Don McCullin, una trayectoria heroica

Ayer, Hildy quería ver una exposición de fotografía así que me dirigí a la sala de exposiciones del Canal de Isabel II para descubrir a un reportero gráfico, Don McCullin. Y me quedé impresionada. La fotografía es imagen…, un trozo de fotograma, un instante. 

Don McCullin es un fotógrafo británico que ha reflejado a través de su objetivo la construcción del muro de Berlín, la situación en Irlanda, las guerras de Vietnam, Camboya, Israel, Biafra…, situaciones de pobreza, enfermedad y hambruna en Inglaterra, India y África. Es un testigo con su cámara, sin máscaras, del horror de la guerra y el sufrimiento y dignidad de los civiles. Su reflejo del mundo desde finales de los años sesenta no es nada esperanzador. Con sus fotos denuncia y muestra que la guerra es lo peor y que las consecuencias para los seres humanos son desastrosas. 

Aún así, Don McCullin se desespera porque a pesar de los testimonios gráficos, el horror se repite una y otra vez en distintas partes del planeta.Sus fotografías –y él hace reflexiones interesantísimas sobre cómo se sitúa con su cámara ante ciertas situaciones horribles y que no se siente en absoluto bien pero siente necesidad de hacerlo– son un testimonio directo del sufrimiento. Niños, mujeres y hombres ante el cólera, el SIDA o el hambre; duros rostros de personas sin hogar en Inglaterra ante el paro y la pobreza; enfrentamientos cuerpo a cuerpo, heridos por minas, balas y granadas; civiles asustados ante el bombardeo o los tiros cruzados; el reflejo directo de la muerte; detenciones, torturas y situaciones de crueldad humana…, es un viaje al horror. 

Don McCullin, con su cámara en mano, quería mostrar la guerra pero él aclara que quería demostrar que la guerra no era made in Hollywood. Que los enfrentamientos no son heroicos y sobre todo se dio cuenta de cómo influían en la población civil. 

En una proyección que se puede ver al final de la exposición, me impresionó una anécdota que contaba. En una de sus muchas sesiones de fotografías en combate a Don McCullin le hirieron. Él veía como se iba desangrando y le metieron en un camión con varios heridos y un hombre que se estaba muriendo por el mismo ataque. A McCullin le habían puesto morfina pero él ante el horror, se refugió tras su cámara, y colocado, empezó a realizar fotografías en el camión.Poco después llegó a un edificio y se dio cuenta de que era un manicomio con muchas mujeres que bailaban sin parar danzas. Y, también, las fotografió porque de pronto sintió la similitud entre la guerra y la locura. Tremendo, verdad. 

Otro testimonio que me hizo reflexionar es que tras años de trabajo en guerra, lo que le cuesta a Don McCullin es reflejar o captar la paz. Ahora, dedica mucho de su tiempo a fotografiar los paisajes británicos. La naturaleza sin seres humanos de por medio. ¿Paradójico, verdad? 

La editorial Lunwerg, que suele editar fantásticos libros de fotografía, ha publicado un libro de bolsillo monográfico sobre Don McCullin. Otra oportunidad para descubrirlo. 

Y, también, anunciaros –cambiando absolutamente de tema– y volviendo a mis orígenes cinéfilos que el sábado me voy a una sala enorme a disfrutar de ese clásico maravilloso que es Blade Runner para encontrarme de nuevo con Rick Deckard y con los replicantes Roy Batty, Pris o Rachael. 

Pequeña reflexión cinéfila

¿El cine muestra vidas paralelas?

¿Una película nos hace vivir lo que nunca nos hemos atrevido a sentir?

¿Un personaje puede decir lo que siempre callamos?

El cine nos abre a otros mundos y dimensiones…, a otras galaxias.

El cine nos permite enamorarnos una y otra vez. Evitar el desengaño. Creer que alguien puede aparecer al otro lado de la esquina. Pensar que la persona que tienes al lado, es esa persona que esconde puntos en el alma que aún no has descubierto.

El cine te descubre otros rostros, otras bellezas.

El cine dice que cada día es una aventura.

Con el cine, viajas a lugares remotos…, que nunca verás.

El cine nos acerca a la muerte.

Al tiempo que pasa irremediablemente…, también en cada fotograma.

Diccionario cinematográfico (42)

Escotadura supraesternal: o Bósforo de Almasy…, porque nuestros cuerpos son los verdaderos países, llévame a una tierra sin mapas, sin fronteras.

La Escotadura supraesternal de tu cuerpo me pertenece. ¿No eres ajeno a la propiedad? Siempre te quise.

En la cueva de los nadadores, una luz o una vida se apaga. Prométeme que volverás. Volveré. Y alzaremos el vuelo en una avioneta por un país que no aparezca en los mapas. Sin ti soy un muerto en vida. Morimos. Morimos. Morimos.

Al fondo, una luz. Siempre regresaré a ver mis pinturas. Sí, ya sabes, quiero ser encontrado. Aquí estoy.

¿No eres ajeno a la propiedad? Mientras, el conde toca el Bósforo de Almasy de su amada. Por si te sigue interesando, se llama Escotadura supraesternal.

Gracias, y el conde con el rostro quemado acerca a la enfermera Hanna, la mujer que cree que toda persona a la que ama muere, unos frascos de morfina. Léeme mientras duermo. Y, al final, unas palabras escritas por la dueña del Bósforo, en un libro de Herodoto, el padre de la Historia…, y entre esas páginas, unos dibujos de la cueva de los nadadores. Porque todos nadamos de un sitio a otro. Sin rumbo fijo, en una tierra sin mapas. Nuestro cuerpo es la geografía. En el cuerpo del amado, están nuestras propiedades. ¿No eres ajeno a la propiedad? No, tu Escotadura supraesternal me pertenece en las noches de lluvia, de estrellas o tormentas de arena. Cuéntame, a la luz de la hoguera, una historia antigua. Léeme, mientras me duermo.

Mi hermano es hijo único

La película de Danielle Luchetti es uno de los últimos éxitos del cine italiano y la vi con gusto. Aunque ahí se para mi apreciación. La disfruté como una historia bien contada y ambientada. Me sirvió para descubrir nuevos rostros del cine italiano en las caras de Accio (Elio Germano), Manrico (hermoso Ricardo Scamarcio) o Francesca (Diane Fleri). Y, hubo aspectos del argumento que me interesaron. Sin embargo, no llegó a entusiasmarme o, mejor dicho, a emocionarme. Y, como me pasa con otras películas, me cuesta explicar el porqué. 

Me encantan las historias sobre hermanos. Mi hermano es hijo único se centra en Accio y Manrico, dos hermanos que viven en una pequeña ciudad italiana en los años de cambio (sesenta y setenta). Accio, es el hermano pequeño, un niño inquieto e inteligente que por sistema quiere llamar la atención de sus padres y hermanos mayores y la forma que encuentra es militar en todo aquello que es contrario a la ideología y pensamiento de su familia (como oposición a su hermano, se mete de lleno en un seminario, en la iglesia. Y de nuevo, como oposición a sus hermanos y padres, milita en un partido fascista). El personaje de Accio evoluciona y es interesante asistir a su transformación y a su toma de conciencia. 

Sin embargo, la película no logra lo que podía haber sido por la evolución y la forma de plasmar al hermano mayor, Manrico. ¿Qué le pasa a Manrico?¿Cómo evoluciona su pensamiento político? Aparece como un joven líder de izquierdas, de ideas comunistas, que es un gran comunicador en su fábrica y después en un círculo de estudiantes. Y al final es él quien desencadena la tragedia en una historia que pululaba entre la comedia costumbrista, el despertar adolescente y una idea de sueños y compromisos. De pronto, Manrico cambia y parece que pasa del pensamiento comunista a la acción armada de una revolución en la que sueña. Se convierte en un joven perseguido…,¿pero? Me falta información. Así que no logro entenderlo y me afecta a la hora de conseguir adentrarme enteramente en la relación de estos dos hermanos que cuenta con algunas escenas entrañables. ¿Por qué es Manrico el que sale perdiendo? 

Me gusta, también, el triángulo que forman los dos hermanos con la joven Francesca, una mujer libre de prejuicios pero que termina viviendo con miedo y que se enfrenta a una situación, que por lo menos yo no entiendo (¿será por mi desconocimiento de la realidad italiana?). También, un diez a esa madre coraje, mamma italiana con cara de Angela Finocchiaro, que toda su vida sueña con una casa mejor para su familia, con vistas al mar, y que no se caiga en pedazos. Quizá, entendería algo más leyendo la novela que adapta el director Daniele Luchetti, Il fasciocomunista. 

Una película con una ambientación que traerá recuerdos a muchos italianos y unas canciones y música que envuelven. El joven Accio, hay que reconocerlo, llena una película con sus luces y sombras. 

 

Leones por corderos

Robert Redford, hombre de trayectoria independiente y comprometida, tiene la suficiente experiencia, poder en la industria cinematográfica y buen hacer tanto en la dirección como en la interpretación como para, de repente, decir lo que piensa y le da la gana en una película. En Leones por corderos, el director y actor rueda su reflexión personal sobre la actuación de su país respecto la política exterior que está llevando a cabo. 

Robert Redford lo hace bien. Crea una película que no se convierte en mero panfleto ideológico sino en una obra de interés tanto por lo que cuenta como por cómo lo cuenta. Quizá en un futuro próximo se convierta en un interesante documento sociológico sobre estos tiempos del siglo XXI. Robert Redford quiere hablar y transmitir un discurso muy pensado y, con libertad de expresión, crea una historia al servicio de su pensamiento e ideología. Y magia de las magias, como es un hombre inteligente y entiende de cine, crea una producción de interés que permite al espectador seguir una historia intensa, salir del cine y reflexionar. Buena película para debates posteriores. 

Me gusta lo que dice y piensa Robert Redford y, personalmente, me gusta cómo lo cuenta. La película a nivel de dirección es sencilla, no tiene grandes alardes visuales ni creativos pero…, funciona un guión inteligente y unos intérpretes brillantes. El director narra en tiempo real tres momentos en las vidas de unos personajes: una entrevista entre una periodista y un político republicano, una entrevista entre un profesor universitario de Ciencias Políticas y una alumno pasota e inteligente y un momento concreto de dos jóvenes soldados norteamericanos en Afganistán. 

Las tres historias se interconectan pero además representan distintos estamentos de la sociedad estadounidense y las distintas posturas: la política, los medios de comunicación, la sociedad civil, la teoría, la práctica, la acción, las responsabilidades, las decisiones y la guerra. Cada historia lanza sus preguntas, sus críticas y sus posturas ¿Qué está ocurriendo?¿Qué responsabilidades tenemos?¿La sociedad civil vive adormilada?¿Qué pasa, realmente?¿Qué supone la guerra, en este caso, de Afganistán? 

Después, Robert Redford sabe rodearse bien. Él, como profesor universitario, borda el papel de teórico progresista y desencantado pero luchando cada día por despertar a los jóvenes que van a sus clases, quiere que piensen, que participen, que actúen, que decidan, que construyan una sociedad mejor…, y no se dejen vencer por la apatía. Tom Cruise, brillante como político republicano ambicioso, que se cree el salvador del mundo, que crea estrategias y proyectos, pensando más que en el pueblo, en su éxito electoral y su subida al poder. Meryl Streep, de nuevo sublime como periodista cansada, en otro tiempo reivindicativa y luchadora, y ahora inmersa en su cadena más pendiente del negocio y de las audiencias que en informar con rigor y análisis. Y, por último, los dos jóvenes actores que representan el episodio de la guerra de Afganistán, Michael Peña y Derek Luke, que movidos por su experiencia vital y por sus ganas de contribuir y mejorar su entorno difícil (ambos forman parte de minorías de EEUU: uno es mexicano y el otro es afroamericano) se enrolan como voluntarios en esta guerra que no les devolverá, precisamente, a su mundo soñado. 

Redford no responde sino que expone. El espectador ve y escucha. Y, después, puede reflexionar o seguir dormido. 

Chantaje en Broadway (1957) de Alexander Mackendrick

Hay películas que caen en el olvido y no se entiende muy bien el porqué. Las visualizas un día con sorpresa y descubres una buena historia. Y, esto ocurre con Chantaje en Broadway, con un título original mucho más hermoso e irónico Sweet smell of success. La ironía se entiende cuando te introduces en la historia del agente de prensa Sydney Falco (Tony Curtis) y el columnista todopoderoso J.J. Hunsecker. 

Lo primero que llama la atención de esta película de los cincuenta son los créditos. Me gusta verlos porque entiendes muchos aspectos posteriores. Hagamos esta vez un experimento y centrémonos en ellos. El guión está firmado por Clifford Odets y Ernest Lehman. Y es una adaptación de una novela del segundo de los guionistas. Lehman trabajó cuando era joven en Broadway como redactor de un publicista en la industria del musical y quiso reflejar esa experiencia en la novela. Sabe de qué habla. Y se nota. 

Este guionista escribió musicales tan importantes como West Side Story o El rey y yo pero también fue responsable de la adaptación al cine de la obra teatral ¿Quién teme a Virginia Woolf? También, colaboró junto al mago del suspense en una de mis películas más queridas, Con la muerte en los talones. 

Y, su compañero Clifford Odets, un gran dramaturgo que durante los años treinta fue un de los principales representantes del teatro proletario estadounidense y se unió al proyecto del Federal Theatre en la administración Roosevelt para promocionar la cultura teatral durante la depresión. Su trabajo muestra un compromiso sociopolítico. También, fue guionista de cine (¿recuerdan una de las primeras apariciones de la Monroe en una película de Lang, Encuentros en la noche?) pero por su compromiso político tuvo problemas para trabajar en la industria. Se le recuerda también como una de las parejas de la malograda actriz Frances Farmer.

Después nos encontramos con la música de Elmer Bernstein. Durante esta década –y ya desde Un tranvía llamado deseo– empieza a utilizarse el Jazz en el cine. Éste es un buen ejemplo. Teniendo en cuenta que uno de los personajes es un guitarrista de una banda de jazz. No olvidemos que Bernstein es el creador de bandas sonoras tan increíbles como El hombre del brazo de oro, Matar a un ruiseñor o El hombre de Alcatraz.

De pronto, miramos al director de fotografía y se trata de James Wong Howe, un buen artesano de la imagen que ha firmado obras como La cena de los acusados, Argel, Picnic…

Siguiendo el rastro de los créditos, nos topamos con el nombre del director de la película Alexander Mackendrick. Y me sorprendo del todo. Es un hombre que no ha dirigido muchas obras pero que su nombre pasó a la historia por una de las comedias negras británicas más afiladas, ¿recuerdan El quinteto de la muerte?

De pronto, vamos al terreno de la producción y vemos al propio Lancaster con Hecht y Hill. No olvidemos que estos productores hicieron un intento de cine independiente y realista con obras cinematográficas como Marty.

Y, por último nos vamos a los intérpretes y chocamos con dos actores que dejan unas interpretaciones sorprendentes. A un Tony Curtis desconocido y grande que deja a un lado sus galanes de cara bonita, sus leotardos, sus caritas de niño mono y su vis cómica y nos seduce con un gran personaje de perdedor. El buscavidas ambicioso (mucho antes que Paul Newman) que tiene sueños de éxito y que se deja aplastar y aplasta para conseguir sus objetivos. En el último momento hay un atisbo de humanidad, de no vivir encadenado, pero su ambición puede más. Sin embargo, este joven con una cara que derrite le golpea la vida una y otra vez. Y terminará perdido en la jungla que él bien conoce, traicionado. Y, como no, a un Burt Lancaster que se come la pantalla en cada una de sus apariciones. Burt Lancaster que estás en los cielos y dejaste grandes personajes, un columnista poderoso y consciente de su poder que manipula y destroza según su capricho a todo el que le rodea, incluso al ser que más ama, su hermana. Burt Lancaster de personaje oscuro al que determinas un fin en soledad, con el rostro crispado.

¿Después de este experimento con los créditos les queda duda de que es una película que merece la pena? Chantaje en Broadway presenta de manera inusual el mundo del poder, la corrupción, la traición y otros tejemanejes con grandes personajes secundarios. Los columnistas rivales, esa secretaria que ve cómo su jefe se hunde, esa vendedora de cigarrillos de pasado triste, ese policía de cara desagradable, esa joven hermana de personalidad débil pero pura, ese guitarrista que ama su música, ama a su chica y es capaz de enfrentarse a lo que no cree justo. Una fotografía que recuerda al mejor cine negro que recorre una noche de traiciones y pasiones. Un mundo de perdedores, de hombres y mujeres hundidos donde no hay caretas. Un mundo donde se escala hacia el éxito sin pensar en el daño ocasionado…, una película negra y pesimista que muestra la soledad en la que te sumerge la ciudad…, ¿quizá por eso, por el mundo que refleja, Chantaje en Broadway esta en el baúl de los olvidos?

Al final el amanecer, y un personaje libre que cruza una calle…

Susan Sarandon

Mujer de rostro bello y fuerte, comprometida, de filmografía interesante que nos acompaña desde los años setenta. Su mirada es de las que hablan, transparente. Ya había hecho alguna aparición pero su primer papel importante queda para la posteridad porque trabaja con uno de los mejores directores del cine clásico, en una gran obra, y con un actor de los de siempre, Jack Lemon. Es esa novia mil veces abandonada por su chico apasionado por el periodismo comprometido y menos enamorado de una vida matrimonial y tranquila. Una joya, Primera plana (1974) de Billie Wilder. 

Después, se convirtió en reina de una cinta de culto, ella era la joven virgen americana en una mansión de frikies que descubre toda su sensualidad y esplendor. Bailemos una y otra vez al ritmo de la mítica y sinsentido –¿pero quién lo pide?– The Rocky Horror Picture Show (1975). 

Su rostro se va afianzando y encarna a una heroína romántica junto al galán de moda, Robert Redford, en El carnaval de las águilas (1975), que no tuvo el éxito esperado. Ahora, ambos intérpretes vuelven a cruzar sus caminos al reflejar sus visiones y luchar contra la intervención bélica actual de su país en Irak y Afganistán (Robert Redford protagonizando y dirigiendo la interesante Leones por corderos y Susan Sarandon protagonizando En el Valle de Elah, la nueva película del director Paul Higgis. Los dos actores muestran su progresismo y coherencia de pensamiento en cada una de sus intervenciones. El espíritu de los 70 corre por sus venas.). 

Nos adentramos en la etapa americana del realizador francés Louis Malle y cuenta en dos de sus películas con el rostro cansado, triste y bello de Sarandon. Ahí, la tenemos con un limón y su cuerpo enamorando a un anciano Burt Lancaster o como madre en un burdel con una hija con cara de Brook Shields. Me refiero a Atlantic city (1980) y La pequeña (1978). 

En los ochenta sigue su carrera aunque no consigue papeles inolvidables, con su rostro más maduro irá adquiriendo papeles más importantes. Con 41 años conocerá a su pareja actual y más duradera, Tim Robbins (él, en aquel entonces, 1988, tenía 27 años).  La tempestad, El ansia, Las brujas de Eastwick y Los búfalos de Durham son alguno de los títulos de una década que no la olvida. 

Pero el golpe más fuerte de su carrera y que la elevó al reino de la sala oscura fue en 1991 y su papel de mujer fuerte y amargada que decide vivir libre y tomar las riendas de su vida en la inolvidable Thelma y Louise. Una road movie que supuso una subida vertiginosa de Sarandon al altar del séptimo arte.  

Se convierte además en musa de su compañero y de las películas que dirige, siempre el personaje secundario perfecto o el papel protagonista intenso. Ahí quedan sus trabajos en esas joyas a tener en cuenta: Ciudadano Bob Roberts, Pena de muerte o la fantástica Abajo el telón (esta obra se merecerá un post aparte). Se codea con los mejores directores, ahí está con Robert Altman y El juego de Hollywood. Vuelve a renacer una pareja mítica, de las de siempre, en una cinta que recupera parte del cine negro. Ella y Paul Newman, uno de los aciertos de la nostálgica Al caer el sol. 

Como otras compañeras de generación, se especializa en el melodrama. El aceite de la vida, Mujercitas  o Quédate a mi lado son un ejemplo. Sus apariciones como actriz secundaria son reclamos para revalorizar películas de toda índole así lo mejor de Alfie (2004), ¿Bailamos? (2004) o de El secreto de Joe Gould (2000) son las apariciones de esta actriz cada vez más inolvidable.  

Ahora, Susan Sarandon, elevada al altar de la sala oscura, sigue siendo una presencia imprescindible. Y ahí está, ahora, en lo último de Peter Jackson o de los hermanos Larry y Andy Wachowski. 

Un pequeño recordatorio

El otro día se me olvidó comentaros que escribí sobre Yul Brynner no sólo por las anécdotas que os conté sino por otra casualidad. Me estaba leyendo una novela apasionante de Bernardo Atxaga, Un hombre solo, y a su protagonista Carlos, le llaman Yul Brynner…, ya sabéis una cosa te lleva a la otra y…

Diccionario cinematográfico (41)

Tango: “Caminito que el tiempo ha borrado/que juntos un día nos viste pasar/ he venido por última vez/ he venido a contarte mi mal./ Caminito que entonces estabas/bordeado de trébol y juncos en flor/ una sombra ya pronto serás/ una sombra lo mismo que yo./ Desde que se fue/ triste vivo yo/ caminito amigo/ yo también me voy./ Desde que se fue/ nunca más volvió/ seguiré sus pasos/ caminito, adios,/ caminito que todas las tardes/ feliz recorría cantando mi amor/ no le digas si vuelve a pasar/ que mi llanto tu suelo regó/ Caminito abierto de cardos/ la mano del tiempo tu huella borró/ y a tu lado quisiera caer/ y que el tiempo nos mate a los dos./ Desde que se fue/ triste vivo yo/ caminito amigo/ yo también me voy./ Desde que se fue/ nunca más volvió/ seguiré sus pasos/ caminito, adiós.” 

Me vino a la mente cuando decían en todos los periódicos y televisiones que a Fernando Fernán Gómez le despidieron con uno de sus tangos favoritos. El tango es un baile hecho de sensualidad, de dos cuerpos que se encuentran y se arrastran, se desgarran y se aman. Y sus letras, lloran. Y cuenta pasiones lejanas y duras. Y hablan de realidades e historias que rompen el alma. Los tangos son realismos de vidas y experiencias que duelen…, pero son tan bellas. 

Al fondo, a veces, se oye el sonido nostálgico y dulce del bandoneón. 

Metros de celuloide tangueros recuerdan y gritan un baile rioplatense que nació en los puertos fruto de la soledad y la nostalgia. De los bajos fondos. 

¿Quién no recuerda un Rodolfo Valentino arrollador bailando un tango en Los cuatro jinetes del apocalipsis? 

¿Quién no rie al acompañar a un Charlot algo borrachín, en esa joya que es Luces de la ciudad, viendo la pasión y el desprecio, el amor y el odio, que transmiten dos bailarines de tangos…, que le hace intervenir? 

Y salto a la actualidad –por eso de unir pensamientos– a la película filandesa Luces al atardecer y se me saltan las lágrimas del héroe perdedor que muere de soledad… con música de fondo. Dos tangos de los de siempre, de los de Gardel, Volver y El día que me quieras. 

Me doy cuenta de que mi adorado Al Pacino me regaló una escena de tango y sueño en Perfume de mujer. Claro, un hombre que no ve pero al que no le falta tacto y sensualidad. Sus dedos y su olfato tienen ojos. Oye música, siente y huele a una mujer bella…, y empieza el baile. 

Sólo recuerdo de la película La lección de tango de la directora Sally Potter a Pablo Verón y su rostro fuerte y su baile…, y el tango. 

De pronto, me entra la risa, y veo a Jack Lemon con rostro de Daphne y con una rosa en la boca bailando un tango con el rostro imposible de un millonario impagable. 

O vuelvo a emocionarme en un gran escenario y con una Roxane arrabalera en esa mezcla de músicas que es Moulin Rouge. O, me viene, esa cárcel de mujeres y de historias desgarradas y tristes en Chicago a ritmo de tango.  

Y, de pronto, pienso que qué atractivos están los hombres bailando tangos, aunque sepan poco y mal, y entonces me encuentro con un Richard Gere en su papel de ejecutivo cansado y estresado que descubre el mundo del tango en ¿Bailamos? 

Y, vuelo al blanco y negro y al intérprete por todos recordado –cuidado, que no el único–, su nombre está pegado al tango. Él es Carlos Gardel que dio su voz, su rostro, su romanticismo y su forma de vivir el tango en películas como Melodía de arrabal, El tango de Broadway, El día que me quieras, Tango bar… hasta que tuvo un fatal accidente en avión. Y, abandonó el mundo, de forma desgarrada, como las letras de sus canciones. Dejó a corazones solitarios. 

Yo mientras espero. En una esquina, bajo un farol, con falda negra y estrecha y raja lateral. Espero una voz grave, que me diga al oído, El día que me quieras…, y una pista enorme, y un cruce de piernas. Una lucha de a dos. Sensual y bella, real y cruda. Pasión con bandoneón de fondo.

Fernando Fernán Gómez entra en el Olimpo del Cine

Fernando Fernán Gómez se fue al Olimpo. Con 86 años y una amplia trayectoria como actor, director y escritor, decidió marcharse del planeta tierra y ocupar su asiento en los mitos del séptimo arte. El abuelo anarquista llega con toda su sabiduría al cielo cinematográfico para recordarnos a todos que el artista y creador siempre tiene algo de anarquista. El creador no cree en los poderes sino en la pasión por su trabajo y, por eso, todo creador hace lo que le viene en gana porque defiende su arte. 

Sólo basta echar un vistazo a su trabajo y a sus metros y metros de celuloide para hacerse una idea de la historia del cine español en los años 40, 50, 60, 70, 80, 90… 

No he tenido oportunidad de verlo –pero ya va siendo hora– como un abuelo que cuenta historias interesantes en el documental La silla de Fernando (2006) de David Trueba y Luis Alegre. Y 86 años sin parar de trabajar y crear dan para mucho. No es fácil adentrarse en toda su filmografía pero ahí va un pequeño homenaje a la aportación de Fernán Gómez a las memorias cinéfilas. 

Y retrocedemos a la otra generación del 27 y a un aristócrata extraño, y como no distinto de filmografía interesante, Edgar Neville, y ahí está Fernando presente en Domingo de carnaval (1945) y El último caballo (1950). El actor no se adormece ante una nueva manera de entender el cine, un cine dormido y con ansias de despertar y contar. No olvidemos la historia de un cine amordazado que trató de sobrevivir a censuras y formas de pensamiento en una dictadura de cuarenta años. Así se hace protagonista de Esa pareja feliz (1951) de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem. Los años cincuenta fue la década del despertar, los cineastas sabían que con las películas se contaba todo tipo de historias. Querían abrir el abanico, hartos del cine propagandístico, de folclore y pandereta.

Fernando Fernán Gómez se va haciendo imprescindible. Y, es protagonista de joyas desconocidas como El inquilino (1957) de J. A. Nieves Conde. Otro cineasta con una trayectoria a tener en cuenta. Nieves Conde era un falangista con fondo social. Así, el régimen estaba orgulloso del éxito del cineasta con Balarrasa pero más tarde le consideraron un director difícil y no deseado porque al director se le ocurrió denunciar en buenas películas el sistema social del régimen y mostrar las fisuras y las cosas mal hechas. Y, claro, la censura se le echó encima y ya no contó con la venia. Fue un hombre que si tuvo que criticar o no estar de acuerdo con la dirección prevalecía su criterio aunque perjudicara su carrera. De hecho, quedó en el olvido. Aún así se le recuerda por Surcos (1951), un ejemplo de cine neorrealista español. También, fue un destacado director de películas policíacas como Angustia o Los peces rojos.

El inquilino fue la gota que colmó el vaso. Tuvo numerosos problemas y después su carrera no pudo avanzar. La censura se cebó con esta historia que reflejaba los problemas de vivienda. Y allí estaba Fernando Fernán Gómez como Don Evaristo, un hombre que necesita encontrar un hogar para toda su familia porque se ve en unos días en la calle. Y se encuentra con todos los impedimentos posibles y protagonista de un periplo kafkiano. Al final, Don Evaristo se encuentra sin hogar, con todos los muebles en la calle, y sin nada que ofrecer a su familia. ¡¡¡A qué final hubiera sido ése!!! Un Fernán Gómez grande gritando a todos los mirones “Pasen señores, pasen. Es gratis. Diviértanse viendo al ciudadano sin hogar. ¿Lo ven? Yo ya resolví mi problema. Ésta es la vivienda moderna sin una sola gotera. Y para ser feliz del todo sin familia que estorbe”. Sin embargo, la censura obligó a filmar un final feliz, la llegada de su familia con un gran camión de mudanzas que les lleva a una casa al nuevo barrio La Esperanza.

Fernando Fernán Gómez, abuelo grande, rodó con los cineastas que iban surgiendo en cada momento. Y se volvía inmenso. Carlos Saura, Víctor Erice, Pedro Olea, Manuel Gutiérrez Aragón, Josefina Molina, Fernando Trueba, José Luis Garci, José Luis Cuerda…, y un largo etcétera.

Y, emociona o estremece, en Ana y los lobos, en esa joya que es El espíritu de la colmena, en Pim, pam, pum… ¡¡¡fuego!!!, en Maravillas, en La noche más hermosa, en Feroz, en Luces de Bohemia, en La mitad del cielo o en Esquilache.

Siempre grande, en los años noventa, realizó tres personajes protagonista que le elevaron aún más en los altares de la sala oscura. Primero, en esa joya de vitalidad y vida bella, que representa de una manera excepcional los años de la República, el periodo anterior a los tiempos oscuros de la Guerra Civil, Belle Epoque donde Fernán Gómez es ese padre, Manolo, de espíritu libre y por supuesto con aires de anarquía. Después, José Luis Garci le dio por las adaptaciones literarias y coge a Don Benito Pérez Galdós y a un personaje fuerte con el rostro de Fernán Gómez, El abuelo. Yo de esta obra cinematográfica sólo me quedo con la interpretación de un abuelo con una dignidad y un orgullo que no le cabe en sitio alguno, y eso le trae problemas (porque su código de honor y manera de ver la vida se derrumba y es reacio a los nuevos tiempos), y sus conversaciones con el amigo que sabe aplacar su ira, el actor Rafael Alonso. Y, por último, ese viejo profesor republicano lleno de sabiduría y gran transmisor de conocimientos para los niños de una aldea que vive bajo el imperativo del miedo, todo rociado con la poesía de Manuel Rivas y la gran dirección de José Luis Cuerda. Difícil de olvidar esa mirada serena ante los malos tiempos y la brutalidad que se avecina en un rostro como el de Fernán Gómez.

Y, este post, sigue un camino inmenso. Y no he hablado todavía del Fernán Gómez, director y escritor. Su amor al teatro –escribió novelas y obras de teatro pero todos recordamos su contribución a la dramaturgia con la potente Las bicicletas son para el verano–, le hizo adaptar para el cine varias obras de nuestro teatro: La venganza de don Mendo o Ninette y un señor de Murcia. Y Fernando no olvida la vida del cómico, de aquellos hombres y mujeres que se dedicaban a llevar el teatro a todas partes, a pesar de la dura vida…, pero que amaban lo que hacían: El viaje a ninguna parte. O, estremece con una historia potente, Mi hija Hildegart, o el viaje a la mente de Aurora Rodríguez. Ha dejado obras a tener en cuenta como El malvado Carabel, La vida por delante, La vida alrededor, La vida sigue, El extraño viaje…, ¿no sería un momento maravilloso para que la televisión pública volviera a programar buenos ciclos de cine?

Ahora el abuelo anarquista sube al Olimpo del Cine. Le espera su silla y un montón de oídos ansiosos por escuchar su voz grave y sus historias con sentido del humor e inteligencia.