Primera cita. Ir a la sala de cine tiene algo de ritual sagrado. Si vas y además no sabes lo que vas a ver ni lo que te vas a encontrar el acto de ir al cine se convierte en una experiencia secreta, oculta. Si además esa sala es una sala de dimensiones considerables con pantalla enorme blanca se deduce que se van siguiendo los ingredientes naturales de este acto. Y si la película proyectada es Holy Motors de Leos Carax la experiencia se convierte en redonda. Porque Holy Motors tiene mucho que ver con lo que es ‘vivir’ el cine. Holy Motors permite recrear un ambiente, un hábitat, unas sensaciones… Mujeres de melenas rubias con caretas verdes, luces fluorescentes, hombres tocando el acordeón, una acróbata de rojo expresándose con el cuerpo, un enorme perro paseando por la sala de cine…

Segunda cita. Desconcierto. Locura. Descoloque. Belleza. Desorden. Imperfección. Muerte. Vida. Representación. Identidad. Incomodidad. Amor. Irreverencia. Transformación. Ruptura. Suciedad. Enfermedad. Vejez. Asesinato. Suicidio. Pérdida. Ausencia… Todas estas palabras se dan cita en una obra cinematográfica extrema y creativamente libre y arriesgada. Holy Motors es obra para ser amada u odiada pero no puede resultar indiferente. Ante sus imágenes o te sientes seducido o descolocado o mareado o desconcertado…

Holy Motors es un grito creativo. Un grito contra el dolor de la ausencia. Un antídoto para vomitar la amargura. Finalmente un canto de amor a la amiga, como se refiere a ella Leos Carax en una entrevista, a su compañera sentimental Yekaterina Golubeva (que murió trágicamente en el verano de 2011). Todas las transformaciones y citas conducen al hombre de múltiples identidades al amor desesperado y doloroso hacia su compañera ausente. Así la culminación o clímax del dolor de esa ausencia tiene lugar en los maravillosos almacenes abandonados de La Samaritaine… desde su terraza se contempla el Pont Neuf… donde entre maniquíes rotos, el que creemos que es Oscar y Jean (Kylie Minogue) tratan de en 20 minutos recuperar 20 años de distanciamiento. Y en ese paseo de Jean con un Oscar que la sigue en silencio, ella canta una canción triste que presagia un final trágico…

Tercera cita. Cine, mil veces cine. Y un personaje misterioso escucha el miedo del transformista: “¿Y si no queda ningún espectador que pueda mirar?”. Holy Motors es una reflexión sobre el arte de mirar. Sobre el cine como representación. Sobre el paso de las enormes cámaras a casi su ausencia. Sobre el espectador que mira o el que se ha cansado ya de mirar. Sobre la posibilidad del actor de ‘vivir’ mil vidas y mil muertes. Sobre el cansancio de la representación cuando esa ficción siente que ya no hay ojos que observan. Que se conmueven, se escandalizan o se irritan. Que lloran o ríen. Cuando lo sagrado parece que muere…

Holy Motors empieza como el sueño de un cineasta (el propio Leos Carax) que despierta en una cama con un perro. Avanza por una habitación y da con una puerta secreta… Su dedo es la llave. El cineasta llega a una sala de cine llena de espectadores en silencio. A oscuras. Un niño desnudo corre por el pasillo y un enorme perro avanza… Empieza el espectáculo.

Antes y durante las transformaciones veremos ráfagas de imágenes en blanco y negro de uno de los pioneros de las imágenes en movimiento, Étienne Jules Marey. Y es que el cine sigue ofreciendo esa ilusión óptica de imágenes en movimiento que suponen además ‘atrapar’ la inmortalidad. La posibilidad de que siempre regresen los ausentes.

Durante Holy Motors vemos señas evidentes de la breve filmografía de Leos Carax. De su forma de entender el cine. La presencia de su actor fetiche (Denis Lavant). La presencia de Pont Neuf (… referente a su canto de cisne o de ave fénix, Los amantes de Pont Neuf, 1991). La representación de la belleza y la violencia en un mundo de seres marginados y distantes… La recuperación de monsieur Merde, un personaje irreverente y destructor que arrasa allá por donde pasa… que salió de las alcantarillas en el cortometraje que incluyó el director en la película colectiva Tokyo! en el año 2008.

La capacidad del cine para generar emociones, para provocar, para transformar. Para mostrar otros mundos y otras fábulas. Para experimentar. ¿Es Holy Motors cine dentro del cine? En Holy Motors sólo hay ecos y brillos de cine fantástico, de ciencia ficción, de cine virtual, de cine protesta, de cine como poema, de cine con todo su poder visual, de cine musical… Y sólo hay suaves huellas de aquellos cineastas que alguna vez desconcertaron desde un George Franju (del que desconozco totalmente su mundo… pero su huella puede captarse sobre todo por una presencia de la que hablaré en otra cita) o del mundo poético de Jean Cocteau (también fácil de detectar por la vida protagonizada por Monsieur Merde)… La propia película nos habla también de la importancia de la fotografía, de la instantánea, y uno de los personajes nombra a la fotógrafa Diane Arbus capaz de captar lo bello y lo hermoso en los seres imperfectos o deformes. En lo oscuro.

Cuarta cita. La limusina como refugio. La limusina blanca que recorre un París especial. La limusina que en su interior es un camerino con todos los utensilios necesarios para la transformación física del personaje con múltiples identidades. El espejo con luces. Los maletines con todo lo necesario para el maquillaje. Las pelucas. El vestuario…

La limusina que avanza y lleva al protagonista de cita en cita. Allí tiene su alimento. Su bebida. Sus momentos de intimidad. De concentración. De preparación de las citas. Allí está su ángel de la guardia —o dulce encarnación de un infierno que no tiene fin— (que merece una cita entera), Céline, conductora y secretaria.

Las limusinas como burbujas donde transcurre un mundo propio (cine-limusina… Cosmópolis o The Girl experience). La limusina que siempre recoge al transformista. Que se convierte en un personaje más y en Holy Motors con más identidad todavía…

De pronto nos damos cuenta que la limusina de Oscar no es la única que pulula en la ciudad. A las doce de la noche, como Cenicientas, un montón de limusinas descansan en un enorme y solitario garaje que se llama Holy Motors. Mañana será otro día… en que de nuevo un montón de transformistas vivirán un puñado de vidas y muertes en diferentes citas. Sin saber si alguien les observa… y capta la belleza del acto de representación.

Quinta cita. Denis Lavant es como un nuevo Lon Chaney. El hombre de las mil caras y mil transformaciones. El hombre camaleón. No necesita de efectos especiales. Denis Lavant se transforma con antiguas artes que siguen funcionando. Y eso es el secreto del actor, aquel que tiene capacidad para transformarse en otro. Lavant-Oscar está montado en su limusina-camerino. Y ahí cuenta con su caja de maquillaje, sus ropas… adecuadas para la transformación física. Después están los movimientos de su cuerpo. La expresión corporal, Lavant recita con el cuerpo. Su expresión y su forma de hablar.

Así igual es un hombre joven, que un hombre anciano. Así puede ser un banquero o transformarse en un ser de las alcantarillas o en una anciana encorvada que pide limosna por las calles de París y sólo ve piedra y pies… y tiene mucho miedo a no morir. Más allá es un asesino de sí mismo o de un banquero. Y en el entreacto un acordeonista que dirige a otros entre las columnas de una enorme iglesia. Más acá es un especialista en cine virtual-sexual. En medio un padre extraño que castigará a su hija adolescente por no quererse. Y en el clímax un hombre enamorado con dolor. Y en el final un padre de una extraña familia…

Sexta cita. Céline, personaje misterioso y maravilloso. Una mujer de pelo blanco, protectora, que conduce la limusina a la vez que se preocupa por que Oscar llegue a sus distintas citas. Le rescata. Se preocupa de su estado y cansancio. Es altísima, delgadísima y muy elegante (hasta en el insulto a otro conductor de limusina). Es distante. Durante todo el trayecto lleva su pelo recogido, un moño. Es como un ángel. Nada sabemos de Céline más que su trabajo y función. Su presente. Y su relación distante y a la vez cercana con Oscar. Al final su personaje nos conduce a un mundo misterioso. No sabemos dónde va cuando deja la limusina y es la última en abandonar el garaje. Se suelta su moño, se coloca una máscara verde e informa por teléfono de que vuelve a casa. Céline tiene el rostro de Edith Scob, con papel inquietante en la mítica Los ojos sin rostro (que sigo sin haberla visto, ay) de George Franju.

Séptima cita. En la limusina sólo hay sitio para Oscar y sus transformaciones y su conductora Céline. Pero de pronto aparece un único personaje misterioso con cara de Michel Piccoli. Un hombre al que le preocupa el cansancio de Oscar en su ‘arte’ de la representación. Él es uno de esos que todavía mira. Parece que es una especie de espectro que trata de recordar a Oscar que sus citas no son en vano pues hay gente que todavía observa… ¿Un espectador?

Octava cita. El hombre de las alcantarillas y la modelo (Eva Mendes). O una manera distinta de volver a representar a la bella y a la bestia. Ahí está ese personaje inmundo que en su camino destruye y pasea su irreverencia ante el pasmo de todos aquellos que se cruzan en su andanza. Es ni más ni menos que Monsieur Merde que ya tuvo vida en un cortometraje. Esta vez en su camino arrasador termina en una sesión de fotos a una modelo-estatua. Y en otro acto provocador Monsieur Merde arrastra a la modelo-estatua a las alcantarillas y sigue actuando entre (con un lenguaje ininteligible) la irreverencia y la belleza, lo desagradable y lo poéticamente cruel… y la última imagen es una especie de provocadora Piedad (en la composición) con una modelo-estatua que canta una nana triste a un desnudo y empalmado Monsieur Merde…

Novena cita. Si me preguntasen en esta última cita si me ha gustado Holy Motors… contestaría que sigo procesando sus imágenes. Confesaría que sigo pensándola. Comentaría que según iba viendo esta desconcertante película mis emociones iban cambiando. Del descoloque a la incomodidad. De lo poético a lo exagerado o ridículo. De lo reflexivo a lo irracional. Entre lo cuerdo y la locura… Lo que no niego es la capacidad de sorprenderme continuamente antes sus imágenes y la sensación de estar ante una obra creativa totalmente libre. Ahora como Oscar me iba preguntando ¿y hacia dónde me lleva esto? ¿Qué me quiere mostrar Leos Carax?… si realmente quiere mostrar algo. ¿Por qué ver Holy Motors? ¿Cómo sentirla o experimentarla? Y sigo contestando todas estas preguntas y las posibilidades son infinitas.

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