No es sencilla ni fácil la lectura de Otra ronda, pues se construye a partir de contradicciones. Cuando ves la explosión final de Martin (Mads Mikkelsen) en una danza vital, bajo la letra What a life del grupo danés Scarlet Pleasure, una canción que canta a la algarabía de ser joven, de vivir el presente, a esa sensación de comerse el mundo y de no tener planes de futuro ni querer preocupaciones, de no pensar más allá de disfrutar de la vida y de determinados momentos. A esa sensación de vitalidad, sin miedo; a esos deseos de celebración eternos. A esas ganas de vivir la vida como una borrachera perpetua, entonces quizá solo quizá se puede entender la premisa de la que parte la experiencia en la que se embarcan cuatro profesores daneses.

Thomas Vinterberg realiza un largometraje lleno de nervio y vida, pero también de tristeza y frustración. El tono arranca en clave de comedia, transcurre en tiempo de tragedia y finaliza en un chute de vitalidad. A decir verdad, Otra ronda no es una película redonda ni equilibrada, pero también es cierto que la historia termina fluyendo pese a los baches (planteamiento de algunos personajes y tramas). Es de esas obras con alma, que se permiten las imperfecciones, porque así somos los seres humanos, llenos de contradicciones, de dudas, de comportamientos incomprensibles… Thomas Vinterberg se mete de lleno en la sociedad danesa, que vive en un aparente estable estado de bienestar, pero, sin embargo, sus protagonistas son devorados por la insatisfacción y la apatía en la que se van hundiendo sus existencias. Sus sueños de juventud han sido devorados con el día a día y las responsabilidades cotidianas. Sus propósitos no se han cumplido, y el futuro asoma gris. Sus vidas nada tienen que ver con la belleza exaltada que entona el himno danés, leitmotiv del largometraje, cuya letra se convierte en una triste ironía.

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