final donde en un barrio humilde y proletario puede verse un hermoso y solitario almendro en flor. Así nos habla de nuevo de los excluidos y los inmigrantes pero con un poso de optimismo y un humor seco pero tierno. Y hasta nos regala un milagro médico. Porque sin duda da fuerzas creer en las personas. Es algo contagioso y fuerte. Así entre una panadería, una frutería y un bar de barrio, hogares pobres pero con detalle, una habitación de hospital, y calles frías se escapa un humor pausado, crítico pero bañado de ingenuidad y ternura, unos diálogos justos pero profundos de palabra precisa. Así con un perro, un niño inmigrante, un bohemio, una mujer enferma, un frutero, una panadera, un vietnamita que tiene papeles de chino, un inspector desencantado y un ‘concierto de música benéfica que está de moda’ de la mano de un abuelo roquero (Little Bob), el director logra que salgamos de la sala de cine con una pequeña esperanza.

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The artist de Michel Hazanavicius

Me viene a la cabeza un término más asociado a la moda y complementos: vintage. The artist la definiría como una obra vintage. Que cuenta con ingredientes que ‘recrean’ un estilo cinematográfico de otros tiempos (cine silente) con un toque o retoque personal del director Michel Hazanavicius con unas gotitas de creatividad. Y lo curioso es que este estilo vintage lo emplea para narrarnos un momento actual y crucial en el mundo del cine (y por qué no aplicado a otros asuntos de la vida). Hazanavicius pone en marcha una película muda, con intertitulos, blanco y negro y acompañamiento musical para contarnos cómo afectan los cambios al ser humano. Pero también cómo ese mismo ser humano se adapta a esos cambios aunque puede haber una resistencia a ellos… y esos cambios pueden ser las rápidas transformaciones tecnológicas que afectan a determinadas artes como el cine. En un momento fue la incursión del sonoro… ahora está cambiando todo (la era digital del cine y la fotografía)… hacia un camino todavía de transición pero que, sin duda, seguirá ‘contando’ historias a través de las imágenes.

Michel Hazanavicius ya se había servido del ‘juego cinematográfico’ con estilo vintage en dos comedias anteriores con el agente OSS117 y ‘recreando’ en clave de comedia el cine de espionaje. Ahora con The artist sigue ‘jugando’ pero además ofrece una carta abierta de amor al cine. Y este francés vuelve los ojos a un Hollywood ‘imaginario’. Su propio Hollywood silente. Un Hollywood de transición del cine silente al hablado (1927-1932) para contarnos, a la manera de los ‘populares’ melodramas mudos americanos con gotas de comedia sofisticada, la historia de éxito y caída de un famoso actor de cine mudo que se resiste al cambio (cine sonoro). La historia tiene una estructura mil veces repetida: un actor en la cumbre de su carrera conoce a una extra y le ofrece su primera oportunidad. Llega el sonoro y el actor famoso va decayendo y fracasando y la joven extra se convierte de promesa a estrella. Sin embargo ambos viven una historia de atracción que se inicia cuando actúan por primera vez juntos, él como estrella, ella como extra, y se realizan varias tomas falsas de un baile que escenifica ‘la atracción eterna’, el enamoramiento que sentirán ambos. A pesar de su trayectoria inversa seguirán sin embargo unidos. Es otra versión más de Ha nacido una estrella (más cercana a la versión de 1937, de Wellman, protagonizada por la Gaynor y March) pero con final más optimista.

The artist es la recreación de un imaginario que realiza guiños diversos a referentes cinematográficos. Así George Valentin (un carismático Jean Dujardin) puede recordar en sus tiempos de gloria a Douglas Fairbanks, en su decadencia a John Gilbert, y en el fervor que despierta en las masas y a las féminas (en su momento de éxito) al fenómeno Valentino. La actriz en ascenso (Bérénice Bejo) en su ‘modernidad’ recuerda a la flapper por excelencia Clara Bow o a esa chica que representaba esa ‘modernidad’ de los 20 (pero que nada quiso saber del glamour ‘dirigido’ de Hollywood) Louise Brooks. Pero su historia tiene ecos (“Quiero estar sola”) de una Greta Garbo que ve cómo a su galán cinematográfico John Gilbert la industria le da la espalda en el sonoro. Y la diva tiende su mano y su influencia en La reina Cristina de Suecia.

Y como el asunto va de recreaciones de imaginarios también sentimos la influencia de otra ‘recreación’ de la época el maravilloso musical Cantando bajo la lluvia. Así George Valentin también nos puede recordar al Don Lockwood de Gene Kelly. O nos encontramos con una paterneire femenina muy al estilo de una Lina Lamont a lo Jean Hagen. Todo se mezcla con una imagen ‘ideal’ del Hollywood que en el mismo 1928 refleja King Vidor en la olvidada (pero interesante) Espejismos donde Marion Davis es Peggy Pepper, una joven que llega al estrellato (la protagonista de The artist se llama Peppy Miller). Y si seguimos con las recreaciones de imaginarios descubrimos cómo el espíritu destructor que invade a Valentin y su nostalgia hacia un pasado silente puede ser el reverso masculino y ‘dulcificado’ de una decadente Norma Desmond. Hasta el perro (increíble actor también) que acompaña a Valentin en su desgracia tiene referentes cinematográficos. Quizá los más reconocibles: Asta el perro del personaje de William Powell en la serie de El hombre delgado o si nos vamos al terreno dramático, mascota que acompaña al personaje también en su derrota, quizá nos encontremos con el neorrealista Flike (que acompaña a un Umberto en continuo derrumbe y fragilidad).

Otra cosa en la que se centra Hazanavicius es en la recreación de las grandes salas de cine donde el público siente y se emociona ante lo que ve en la pantalla (ríe, llora, disfruta), cómo eran templos de generar ‘hambre de cine’ y también como zonas de ‘escape’ de una situación económica precaria (el crack del 29). Algo que puede entender muy bien el espectador de hoy. Y como en aquella época uno de los géneros que más servían a la ‘evasión’ eran los musicales con coreografías de Berkeley o las películas protagonizadas por Fred Astaire y Ginger Rogers (culminaciones ya del cine sonoro).

Por otra parte Michel Hazanavicius aprovecha los efectos sonoros (no sólo la banda sonora), que le permiten jugar, para contar su historia silente. El ejemplo más evidente es la pesadilla que protagoniza George Valentin al sentir la amenaza del cine sonoro en su silencioso mundo. Porque el director recrea y juega y es virtuoso en ello.

Pero el director francés consigue finalmente una película sencilla (pero profunda) y que sobre todo logra emocionar al espectador que finalmente, sale de esta tragicomedia, con una sonrisa. Otra sorpresa agradable es el encuentro con actores (esta vez americanos) que esbozan buenos personajes secundarios. El fiel chófer de Valentin recupera el rostro de un altísimo secundario de oro, James Cromwell; la esposa frustrada de Valentin con el rostro de una olvidada Penélope Ann Miller (que protagoniza una secuencia con ecos wellenianos a lo Ciudadano Kane, y es la evolución de un matrimonio que se descompone mediante los distintos desayunos), o el productor que pega la patada a su estrella muda porque no se adapta a los nuevos cambios con el rostro de John Goodman. Hazanavicius recupera a un también olvidado y mítico Malcolm McDowell en un buen cameo. El director ha logrado calar con su estilo vintage su personal ‘recreación’ de un cine silente lejano… Siéntese en la sala, deje que las luces se apaguen, y dispóngase a emocionarse.

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Jane Eyre de Cary Fukunaga

Primero parto de varias confesiones.

Hace muchísimo que no he vuelto a leer Jane Eyre de Charlotte Brönte. No como Cumbres Borrascosas de Emily que he leído más de una vez. Como contaba hace poco en un post me faltaba leer las obras de la tercera hermana en discordia, Anne. Y ya estoy en ello, en estos momentos con La dama de Wildfell Hall.

Hace relativamente poco me dejaron la miniserie de la BBC en 2006, Jane Eyre, con Ruth Wilson y Toby Stephens. Wilson como la institutriz poco agraciada, pobre pero muy inteligente y Stephens como un señor Rochester que oculta un pasado pero absolutamente encantador, divertido, sexual… y sólo unas sombras de tormento.

Totalmente imbuída en el espíritu de las Brönte me dejan también una novela que espera a ser leída cuya premisa es contar la historia de uno de los personajes secundarios más misteriosos y atrayentes de Jane Eyre. La novela se llama Ancho mar de los sargazos de Jean Rhys.

Lo que quiero expresar después de tan amplias confesiones es que estoy totalmente imbuida en el alma Eyre… y fui con ojos desesperados y con muchísimas ganas a ver Jane Eyre de Cary Fukunaga. Y no salí decepcionada. Sólo con mínimos peros…, y sin embargo de nuevo subyugada. Además fui con otra persona que nunca había visto ni leido Jane Eyre y con otra que su novela favorita “de todos los tiempos” es Jane Eyre (mil veces leída y analizada a lo largo de su vida). Y ambas salieron felices. Luego Fukunaga ha logrado revivir de nuevo a Jane Eyre en una nueva versión cinematográfica.

Fukunaga se muestra como director sensible, y nos cuenta una Jane Eyre llena de sensaciones y percepciones. Todo envuelto con una luz especial. Con páramos llenos de niebla. Con grandes mansiones iluminadas a la luz de las velas o con luz natural. Desde la perspectiva de una institruz espiritual y delicada que sin miedo y con una fuerza interior desgarradora trata de encontrar la felicidad entre el misterio, las miserias humanas y los distintos temperamentos. Una Jane Eyre a la que seguimos muchas veces de espaldas y sentimos sin embargo su rico mundo interior y sus anhelos.

Fukunaga nos presenta una historia entre nieblas y terrores que se convierte en una historia de amor que atrapa a sus protagonistas entre lo sensual y lo espiritual. Sensualidad es lo que siente Jane cuando entra en un mundo desconocido hasta ahora por ella…, cuando llega a la mansión de Thornfield, y se encuentra frente a frente con la única persona que la trata de igual a igual y la valora como ser humano: el atormentado señor Rochester.

Jane Eyre, que siempre ha vivido una vida triste, ha contado siempre con una vida interior rica y una fortaleza a prueba de desgracias. Ha logrado crecer sin guardar odios ni rencores. Pero anhelando querer y ser querida… no ser una máquina, aunque no dejarse pisar. Jane Eyre cuida lo único que puede, su personalidad, su inteligencia, sus conocimientos, su mundo interior… Y eso es algo que valora enseguida el señor Rochester… aunque arrastre tormento. Aunque arrastre un pasado que le rompe. Que le hace infeliz. Con Eyre encuentra una salida al final del túnel. Aunque parezca finalmente que sólo es una ilusión. Ambos están a punto de ser felices, de convertirse en un extraño matrimonio…, cuando el pasado irrumpe y rompe toda perspectiva de felicidad común. Una catarsis que supone una metamorfosis para ambos personajes porque sólo rompiéndose quizá logren volver a ser uno.

Fukunaga rompe la narración cronológica para contarnos su propia versión de Jane Eyre con la ayuda de un guión de Moira Buffini. Nos quieren meter desde el principio en el interior de una mujer sensible. Nos muestran una mujer que huye desesperada… y que tiene una historia que contarnos… Así que la película arranca con su huída de Thornfield y su encuentro con los tres hermanos, profundamente religiosos (dos institutrices como ella y un joven con afán de convertirse en misionero) que se convertirán en su nueva familia. Todo lo que vemos es a través de sensaciones y recuerdos de la protagonista. Retazos. Un puzle que tenemos que ir construyendo. Para averiguar qué hace una institutriz corriendo desesperada y enferma por los páramos, casi cayendo en la locura.

Mia Wasikowska y Michael Fassbender se convierten en unos sensuales y espirituales Jane Eyre y señor Rochester. Judi Dench es la señorita Fairfax, ama de llaves, guardiana bondadosa de los secretos de la casa. Y Jamie Bell, es el personaje que más sale perdiendo, no por la interpretación del actor sino por los recortes sufridos de su personalidad… no entendemos sus reacciones porque se sacrifican partes del original que no permiten darle un perfil entendible. Él es John Rivers, ese hombre profundamente religioso que acoge a una Jane Eyre que ha huido. Y esa es la mayor dificultad de la película de Fukunaga, el sacrificio de varios personajes o minimizar sus apariciones de tal manera que complican la comprensión de las reacciones, relaciones y de la historia. Aunque como también es una película de sensaciones y emociones que emanan de la protagonista principal…, puede que ella misma sea la que sacrifique esos personajes, esas percepciones, y la que no quiera dejarnos bien masticado todo lo que ocurre…

Fukunaga sabe contar en imágenes. Ofrece una Jane Eyre con sensibilidad propia…, enfatizada por una hermosa banda sonora de Dario Marienelli. Y pendientes de ver otro trabajo cinematográfico de este realizador que ya sorprendió en el panorama cinematográfico con Sin nombre (película que no he podido ver).

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El niño de la bicicleta de los hermanos Dardenne

El niño de la bicicleta es el reflejo hermoso del amor incondicional. Sin pedir nada a cambio. Es el reflejo de que en el mundo hay buenas personas. El niño de la bicicleta se centra en Cyril (Thomas Doret), un niño de once años herido, que busca ser amado. Y una peluquera Samantha (Cécile de France)… que se cruza por su camino y le ofrece todo su amor. Y los Dardenne nos hacen sufrir y nos cuentan una historia no carente de dureza para finalmente regalarnos un ‘milagro’ maravilloso porque Cyril ahora sabe que puede sobreponerse a todos los obstáculos de la vida porque siempre hay alguien al final del camino que le espera. Que le llama. Que se preocupa por él…

Y toda esta historia con final feliz nos la cuentan los hermanos Dardenne con su sobriedad habitual, su distancia siempre presente y su manera de narrar cinematográficamente…, consiguiendo que el espectador se retuerza en sus butacas angustiado por Cyril y Samantha o que suspire por esos momentos de felicidad conseguidos.

Los hermanos Dardenne siempre cuidan los rostros elegidos. Y Cyril te llega al alma con esa mirada vulnerable y esa violencia desbocada cada vez que le pasa algo. Es estremecedor sentir cómo lo único que busca es el amor y la aceptación del padre… y como finalmente se da cuenta que ese amor que está buscando se lo está ofreciendo Samantha. Y la peluquera Samantha ofrece ese amor sin condiciones, conecta con Cyril desde el momento en que el niño se abraza salvajemente a ella en la clínica médica para que no se lo lleven sus monitores al centro.

Y alrededor de esta relación mágica que se construye a lo largo de El niño de la bicicleta pululan una serie de personajes secundarios que se convierten en obstáculos de la relación o en piezas que hacen avanzar esa fuerte unión entre Samantha y Cyril. Una relación no carente de dificultades. Así está el padre que rechaza, encarnado por el actor fetiche de los Dardenne, Jérémie Renier. Protagonista de escenas que provocan dolor en Cyril y en consecuencia al espectador o ese macarra que en un sendero oscuro quiere llevar por otro camino a Cyril, porque descubre su rabia, y quiere canalizarla hacia otros derroteros.

… Así seguimos a Cyril en su carrera desesperada hacia el amor incondicional en su bicicleta, por la que lucha con uñas y dientes, porque ahí es donde se siente libre, con capacidad de huída hacia un mundo mejor, como un Antoine Doinel del siglo XXI. Y sólo al final admite en estas carreras solitarias en su bici a una acompañante, Samantha. Ésta es la historia de dos personas que se encuentran e inexplicablemente conectan profundamente para lo bueno y lo malo. Los Dardenne después de dejarnos el corazón encogido y desesperanzado en El silencio de Lorna nos dan una inyección sobria de optimismo en El niño de la bicicleta.

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Un dios salvaje de Roman Polanski

Como otros directores amantes de los retos técnicos, Polanski se encierra en un hogar de clase media y nos cuenta en tiempo real la reunión entre dos parejas unidas por un pequeño suceso (sus niños se han peleado en el parque y uno ha terminado agrediendo al otro con un palo…, los espectadores somos testigos de este hecho, como si lo estuviéramos mirando desde una ventana). Polanski no tiene miedo a los espacios cerrados (no tiene miedo a rodar en las casas películas intensas, recordemos Repulsión, La semilla del diablo, La muerte y la doncella…) y los convierte en un personaje más. Según va creciendo la intriga más agobiante nos parece esa casa que es como una ratonera… de la que se ha escapado un hámster. Más siniestro ese ascensor que nunca llega… Los cuatro protagonistas enjaulados, sin remedio, y entre strudel de manzana y pera, unas copas de whisky, unos libros de arte, un secador, un ramo de tulipanes y un móvil infernal que no deja de sonar se quitan las máscaras… y tras una aparente civilización, surgen de sus entrañas sus frustraciones, violencias, dolores y anhelos más profundos. Surge el dios salvaje que se agazapa en cada uno… Una batalla campal que sube el tono y termina en eructo.

Polanski no sólo es virtuoso con su cámara y su mirada, con dosis de humor entre irónico y cínico, sino que además cuenta con buenos ingredientes de partida. Así para la elaboración del guión colabora con él la propia autora de la obra teatral, Yasmina Reza, y además se rodea de cuatro actores que construyen sus personajes con mimo y logran dar vida al texto, a la casa, a las relaciones que tienen entre ellos y a lo que se les ponga por delante…

Así Kate Kinslet y Christoph Waltz son el matrimonio del ‘verdugo’ que acude a la llamada de los padres de la ‘víctima’ (Jodie Foster y John C. Reilly) para arreglar la situación creada por sus vástagos de manera pacífica. Y poco a poco vamos descubriendo la importancia del lenguaje y de las palabras. Y la forma de usarlas. Y poco a poco descubrimos las máscaras o las capas de cebolla que todos llevamos y cómo cuando caen surgen nuestros más hondos instintos pero también nuestra más profunda humanidad…, salvaje, sí, salvaje.

Y los cuatro son fantásticos (aunque lanzo una lanza por Waltz genial como cabronazo y finalmente el personaje más transparente. Desde el principio sabemos de qué va…). Así en ese pequeño apartamento descubrimos un pequeño universo que muestra las máscaras de una clase media (baja y alta… fluctuante) que vive en un estado de bienestar, en una economía capitalista, y dentro de unos modales y comportamientos dictados para mantener la armonía y la convivencia social… y cómo esta armonía puede romperse y resquebrajarse con una anécdota que termina siendo mínima. Así los cuatro personajes van quitando capas a la cebolla y van teniendo distintos enfrentamientos verbales que los hacen formar ‘insólitas’ alianzas según el momento. Así se ponen sobre la mesa, con un humor exacerbado que finalmente duele, las relaciones de pareja, la guerra de sexos, la lucha de clases, las diferentes ideologías y concepciones frente a la vida, los distintos modelos de educación…, los miedos, las frustraciones, los sueños rotos, las mezquindades que también construyen al ser humano.

Como el personaje de la Kinslet los demás también vomitan a raudales lo que llevan dentro. Lo que realmente piensan y sienten. Y no lo que aparentan. Acaban en una espiral sin salida que acaba de manera absurda con un eructo… y una esperanza. Porque a pesar de la vorágine en la que se han metido los cuatro personajes, los espectadores de nuevo (sí que salimos de las cuatro paredes) y regresamos al parque. Y vemos cómo de forma natural los dos niños vuelven a hablar, a ser amigos, a compartir… olvidando que apenas unos días habían discutido…, también corretea un hámster libre.

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Melancolía de Lars von Triers

Entre la belleza y la frialdad Von Triers muestra lo recóndito de la melancolía. Entre el relato apocalíptico y la crítica velada a la alta burguesía Von Triers es capaz de articular imágenes maravillosas. Entre la descricipción psicológica y la relación de dos hermanas opuestas Von Triers ofrece una película hermosa, fría y muy razonada. Y entre medias se cuelan un montón de referencias culturales que se nos escapan de los dedos, del corazón y de la mente y crean un mundo propio.

Von Triers encierra al espectador entre un prólogo (que es una sucesión de imágenes oníricas, hipnotizadoras y tremendamente hermosas que invaden los sentidos del espectador cautivado además por la música de Tristán e Isolda de Richard Wargner que rodea todo de una belleza visual que todavía no comprende) y un final dolorosamente bello. En las imágenes pausadas del prólogo el espectador pasea despacio por las video instalaciones, de en vez un Bill Viola, un Von Triers que sabe ser mago con la imagen. Llegar hasta al final es vivir un Apocalipsis donde después probablemente sólo quede el vacío. Final desgarrador y poético… Y en medio de todo, de ese prólogo y ese final danza la melancolía siempre presente.

En Justine, primera parte, rescata el Dogma en la manera de filmar y lo que más interesa es notar el descenso o la caída de la hermana melancólica (Kirsten Dunst) a los abismos de la depresión. Así de esa limusina —que no puede avanzar en una estrecha curva— que parece un principio una novia vestida de blanco va descendiendo en absoluta soledad a los infiernos de la depresión ante la mirada de una hermana impotente. Y en un ambiente de apariencias felices donde todos quieren algo y todos le repiten que está radiente y feliz (excepto esa madre borde, amarga y esquiva que la confiesa el secreto eterno: todos tenemos miedo siempre) la novia vestida de blanco sufre su propio Apocalipsis y desgarro a la luz de la noche. Y su hermana y su cuñado que todo se lo organizan en enorme mansión la repiten continuamente que sólo quieren que sea feliz, la exigen que sea feliz. Pero ella no puede. Y Claire (Charlotte Gainsbourg), la hermana segura, la repite desesperada que a veces la odia. Y Justine ya en el descenso hacia la depresión nota cómo se acerca Melancolía un planeta que todo lo trastoca. Ya no tiene miedo a la autodestrucción. Como dice su pequeño sobrino es su tía fría y hecha de acero…

Y en Claire, segunda parte, se vive la espera a un fin del mundo que a Justine ya no le asusta ni padece. Ella ya está rota y por eso termina actuando cuerdamente, esperando, e incluso construyendo una mágica cueva para crear un cuento a un sobrino asustado. Aquí la que se desmorona es la que siempre la ha sostenido, nunca la ha abandonado aunque siempre, a veces, la odie. Claire no espera el fin del mundo. Claire no quiere la destrucción de su mundo seguro. Y sobre todo quiere sostener, proteger y mantener al hijo. Ella no sabe de abismos y autodestrucciones. Quiere vivir. En la enorme mansión Melancolía se acerca. Y cada habitante de la casa Justine, Claire, el cuñado (Kiefer Sutherland) y el sobrino viven el final de una manera diferente. Melancolía lo más hermoso y aterrador capaz de alterar las fuerzas de la naturaleza, que enfoca a una mujer desnuda, que espera. Melancolía que devora al mundo…, que lo altera. Y Claire corre para salvarse, y Justine de manera brusca, para que la odie a veces, la pone la realidad al frente: no hay salvación, estamos solos.

Y con sus heroínas (siempre mujeres rotas que me sublevan), y unos hombres que pasan como sombras y obstáculos que no las sostienen, y un niño esperamos el final en una cueva mágica.

Mientras Von Triers nos sacude con ecos de un romanticismo alemán, nos sacude con Resnais a lo Marienbad o con el Antonioni de La Noche todo rodeado de un halo extremo y operístico a lo Visconti que hace magia con escenografías y puestas en escena. Y allí al fondo la sombra de Tarkovsky con Sacrificio. Ofrece drama psicológico y familiar con tintes apocalípticos sin un atisbo de cine catastrófico y sí una poesía seca, fría pero tremendamente hermosa. Donde hay sitio para una novia vestida de blanco solitaria, para unos globos de luz, para un planeta que se acerca cada vez más tremendamente atrayente, para una mujer desnuda en medio del caos, para otra mujer que corre desesperada bajo la nieve con un niño en brazos… Y para un planeta Melancolía que arrasa.

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Retahíla cinéfila

1.- Equipada con gafas 3D, cada vez más elegantes, sentada en cómodo asiento, y frente a pantalla gigante me enfrenté a Las aventuras de Tintín. Primera de lo que será futura saga de Spielberg. Varias cosas me vienen a la cabeza. ¡Cómo disfruté los títulos de crédito! Me encantan unos buenos títulos de crédito… cuando prácticamente te cuentan también una historia (y lo más fiel al espíritu y estética de Hergé junto al retrato que le hacen al principio de la película). Segundo me apetecía porque las historietas de Tintín eran un recuerdo de mi infancia. Después de su visión volví a rescatar algunos de los libros que guardaba en un desván de recuerdos. Tercero la técnica de captura de movimiento no es santo de mi devoción… pero aquí me olvidé de ello, la película me atrapó. Cuarto tampoco me vuelve loca el 3D pero aquí disfruté como una niña. Quinto me pareció película vertiginosa, no te dejaba respiro alguno. Clímax, tras clímax más otro clímax. A Spielberg le va narrar aventuras, al personaje de Tintín le gusta protagonizarlas y yo disfruté una tarde viéndoles a ambos. Por cierto Milú mi héroe total y absoluto. Eché de menos a Tornasol…

2.- Cine y teatro siempre es una combinación que me resulta atractiva. Anonymous se convierte en espectáculo rococó con giros rocambolescos que pone en pantalla una polémica literaria: ¿Fue William Shakespeare el creador real de las maravillosas obras de teatro que han llegado hasta nuestros días? Así el efectista Emmerich, que parte de una buena idea, realiza una obra cinematográfica fallida. Y es una pena porque contaba con elementos poderosos para que hubiera sido obra a tener en cuenta. Así se nos muestra una tragedia shakesperiana desinflada y exagerada llena de momentos desaprovechados y personajes atractivos mal elaborados. A todo esto se une una estética de reconstrucción por ordenador que en determinados momentos chirría como antes lo hacían los decorados de cartón piedra. Los tiempos narrativos son tan complejos (y están tal mal empleados) al principio que hasta que vas situando la historia y los personajes ya has visto más de la mitad de la película (de metraje amplio).

Y cuando ya empiezas a reconstruir las piezas los giros son tan delirantes que te planteas qué es lo que realmente estás viendo: ¿una polémica literaria, un melodrama al borde del extasis, una historia de líos y traiciones en la corte…, una tragedia griega, una shakesperiana, un delirio histórico…, un cóctel salvaje de todo ello? Pero sin duda el mayor patinazo es la construcción de una historia con un montón de personajes atractivos (pero sin poder ser desarrollados plenamente) y la lucha titánica entre todos ellos para eregirse en protagonistas principales de la trama… volviendo loco al humilde espectador que no sabe ya a los diez minutos en quién centrar su mirada. ¿Quiénes forman el vértice de esta película?¿Cuál es el tiempo que prevalece? ¿El mediocre actor que crea el ‘personaje’ de William Shakespeare, el dramaturgo sin éxito al que acude el misterioso noble escritor, el conde de Oxford (el verdadero autor), la reina Isabel I,  Robert Cecil, el jorobado…?

Lo que sí es cierto (y paradójico) es que Emmerich y su estética rococó te mantiene en el asiento y terminas envuelto en su cóctel explosivo recontruyendo esta historia dramática… porque el material con el que contaba era, sin duda, atractivo.

3.- Antes de adentrarme en Melancolía (parece como si me estuviera preparando psicológicamente…), veo Sacrificio de Tarkovsky y le siento al director absolutamente hermético en lo que quiere contarme. En esa historia apocalíptica y ardientemente melancólica. Y lejana… emocionalmente. Pero reconozco que me siento atrapada por la belleza visual que me impacta. Aunque me deja rayada sobre todo cuando leo la dedicatoria final de Tarkovsky… ¿Dónde está la esperanza?

4.- Hoy domingo he dado un largo paseo por las calles de Madrid y me meto en exposición que disfruto en el centro de arte del Teatro Fernán Gómez. Viaje al cine español. 25 años de los premios Goya. Y realmente logro viajar… Así entre imágenes, músicas, fotos y escenografías me junto con la troupe de El viaje a ninguna parte, oteo El bosque animado, visito la terraza de Mujeres al borde de una ataque de nervios, canto Ay Carmela, me siento en el triste banco de Amantes, participo en el baile de máscaras de Belle Epoque, revelo las fotografías de Días contados, me angustio en atmósfera agobiante porque Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, se me saltan las lágrimas ante La buena estrella, vuelo por los aires en Mar adentro, subo a la torre petrolífera de La vida secreta de las palabras, visito las tumbas de Volver, siento La Soledad, me pongo ante los barrotes de Celda 211, o me siento perdida en los subterráneos de Pa negre… y el viaje continua.

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