Un veterinario es el que cura a los animales de la plantación de Warren Maxwell (James Mason)… y a los negros que allí habitan, bien porque son esclavos de la plantación o porque van a ser vendidos, ya que Maxwell también es tratante. Así de cruda es Mandingo. Una película de Richard Fleischer que presenta en toda su dureza el sistema esclavista en EEUU, antes de su Guerra Civil. Un sistema de poder y sometimiento, absolutamente cruel. Un sistema enfermo instalado en la cotidianeidad, como modo de vida. A los negros se los trata como animales, incluso se les castra si es necesario. Se examina sus dientes, y cada parte de su cuerpo. Son machos y hembras. No tienen alma. No pueden aprender a leer. Si hay el más mínimo conato de rebelión, los castigos más bestias serán los que se inflijan. Se les separa sin miramientos, sus hijos son vendidos, sus mujeres son violadas sí o sí, algunos de sus hombres pueden ser entrenados como luchadores… y se les hace enzarzarse en luchas, sin reglas, hasta la muerte, con apuestas de por medio. En una desagradable cena, le dicen a Warren que hay un método que cura el reuma y es ponerse un perro en el regazo y traspasarle los dolores. El veterinario dice que también vale un negro. Y Warren ni corto ni perezoso, a partir de ese día, tiene siempre un niño a sus pies, pisándolo, para trasmitirle la enfermedad, y curarse él. No es una película cómoda.
Mandingo (Mandingo, 1975) de Richard Fleischer
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