Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or the unexpected virtue of ignorance, 2014) de Alejandro González Iñarritu

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Hasta el último fracasado lleva un superhéroe a cuestas porque vivir día a día es una aventura de riesgo y mejor que nadie lo sabe Riggan (Michael Keaton…, para quitarse el sombrero), actor de segunda en Hollywood que tuvo su momento de gloria cuando realizó una serie de películas de un superhéroe especial, el hombre pájaro. Ahora busca una oportunidad de prestigio en Broadway, quiere ser actor reconocido, y se mete en la aventura de poner en pie en un teatro una obra sobre relatos de Raymond Carver bajo el título ¿De qué hablamos cuando hablamos del amor? (el mismo título de uno de sus libros de relatos)… Son los días previos al estreno, con el inesperado percance de uno de sus actores principales, y toda su vida emocional, como hace años, patas arriba. El delirio, el ritmo y la emoción están servidos.

Alejandro González Iñarritu sigue experimentando con las formas de contar una historia, continúa ahondando en las relaciones personales y las emociones pero se pasa a la tragicomedia para reflexionar sobre el cine, el teatro, la ficción, los actores, los personajes, el amor, el desencanto… y sale así airoso de su separación profesional del guionista Guillermo Arriaga, supera su bache con Biutiful y da un giro necesario en su trayectoria que le hace resurgir como cineasta con mucho que narrar en forma de cine.

Y es que Riggan, su protagonista, combate el estrés y el miedo con su álter ego siempre a su espalda que le recuerda tiempos de gloria y sus poderes supranaturales. Con su voz grave el hombre pájaro le incita a recurrir al terreno seguro y sin riesgo, seguir siendo superhéroe de pacotilla, pero esa vuelta también es un espejismo, porque Riggan es un hombre cada vez más mayor y cansado (cansado de volar)…, que quiere ser reconocido como profesional, como actor. Quiere que le admiren, que le quieran. Le pesa tanto la absurda fama del hombre pájaro… Riggan quiere mantenerse a flote, no seguir siendo un patético actor que fracasa no solo en su profesión sino también en su vida personal con su hija (Emma Stone), con su ex esposa (Amy Ryan) y con su pareja actual y una de las actrices de su obra (Andrea Riseborough). Riggan quiere una fama que es también un espejismo porque ahora las nuevas tecnologías están cambiando el concepto de este término y los caminos para llegar hasta a ella…

Riggan solo quiere ser un hombre amado y que su obra le dé prestigio, y no tener problemas u obstáculos…, pero los días previos al estreno le convierten en el hombre más vulnerable que hace esfuerzos por no estallar frente a los interminables problemas de última hora que se le van acumulando: problemas sentimentales, con su hija, con el actor principal, con el sustituto (… Edward Norton, sin palabras), con las sesiones de preestreno, con una crítica de teatro (Lindsay Duncan), con su insegura actriz principal (Naomi Watts), con su mejor amigo que tira y tira para que el espectáculo no se derrumbe (Zach Galifianakis), con sus dependencias, con sus recuerdos amargos…

Pero es la crítica, que no quiere dar la más mínima oportunidad a un ridículo hombre pájaro de celuloide, la que en un periódico plasma las palabras clave para entender a un delirante y desesperado Riggan, que se siente al borde del abismo emocional en todo momento, porque como dice la periodista (en su breve pero importante intervención) es esa “inesperada virtud de la ignorancia” la que logra hacer renacer al actor fracasado y que se arriesgue sin red al máximo. Es esa “inesperada virtud de la ignorancia” la que le hace volar de nuevo como un ave fénix o estrellarse como un Ícaro mitológico… y remover así los escenarios con las palabras amargas de Carver.

Alejandro González Iñarritu cuenta las peripecias del hombre pájaro entre bambalinas, corriendo por pasillos, subiendo a áticos, abriendo o cerrando puertas, en los camerinos, en las escaleras, encima del propio escenario o recorriendo un tramo de la calle Broadway (incluso andando rápido en calzoncillos)… con el estrés de un trucado pero efectivo plano-secuencia. Y Riggan es también un solo frenético y maravilloso de batería que persigue su estrés y miedo hasta la culminación final de caída y resurrección. Mientras, en este recorrido delirante, le acompañan un séquito de estrellas caídas o al borde del abismo que se hacen no obstante brillar unas a otras en momentos intensos o íntimos, emocionantes: el actor insoportable pero por puro miedo, la hija dependiente, desencantada y lúcida, la actriz insegura pero con la ternura por delante, la amante cínica con corazón grande, la ex que sigue dejando un beso en la mejilla como un agradable fantasma del pasado o el amigo frenético pero siempre fiel…

Y al final te quedas como esa hija de inmensos ojos azules que mira por la ventana y sonríe… porque ha visto algo inesperado.

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… Cuando la ciencia ficción trata de revelar los misterios… Intestellar (Interstellar, 2014) de Christopher Nolan/ Orígenes ( I Origins, 2014) de Mike Cahill

… surgen otros. Así tanto Nolan como Cahill nos dan sus propias explicaciones del mundo. Y aunque pretenden dar explicaciones cerradas, racionales y compactas, sus interpretaciones no responden a muchas preguntas sino que pretenden dar una única visión o respuesta. Como la mitología en tiempos antiguos, estos realizadores tratan de dar respuesta a los misterios de la vida. Qué hacemos aquí, ¿hacia dónde vamos?, ¿qué nos espera más allá de la vida?… Un realizador, Nolan, nos cuenta una mega historia espacial, con todos los medios a su alcance, en un mundo apocalíptico para hablarnos finalmente de emociones que conocemos y sentimos todos, y que precisamente esas emociones explican incluso los agujeros negros y gusano del Universo. Y Cahill, que parte del cine independiente y de menos medios (ha sido la película ganadora del festival de Sitges de este año), ofrece un espectáculo visual para representar un simple debate (con más intensidad en EEUU) entre dos corrientes, decantándose por el punto de vista más conservador.

Interstellar (Interstellar, 2014) de Christopher Nolan

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Tras el visionado de Interstellar pueden surgir tres líneas de debate: es un canto al instinto de supervivencia y la perpetuación de la especie, trata de evidenciar la no existencia de Dios o refleja el amor más allá del tiempo y del espacio. Y las tres líneas caben dentro de Interstellar que por otra parte recupera la emoción y la aventura de los viajes espaciales en el cine. Que Christopher Nolan se expande, como el Universo, en el tiempo para contar esta historia…, no entra en contradicción con su pensamiento de que el tiempo y el espacio son dos conceptos complejos y abstractos que funcionan más allá de nuestra racionalidad. Él está convencido y cierra su película como una circunferencia en 168 minutos.

Christopher Nolan sitúa a sus protagonistas en un mundo apocalíptico donde la especie humana está en peligro de extinción. Y en ese mundo apocalíptico coloca a una familia tradicional: padre viudo, su hijo y su hija pequeña y un abuelo. Durante bastante relato cinematográfico se nos presentan los fuertes lazos que unen al padre con la hija pequeña y viceversa (parte fundamental para poder cerrar la circunferencia al final de la aventura). El padre es un héroe que debe emprender un viaje espacial para salvar a la humanidad, y de paso a su familia, pero debe abandonarles sin saber si va a tener éxito en la misión o si va a poder acaso regresar al hogar, a la granja. Es como un Ulises que debe regresar a Ítaca pero en vez de añorar a Penélope es a su hija Murph a la que añora. Además teme que su hija siga sin entender su partida y su viaje. Es a la que desea abrazar al final de su viaje. Y como todo viaje-odisea hay cientos de obstáculos que tienen que ver con el tiempo, el espacio, la quinta dimensión, los agujeros negros y los gusanos, otros planetas inhóspitos, los ordenadores inteligentes o los expedicionarios científicos que quieren llegar a una meta…

Christopher Nolan nos lleva al espacio para encontrar un planeta habitable donde se pueda perpetuar la vida de los seres humanos que apenas pueden ya habitar en el planeta Tierra. Un planeta, por cierto, destruido por los propios seres humanos pero también los seres humanos son los que pueden avanzar y encontrar una solución a la inminente destrucción. ¿Podrá sin embargo acabar con el afán destructor del hombre? Y aquí aparece con fuerza la idea de Nolan: el instinto de supervivencia es capaz de mover al hombre a actos de amor sin límites de espacio y tiempo pero también incita a la violencia y a la destrucción del otro. Y entremedias permite el avance de las civilizaciones.

El director perpetra una película de ciencia ficción y aventuras con momentos íntimos para explicarnos una visión del mundo y del ser humano donde todo está atado y bien atado (pese a esa circunferencia…, puedes plantearte un montón de interrogantes en ese Universo que crea Nolan)… donde no hace falta plantear la existencia de un ser superior que dé explicaciones a todo. Christopher Nolan se nutre además de un reparto atractivo que pilota la película donde el Ulises particular es Matthew McConaughey que se deja acompañar en su odisea por Anna Hathaway, Jessica Chastain, Michael Caine, Matt Damon, Casey Afleck o John Lithgow.

Orígenes ( I Origins, 2014) de Mike Cahill

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Mike Cahill crea un mundo visual propio en Orígenes y es lo que más atrae de su película. Por ahí puede atrapar y arrastrar a lo que quiere representar a través de una doble historia de amor. Lo que ocurre es que bajo ese mundo frío, impregnado de modernidad y aires de new age, y con una cierta belleza, plantea un discurso muy simple que puede convencer o no al espectador. Presenta en forma de película un debate más candente en EEUU que en Europa: la visión del mundo de los evolucionistas y la de los creacionistas. Y de una forma más simple de lo que pretende, pues viste la película de elevada trascendencia, se inclina hacia los creacionistas.

Así presenta un mundo más o menos presente pero con elementos científicos que, por ejemplo, emplean el iris como elemento de identificación de los seres humanos. Así nos vamos moviendo en un mundo de ciencia ficción, claro. Y el protagonista es un científico (con rostro de Michael Pitt) que quiere demostrar la teoría de la evolución a través del estudio del ojo humano. Desde siempre ha sentido obsesión por el iris humano y tiene su colección particular a través de fotografías.

En un momento de su vida y casi a la vez se cruzarán en su existencia las dos mujeres más importantes de su historia individual: una etérea joven que conoce en una fiesta de Halloween a la que solo ve de su rostro los ojos, los cuáles por supuesto fotografía. Y una inteligente estudiante que va a ayudarle en su investigación. Una etérea y espiritual, bohemia, que invita al protagonista que vaya más allá de la puerta, que no se esconda en sus estudios científicos y exactos, que admita que hay misterios y que puede cruzar el umbral. La otra científica, exacta, compañera ideal, inteligente, seria, trabajadora… Y en esta dicotomía y en estas formas distintas de mirar y sentir la vida se mueve el joven científico. Un suceso terrible transforma su vida y siete años después será consciente de que la joven etérea tenía razón: no todo es tan exacto, se puede ir más allá del umbral. La espiritualidad existe. Y unos iris pueden repetirse… sin experimentos científicos.

Lo que es curioso es que Mike Cahill construye un personaje mucho más atractivo con la joven científica que con la muchacha etérea… aunque en el debate final, sea esta la que en teoría salga ganando. Parte de la teoría de la joven etérea la construye el director dando importancia (y una explicación) a las casualidades en su trama… Las casualidades a veces se transforman en grandes misterios de la humanidad y hablan de conexiones… que no podemos entender. Sin embargo, Cahill, sí que da un sentido a las casualidades que vive el joven científico… para que pueda cruzar el umbral. Por supuesto, es tan espiritual que la respuesta a todo lo encuentra en La India…

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