De óxido y hueso (De rouille et d’os, 2012) de Jacques Audiard

Alain está preparado para recibir golpes en su cuerpo una y otra vez. Es una mole de carne que ha decidido dejar de sentir porque tiene pánico a sufrir mientras cae.Teme ser abandonado por eso siempre prefiere marcharse. Él boxea y golpea…

Stéphanie sufre un grave accidente y las secuelas la dejan sin ganas de vivir. Era mujer de agua. Ella entrenaba orcas en un zoo y esos peces gigantes y el agua eran su vida, donde ella se encontraba a gusto. Y de pronto flota en un mundo que no es el suyo. Antes sólo quería sentirse amada y deseada, ahora sólo quiere tener ganas de estar.

De nuevo la historia de la bestia y la bella. Una bestia con terror a sentir y una bella herida que quiere sentir a toda costa. Los dos están en un momento de sus vidas en que tienen que cambiar y sólo tienen dos opciones: caer al abismo o alcanzar la luz. Y entonces en ese instante se encuentran. De óxido y hueso no es más que una historia de amor…

Jacques Audiard sigue aportando esa mirada cruda y dura a la que nos tiene acostumbrado desde De latir mi corazón se ha parado pasando por Un profeta. Y en De óxido y hueso la pone al servicio de una historia de amor sobre dos personajes que nunca se habrían podido encontrar pero circunstancias complejas les unen… y crea así un melodrama que te hace llegar al paroxismo con un montón de imágenes poéticas y una música que todo lo envuelve.

Pero sobre todo llegamos al éxtasis con las interpretaciones de Marion Cotillard y un sorprendente Matthias Schoenaerts, una bestia que conecta con una bella fracturada con una delicadeza que nunca se había atrevido a mostrar (por no sentir los zarpazos que golpean un alma rota). Dos cuerpos que se unen… y a través de la unión de esos cuerpos heridos, unen también sus almas heridas. Jacques Audiard cuenta esta historia con los sentidos. En todo momento están presentes el óxido y el hueso… los cuerpos que chocan, caen, se rompen y se fracturan. Y es la manera en que inyecta al espectador las otras heridas, las emocionales, las que realmente quiebran del todo a los protagonistas.

Y es a través de los cuerpos cómo empiezan a comunicarse Stéphanie y Alain. A veces con dulzura, otras con frialdad, dureza y crudeza… y en ocasiones como dos robots con emociones oxidadas pero que necesitan salvajemente aferrarse el uno al otro. Pero siempre en contacto. De ahí surge el entendimiento porque en ninguno de los dos hay un atisbo de pena o compasión hacia el otro sino una naturalidad desbordante. Y a partir de ese contacto se irán conociendo e irán explorando las brechas y heridas del otro. Y avanzarán en una relación inesperada. De la amistad a la confianza. De una relación de amigo con derecho a roce a un roce con ganas de ser amado, aceptado, querido… y nunca abandonado. Y no es fácil, porque como casi siempre Jacques Audiard no presenta personajes planos y atractivos sino personajes complejos, ambiguos y con una acusada parte oscura.

Jacques Audiard nos arrastra a través de los sentidos a una crudeza poética que nos rompe pero a la vez nos hace estremecer porque asistimos a una belleza seca y dura.

Dos llamadas telefónicas son fundamentales en la transformación de ambos personajes. Después de su terrible accidente una Stéphanie devastada se pone en contacto telefónico con Alain con el que tuvo un primer, intenso y breve encuentro después de una pelea en la puerta de la discoteca donde él trabaja… Alain acude a verla y con naturalidad sin máscaras de pena y compasión la hace salir a la calle. La lleva a la playa. Y ella por primera vez en mucho tiempo accede, de nuevo, a sumergirse en el agua. Ahí empieza de nuevo a despertar. Y Alain la toma en sus brazos… como un mulo de carga y con una lealtad que no se rompe.

La segunda llamada, también de Stéphanie, se produce tiempo después, cuando ambos han conectado cuerpos y almas. Sin embargo Alain, la bestia con miedo a sentir, sufrir y recibir golpes en su interior decide huir, dejar todos sus problemas atrás, no sentir. Seguir cayendo en soledad. Rompe con todo, incluso con Stéphanie… Lo único que le aferra al pasado (aparte de los recuerdos) es Sam, su hijo de cinco años al que casi nunca sabe cómo tratar. Y como todo melodrama un nuevo dolor y accidente trágico hace despertar a Alain que se desmorona ante la llamada de Stéphanie… La bestia llora desconsolada y reconoce que tiene pánico a perder a los seres queridos… Y le susurra a esa mujer lo que no se ha atrevido nunca a pronunciar…

Jacques Audiard construye un melodrama con imágenes que no se pueden borrar de la cabeza después de varios días y con una banda sonora que acompaña a la perfección cada una de las emociones de sus personajes. Nos dejamos llevar por el agua, las lágrimas, el sudor, los golpes… las miradas, los cuerpos desnudos, la luz, los músculos, el óxido, los huesos… Y entendemos cómo Stéphanie y Alain, a su modo, se ayudan el uno al otro para no caer en el abismo…

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Ya no creo en el amor (La paura, 1954) de Roberto Rossellini

Crónica de una historia de amor terminada. Se acabó el amor. Rossellini regaló a Ingrid Bergman el retrato de cuatro mujeres a cada cual más insatisfecha. No eran las heroínas que imaginábamos para una historia de amor que se gestó entre actriz y director. Así esa historia de amor empezó en la sala de un cine cuando la actriz sueca, que había triunfado en Hollywood y era la actriz mimada y amada, se quedó ensimisma con Roma ciudad abierta… Siguió con una carta de esa misma actriz al director en la que escribía que sólo sabía decir en italiano Ti amo… Continuó con uno de los mayores escándalos que se produjeron en los cimientos de un Hollywood mojigato cuando la superestrella dejó una carrera de éxitos para inmiscuirse en el cine de autor, un cine independiente, cuna de la modernidad cinematográfica… Y fue, sin embargo, siempre reflejado en una especie de radiografía del desamor… en cuatro historias donde las heroínas estaban encerradas en jaulas emocionales, eternamente insatisfechas.

Esa actriz que llegó del frío se sumergió en el cine más independiente y se convirtió en la musa triste de Rossellini… Es curioso que una vez que terminó su historia con el director italiano (y que dejó de rodar con él) y antes de entrar de nuevo a Hollywood, se pasó por Francia para protagonizar una película a todo color, vital y alegre donde sonrió a sus anchas, Elena y los hombres. Es como si la actriz se liberara de la tristeza y las insatisfacciones que arrastraron sus heroínas en Italia. Primero fue Stromboli, después Europa 51, para más tarde desembocar en Te querré siempre y Ya no creo en el amor (La paura), la película que nos ocupa.

Nunca había visto Ya no creo en el amor y lo que más me ha llamado la atención es que parece una película inacabada. Termina de manera abrupta, seca. Inesperada. Pero sin embargo logra trasladar al espectador el desasosiego de su heroína principal, de esa Irene desesperada y devorada por la culpa y la mentira. Ese miedo que siente a ser descubierta y que la hace caer en el chantaje y el estrés. Rossellini llega a jugar muy bien con el suspense. Es de esas películas de las que se realizaron más de una versión (no sé si por problemas de distribución en determinados países o por cuestiones del director-autor)… por lo que sí deja una sensación de historia no concluida.

Como base de su historia Rossellini parte de unas raíces literarias, un relato corto de Stefan Zweig que se titula Miedo… y también sigue ‘reconstruyendo’ esa Alemania de después de la guerra. Una Alemania que le hizo vomitar la impresionante Alemania, año cero y que continúa con Ya no creo en el amor. Dos retratos pesimistas donde pululan personajes rotos emocionalmente.

La Irene de Ingrid Bergman es una mujer que se confiesa ante el espectador (una voz que funciona al iniciar este ‘relato cinematográfico’ pero que después va perdiendo fuerza). Confiesa su miedo. Irene es una directiva de una gran empresa farmacéutica, una mujer de éxito, su marido trabaja en los laboratorios… Nos esboza un pasado cercano complicado —se entiende que por la guerra— donde se ha sentido muy sola. Tiene dos hijos que viven retirados en el campo. Su miedo es porque aparentemente ha recuperado su estabilidad familiar (que no emocional) y quiere dejar una relación que había empezado con otro hombre, Enrico… su amante. Todo se va complicando en exceso cuando aparece en escena una ex de Enrico que chantajea a Irene continuamente exigiéndola dinero porque si no lo hace se lo dirá a su esposo.

Lo más conseguido de Ya no creo en el amor es precisamente ese estado de inquietud que vive la protagonista hasta que la historia da un giro inesperado (e interesante pero muy poco desarrollado ya que Rossellini decide cortar la película de manera abrupta… y con una decisión firme de la protagonista de no creer en el amor de pareja para centrarse en otro tipo de amor… Deja también la ciudad y se aisla junto a sus hijos en el campo). Así, con este giro final, queda absolutamente desdibujado un personaje que se va volviendo más y más inquietante según avanza la historia… el esposo de Irene (Matias Wieman). Un hombre que va desvelando una parte oscura muy fuerte y que influye como luz de gas en su esposa Irene.

El estado mental del personaje principal no es sólo por la interpretación de Bergman que es muy buena sino también por decisiones de puesta en escena de Rossellini que sabe cómo rodar la angustia. Así contrastan las imágenes de una ciudad oscura (callejones, casa del amante, local donde queda con la chantajista, pasillos largos, impersonales e inquietantes en la fábrica, su casa en la ciudad con una escalera y puertas que encierran secretos…) con la luminosidad del campo, único lugar donde nos encontramos con una Irene algo más relajada. También son excelentes las escenas en la fábrica farmacéutica y en los laboratorios donde se produce la mejor escena de Bergman en un momento de desesperación en el que piensa terminar con su vida. A lo largo de toda la película la protagonista se siente como una cobaya a la que inoculan venenos (sentimientos y emociones) que la van matando poco a poco… y siente que tiene que encontrar un antídoto contra su angustia e insatisfacción (… el antídoto lo encuentra de una manera tan abrupta que corta todo el tono de esta película oscura).

Ya no creo en el amor cuenta con buenos momentos como esas conversaciones de pareja en las que vemos la presencia del desamor. No faltan escenas en un coche (como ocurre en Te querré siempre) donde el matrimonio habla… Quizá de todas las películas que rodaron juntos Bergman y Rossellini, esta película sea la que menos me ha llegado pero esconde múltiples asuntos para el análisis y se reconoce en cada fotograma el estilo de Rossellini y su innovación a la hora de rodar cine. Es un cronista del desamor cotidiano entre parejas. Cronista de la insatisfacción.

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Una campana, un libro, una vela… y Felices Fiestas

Os miro a los ojos fijamente.

Y mi gata también.

… Quiero lanzar un hechizo.

Un poco de magia.

Un encantamiento.

Las brujas del siglo XXI no podemos acabar con la crisis.

Ni detener las guerras.

Ni frenar el odio.

Ni acabar con las soledades, las penas y las tristezas…

Pero tenemos pequeños poderes que sí pueden recargarnos de energía para que nosotros mismos podamos ir cambiando poco a poco este loco mundo que nos rodea.

Podemos ofrecer instantes de felicidad.

De esos que no se olvidan y sirven en momentos malos para recordarnos que hay cosas que merecen la pena.

… Mi gata y yo podemos hacer que una noche vayas paseando por tu ciudad…

Y de pronto desde una ventana oigas una canción que te traiga un recuerdo…

Entonces quizá haya una bonita farola que dé una luz tenue… y puedas dar unos pasos de baile. Y sonreír.

Sentirte bien.

… Mi gata y yo podemos hacer que vayas a casa de un ser querido y tenga preparada tu comida favorita y una conversación amena.

… Mi gata y yo podemos hacer que si estás enamorado o enamorada te gusten hasta los ronquidos del ser amado… y los eches de menos cuando haya tenido que irse un día o dos.

… Mi gata y yo podemos hacer que te apasiones con lo que lleves a cabo cada día de tu vida como si fuera el último…

En fin encantamientos para la vida diaria.

… Yo tengo una campana para que suene después de cada embrujo.

… Un libro para pasar las horas y poder viajar a mundos inimaginables…

… Y una vela para acordarme siempre de los ausentes a los que amo…

Y si echo una lágrima…, ya sabéis que las brujas no lloran, es porque quizá siento una sonrisa, una risa o carcajada en algún rincón cercano… un instante de felicidad conseguido… Y eso hace llorar de emoción.

Queridos míos, mi gata y yo os deseamos FELICES FIESTAS…

Recordad a la vuelta de la esquina… podéis encontraros con una bruja o un hechicero.

No temáis, somos buena gente.

Solemos vivir con un gato…

Y tratamos de realizar nuestros pequeños encantamientos cada día.

Y a veces se nos caen las lágrimas… pero son de felicidad… porque sentimos que habéis vivido un instante para recordar…

Os dejo, tengo que encender una vela. Pasar las páginas de un buen libro. Y de vez en cuando tocar la campana…

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Una pistola en cada mano de Cesc Gay

Dos hombres se encuentran… al abrirse la puerta de un ascensor. Uno de ellos está llorando, acaba de salir de la consulta del psicoanalista. Hace años que no saben el uno del otro. Y en un diálogo breve, conciso, contándose todo, contándose nada; a través de gestos y miradas construimos la historia de ambos. Conocemos sus éxitos y fracasos. Sus miedos y frustraciones. Nos reímos pero también vivimos su terrible angustia vital. Entendemos y sabemos de lo que hablan, tanto los hombres como las mujeres. Y por eso seguimos paso a paso cada una de las situaciones que transcurren en una gran ciudad, Barcelona.

Situaciones que parece que ocurren en un mismo día. Pequeños acontecimientos que nos cuentan toda una vida y nos descubren el futuro. Parece que no pasa nada y también pasa todo. Cesc Gay esta vez se centra en un grupo de hombres, que más tarde sabremos que muchos de ellos forman parte de un mismo grupo de amigos, y antes de reunirlos en una escena final con dosis de humor y melancolía, como la vida misma, sabremos mucho sobre sus vidas. Están en la cuarentena pero continuan en la vida como en una fina cuerda de equilibristas, con miedo pero avanzando. Con silencios, anhelos y mentiras… con una soledad a cuestas, que la amistad no subsana… Perdidos en la gran ciudad y en las relaciones con sus mujeres, compañeros de trabajo, amigos… ¿A alguien le suena esto? Cesc Gay, como logró ya En la ciudad, realiza un efectivo retrato coral de una generación. Allí tenían unos treinta, aquí unos cuarenta… pero los intentos de comunicación y de salir a flote… de ir viviendo el día a día son los mismos.

Gay no sólo es bueno creando las situaciones y los diálogos sino que además tras una aparente sencillez y elegancia refleja cinematográficamente al hombre perdido en la gran ciudad. Así surge una Barcelona especial, de calles transitadas, de rincones apacibles, de parques, bares y casas donde sus personajes se mueven e interactuan. Donde se miran, callan, reflexionan y hablan. Donde es importante la puerta que se abre o la que se cierra. El personaje que está de espaldas o de frente. El ascensor que sube o baja… El telefonillo que suena. La calle por la cual perderse. Un hombre cansado se encuentra a la mujer de su mejor amigo, los dos se dirigen a la misma reunión, ella le dice al amigo que suba a su coche. En un parque un hombre solitario sentado en un banco mira una terraza, se encuentra con un conocido del verano que pasea con su perro. Otro va caminando por la calle, mira un escaparate y se encuentra con una amiga. El de más allá va a llevar a su hijo a casa de su ex mujer. Otro termina su jornada laboral y se fija en una compañera de trabajo que le atrae… y decide acercarse.

Por otra parte como en sus cinco largometrajes anteriores reune a una generación de buenos actores que construyen personajes muy creíbles que hacen que cada situación sea en sí misma una gozada disfrutarla (… ríes, lloras y te desesperas con ellos… te sientes identificado). Los dúos entre Eduard Fernández y Leonardo Sbaraglia por una parte y el de Ricardo Darín y Luis Tosar son un lujo. Pero tampoco se quedan atrás Javier Cámara y Clara Segura, Alberto San Juan y Leonor Watling, Jordi Mollá y Cayetana Guillen Cuervo o Eduardo Noriega y Candela Peña…

Lo mejor, con una pistola en cada mano, es perderse por la ciudad y las historias de unos hombres que ya no son John Wayne pero tampoco se sienten con fuerzas para llorar y expresarse, quitarse las máscaras de duros… y mostrarse como hombres vulnerables y fragiles que aprenden golpe tras golpe a encajarlos de la mejor manera posible… Ser fuertes y transitar por ese camino que es la vida…

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Diccionario cinematográfico (191)

Ceguera: He visto hace poco Sublime obsesión (1935) de John M. Stahl, uno de los maestros del melodrama que tenía como arma para contar historias su sencillez y elegancia. Lo imposible de los argumentos era superado por la naturalidad en la narración y la interpretación de sus actores. Así la historia de la viuda Hudson (Irene Dunne), que se queda ciega en un accidente, con el playboy millonario Merrick (Robert Taylor) que se convertirá en un reputado cirujano para curar a la amada consigue emocionar por su sencillez narrativa a pesar de lo poco verosímil. Por el contrario Douglas Sirk en su remake de los años cincuenta con Jane Wyman y Rock Hudson hace del barroquismo, la exaltación y la crítica del modo de vida americano su mejor arma en Obsesión. A Dunne la vemos aprendiendo a leer en braille y pasando multiples pruebas para ver si puede ser curada. A la Wyman la vemos con elegantes gafas oscuras y pasando las mismas pruebas…

Así de esta manera me han venido a la mente más películas donde los protagonistas sufren de ceguera física (porque hay otro tipo de ceguera, la emocional). Así una de las ciegas más recordadas es sin duda la protagonista de Sola en la oscuridad con el rostro de Audrey Hepburn… Una mujer ciega que se enfrenta en su apartamento con unos delincuentes. Y otra es la dulce violetera con rostro de Virginia Cherrill en Luces de la ciudad de Charles Chaplin. Por su ceguera y el sonido de la puerta de un coche surgirá una de las historias de amor más emocionantes y dolorosas de Charlot.

Entre los hombres ciegos recordamos a un Vittorio Gassman o un Al Pacino protagonizando, uno el original y otro el remake, Perfume de mujer/Esencia de mujer. Cada uno representa a un militar de alto grado que se ha quedado ciego y es cuidado durante un corto periodo por un joven que recibe lecciones de vida de un hombre con mucha historia a sus espaldas. El acompañamiento marcará a ambos.

El milagro de Ann Sullivan de Arthur Penn llevó a la pantalla la historia de Helen Keller una niña ciega y sordomuda que con ayuda de una maestra llegará a convertirse en universitaria, escritora y conferenciante…

Otro hombre ciego difícil de olvidar es el proyeccionista de cine Alfredo, uno de los protagonistas de ese canto al cine que es Cinema paradiso. Alfredo pierde la vista tras un incendio en la sala de proyecciones donde es salvado por Totó, un niño que ama el cine.

Si nos trasladamos a la actualidad tenemos dos maneras de tratar la ceguera como metáfora. En un musical especial de Lars Von Triers, Bailar en la oscuridad, muestra la progresiva ceguera de su protagonista (a través de escenas musicales) pero también la de la sociedad en la que vive sus extremas desgracias. Por otra parte Fernando Meirelles se atrevió con esa adaptación de la genial novela de Saramago (Ensayo sobre la ceguera) y realizó A ciegas. En un país donde se propaga una epidemia de ceguera, los afectados son recluidos… surge un estado de terror. Entre todos los ciegos recluidos hay un matrimonio donde ella es la única que no ha perdido la vista pero no lo dice para estar junto a su esposo…

Buñuel a lo largo de su filmografía plasmó la ceguera física y emocional. Los ciegos están presentes en sus películas como en Los Olvidados o Viridiana. Por estos lares también Almodóvar muestra a un director de cine (Lluis Homar) que se queda ciego tras un accidente en Los abrazos rotos que lucha por no olvidar el rostro de la amada. O Isabel Coixet en la maravillosa La vida secreta de las palabras muestra la especial relación entre una mujer solitaria y un hombre que ha perdido durante un periodo de tiempo la vista (por un accidente laboral en una plataforma petrolífera).

A veces el humor también ha estado presente en temas de ceguera. Recuerdo a un director de cine con el rostro de Woody Allen, que se queda ciego cuando debe realizar una película y decide ocultar su ceguera y seguir adelante con su proyecto cinematográfico. Desternillante. Se trata de Un final made in Hollywood.

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… Una película que salvó vidas…

En una de las salas del impresionante Museo Memoria y Tolerancia que se encuentra en México DF, la guía nos leyó unas palabras de un pequeño panel que despertaron mi curiosidad. Era una parte en la que se comentaba cuál había sido la forma de actuar de los ciudadanos ante el holocausto. En la parte de los ciudadanos comprometidos se citaba un ejemplo, se describía cómo Vittorio de Sica contrató como extras a unos 300 judíos para una película y cómo se alargó el rodaje para poder salvarlos de su deportación… Después pregunté a la guía (muy buena en su trabajo) si sabía el título de la película. En ese momento no pudo informarme y entonces me invitó a que visitara la biblioteca del Museo para que pudiera hacerme con el dato… pero me estaban esperando y en ese instante no conseguí el título.

Me quedé con esa frase… Y de ahí surgió una historia apasionante. Una historia con lagunas que espero poder completar algún día (¿habrá algún libro sobre ello?).

En 1945 se estrenó sin pena ni gloria La puerta del cielo (parece ser que apenas hay copias originales y creo que no es muy fácil acceder a verla). La productora de la película fue el Centro Católico Cinematográfico. La película contaba la historia de un grupo de peregrinos enfermos que realizan un viaje en tren para llegar al santuario de Loreto… todos tienen la esperanza de un milagro. El director era Vittorio de Sica. Entre el reparto se encontraba la actriz catalana María Mercader con la que vivía un ‘amor prohibido’ (pues era un hombre casado) y que sería su futura esposa (otro ‘personaje’ a tener en cuenta en esta historia). La puerta del cielo podría ser tan sólo una película más para estudiar la trayectoria de De Sica antes de su consagración definitiva con las estremecedoras El limpiabotas y El ladrón de bicicletas. Pero su interés es extracinematográfico pues su larga filmación, un año (del verano de 1943 a la verano de 1944), supuso la salvación de un elevado número de personas. Su estreno sólo fue una anécdota… lo interesante es el proceso…

Ahí estaba Vittorio de Sica inmerso en este proyecto cinematográfico financiado por la productora del Vaticano. Parece ser que el Papa Pío XII estaba enterado de todo y que había designado a un monseñor responsable de llevar a cabo este proyecto, que sería el futuro Papa Pablo VI. Así también la iglesia católica italiana puso su granito de arena en esta aventura (en un comportamiento ambiguo y complejo pues también se vio la pasividad y la no responsabilidad ni el compromiso de las altas jerarquías eclesiásticas —ni la denuncia ni la protesta— frente a las atrocidades de los nazis).

Vittorio de Sica también estaba en una situación difícil puesto que un emisario de Goebbels le había ofrecido que montara en Venecia el centro de la industria cinematográfica para que representara a la República de Saló. El director italiano no quería en ningún caso ese puesto de trabajo. Pero era difícil negarse en esas circunstancias. La propia María Mercader cuenta en una entrevista a Televisión Española que ella le echó una mano pues dijo que actuaría en la película si Vittorio era quien la dirigía. Fuera como fuese, De Sica pudo eludir ese puesto aduciendo que tenía un compromiso laboral con el Vaticano y se quedó en Roma.

Según distintas fuentes contrataron a 300 personas entre las que había una mayoría de judíos pero también políticos antifascistas y homosexuales (ambos grupos perseguidos por los nazis). Todos con nombres falsos y se les asignaban puestos de extras, figurantes y técnicos. El rodaje transcurrió en su mayoría en la basílica de San Pablo Extramuros (con convenio de extraterritorialidad, y esto es algo así como una ‘ficción’ jurídica por la cual todo aquel que more en sus muros está fuera del territorio donde se encuentran) y allí en sus patios se refugiaron estas 300 personas. La condición del rodaje es que debía alargarse lo más posible… hasta que llegasen los aliados y no hubiera peligro para el grupo de ‘extras’.

Se pasaron momentos duros y era difícil su mantenimiento sin levantar sospechas y sobre todo tener alejados a los alemanes. Sin embargo no se evitó la tragedia cuando en febrero de 1944 fueron detenidos 60 sospechosos (que no regresaron) cuando un temido fascista Pietro Koch y sus hombres pudieron entrar en la basílica. En junio del mismo año llegaron los aliados y Roma quedó liberada. Las puertas de la basílica se abrieron y se dio el último golpe de claqueta, el rodaje finalizó. Y un grupo de personas se salvó de un destino horrible…

La historia se ha ido difundiendo pero no es muy conocida. Además a principios del siglo XXI hubo una polémica porque es un proyecto acariciado por los descendientes de De Sica el convertirlo en película (sobre todo por su hijo Christian y ahora también por el nieto del director. Se habla de que es posible que se lleve a cabo con Christian en el papel de su padre… hasta la fecha que yo sepa todavía no se ha realizado) pero en el año 2003 el realizador Maurizio Ponzi se inspiró en esta historia para su película Con las luces apagadas. Y Christian le denunció por plagio. Lo que no cabe duda es que es una historia con todos los ingredientes para realizar una buena e interesante película…

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Navidades en julio (Christmas in july, 1940) de Preston Sturges

… Antes de escribir unas palabras de esta maravillosa película de Preston Sturges, Hildy Johnson da un pequeño aviso: voy a estar ausente de este amado blog durante unos quince días… pero sólo por causas buenas. Un pequeño paréntesis para estar al lado de gente que quiero mucho pero que están lejos, muy lejos y me ha surgido la oportunidad de pasar horas y horas y horas junto a ellos… Volveré con fuerzas renovadas con muchas ganas de escribir, compartir, reflexionar y comentar… en este lugar que no viene en los mapas, pero es un lugar de encuentro.

Enfrentarse a una película de Preston Sturges siempre es una situación placentera. Como director y como guionista nos dejó un valioso y breve legado. Y descubrirle en cada película se convierte en un pequeño lujo. Ahora le llegó el turno a su segunda película como director (y guionista), Navidades en julio y muy recomendable para verla en estas fechas y en estos momentos. El poder disfrutarla me ha hecho plantearme una tarde de lujo con el visionado de tres películas que hablan de lo mismo: … Y el mundo marcha (The Crowd) de King Vidor, la que ahora nos ocupa y El apartamento de Billy Wilder. Aseguro una tarde plagada de emociones pero también de reflexiones profundas sobre el mundo que habitamos. Las tres nos harán vivir momentos amargos, pero también dibujarán una sonrisa en el rostro… porque son como la vida misma… con tragedia y comedia a la vez. Y quizá la que ‘parece’ más ligera de todas sea Navidades en julio pero escarbando un poco descubrimos que no es así…

Además esta película ya nos descubre a un Sturges que no sólo es un buen guionista sino que sabe contar a través de la cámara, con un buen uso del lenguaje cinematográfico. Que escribe con la imagen y nos deja fotogramas para el recuerdo, que filma y hace volar al espectador. Y, otro punto interesantísimo con el que cuentan estas comedias (y las de Lubitchs, La Cava, Leisen, Capra, Cukor, Hawks…): unos personajes secundarios que aunque sólo aparezcan en una escena tienes ya toda su historia…

Preston Sturges sin contar todavía, como director, con la absoluta confianza del estudio (Paramount) en sus dos primeras películas no obtuvo ni un presupuesto desorbitado ni estrellas (pero sí consiguió una rutilante galería de buenos secundarios)… así la pareja protagonista de Navidades en julio da una cierta autenticidad a la historia porque no eran grandes estrellas del firmamento cinematográfico sino actores con rostros de ciudadanos normales y corrientes que tratan de sobrevivir en el día a día. Jimmy y Betty tienen el rostro de Dick Powell (que en los años 30 había conseguido mucha popularidad en los primeros musicales como Calle 42) y Ellen Drew (que nunca consiguió el estatus de estrella). Jimmy y Betty son unos jóvenes novios que viven en un barrio humilde con lo justo, que sus padres son trabajadores humildes como ellos, y que sueñan con prosperar un poco en la vida, con destacar por encima de la multitud… están enamorados y tienen sueños, muchos sueños de una vida mejor. Ahora esperan ilusionados el resultado de un concurso al que se ha presentado Jimmy: encontrar un slogan para una importante marca de café… Y mientras tanto su día a día transcurre en una oficina de la compañía cafetera de la competencia, entre un montón de compañeros… en una interminable fila de mesas. Una broma de tres compañeros que mandan un telegrama falso… les hará creer durante unas horas que sus sueños se han hecho realidad… y llevarán a su humilde barrio unas Navidades en pleno julio…

Aparentemente Sturges realiza una comedia ligera pero sin embargo ofrece una reflexión seria sobre cómo las oportunidades del ‘sueño americano’ sólo les llega a unos pocos (no están al alcance de todos) y realiza una crítica mordaz al sistema capitalista que lo sustenta (advirtiendo sobre su cara oscura y que alimenta las desigualdades). Como otros directores de la época Sturges sí que apuesta por la vida en comunidad y por la solidaridad entre vecinos y compañeros para que el día a día sea menos duro…, por eso, al final de Navidades en julio queda una sonrisa. El jefe de la sala donde trabaja Jimmy también le dice una cosa al protagonista: está bien soñar y aspirar a lo más alto pero también hay que saber vivir con el fracaso y pensar que aunque la oportunidad soñada no llegue la vida tal y como viene también puede ser un éxito si se admite esa posibilidad de fracaso… (y yo me pregunto ¿es triste o alegre esta afirmación? ¿Veis cómo Sturges no es tan ligero?).

Preston Sturges empieza Navidades en julio de una manera portentosa… sus protagonistas están en el ático de un edificio con una radio esperando el resultado del concurso. Ahí en una noche estrellada y esperando ilusionados el resultado, sueñan, dicen en alto sus aspiraciones, discuten y finalmente se aman… El arranque no podría ser mejor. Soñar en las alturas. Por supuesto entre medias sentimos que se encuentran en un barrio vivo con muchos vecinos y también lo que va a hacer posible la broma de mal gusto de los compañeros de trabajo: el resultado no se emite por la radio esa noche porque el jurado no ha llegado a un veredicto…

Navidades en julio tiene un momento genial que es cuando los jóvenes novios llegan a su barrio humilde repletos de regalos para todos los vecinos y la calle se convierte en una fiesta… En ese momento llega la interrupción del sueño, los empresarios quieren arrebatar esa ilusión conseguida (por un malentendido y una broma pesada de unos arrepentidos compañeros de trabajo)… y todo el barrio se rebela (hay una pequeña victoria contra aquellos que ponen difícil el que todo el mundo tenga una oportunidad de prosperidad) porque se unen para que continúen esas Navidades en pleno mes de julio.

… Preston Sturges como siempre dando buenas sorpresas…

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Dramaturgos que se convierten en guionistas…

1.- Este post ha surgido de mi cabeza porque ayer tuve el privilegio de vivir un momento artístico único e irrepetible: la lectura dramatizada de Eslavos de Tony Kusher en el ciclo El legado teatral del siglo XX. La Escena a la escucha de la historia (coordinado por Le monde diplomatique y Nuevo Teatro Fronterizo) en el auditorio de La Casa Encendida.

No me harté de aplaudir al final porque todo el elenco de actores estuvo sensacional pero además fue la primera vez que tuve la oportunidad de acercarme a una obra del dramaturgo Tony Kusher… en una obra que refleja la caída de la URSS y una reflexión inteligente sobre el socialismo con una pregunta formulada al final que sigue vigente ante la situación histórica actual: “¿Qué hacer?”.  Y una reflexión aguda sobre lo que supone responder esa pregunta… pero también queda claro que sólo respondiéndola se puede dar la posibilidad del cambio y la transformación… con todos los riesgos de que quien la responde somos nosotros, los seres humanos, terriblemente humanos, imperfectos, contradictorios, capaces de las mayores transformaciones y las mayores atrocidades. El equilibrio es lo más complejo de encontrar…

No quiero dejar de nombrar a ninguno de los actores que leyeron Eslavos porque todos captaron mi atención de principio a fin: Chema de Miguel, Juan Fernández, Amanda García, Lara Grube, Lola Manzano, Pedro Miguel Martínez, Inés Narváez y José Sanchis Sinesterra. La versión leida fue la de Carla Matteini y la dirección y adaptación dramatúrgica para la lectura fue llevada a cabo por Natalia Menéndez.

Así me entero entonces que Tony Kusher también tiene vínculos cinematográficos. Y una estrecha relación profesional con Steven Spielberg. El dramaturgo coescribió junto a Eric Roth el guion de Munich. Y también es el guionista único de Lincoln, última película rodada por Spielberg y que todavía no ha llegado a nuestras salas oscuras.

2.- Así empiezo a atar cabos y a recordar otros dramaturgos que hayan escrito guiones (algunos incluso han dirigido). Me viene a la cabeza Harold Pinter porque ya había escrito un post sobre él hace tiempo y sus conexiones con el cine a través de los guiones escritos. Su trabajo más reciente fue el remake de La huella… pero han sido varios sus trabajos cinematográficos. Tuvo una relación profesional interesante con Joseph Losey, de esta unión surgieron los guiones de: El sirviente, Accidente y El mensajero. Pero el nombre de Pinter está detrás de otros guiones que merece la pena recordar como puede ser el de La mujer del teniente francés.

3.- Entonces recupero a David Mamet, dramaturgo pero también guionista y director. Mamet se convierte en objeto de estudio interesantísimo. No sólo es un guionista solvente sino también un director a tener en cuenta. Y además ha adaptado varias de sus obras teatrales al lenguaje cinematográfico. Así nombro la impresionante Glengarry Glen Ross: éxito a cualquier precio (una película para volver a ver sobre todo en los tiempos que corren). También llevó a la pantalla su obra American Buffalo. La desconocida para mí El buque del lago (que dirigió el actor Joe Mantegna). Y, por último, Edmon (que tampoco he visto). Pero no puedo quitarme de la cabeza que fue Mamet quien elaboró el guion de esa joya que funde cine y teatro (y que curiosamente ya nombré en el post anterior): Vania en la calle 42 donde el espíritu de Chejov pulula por los fotogramas…

4.- Viene a mi cabeza Arthur Miller, un dramaturgo que me encanta, y su unión con el cine no sólo fue por su boda y triste historia junto a Marilyn Monroe (o porque muchas de sus obras teatrales hayan tenido sus versiones cinematográficas) sino porque creó un guion único para una película de ilusiones perdidas que dirigió John Huston y que fue protagonizada por actores crepusculares en unos papeles intensos: Marilyn Monroe, Clark Gable y Montgomery Clift (para Gable fue su última película, Monroe no terminaría la siguiente y Clift apenas rodaría algún trabajo más) todos ellos acompañados por Eli Wallach que todavía sigue en las pantallas de cine (El escritor de Polanski). Me refiero a Vidas rebeldes, el guion original para el cine de Arthur Miller, todo un dramaturgo.

5.- Por otra parte nos encontramos con Tennessee Williams, otro dramaturgo (también cultivó la novela y el relato) que amo con locura. Prácticamente toda su producción teatral (y también sus escasas novelas y algún relato) fue llevada al cine pero él participó en muchas de las adaptaciones cinematográficas (bien coescribiendo con otros guionistas o en solitario). Quizá su contribución más curiosa fue sus pinceladas (diálogos) al guion de Senso de Luchino Visconti porque no tiene nada que ver con su creación literaria. Uno de los directores que lo tenía como figura de cabecera fue Elia Kazan. De este modo Baby Doll tuvo como único autor del guion a Tennessee Williams. Pero su firma también está presente en los guiones de dos películas que adaptaron dos de sus obras más desconocidas y surgieron dos películas a reivindicar: Piel de serpiente y La rosa tatuada que además suponen la contribución de una maravillosa Anna Magnani al cine norteamericano.

6.- Y cierro el post con otra posibilidad: el dramaturgo que también se convierte en actor de cine además de guionista y director. Me refiero a Sam Shepard. Su rúbrica está en la aventura estadounidense de Antonioni, Zabriskie Point. O él es el único firmante del guion de una de las películas más recordadas de Win Wenders, París, Texas. Su rostro como actor ha paseado por películas tan diferentes como Días del cielo, Magnolias de acero, Mátalos suavemente o la española Blackthor.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

César debe morir (Cesare deve morire, 2012) de Paolo y Vittorio Taviani

Julio César entre rejas. Y un preso, que ha sido durante más de seis meses Casio, vuelve a su celda en el ala de máxima seguridad tras la representación final en el escenario del salón de actos de la cárcel de Rebbibia. Vuelve a las cuatro paredes que le rodean ya de por vida porque su condena es cadena perpetua por homicidio… y dice en voz alta: “Desde que he conocido el arte, mi celda se ha convertido en una cárcel”. Entonces va a su mesa, coge su cafetera y empieza a prepararse un café… fundido en negro. César debe morir de los Taviani ha terminado.

Los Taviani logran una unión emocionante entre cine y teatro puro. Yo hacía tiempo que no sentía esa comunión mágica entre dos de mis pasiones, una intensidad similar a la que sentí a principios de los noventa (en el pasado siglo…) cuando vi Vania en la calle 42 de Louis Malle. Así en César debe morir, los octogenarios directores (algo que sale siempre a relucir… su edad), dejan una obra cinematográfica que bebe de la esencia de la dramaturgia y donde las fronteras entre realidad, ficción, representación… se mezclan a sus anchas ofreciendo al espectador todo un abanico de emociones. Y yo si que destaco su edad, octogenarios, porque varios directores que sobrepasan los ochenta están creando un cine libre y sin ataduras (lo último que viene a la cabeza es Alan Resnais y Las malas hierbas).

¿Y cuáles son los ingredientes de esta obra cinematográfica? En un escenario real (las distintas dependencias de una cárcel romana), un grupo de reclusos ensayan Julio César de William Shakespeare para terminar representándola ante un público en el salón de actos del centro penitenciario. Su estructura es circular y llena de fuerza. Los hermanos Taviani nos muestran primero la escena final de Julio César, la muerte de Bruto, la alegría de la obra bien terminada frente a un público entregado y la entrada de nuevo a la rutina diaria de los presos en sus celdas… en colores templados. Cuando se cierra una de las celdas, vivimos un largo flash back en blanco y negro donde ante nuestros ojos se desarrollan la preparación y los ensayos antes de la representación. Desde la presentación del proyecto ante los presos con la presencia del director Fabio Cavalli, hasta el casting para la selección de los presos que representarán los diferentes personajes pasando por los ensayos en distintas partes de la cárcel (las propias celdas, los pasillos, los patios…) debido a que el salón de actos está de obras.

El espectador ve Julio César pero con los rostros de unos actores con tales experiencias en sus vidas que se empapan de la fuerza de los personajes shakesperianos vomitando una autenticidad emocionante. De tal forma que a veces no sabemos ya lo que es ensayo y lo que es real. Cada uno de los reclusos aporta al personaje su propio bagaje… y lo expulsa sin barrera alguna derramando una emoción intensa. El director Cavalli les pide que cada uno se exprese en su dialecto y que se empapen de sus personajes… y ellos, que como dice Casio, tienen todo el tiempo del mundo, se empapan sin máscaras. Así los rostros de Casio, Bruto, Marco Antonio, Julio César, Octavio, el adivino, los conspiradores se mezclan con los rostros con mucha historia en las arrugas de la cara y en la mirada de los condenados por crimen organizado, tráfico de drogas, homicidio…

Así es emocionante vivir, puro cine, rostros puros, el proceso de casting. Ser testigos de la muerte de César por parte de los conspiradores (con una intensidad dramática que lleva al espectador al borde del abismo) y escuchar los dos famosos monólogos de Bruto y Marco Antonio… en las dependencias carcelarias. Así volvemos de nuevo a la representación final con un conocimiento no sólo de la obra sino de los rostros que ‘crean’ de nuevo el universo de William Shakespeare… para que alcance todo su dramatismo la última frase de aquel que durante seis meses se convirtió en Casio.

Esta obra cinematográfica de los Taviani (me confieso totalmente inculta de su trayectoria en el cine italiano… digamos que esta película ha sido la primera puerta que franqueo de su obra… y también recuerdo pero hace ya mucho tiempo, y sólo tengo imágenes sueltas en mi mente, que vi Buenos días, Babilonia) no sólo tiene valor como tal sino también un bagaje externo interesantísimo. Porque estos talleres de teatro son reales en distintas cárceles italianas y algunos de los reclusos una vez que han cumplido su condena siguen esta puerta abierta de la representación. Por ejemplo en la película de los Taviani el recluso que tiene el rostro de Bruto se llama Salvatore Striano y ya cumplió su condena (fue puesto en libertad en 2006) pero a partir de estos talleres se dedicó a la interpretación y ha aparecido en varias películas italianas entre ellas Gomorra de Matteo Garrone. Es el único actor de la película de los Taviani que ha regresado al centro penitenciario sólo para actuar. El propio Matteo Garrone que conoce estos talleres, ha elegido como actor principal de su nueva película Reality (que todavía no he tenido oportunidad de ver) a Aniello Arena que continua cumpliendo condena en una prisión pero para el rodaje se le concedió un permiso especial. Aniello Arena es un partícipe activo de uno de estos talleres de teatro.

Así César debe morir pone de manifiesto como el arte puede ser una puerta abierta, una posibilidad de redención, de acceder a otros caminos, de reflexionar sobre la situación personal de cada uno, de indagar en el interior de las personas y que pueda salir lo mejor, algo que compartir con los demás… Unos hombres condenados y encerrados entre cuatro paredes son capaces de ofrecer, de dar arte, de emocionar.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La sombra del diablo (The Devil’s Own, 1997) de Alan J. Pakula

Alan J. Pakula no sabía que La sombra del diablo iba a ser su última película. Tenía 70 años y seguía activo en el mundo del cine pero un fatal accidente de tráfico convirtió  esta obra en su testamento cinematográfico. Recuerdo que en el momento de su estreno fue un fracaso de público y crítica y, por otra parte, se valoró u ocupó más páginas el ‘enfrentamiento creativo y de egos’ entre sus dos protagonistas que parece ser no se llevaron nada bien durante el rodaje: Harrison Ford y Brad Pitt. Sin embargo yo fui a verla a la sala de cine en el momento de su estreno y no sólo me gustó mucho sino que me pareció muy acorde con la trayectoria de Pakula como director. De hecho las veces que la he pillado por la televisión la he visto, cuando salió en vhs la coloqué en mi colección de películas y en estos momentos también tengo mi correspondiente dvd. Así que ahora que la acabo de ver de nuevo recientemente voy a tratar de explicarme y sugerir aquellos puntos clave por los que me parece una buena película que permite un interesante análisis.

La sombra del diablo me parece un buen thriller con un sentido del ritmo que dosifica la tensión, la intensidad y el suspense. Además es un thriller con momentos intimistas que van enriqueciendo tanto la trama como las decisiones y acciones que tienen que ir tomando sus protagonistas. Como era habitual en Pakula toma un tema complejo y conflictivo para desarrollar el argumento. Esta vez indaga en el conflicto irlandés y el terrorismo. Su protagonista es Francis Austin McGuire (Brad Pitt), miembro del IRA, que después de salir indemne de un operativo montado para eliminarle, el jefe de su comando decide enviarlo a Nueva York para que adquiera más armamento. Allí sus contactos irlandeses (un respetado miembro de la Justicia) le proporcionan un hogar: el sótano en casa de una familia de origen irlandés cuyo padre de familia, Tom O’Meara (Harrison Ford), es un policía veterano en Nueva York. Entre ambos surgirá una intensa relación y dos formas de entender la vida y la violencia (dos maneras de entender el conflicto). Frankie (que se hace llamar Rory) lo mira desde la perspectiva de un irlandés que está conviviendo continuamente con la violencia en su piel, desde que era un niño. Tom O’Meara tiene la visión de un hombre que ha vivido durante años fuera del corazón del conflicto (y sin embargo cada día se enfrenta también a todo tipo de violencia debido a su profesión) y que cree que la violencia no es el camino para la resolución del conflicto. Sus miradas diferentes las resume a la perfección el joven Rory cuando en dos momentos clave de la película le recuerda al veterano policía que lo que esta ocurriendo no es una historia americana, sino una historia irlandesa…

Los ojos de Pakula creo que son los de Tom O’Meara… aquel que se acerca con respeto a un conflicto que no llega a entender del todo (o que lo ‘observa’ como testigo) pero que cree firmemente que hay otro camino distinto para conseguir la resolución del problema, y que ese camino no es la violencia aunque ésta diariamente se empeñe en resurgir una y otra vez de mil maneras diferentes… Al final La sombra del diablo es un estudio sobre la violencia instalada en el seno de las sociedades y la mella que hace en los ciudadanos (la violencia sólo genera más violencia). Por eso la película crea situaciones que hacen reflexionar al personaje encarnado por Harrison Ford cuando dos de las personas que más le importan en el momento que transcurre la película (su compañero de fatigas —Ruben Blades— y el nuevo inquilino con el que establece pronto fuertes lazos como los de un padre y un hijo) le ponen en una encrucijada moral precisamente por temas relativos a la violencia. Por eso es importante ese momento festivo en el que Tom se quiere fotografiar con los dos amigos donde se muestra su cariño y lealtad hacia ambos personajes antes de que surjan los conflictos… y cómo intenta seguir siendo un hombre bueno, coherente y justo. Y cómo porque quiere a ambos le resulta difícil encontrar la decisión o forma de actuar adecuada.

La dificultad de encontrar una solución y un acercamiento entre las partes en el largo conflicto irlandés queda totalmente reflejada en la conversación que mantiene el joven terrorista con uno de sus contactos irlandeses en Nueva York, una joven, hermana de otro miembro del IRA ya fallecido. Él habla de que  “claro que hay culpabilidad” y añade que “todo el mundo tiene sus fantasmas” para terminar diciendo que en ese conflicto y con el paso de los años “nadie es inocente”. La película refleja cómo pasan los años y como la virulencia y la incapacidad de diálogo (sólo la violencia como salida por ambas partes del conflicto) merman la capacidad de una posible tregua de paz. De hecho la película empieza en 1972 en una ruptura de paz (donde vemos como Frankie convive desde niño, con la brutal muerte de su padre, con una violencia endémica), de tregua, y continúa en 1992 cuando la imposibilidad de unas bases sólidas para trabajar hacia la paz continua con la ola de violencia… Tom O’Meara no está de acuerdo con que Rory esté comprando armamento para llevarlo de vuelta a Irlanda (ni con su historial terrorista) pero también se posiciona respecto a la forma de actuar del Gobierno británico (sus agentes encuentran colaboración en el FBI). Tom no aprueba que directamente ‘eliminen’ a Frankie/Rory, sin ni siquiera detenerle y juzgarle por los cauces democráticos y judiciales.

Pero la visión de La sombra del diablo sigue siendo interesante cuando nos centramos también en el personaje encarnado por Brad Pitt (Frankie/Rory), un chico duro a base de vivir desde siempre con la violencia en sus carnes cuando también es consciente de que en su vida no hay paréntesis posible. Cuando descubre que siempre vive en una espiral de violencia. Cuando descubre que aunque se aleje de su Irlanda natal, la violencia sigue incrustada en todas las partes del mundo y en Nueva York se cruza con una violencia salvaje que rodea también la ciudad. Allí se la encuentra con un hombre de negocios (Treat Williams) que se maneja en el mercado negro y que no tiene ningún miramiento para ser absolutamente exacerbado y violento en sus métodos para conseguir sus fines (el dinero de su negocio). Ahí Rory es consciente de que le es imposible huir de la violencia y fracasa en proteger a esa familia que le ha hecho sentir nostalgia sobre lo que es pertenecer a un núcleo familiar…, fracasa en sentir que es posible ‘sentir normalidad’, querer a las personas cercanas, tener la oportunidad de establecer una relación con una joven o poder disfrutar de veladas tranquilas y sin sobresaltos con sus amigos… Así que determina (después de una cadena de actos violentos en los que trata de deshacer los nudos imposibles de una madeja) regresar a la violencia que conoce pero que sabe que es también un callejón sin salida posible, sin esperanza alguna…

Así que La sombra del diablo teje una interesante trama que permite recovecos y reflexiones. La película me emociona sorprendentemente en los lazos que se establecen entre el policía y el joven terrorista donde ambos protagonizan varios diálogos que denotan la dificultad del conflicto y de su relación y sin embargo reflejan que el acercamiento es posible y que ambos terminan entendiéndose (respetándose y queriéndose) aunque no tienen oportunidad alguna de desarrollar esa relación que podría quizá haber abierto una puerta o haber permitido un mínimo rayo de luz.

Para terminar La sombra del diablo deja dos apuntes interesantes para su desarrollo: la relación e influencia irlandesa en el cine americano y las distintas maneras de reflejar al terrorista y el terrorismo en una pantalla de cine (éste es un estudio complejo y profundamente interesante…). Por ejemplo, el conflicto irlandés puede ‘contarse’ a través de la sala de cine desde distintas miradas y puntos de vista: desde los tiempos de El delator, El hombre tranquilo pasando por Carol Reed y la maravillosa Larga es la noche, aterrizando en En el nombre del padre, En el nombre del hijo, The boxer o El viento que agita la cebada.

Por todos estos aspectos creo que la última película de Pakula (perfectamente articulada y construida), La sombra del diablo, merece la pena ser vista y analizada de nuevo…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.