No es sencilla ni fácil la lectura de Otra ronda, pues se construye a partir de contradicciones. Cuando ves la explosión final de Martin (Mads Mikkelsen) en una danza vital, bajo la letra What a life del grupo danés Scarlet Pleasure, una canción que canta a la algarabía de ser joven, de vivir el presente, a esa sensación de comerse el mundo y de no tener planes de futuro ni querer preocupaciones, de no pensar más allá de disfrutar de la vida y de determinados momentos. A esa sensación de vitalidad, sin miedo; a esos deseos de celebración eternos. A esas ganas de vivir la vida como una borrachera perpetua, entonces quizá solo quizá se puede entender la premisa de la que parte la experiencia en la que se embarcan cuatro profesores daneses.

Thomas Vinterberg realiza un largometraje lleno de nervio y vida, pero también de tristeza y frustración. El tono arranca en clave de comedia, transcurre en tiempo de tragedia y finaliza en un chute de vitalidad. A decir verdad, Otra ronda no es una película redonda ni equilibrada, pero también es cierto que la historia termina fluyendo pese a los baches (planteamiento de algunos personajes y tramas). Es de esas obras con alma, que se permiten las imperfecciones, porque así somos los seres humanos, llenos de contradicciones, de dudas, de comportamientos incomprensibles… Thomas Vinterberg se mete de lleno en la sociedad danesa, que vive en un aparente estable estado de bienestar, pero, sin embargo, sus protagonistas son devorados por la insatisfacción y la apatía en la que se van hundiendo sus existencias. Sus sueños de juventud han sido devorados con el día a día y las responsabilidades cotidianas. Sus propósitos no se han cumplido, y el futuro asoma gris. Sus vidas nada tienen que ver con la belleza exaltada que entona el himno danés, leitmotiv del largometraje, cuya letra se convierte en una triste ironía.

Los cuatro profesores, Martin, Tommy (Thomas Bo Larsen), Nikolaj (Magnus Millang) y Peter (Lars Ranthe), afrontan de diversas maneras su crisis existencial, provocada entre otras cosas por ese tobogán de la edad adulta con horizonte incierto. Con apatía y desencanto, con depresión continúa, con introspección, con insatisfacción, con aburrimiento, hastío y cierto conformismo.

De pronto los cuatro, que también están unidos por la amistad, encuentran un revulsivo a sus vidas durante una cena en que celebran el cumpleaños de Nikolaj, su entrada a los 40. Todo empieza en tono de broma. Con la disculpa de probar una teoría y realizar así un estudio científico, llevan a la práctica la teoría del psiquiatra Finn Skårderud que defiende que el ser humano nace con un déficit de alcohol en sangre del 0’05 por ciento. Es decir, deciden beber durante el día para mantener una tasa de alcohol constante en sangre y analizar los efectos que tiene en su vida laboral y personal.

Pero con la deriva de ese experimento, y perdiendo las riendas y el norte, los cuatro profesores destapan la caja de Pandora, y el elixir de Dioniso dispara la catarsis, que hará que el rumbo y destino de cada uno derive de un modo u otro. De alguna manera la ingesta de alcohol provoca un estado en los profesores que les hace virar, revivir. Pero ese volver a vivir les hace darse cuenta de muchas cosas, y para unos supone la caída definitiva y para otros dar con la salida a la insatisfacción perpetua.

Thomas Vinterberg, desde sus tiempos del Dogma 95 y su Celebración, ha ido construyendo una filmografía que nunca busca ni plantea cuestiones fáciles. Sus películas no suelen dejar indiferentes, remueven. En Otra ronda es capaz de realizar un complejo análisis sobre el alcoholismo o sobre una cuestión que es el centro de esta dependencia: por qué muchas sociedades, no solo la danesa, giran alrededor del alcohol. Qué provoca el alcohol en las personas. ¿Realmente despierta un impulso dormido? Por qué se bebe. Cuándo se nos va de las manos. Por qué está tan presente el alcohol en todos los estamentos sociales… El director plantea una historia determinada y no aporta respuestas fáciles. Los cuatro profesores necesitaban un momento límite de catarsis para desencallar sus vidas. Buscaban esa borrachera perpetúa que se siente en la juventud, que permite comerse el mundo… Pero el elixir que se lo permite tiene una trampa: y es perder la deriva definitivamente, no encontrar el rumbo.

Pese esa complejidad, Thomas Vinterberg logra una película vital, Otra ronda la realizó en un momento difícil. Al final de la película surge una dedicatoria enorme: “A Ida”. Ida es su hija de 19 años, que falleció en un accidente de tráfico, al poco de hundirse en la vorágine del rodaje. Precisamente ella y sus compañeros de instituto estaban muy implicados en este largometraje. Tras su muerte, Vinterberg siguió adelante, pensó que era lo que su hija habría querido y lo que es cierto es que finalmente de un camino tortuoso y tragicómico con el alcohol como protagonista, nace una película contradictoriamente vitalista.

El director, con su guionista de cabecera, últimamente Tobias Lindholm, toman también como guía al filósofo danés Søren Kierkegaard, que no solo abre la película con una cita (“¿Qué es la juventud? Un sueño. ¿Qué es el amor? El contenido del sueño”), sino que durante un examen de un alumno escuchamos su teoría sobre el concepto de angustia y la aceptación del fracaso. De esta manera ofrece otra manera de inmiscuirse en los fotogramas de este largometraje.

Así que Otra ronda no ofrece lectura fácil, incluso es confusa y algunos críticos y espectadores la han visto moralista y conservadora, pero lo que es cierto es que los fotogramas terminan meciendo en un baile, en un salto final, que parece decir que lo que nos queda es esta vida, llena de momentos bellos y otros complejos, y que no merece la pena adormecerse, sino vivirla, sean cuales sean las consecuencias.

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