Amor (Amour, 2012) de Michael Haneke

Un alumno, ahora pianista de renombre, escribe a sus viejos profesores de música clásica una nota en la que dice que visitarles ha sido entre bello y triste. Así se describe perfectamente la sensación que le queda al espectador tras ver Amor de Michael Haneke. Amor no plantea una historia ni fácil ni sencilla. Pero habla de temas que siempre se quieren evitar o silenciar y sin embargo forman parte de lo cotidiano, del día a día. Temas que se quieren encerrar entre cuatro paredes. ¿Cómo morir con dignidad? ¿Cómo acompañar al ser querido hacia la muerte? ¿Cómo vivir el deteriodo que supone una enfermedad que avanza…? ¿Cómo enfrentarse a ello?… No son preguntas con una sola respuesta. Y Haneke lo sabe. Y cualquier respuesta, duele.

Ya se lo dice George (sublime Jean Louis-Trintignant) a su hija (Isabelle Huppert), no le vale de nada su preocupación a distancia. Ni sus reproches. ¿De qué le sirven en su lucha diaria para mantenerse intacto junto a Anne (maravillosa y trágica Emmanuelle Riva…)? ¿Qué es lo que propone? ¿Tiene alguna solución a mano para evitar el deteriodo y el sufrimiento? ¿Sabe enfrentarse a ello? ¿Puede evitar la soledad? Parece que también se está dirigiendo a los espectadores.

George, un ‘monstruo sensible’ que es buena persona como dice su Anne, es un gran contador de historias. Y él nos guía por esta historia dura y sin concesiones, directa. Es tan lacerante y real ese bisturí de Haneke que retuerce las entrañas, que plantea preguntas difíciles sobre el amor, la enfermedad, la vejez y la muerte…

Michael Haneke nos deja un único final posible para George y Anne… tal y como lo haría un sensible contador de historias que no puede más con el dolor de sus protagonistas. El final es el que es, lo sabemos desde el principio, pero el director cruza el umbral… y nos hace ver, de manera sencilla y hermosa, que puede que la vida y la muerte estén más cerca de lo que creemos…

Para enfrentarse a Amor, hay que escuchar atentamente a un George que no para de contar historias. Le cuenta a su esposa que sufre y delira, mientras acaricia su mano con una ternura que desarma, que recuerda cómo su madre le decía que si se encontraba bien en un campamento de verano que pintase en la postal un ramo de flores y que si se sentía mal pintase estrellas… Y eso es lo que pasa con Amor es una película repleta de estrellas porque el espectador se siente mal ante lo que ve contado con un pulso firme entre un realismo atroz y una sensibilidad que no se regodea en lo amargo, sino que muestra una realidad terriblemente cercana.

Y todo esto nos lo cuenta Haneke de una manera sublime. Desde la presentación de los personajes en esa sala de conciertos, son dos personas más entre un público entregado a una pasión: la música; hasta la manera de recorrer las habitaciones de la casa donde viven o el empleo de los sonidos para narrarnos algo más. Lo que nos deja intuir, lo que nos deja ver, lo que se oculta tras las puertas… El detalle. La cotidianidad de esos dos personajes que van imparables hacia el abismo… Y no hay remedio alguno. La presencia de lo onírico que choca con la soledad brutal de unas paredes que encierran dos historias que se apagan, que agonizan.

De nuevo George-Haneke cuenta una historia… y dice que una vez vio una película de la cual ya no se acuerda de su argumento ni quién estaba en ella… pero sí recuerda totalmente lo que sintió ante esa película, lo que le hizo llorar. Y, es cierto, creo que Amor se quedará presente en el inconsciente del espectador que recordará lo que sintió mientras habitaba en la casa de George y Anna… Una melodía interrumpida. Y también será difícil olvidar los rostros y las miradas de dos actores que traspasan el umbral (y vuelan más allá de la pantalla blanca), Jean Louis-Trintignant y Emmanuelle Riva.

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El molino y la cruz (Mlyn I Krzyz, 2011) de Lech Majewski

Para mi madre, claro. En Luna nueva no sale pero es la mar de maja.

La primera vez que oi hablar de esta película polaca fue hace bastantes meses que se anunciaba su estreno en el Museo del Prado con la presencia de su director. La madre de la que escribe se pasa horas y horas en dicho museo (sus hijos bromeamos cuando no sabemos dónde está: “seguro que se encuentra en su segunda casa”) así que ahí estaba. Y salió fascinada. Con la película y con el director. A ella la apasionan las historias que hay detrás de los cuadros y a mí las que me cuentan en el cine… Y a ambas la simbiosis entre cine y pintura, pintura y cine. Así que estaba deseando que fuera a verla. Y ahí que fui, cumplidora.

Más que una película, me pareció un ensayo de arte. No hay narración y sí reflexión. Si te acercas a ella sin saber que trata sobre un cuadro que de pronto resucita ante nuestros ojos quizá se entienda muy poco. Quizá el espectador se quede frío. Me recordó a los videoartes de Bill Viola. Por eso es importante antes de meterse en el cine empaparse del cuadro de Brueghel el Viejo, Camino al calvario. Quedarse con su composición. Observar el paisaje y los personajes que lo pueblan. Y que alguien (o el espectador mismo  a través de la lectura) te sitúe en la época que fue pintado. Países Bajos, Flandes, dominación española. Catolicismo férreo frente a la Reforma protestante. Y entonces el espectáculo visual (y los increíbles efectos digitales que hacen que el espectador ‘viva’ inmediatamente el cuadro) que está asegurado desde la primera imagen puede significar algo más.

Apenas hay diálogos sólo hay tres personajes que hablan (de una manera simbólica) y son precisamente los que tienen rostros de actores internacionales. Por una parte el propio pintor Brueghel el Viejo (con el rostro de Rutger Hauer), su mecenas Nicolas Jonghelinck (al cual da vida Michael York) y una campesina mayor que sufre, una mujer llamada María (con la cara hermosa de Charlotte Rampling). El pintor conversa con su mecenas y le descubre los motivos de su cuadro, los secretos, el porqué de la composición, los símbolos, los detalles, las metáforas, los significados. Sus cuadros eran alegorias religiosas o de mitología complejas. El mecenas charla con su esposa, siempre silenciosa, y sitúa al espectador en el periodo histórico. Y, María es el personaje simbólico. Una mujer del siglo XVI que sufre por su hijo que ha sido detenido y condenado a muerte… y con su historia y sus reflexiones vivimos un calvario igual que el de Jesucristo. Un calvario universal que muestra como en todas las etapas de la historia el calvario puede repetirse una y otra vez.

El polifacético director Lech Majewski (primera vez que me acerco a su trayectoria cinematográfica) apunta más al cerebro que al corazón. El molino y la cruz es un ejercicio intelectual que no busca la emoción sino la comprensión de cómo pudo ser el proceso de creación de un cuadro. Un análisis de lo que quizá quiso plasmar el creador, el pintor. Pero además Majewski recrea escenas que cobran vida y reflejan cómo podía ser la vida cotidiana en el momento en que el pintor creó su obra pictórica. Son escenas que transcurren durante un corto periodo temporal en el cual también se vive ‘el calvario’. Estas escenas cotidianas son perturbadas por los mercenarios vestidos de rojo y a caballo al servicio de los españoles que se dedican a sembrar el terror entre los ciudadanos y a llevar a cabo torturas terribles. También se refleja la dureza del catolicismo sobre aquellos que no siguen la doctrina…, ellos se convierten precisamente en los instigadores de otro ‘calvario’ cruel.

Así vemos cómo la plácida vida de una joven pareja de campesinos es truncada por estos mercenarios cuando someten al joven a una tortura horrible atándole en una rueda que elevan hasta el cielo (y que se convierte en un elemento simbólico del cuadro del pintor). O asistimos al despertar en un enorme e impresionante molino (el diseño de producción y arte es impresionante, el molino se encuentra en lo alto de una roca y es testigo de toda la escena y parte fundamental del cuadro) del molinero, su esposa y el ayudante. Un molino que tiene vida propia y que es una metáfora del que todo lo observa… También conocemos la cotidianeidad de una familia, la del propio pintor, que tiene una bella mujer (que también es modelo de sus cuadros) y un montón de hijos que nos deleitan con sus juegos.

Majewski cuida el detalle hasta la obsesión. El vestuario es exquisito y logra totalmente los tonos del cuadro (y es que el proceso fue laborioso para conseguir ese resultado en pantalla). Y cuida esos fondos creados digitalmente creando unas imágenes increíbles. El interior del molino es una joya arquitectónica… ese mecanismo que empieza a funcionar desde la mañana temprano, esa escalera interminable, las astas que empiezan a dar vueltas y es como si comenzara la vida. Se detienen en un momento y es cuando el tiempo se para y observamos el momento justo que captó el pintor. Brueghel creaba las alegorías de tal manera que lo más importante del cuadro queda oculto, no es lo más importante de la composición… Y por eso sus cuadros son tan especiales y característicos llenos de símbolos y metáforas que descubrir.

Al final el director nos saca del cuadro justo en el momento en que se celebra un círculo donde varios personajes danzan al son de la música, danza de vida, danza de muerte… Y nos muestra cómo el cuadro tiene vida propia. Está colgado en una pared de un museo de Viena. Pero como todos los cuadros, habla… y nos cuenta algo tal y como ha querido reflejar, de manera especial, Lech Majewski.

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Los Miserables (Les Misérables, 2012) de Tom Hooper

Los Miserables ha sido la primera película del año 2013 y me ha dado una de cal y otra de arena. Cuando empecé a verla sentí que no me gustaba la forma en que me la estaban contando, el lenguaje cinematográfico empleado, pero pronto me quedé encandilada con la historia, los personajes (y los actores que lo encarnaban) y con las canciones (cuántas canciones hermosas…).

… Parto confesando de antemano que no he leido la extensa novela de Victor Hugo y que tampoco he disfrutado nunca del musical en los teatros. Ni he visto ninguna de las versiones que se han hecho para cine ni para televisión. Después de una confesión, vienen otras: amo el cine musical y Tom Hooper no me encandiló con El discurso del rey (me pareció una película agradable con un buen reparto). Así después de este párrafo de confesiones, voy al grano.

¿Qué es lo que no me gustaba de la realización de Hooper? Se le escapaba la épica, se le escapaba la intimidad… su cámara bailaba pero no es Max Ophüls (por supuesto nadie se lo ha pedido ni tiene por qué serlo. Sólo lo nombro por hablar de un director que hacía bailar bien a la cámara)… para que la cámara baile tiene que merecer la pena que baile y pasee por distintos ambientes porque tiene qué mostrar. Tiene que servir para algo. Los primeros planos daban una aparente calma a una cámara imparable… pero era tan evidente el movimiento. Ahora el actor sufre, primer plano. Ahora toca la épica, muevo la cámara de un lugar a otro. Subo y bajo. Y hago doble pirueta. Los Miserables daba para números absolutamente impresionantes y se quedaron en correctos. Me viene a la cabeza el sentido de cine musical de Rob Marshall (por traer a un director de musicales del siglo XXI) incluso en su fallida Nine. El puerto donde Fantine cae y cae…, la taberna de los mesoneros, la fábrica, las barricadas, las iglesias, el cementerio, los tejados de la ciudad, las cloacas… estaba lleno de escenarios para unas coreografías donde la cámara bailara a gusto…

Pero ¿qué es lo que salva Los Miserables? Que Hooper realiza una dirección correcta (sin mucho riesgo… y con esa cámara bailarina) como la que hizo en El discurso del rey y que cuenta también con un elenco de actores brillantes y con una historia de un romanticismo exacerbado del siglo XIX donde los desherados de la tierra tienen el absoluto protagonismo. Una historia con unos personajes que se comen la pantalla y con unos conflictos universales que llegan al espectador a través de fórmulas melodramáticas y de folletín. Así la historia se sustenta por el enfrentamiento a lo largo de los años entre Jean Valjean, que sufrió terrible castigo por robar un mendrugo de pan, y el policía Javert que piensa que un criminal siempre será un criminal. A partir de esta historia surgen triángulos, dúos, y cuartetos entre personajes de los bajos fondos (y también de una especie de clase media)… El bien, el mal, la posibilidad de redención o perdón, lo revolucionario unido a lo espiritual, la lucha de un pueblo que persigue la libertad, escapar de la opresión y de la pobreza… y la consecución de la felicidad es sólo posible después de la muerte o a través de dos jóvenes enamorados y puros que durante sus vidas tienen varios protectores de los bajos fondos que hacen posible que salgan adelante. Cossette y Marius alcanzan la felicidad y el amor puro por el sacrificio de Fantine, Eponine o Valjean.

… Y canción tras canción, fui sintiendo unas ganas enormes de inmiscuirme en la palabra escrita de Victor Hugo. De profundizar y conocer más las situaciones y los personajes y el periodo histórico que cuenta y describe. También disfruté al máximo las voces e interpretaciones de Hugh Jackman, un atormentado Valjean, Anna Hathaway como una sufridora Fantine y Russell Crowe, el policía que sigue la máxima del deber por el deber y que salió también de los bajos fondos. Ellos son el triángulo que dispara la trama. Así como del otro triángulo formado por los jóvenes, la pura Cossette (Amanda Seyfried), el joven revolucionario Marius (Eddie Redmayne) y Eponine (Samantha Barks), una desheredara enamorada de la persona equivocada. El contrapunto cómico lo dan una pareja de mesoneros rastreros y malvados que saben llevar a la perfección Sacha Baron Cohen y Helena Bonham Carter… que abandonan la calle de Fleet para meterse en calles francesas…

Así fue una sensación extraña porque me vi arrastrada por unos personajes, una buena historia y unas canciones que finalmente me hicieron disfrutar bastante de Los Miserables… aunque el cómo me contaban esa historia no me convenciera del todo…

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De óxido y hueso (De rouille et d’os, 2012) de Jacques Audiard

Alain está preparado para recibir golpes en su cuerpo una y otra vez. Es una mole de carne que ha decidido dejar de sentir porque tiene pánico a sufrir mientras cae.Teme ser abandonado por eso siempre prefiere marcharse. Él boxea y golpea…

Stéphanie sufre un grave accidente y las secuelas la dejan sin ganas de vivir. Era mujer de agua. Ella entrenaba orcas en un zoo y esos peces gigantes y el agua eran su vida, donde ella se encontraba a gusto. Y de pronto flota en un mundo que no es el suyo. Antes sólo quería sentirse amada y deseada, ahora sólo quiere tener ganas de estar.

De nuevo la historia de la bestia y la bella. Una bestia con terror a sentir y una bella herida que quiere sentir a toda costa. Los dos están en un momento de sus vidas en que tienen que cambiar y sólo tienen dos opciones: caer al abismo o alcanzar la luz. Y entonces en ese instante se encuentran. De óxido y hueso no es más que una historia de amor…

Jacques Audiard sigue aportando esa mirada cruda y dura a la que nos tiene acostumbrado desde De latir mi corazón se ha parado pasando por Un profeta. Y en De óxido y hueso la pone al servicio de una historia de amor sobre dos personajes que nunca se habrían podido encontrar pero circunstancias complejas les unen… y crea así un melodrama que te hace llegar al paroxismo con un montón de imágenes poéticas y una música que todo lo envuelve.

Pero sobre todo llegamos al éxtasis con las interpretaciones de Marion Cotillard y un sorprendente Matthias Schoenaerts, una bestia que conecta con una bella fracturada con una delicadeza que nunca se había atrevido a mostrar (por no sentir los zarpazos que golpean un alma rota). Dos cuerpos que se unen… y a través de la unión de esos cuerpos heridos, unen también sus almas heridas. Jacques Audiard cuenta esta historia con los sentidos. En todo momento están presentes el óxido y el hueso… los cuerpos que chocan, caen, se rompen y se fracturan. Y es la manera en que inyecta al espectador las otras heridas, las emocionales, las que realmente quiebran del todo a los protagonistas.

Y es a través de los cuerpos cómo empiezan a comunicarse Stéphanie y Alain. A veces con dulzura, otras con frialdad, dureza y crudeza… y en ocasiones como dos robots con emociones oxidadas pero que necesitan salvajemente aferrarse el uno al otro. Pero siempre en contacto. De ahí surge el entendimiento porque en ninguno de los dos hay un atisbo de pena o compasión hacia el otro sino una naturalidad desbordante. Y a partir de ese contacto se irán conociendo e irán explorando las brechas y heridas del otro. Y avanzarán en una relación inesperada. De la amistad a la confianza. De una relación de amigo con derecho a roce a un roce con ganas de ser amado, aceptado, querido… y nunca abandonado. Y no es fácil, porque como casi siempre Jacques Audiard no presenta personajes planos y atractivos sino personajes complejos, ambiguos y con una acusada parte oscura.

Jacques Audiard nos arrastra a través de los sentidos a una crudeza poética que nos rompe pero a la vez nos hace estremecer porque asistimos a una belleza seca y dura.

Dos llamadas telefónicas son fundamentales en la transformación de ambos personajes. Después de su terrible accidente una Stéphanie devastada se pone en contacto telefónico con Alain con el que tuvo un primer, intenso y breve encuentro después de una pelea en la puerta de la discoteca donde él trabaja… Alain acude a verla y con naturalidad sin máscaras de pena y compasión la hace salir a la calle. La lleva a la playa. Y ella por primera vez en mucho tiempo accede, de nuevo, a sumergirse en el agua. Ahí empieza de nuevo a despertar. Y Alain la toma en sus brazos… como un mulo de carga y con una lealtad que no se rompe.

La segunda llamada, también de Stéphanie, se produce tiempo después, cuando ambos han conectado cuerpos y almas. Sin embargo Alain, la bestia con miedo a sentir, sufrir y recibir golpes en su interior decide huir, dejar todos sus problemas atrás, no sentir. Seguir cayendo en soledad. Rompe con todo, incluso con Stéphanie… Lo único que le aferra al pasado (aparte de los recuerdos) es Sam, su hijo de cinco años al que casi nunca sabe cómo tratar. Y como todo melodrama un nuevo dolor y accidente trágico hace despertar a Alain que se desmorona ante la llamada de Stéphanie… La bestia llora desconsolada y reconoce que tiene pánico a perder a los seres queridos… Y le susurra a esa mujer lo que no se ha atrevido nunca a pronunciar…

Jacques Audiard construye un melodrama con imágenes que no se pueden borrar de la cabeza después de varios días y con una banda sonora que acompaña a la perfección cada una de las emociones de sus personajes. Nos dejamos llevar por el agua, las lágrimas, el sudor, los golpes… las miradas, los cuerpos desnudos, la luz, los músculos, el óxido, los huesos… Y entendemos cómo Stéphanie y Alain, a su modo, se ayudan el uno al otro para no caer en el abismo…

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Una pistola en cada mano de Cesc Gay

Dos hombres se encuentran… al abrirse la puerta de un ascensor. Uno de ellos está llorando, acaba de salir de la consulta del psicoanalista. Hace años que no saben el uno del otro. Y en un diálogo breve, conciso, contándose todo, contándose nada; a través de gestos y miradas construimos la historia de ambos. Conocemos sus éxitos y fracasos. Sus miedos y frustraciones. Nos reímos pero también vivimos su terrible angustia vital. Entendemos y sabemos de lo que hablan, tanto los hombres como las mujeres. Y por eso seguimos paso a paso cada una de las situaciones que transcurren en una gran ciudad, Barcelona.

Situaciones que parece que ocurren en un mismo día. Pequeños acontecimientos que nos cuentan toda una vida y nos descubren el futuro. Parece que no pasa nada y también pasa todo. Cesc Gay esta vez se centra en un grupo de hombres, que más tarde sabremos que muchos de ellos forman parte de un mismo grupo de amigos, y antes de reunirlos en una escena final con dosis de humor y melancolía, como la vida misma, sabremos mucho sobre sus vidas. Están en la cuarentena pero continuan en la vida como en una fina cuerda de equilibristas, con miedo pero avanzando. Con silencios, anhelos y mentiras… con una soledad a cuestas, que la amistad no subsana… Perdidos en la gran ciudad y en las relaciones con sus mujeres, compañeros de trabajo, amigos… ¿A alguien le suena esto? Cesc Gay, como logró ya En la ciudad, realiza un efectivo retrato coral de una generación. Allí tenían unos treinta, aquí unos cuarenta… pero los intentos de comunicación y de salir a flote… de ir viviendo el día a día son los mismos.

Gay no sólo es bueno creando las situaciones y los diálogos sino que además tras una aparente sencillez y elegancia refleja cinematográficamente al hombre perdido en la gran ciudad. Así surge una Barcelona especial, de calles transitadas, de rincones apacibles, de parques, bares y casas donde sus personajes se mueven e interactuan. Donde se miran, callan, reflexionan y hablan. Donde es importante la puerta que se abre o la que se cierra. El personaje que está de espaldas o de frente. El ascensor que sube o baja… El telefonillo que suena. La calle por la cual perderse. Un hombre cansado se encuentra a la mujer de su mejor amigo, los dos se dirigen a la misma reunión, ella le dice al amigo que suba a su coche. En un parque un hombre solitario sentado en un banco mira una terraza, se encuentra con un conocido del verano que pasea con su perro. Otro va caminando por la calle, mira un escaparate y se encuentra con una amiga. El de más allá va a llevar a su hijo a casa de su ex mujer. Otro termina su jornada laboral y se fija en una compañera de trabajo que le atrae… y decide acercarse.

Por otra parte como en sus cinco largometrajes anteriores reune a una generación de buenos actores que construyen personajes muy creíbles que hacen que cada situación sea en sí misma una gozada disfrutarla (… ríes, lloras y te desesperas con ellos… te sientes identificado). Los dúos entre Eduard Fernández y Leonardo Sbaraglia por una parte y el de Ricardo Darín y Luis Tosar son un lujo. Pero tampoco se quedan atrás Javier Cámara y Clara Segura, Alberto San Juan y Leonor Watling, Jordi Mollá y Cayetana Guillen Cuervo o Eduardo Noriega y Candela Peña…

Lo mejor, con una pistola en cada mano, es perderse por la ciudad y las historias de unos hombres que ya no son John Wayne pero tampoco se sienten con fuerzas para llorar y expresarse, quitarse las máscaras de duros… y mostrarse como hombres vulnerables y fragiles que aprenden golpe tras golpe a encajarlos de la mejor manera posible… Ser fuertes y transitar por ese camino que es la vida…

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César debe morir (Cesare deve morire, 2012) de Paolo y Vittorio Taviani

Julio César entre rejas. Y un preso, que ha sido durante más de seis meses Casio, vuelve a su celda en el ala de máxima seguridad tras la representación final en el escenario del salón de actos de la cárcel de Rebbibia. Vuelve a las cuatro paredes que le rodean ya de por vida porque su condena es cadena perpetua por homicidio… y dice en voz alta: “Desde que he conocido el arte, mi celda se ha convertido en una cárcel”. Entonces va a su mesa, coge su cafetera y empieza a prepararse un café… fundido en negro. César debe morir de los Taviani ha terminado.

Los Taviani logran una unión emocionante entre cine y teatro puro. Yo hacía tiempo que no sentía esa comunión mágica entre dos de mis pasiones, una intensidad similar a la que sentí a principios de los noventa (en el pasado siglo…) cuando vi Vania en la calle 42 de Louis Malle. Así en César debe morir, los octogenarios directores (algo que sale siempre a relucir… su edad), dejan una obra cinematográfica que bebe de la esencia de la dramaturgia y donde las fronteras entre realidad, ficción, representación… se mezclan a sus anchas ofreciendo al espectador todo un abanico de emociones. Y yo si que destaco su edad, octogenarios, porque varios directores que sobrepasan los ochenta están creando un cine libre y sin ataduras (lo último que viene a la cabeza es Alan Resnais y Las malas hierbas).

¿Y cuáles son los ingredientes de esta obra cinematográfica? En un escenario real (las distintas dependencias de una cárcel romana), un grupo de reclusos ensayan Julio César de William Shakespeare para terminar representándola ante un público en el salón de actos del centro penitenciario. Su estructura es circular y llena de fuerza. Los hermanos Taviani nos muestran primero la escena final de Julio César, la muerte de Bruto, la alegría de la obra bien terminada frente a un público entregado y la entrada de nuevo a la rutina diaria de los presos en sus celdas… en colores templados. Cuando se cierra una de las celdas, vivimos un largo flash back en blanco y negro donde ante nuestros ojos se desarrollan la preparación y los ensayos antes de la representación. Desde la presentación del proyecto ante los presos con la presencia del director Fabio Cavalli, hasta el casting para la selección de los presos que representarán los diferentes personajes pasando por los ensayos en distintas partes de la cárcel (las propias celdas, los pasillos, los patios…) debido a que el salón de actos está de obras.

El espectador ve Julio César pero con los rostros de unos actores con tales experiencias en sus vidas que se empapan de la fuerza de los personajes shakesperianos vomitando una autenticidad emocionante. De tal forma que a veces no sabemos ya lo que es ensayo y lo que es real. Cada uno de los reclusos aporta al personaje su propio bagaje… y lo expulsa sin barrera alguna derramando una emoción intensa. El director Cavalli les pide que cada uno se exprese en su dialecto y que se empapen de sus personajes… y ellos, que como dice Casio, tienen todo el tiempo del mundo, se empapan sin máscaras. Así los rostros de Casio, Bruto, Marco Antonio, Julio César, Octavio, el adivino, los conspiradores se mezclan con los rostros con mucha historia en las arrugas de la cara y en la mirada de los condenados por crimen organizado, tráfico de drogas, homicidio…

Así es emocionante vivir, puro cine, rostros puros, el proceso de casting. Ser testigos de la muerte de César por parte de los conspiradores (con una intensidad dramática que lleva al espectador al borde del abismo) y escuchar los dos famosos monólogos de Bruto y Marco Antonio… en las dependencias carcelarias. Así volvemos de nuevo a la representación final con un conocimiento no sólo de la obra sino de los rostros que ‘crean’ de nuevo el universo de William Shakespeare… para que alcance todo su dramatismo la última frase de aquel que durante seis meses se convirtió en Casio.

Esta obra cinematográfica de los Taviani (me confieso totalmente inculta de su trayectoria en el cine italiano… digamos que esta película ha sido la primera puerta que franqueo de su obra… y también recuerdo pero hace ya mucho tiempo, y sólo tengo imágenes sueltas en mi mente, que vi Buenos días, Babilonia) no sólo tiene valor como tal sino también un bagaje externo interesantísimo. Porque estos talleres de teatro son reales en distintas cárceles italianas y algunos de los reclusos una vez que han cumplido su condena siguen esta puerta abierta de la representación. Por ejemplo en la película de los Taviani el recluso que tiene el rostro de Bruto se llama Salvatore Striano y ya cumplió su condena (fue puesto en libertad en 2006) pero a partir de estos talleres se dedicó a la interpretación y ha aparecido en varias películas italianas entre ellas Gomorra de Matteo Garrone. Es el único actor de la película de los Taviani que ha regresado al centro penitenciario sólo para actuar. El propio Matteo Garrone que conoce estos talleres, ha elegido como actor principal de su nueva película Reality (que todavía no he tenido oportunidad de ver) a Aniello Arena que continua cumpliendo condena en una prisión pero para el rodaje se le concedió un permiso especial. Aniello Arena es un partícipe activo de uno de estos talleres de teatro.

Así César debe morir pone de manifiesto como el arte puede ser una puerta abierta, una posibilidad de redención, de acceder a otros caminos, de reflexionar sobre la situación personal de cada uno, de indagar en el interior de las personas y que pueda salir lo mejor, algo que compartir con los demás… Unos hombres condenados y encerrados entre cuatro paredes son capaces de ofrecer, de dar arte, de emocionar.

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El festín de Babette (Babettes gæstebud, 1987) de Gabriel Axel

No éramos muchos en la sala pero hubo un sentimiento unánime de risas, suspiros y un estado de tranquila felicidad mientras ante nuestros ojos nos contaban una historia que transcurría en una remota aldea danesa a finales del siglo XIX. El festín de Babette es una perfecta adaptación cinematográfica del relato de Isak Dinesen (que todo el mundo relaciona con Karen Blixen y sus Memorias de África, libro de carácter autobiográfico y también con una versión cinematográfica absolutamente alejada de las palabras escritas) y su nuevo visionado (es un bienvenido reestreno) me hace que asocie las sensaciones que siento ante esta película con otras dos memorables incursiones cinematográficas al mundo del relato. Así esa unión sagrada de los placeres de la vida (el arte, la sensualidad, la reunión y los ritos que conlleva, las celebraciones, las relaciones personales…) con lo trascendental y espiritual me viene a la cabeza cuando visiono  otras dos películas: Los muertos (curiosamente también de 1987) de John Huston que lleva a la pantalla a la perfección el cuento del mismo título de James Joyce y, por otra parte, me voy con Max Ophüls que en El placer (1952) adaptó tres cuentos de Guy de Maupassant, el fragmento central lo ocupa una magnífica adaptación cinematográfica del cuento La casa Tellier (1881).  Deparo buenos momentos ante la lectura de estos tres relatos y después disfrutando de sus adaptaciones cinematográficas. Unión entre lo más mundano y placentero con un sentido de la trascendencia que promete una tranquila catarsis en el lector o espectador.

El festín de Babette te sumerge en una historia delicada e intimista a través de una voz en off femenina que te va guiando hasta desaparecer para que tome un total protagonismo el anunciado festín y las reacciones que provoca en cada uno de los comensales. Los paisajes en esa aldea perdida, el mar, el frío, el cielo lleno de estrellas, el ambiente austero y silencioso de sus habitantes, la luz natural… envuelven todo en un abanico de placenteras sensaciones. Y nos arrastra a la historia de dos hermanas, hijas de un pastor, que son su mano derecha e izquierda y deciden dedicar su vida tranquila a buenos actos con sus vecinos, a un amor trascendente sin vivir un amor pasional y terrenal. Sin embargo hay dos momentos en que dichas hermanas se podían haber entregado a la pasión terrenal. Martine con un oficial Lorens Loewenhielm y Philippa con Achille Papin, un cantante de ópera francés. Los dos encuentros marcan profundamente a estos hombres y suponen un nuevo camino y sentido de la vida. Años más tarde ambos vuelven a aparecer de distintas maneras en la aldea perdida danesa donde viven las hermanas y los cada vez más ancianos seguidores del pastor fallecido, alterando sus austeras y tranquilas existencias…

Achille Papin regresa en forma de carta en manos de una misteriosa mujer, Babette, que pide el auxilio de las hermanas para tener un techo y quedar a su servicio. Tan sólo sabemos por la carta de Papin que huye de París durante el periodo de la Comuna que fue duramente reprimida, que se ha quedado sola sin su esposo e hijo que han fallecido y que sabe cocinar. A partir de ese momento Babette silenciosa se hace imprescindible facilitando la vida de toda la aldea y dando una nota austera pero ‘exótica’ a la vez. Su único punto de unión con París es un billete de lotería que compra todos los años a través de un amigo… y que un día en forma de carta se le informa de que le ha tocado. A partir de ese momento las hermanas están seguras de que Babette se irá de su lado así que no ponen peros cuando su fiel sirvienta les pide realizar y pagar una cena francesa para sus feligreses y ellas mismas en el aniversario del nacimiento de su padre, el pastor… Los preparativos de la cena alterarán a las tranquilas hermanas que ven cómo en su casa entran perdices, vinos, una tortuga gigante… y Martine tras una horrible pesadilla siente que debe avisar a los comensales de que aquello puede ser una “aquelarre de brujas” y todos comprenden y la dicen que se tranquilice, que no harán caso de absolutamente nada de lo que tomen… Inesperadamente el día de la celebración llega otro invitado distinguido, aquel joven oficial que se enamoró de Martine, ahora un hombre de mundo y con una importante carrera profesional, conocedor de sabores y buenos banquetes.

Así llegamos a la parte más maravillosa de la película que es esa preparación de la gran cena por parte de Babette en la cocina, toda una artista capaz de causar sensaciones, emociones y felicidad incluso en gentes que jamás se han preocupado de matices y variedades en los sabores… y la propia cena en ese comedor que en un principio se niega a disfrutar, excepto el inocente oficial que nos revelará el origen de la misteriosa cocinera, y esos feligreses que sucumben a un festival culinario arreglando antiguas rencillas, hablando de cosas trascendentes y emocionándose ante cualquier mirada o palabra. Y el espectador sufre esa transformación con todos ellos y observa cómo la directora y artista de todo es una Babette creadora que se adueña de la cocina y del momento derrochando todo su amor y su saber hacer en esa ‘última cena’.

Gabriel Axel (1918) es un director danés que sólo ha sobrepasado las fronteras de Dinamarca con esta película pero sin embargo ha trabajado durante muchísimos años en el cine y la televisión de su país. Yo no conozco nada más de su obra cinematográfica pero El festín de Babette es una película que me provoca emociones intensas. Y en cada visionado me fijo en nuevos detalles que convierten en una aventura el volver a verla (sobre todo es un festival de rostros que no se olvidan). Una película sobre lo sensual y lo espiritual y su hermosa unión con un excelente banquete de recetas exquisitas acompañadas de las bebidas adecuadas, un buen vino tinto, un suave champán o un delicioso amontillado… y de fondo una hermosa canción. Después quizá nos apetezca dar la mano a los demás comensales, rodear un pozo y cantar felices bajo las estrellas… O quizá nos dé por repetir una frase del oficial: “esta noche he aprendido que en este hermoso mundo nuestro todo es posible”…

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Skyfall (Skyfall, 2012) de Sam Mendes

Una escena clave: James Bond se encuentra sentado en un banco del National Gallery de Londres frente un cuadro de Turner: El Temerario conducido al desguace. Ahí se encuentra con Q un joven innovador y creativo que será el que le proporcione los dispositivos electrónicos necesarios para que 007 pueda llevar a cabo sus misiones. Q parece recién salido de la Universidad y 007 es un héroe cansado, su diálogo en este primer encuentro pone en evidencia el choque entre dos generaciones y dos maneras de enfocar la vida… que lejos de entrar en colisión cooperarán en un futuro próximo. El cuadro que observan simboliza lo viejo y lo nuevo y cómo puede ser posible que lo nuevo no lleve a lo viejo al desguace sino que cooperen. Así ocurre lo mismo con el espectador ante una nueva película de la saga Bond (que cumple ya 50 años)… Bond, James Bond es un mito cinematográfico que ha ido evolucionando con los tiempos y cambiando de rostro, ha estado en lo más alto y en lo más bajo en la estima de los cinéfilos, pero ahí sigue con el paso de los años y de vez en cuando deparando sorpresas como Skyfall… un héroe viejo que sobrevive en nuevos tiempos. Sam Mendes advierte al espectador de manera sutil: ésta es otra película de Bond, y es lo que vas a ver y reconocer. Así se lo dice el agente 007 a Q cuando le preguntá qué ve en ese cuadro: “Yo sólo veo un puto barco”. Pues eso otra película de Bond… pero con sangre nueva. Sam Mendes enriquece la psicología de los personajes con un ritmo vertiginoso y dispara la adrenalina del espectador desde la escena anterior a los créditos. Ahí agarra la mirada del espectador y ya no la suelta. Sam Mendes logra abrir nuevos caminos para que James Bond siga protagonizando otras aventuras posibles.

Así Mendes no claudica de los signos identificativos de la saga Bond: escenarios exóticos, persecuciones que disparan la adrenalina (la escena de apertura es magnífica para retener la atención del que mira), importancia de los créditos, un malvado carismático (pero con profundidad psicológica), chicas Bond bellas (una buena, agente cómplice; otra con aires de mujer fatal que finalmente, como suele ser habitual, se transforma en víctima), personajes secundarios (convirtiendo esta vez a M en un personaje principal de la trama) que acompañan a Bond en la resolución de su nueva aventura, canciones para los coleccionistas de bandas sonoras, trajes de etiqueta para nuestro agente (que sigue llevando corbata o pajarita como nadie incluso pegando bofetadas o dando doble pirueta mortal en el aire), sensualidad, un reconocible sentido del humor… Pero además el director pone su propia firma y añade elementos interesantes dando una dimensión más amplia a la personalidad del agente con el rostro de Daniel Graig. El rostro del agente tiene luces y sombras con traumas del pasado. Sam Mendes emplea lenguaje cinematográfico para narrarnos las nuevas aventuras de 007 y podemos quedarnos en la superficie o adentrarnos en su mundo simbólico.

Dentro de ese mundo simbólico el director no duda en ‘matar’ en la primera escena antes de los créditos a 007 y mostrar así su faceta de vulnerabilidad (no es un héroe eterno, no es un héroe que siempre triunfe en sus misiones)… lo hunde en el fondo de las aguas (ahí empiezan los creditos) para hacerle renacer con sus luces y sombras pero con fuerzas para seguir siendo ese agente 007 con licencia para matar que representó en sus orígenes el reflejo de un héroe europeo en plena Guerra Fría.

Así nos encontramos ante un agente que se siente traicionado, cansado, desentrenado, apático y con traumas de infancia y problemas de alcoholismo (Daniel Graig se muestra como un tipo duro de verdad en esa escena del alacrán en la misma mano donde sostiene una copa de alcohol que consume sin temblar…)… pero leal a lo único que le permite tener raíces y los pies en la tierra: el equipo de inteligencia británica liderado por M con mano férrea durante décadas. Así es significativo que el director ponga en evidencia algo que ya sabíamos: James Bond es un hombre solitario, sin raíces de ningún tipo. Si desapareciera muy poca gente lo echaría realmente de menos. Eso sí deja su sex appeal intacto así es significativa esa imagen de un 007 con una toallita blanca dispuesto a afeitarse con una navaja (de nuevo lo viejo y lo nuevo) y la aparición de esa agente cómplice que le sienta en una silla y empieza ella misma a afeitarle…

Y cuando el trabajo de M no sólo queda cuestionado sino también su persona (y la de los demás agentes) está amenazada… Bond vuelve, a pesar de las heridas. Vuelve para buscar a aquel que está atacando a esa M, que se convierte (con el rostro de Judie Dench) en una especie de madre rígida que pone disciplina entre sus polluelos (los agentes) y que como toda madre siente más preocupación por unos que por otros (aunque trata de que no se le note demasiado). Así Mendes sigue construyendo esta ‘extraña familia’ y nos mete de lleno en una historia de psicoanálisis cuando se descubre que el malvado con cara de Javier Bardem no es otro que un antiguo agente despechado. Y como en los melodramas más extremos Silva, el agente malvado, quiere enfrentarse de nuevo a esa madre que lo dejó desprotegido y quiere también la rebelión del otro agente-rata y ‘hermano’ a la vez. Pero Bond mantiene intacta su lealtad. Así el enfrentamiento está servido y tendrá una culminación shakesperiana, psicoanalítica y melodramática (pero llena de tensión y acción) en tierras lejanas y vinculadas con el pasado del agente. Y en ese enfrentamiento entra otra vez en acción ese enfrentamiento entre lo nuevo y lo viejo que recorre toda la película (con ayuda de un personaje que regresa del pasado íntimo de Bond con el rostro de Albert Finney).

Mendes no sólo muestra referencias cinéfilas de la propia saga (y devuelve a Bond a los orígenes escoceses del primero que lo representó, Sean Connery) sino que introduce elementos cinematográficos que identificamos de otras obras cinematográficas así Skyfall es una palabra que representa un pasado (algo parecido a Rosebud), el pasado del propio agente. Y la ‘estética’ del malo y su comportamiento recuerda a malos malísimos magnéticos como el Hannibal Lecter de El silencio de los corderos. También hay una escena que trae un recurso empleado por Coppola en Apocalipsis Now… y es un helicóptero amenazante que expulsa música por sus altavoces.

Así Sam Mendes deja a un Bond, vivo y dispuesto para otras aventuras trepidantes y llena la galería de nuevos personajes carismáticos que seguirán acompañando a 007 (el nuevo Q o Gareth Mallory, con cara de Ralph Fiennes, con un papel relevante en el M16) así como cierra la puerta a otros míticos dentro de la saga.

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Dos profesores en pantalla. En la casa (Dans la maison, 2012) de François Ozon/ El profesor (Detachment, 2011) de Tony Kaye

Uno habla en francés pero sus orígenes son españoles y el otro habla en inglés americano. Dos profesores muy diferentes que sin embargo comparten, quizá, un sentimiento: apatía y distanciamiento hacia su alumnado. Uno por pura decepción que afecta a su concepción de la enseñanza. Cree que es misión imposible enseñar con un poco de nivel a un grupo de estudiantes que no muestran motivación ni interés alguno. Él hace tiempo que se ha rendido (no hace gran esfuerzo para motivar) y se dedica a dar el temario y corregir los exámenes de manera irónica. El otro porque emocionalmente hace tiempo que está roto y es una especie de barrera que se autoimpone. Sí que piensa que lo que enseña puede servir de algo y sí que trata de motivar pero no quiere implicarse más de lo necesario con su alumnado. Uno es un profesor de plaza fija. El otro es un sustituto que va de un colegio a otro para cubrir ausencias de otros profesores. Los dos son profesores de literatura y los dos para descubrir cuál es el nivel de sus alumnos les mandan una redacción. En el caso del profesor que habla francés esa redacción es el motor de la película y en el caso del americano sólo es un momento más de su periplo educativo. Uno protagoniza una película redonda y el otro está en una película al que le faltan ingredientes para ser redonda pero tiene un montón de elementos rescatables.

Tanto el cine francés como el cine americano tienen una increíble tradición sobre cine y enseñanza (o educación). Normalmente el cine francés suele analizar y radiografiar el sistema educativo francés (pero siempre tratando temas universales) y pone sobre la mesa temas a debate. El cine francés siente un gran respeto por el sistema educativo y denuncia sus carencias como canta sus virtudes para que se vea lo necesaria que es una buena labor educativa que forme nuevos ciudadanos con oportunidades. Así podemos nombrar una lista interminable de buenas películas con el sistema educativo de fondo: Hoy empieza todo, La clase o los documentales Ser y tener y el más reciente (que aún no he tenido oportunidad de ver) Sólo es el principio. Sin embargo François Ozon se evade de esa tradición del cine francés (aunque toma alguno de sus elementos de fondo) y En la casa (adaptación de la obra teatral El chico de la última fila de Juan Mayorga) se convierte en un juego inquietante sobre el poder de la creación literaria. Así asistimos al juego peligroso pero tremendamente atractivo y a la intensa relación entre alumno-profesor (y al cambio de roles, ¿quién enseña a quién? ¿Quién guía a quién? ¿Quién manipula a quién?).

El cine americano también cuenta con una tradición de cine y enseñanza con elementos propios de un género propio. La estructura casi siempre es la misma y carece de sorpresas pero suele prometer un éxito seguro. Un profesor o profesora entra nuevo o nueva a un colegio y se pone al frente de una clase conflictiva (o también como en el caso de El club de los poetas muertos, alumnos apáticos que necesitan alguien que los despierte y les haga creativos)… con tesón y muchos obstáculos logra que los alumnos salgan adelante o que lleven a cabo un proyecto común con éxito. Normalmente hay alguna escena lacrimógena entre profesor y alumno… algún fracaso que llama al éxito. Normalmente el método de enseñanza del súper maestro choca con el programa educativo que impone el colegio. Todo comenzó con profesores como Glenn Ford o Sydney Poitier. Después vino Robin Williams. También ha habido maestras como Julia Robert, Whoopie Goldberg o Hilary Swank. En esta ocasión el director de origen británico Tony Kaye (American History X) vuelve con una película de ficción y vuelve de nuevo a los institutos norteamericanos pero esta vez al corazón de estos lugares… Se aleja totalmente de la fórmula habitual y toma el punto de vista de un profesor sustituto, roto emocionalmente, que llega a su nueva clase. Así presenta un puzle desordenado y caótico vomitando un estado de ánimo que contagia todo un ambiente. De esta manera queda al desnudo un duro sistema educativo americano que se resquebraja entre los ojos impotentes de los docentes. Desde lo emocional vemos cómo se responsabiliza de un sistema con peligro de defunción a una sociedad enferma que arrastra un montón de problemas que llegan al seno de la institución. Una institución quemada por la realidad, por una administración pirata a la que sólo le interesa privatizar y revalorizar las zonas, unos profesores agotados y pesimistas que no saben cómo enfrentarse a sus alumnos, unos padres hastiados que consideran que la educación no es su terreno y exigen todo a los centros educativos (y llevan también ahí su exasperación) y unos adolescentes que no sólo están perdidos sino que arrastran una apatía nociva ante un futuro sin expectativa alguna.

Ozon sorprende con una película aparentemente luminosa y ligera, con apuntes de ironía y comedia, que se va transformando en un apasionante e inquietante ‘relato’ cinematográfico (seguimos jugando) en el que nos sumerge ese ‘artista’ de la creación literaria, un adolescente, que atrapa en una red de araña a todos los habitantes de una casa (‘la típica familia feliz de clase media’…) y a un matrimonio intelectual y burgués (maestro y esposa, galerista de arte contemporáneo). Así llega un momento en que como el último chico de la fila Ozon también atrapa al espectador en ese juego (apasionante pero también cruel y destructor) narrativo. El realizador francés sigue seduciendo con una obra cinematográfica interesante que siempre ‘juega’. No es la primera vez que se sumerge en este terreno entre la realidad y la ficción. Es un realizador elegante que sorprende y siempre motiva la reflexión. Todavía me queda bastante por descubrir de su filmografía pero lo visto hasta ahora (que no es mucho) me lleva a un director-autor que me llama la atención (8 mujeres, Swimming Pool o Potiche, mujeres al poder).

El polifacético Tony Kaye no tiene una trayectoria cinematográfica amplia. Tras su debú en la ficción con American History X apenas se ha prodigado en las pantallas cinematográficas. Ha llevado a cabo proyectos pero al margen de los circuitos de las salas de exhibición. Regresa con un relato poderoso que no redondo (su mayor defecto es que a pesar de vomitar un estado de ánimo desolador es tal la cantidad de situaciones dramáticas —no por ello poco verosímiles— que termina apabullando y anestesiando al espectador… de tal manera que en teoría un momento-clímax de la trama, el espectador está ya tan tocado que no sufre el shock que sí tuvo con el final de American History X). En su relato mezcla un tono documental con un desgarrador discurso emocional que se sustenta por una compleja interpretación de Adrien Brody. El profesor funciona en segmentos aislados y en esa mezcla de estilos visuales que conforman el desordenado puzle emocional de su protagonista principal. Imágenes como de super 8 para los traumáticos recuerdos de su infancia. Transiciones que son visuales animaciones en una pizarra. La importancia de la fotografía que además es el alma (la forma de expresión) de una de las adolescentes protagonistas (que además es la hija del propio realizador). Potentes imágenes de un instituto que cobra vida… Monólogos impresionantes y crudos de otros actores (por ejemplo, un increíble James Caan)…

Así nos esperan en la sala oscura dos profesores que tienen mucho que contarnos…

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Primer cine Oculto en el cine Roxy B de Madrid. Nueve citas con Holy Motors (Holy Motors, 2012) de Leos Carax

Primera cita. Ir a la sala de cine tiene algo de ritual sagrado. Si vas y además no sabes lo que vas a ver ni lo que te vas a encontrar el acto de ir al cine se convierte en una experiencia secreta, oculta. Si además esa sala es una sala de dimensiones considerables con pantalla enorme blanca se deduce que se van siguiendo los ingredientes naturales de este acto. Y si la película proyectada es Holy Motors de Leos Carax la experiencia se convierte en redonda. Porque Holy Motors tiene mucho que ver con lo que es ‘vivir’ el cine. Holy Motors permite recrear un ambiente, un hábitat, unas sensaciones… Mujeres de melenas rubias con caretas verdes, luces fluorescentes, hombres tocando el acordeón, una acróbata de rojo expresándose con el cuerpo, un enorme perro paseando por la sala de cine…

Segunda cita. Desconcierto. Locura. Descoloque. Belleza. Desorden. Imperfección. Muerte. Vida. Representación. Identidad. Incomodidad. Amor. Irreverencia. Transformación. Ruptura. Suciedad. Enfermedad. Vejez. Asesinato. Suicidio. Pérdida. Ausencia… Todas estas palabras se dan cita en una obra cinematográfica extrema y creativamente libre y arriesgada. Holy Motors es obra para ser amada u odiada pero no puede resultar indiferente. Ante sus imágenes o te sientes seducido o descolocado o mareado o desconcertado…

Holy Motors es un grito creativo. Un grito contra el dolor de la ausencia. Un antídoto para vomitar la amargura. Finalmente un canto de amor a la amiga, como se refiere a ella Leos Carax en una entrevista, a su compañera sentimental Yekaterina Golubeva (que murió trágicamente en el verano de 2011). Todas las transformaciones y citas conducen al hombre de múltiples identidades al amor desesperado y doloroso hacia su compañera ausente. Así la culminación o clímax del dolor de esa ausencia tiene lugar en los maravillosos almacenes abandonados de La Samaritaine… desde su terraza se contempla el Pont Neuf… donde entre maniquíes rotos, el que creemos que es Oscar y Jean (Kylie Minogue) tratan de en 20 minutos recuperar 20 años de distanciamiento. Y en ese paseo de Jean con un Oscar que la sigue en silencio, ella canta una canción triste que presagia un final trágico…

Tercera cita. Cine, mil veces cine. Y un personaje misterioso escucha el miedo del transformista: “¿Y si no queda ningún espectador que pueda mirar?”. Holy Motors es una reflexión sobre el arte de mirar. Sobre el cine como representación. Sobre el paso de las enormes cámaras a casi su ausencia. Sobre el espectador que mira o el que se ha cansado ya de mirar. Sobre la posibilidad del actor de ‘vivir’ mil vidas y mil muertes. Sobre el cansancio de la representación cuando esa ficción siente que ya no hay ojos que observan. Que se conmueven, se escandalizan o se irritan. Que lloran o ríen. Cuando lo sagrado parece que muere…

Holy Motors empieza como el sueño de un cineasta (el propio Leos Carax) que despierta en una cama con un perro. Avanza por una habitación y da con una puerta secreta… Su dedo es la llave. El cineasta llega a una sala de cine llena de espectadores en silencio. A oscuras. Un niño desnudo corre por el pasillo y un enorme perro avanza… Empieza el espectáculo.

Antes y durante las transformaciones veremos ráfagas de imágenes en blanco y negro de uno de los pioneros de las imágenes en movimiento, Étienne Jules Marey. Y es que el cine sigue ofreciendo esa ilusión óptica de imágenes en movimiento que suponen además ‘atrapar’ la inmortalidad. La posibilidad de que siempre regresen los ausentes.

Durante Holy Motors vemos señas evidentes de la breve filmografía de Leos Carax. De su forma de entender el cine. La presencia de su actor fetiche (Denis Lavant). La presencia de Pont Neuf (… referente a su canto de cisne o de ave fénix, Los amantes de Pont Neuf, 1991). La representación de la belleza y la violencia en un mundo de seres marginados y distantes… La recuperación de monsieur Merde, un personaje irreverente y destructor que arrasa allá por donde pasa… que salió de las alcantarillas en el cortometraje que incluyó el director en la película colectiva Tokyo! en el año 2008.

La capacidad del cine para generar emociones, para provocar, para transformar. Para mostrar otros mundos y otras fábulas. Para experimentar. ¿Es Holy Motors cine dentro del cine? En Holy Motors sólo hay ecos y brillos de cine fantástico, de ciencia ficción, de cine virtual, de cine protesta, de cine como poema, de cine con todo su poder visual, de cine musical… Y sólo hay suaves huellas de aquellos cineastas que alguna vez desconcertaron desde un George Franju (del que desconozco totalmente su mundo… pero su huella puede captarse sobre todo por una presencia de la que hablaré en otra cita) o del mundo poético de Jean Cocteau (también fácil de detectar por la vida protagonizada por Monsieur Merde)… La propia película nos habla también de la importancia de la fotografía, de la instantánea, y uno de los personajes nombra a la fotógrafa Diane Arbus capaz de captar lo bello y lo hermoso en los seres imperfectos o deformes. En lo oscuro.

Cuarta cita. La limusina como refugio. La limusina blanca que recorre un París especial. La limusina que en su interior es un camerino con todos los utensilios necesarios para la transformación física del personaje con múltiples identidades. El espejo con luces. Los maletines con todo lo necesario para el maquillaje. Las pelucas. El vestuario…

La limusina que avanza y lleva al protagonista de cita en cita. Allí tiene su alimento. Su bebida. Sus momentos de intimidad. De concentración. De preparación de las citas. Allí está su ángel de la guardia —o dulce encarnación de un infierno que no tiene fin— (que merece una cita entera), Céline, conductora y secretaria.

Las limusinas como burbujas donde transcurre un mundo propio (cine-limusina… Cosmópolis o The Girl experience). La limusina que siempre recoge al transformista. Que se convierte en un personaje más y en Holy Motors con más identidad todavía…

De pronto nos damos cuenta que la limusina de Oscar no es la única que pulula en la ciudad. A las doce de la noche, como Cenicientas, un montón de limusinas descansan en un enorme y solitario garaje que se llama Holy Motors. Mañana será otro día… en que de nuevo un montón de transformistas vivirán un puñado de vidas y muertes en diferentes citas. Sin saber si alguien les observa… y capta la belleza del acto de representación.

Quinta cita. Denis Lavant es como un nuevo Lon Chaney. El hombre de las mil caras y mil transformaciones. El hombre camaleón. No necesita de efectos especiales. Denis Lavant se transforma con antiguas artes que siguen funcionando. Y eso es el secreto del actor, aquel que tiene capacidad para transformarse en otro. Lavant-Oscar está montado en su limusina-camerino. Y ahí cuenta con su caja de maquillaje, sus ropas… adecuadas para la transformación física. Después están los movimientos de su cuerpo. La expresión corporal, Lavant recita con el cuerpo. Su expresión y su forma de hablar.

Así igual es un hombre joven, que un hombre anciano. Así puede ser un banquero o transformarse en un ser de las alcantarillas o en una anciana encorvada que pide limosna por las calles de París y sólo ve piedra y pies… y tiene mucho miedo a no morir. Más allá es un asesino de sí mismo o de un banquero. Y en el entreacto un acordeonista que dirige a otros entre las columnas de una enorme iglesia. Más acá es un especialista en cine virtual-sexual. En medio un padre extraño que castigará a su hija adolescente por no quererse. Y en el clímax un hombre enamorado con dolor. Y en el final un padre de una extraña familia…

Sexta cita. Céline, personaje misterioso y maravilloso. Una mujer de pelo blanco, protectora, que conduce la limusina a la vez que se preocupa por que Oscar llegue a sus distintas citas. Le rescata. Se preocupa de su estado y cansancio. Es altísima, delgadísima y muy elegante (hasta en el insulto a otro conductor de limusina). Es distante. Durante todo el trayecto lleva su pelo recogido, un moño. Es como un ángel. Nada sabemos de Céline más que su trabajo y función. Su presente. Y su relación distante y a la vez cercana con Oscar. Al final su personaje nos conduce a un mundo misterioso. No sabemos dónde va cuando deja la limusina y es la última en abandonar el garaje. Se suelta su moño, se coloca una máscara verde e informa por teléfono de que vuelve a casa. Céline tiene el rostro de Edith Scob, con papel inquietante en la mítica Los ojos sin rostro (que sigo sin haberla visto, ay) de George Franju.

Séptima cita. En la limusina sólo hay sitio para Oscar y sus transformaciones y su conductora Céline. Pero de pronto aparece un único personaje misterioso con cara de Michel Piccoli. Un hombre al que le preocupa el cansancio de Oscar en su ‘arte’ de la representación. Él es uno de esos que todavía mira. Parece que es una especie de espectro que trata de recordar a Oscar que sus citas no son en vano pues hay gente que todavía observa… ¿Un espectador?

Octava cita. El hombre de las alcantarillas y la modelo (Eva Mendes). O una manera distinta de volver a representar a la bella y a la bestia. Ahí está ese personaje inmundo que en su camino destruye y pasea su irreverencia ante el pasmo de todos aquellos que se cruzan en su andanza. Es ni más ni menos que Monsieur Merde que ya tuvo vida en un cortometraje. Esta vez en su camino arrasador termina en una sesión de fotos a una modelo-estatua. Y en otro acto provocador Monsieur Merde arrastra a la modelo-estatua a las alcantarillas y sigue actuando entre (con un lenguaje ininteligible) la irreverencia y la belleza, lo desagradable y lo poéticamente cruel… y la última imagen es una especie de provocadora Piedad (en la composición) con una modelo-estatua que canta una nana triste a un desnudo y empalmado Monsieur Merde…

Novena cita. Si me preguntasen en esta última cita si me ha gustado Holy Motors… contestaría que sigo procesando sus imágenes. Confesaría que sigo pensándola. Comentaría que según iba viendo esta desconcertante película mis emociones iban cambiando. Del descoloque a la incomodidad. De lo poético a lo exagerado o ridículo. De lo reflexivo a lo irracional. Entre lo cuerdo y la locura… Lo que no niego es la capacidad de sorprenderme continuamente antes sus imágenes y la sensación de estar ante una obra creativa totalmente libre. Ahora como Oscar me iba preguntando ¿y hacia dónde me lleva esto? ¿Qué me quiere mostrar Leos Carax?… si realmente quiere mostrar algo. ¿Por qué ver Holy Motors? ¿Cómo sentirla o experimentarla? Y sigo contestando todas estas preguntas y las posibilidades son infinitas.

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