Flor de cactus te hace pasar una buena tarde de primavera. A tres días de mi cumpleaños, me apetecía disfrutar de nuevo de una comedia romántica, que además me permitiera centrarme en una época determinada en Hollywood que me interesa mucho: la de finales de los sesenta.

Una época de transición donde no solo se estaba dando el paso del Viejo al Nuevo Hollywood (tanto en el contenido como en la forma), sino que también las películas se estaban abriendo a temas que no se habían tocado (o no explícitamente), se estaba viviendo la inminente caída del código Hays y se estaba produciendo también un cambio generacional entre los actores y los directores. Además los años sesenta fueron también los de la revolución sexual, suponían también el final de la sociedad americana de los cincuenta, del sueño americano y del conservadurismo. Por otro lado, se estaban produciendo movimientos políticos, económicos, sociales y bélicos que iban mostrando el frágil equilibrio de esa guerra fría que dividía el mundo en dos bloques.

Durante esos años, no faltó tampoco la comedia romántica y Flor de cactus funcionó bastante bien, todo un éxito en taquilla. El texto de origen era una obra teatral francesa con el mismo título de Barrillet y Gredy, que había sido llevada a los escenarios de Broadway por Abe Burrows.

Esa flor de cactus a la que hace referencia el título es una planta que se encuentra en la mesa de Stephanie Dickinson (Ingrid Bergman), ayudante del dentista Julian Winston (Walter Matthau). Stephanie es una mujer trabajadora, madura y solitaria que ha establecido una rutina laboral y una fidelidad profesional hacia su jefe durante más de diez años. Los dos se han hecho a su manera el uno al otro, inconscientemente. En un principio ese cactus se mantiene vivo, pero con sus pinchos siempre alerta, aunque con el paso del tiempo deja salir una bella flor. No es sino la radiografía de Stephanie una mujer aparentemente distante y fría que deja escapar una personalidad atractiva, inteligente, sensual y cálida.

Una Ingrid Bergman con cincuenta y cuatro años que se desmelena en un moderno local de New York, y baila sin pudor ni miedo alguno al ridículo los distintos pasos que hacen que los cuerpos de los jóvenes de su alrededor vibren. Incluso no tiene reparo en inventar un nuevo movimiento. Lo maravilloso es que su vestuario elegante parece totalmente fuera de lugar y, sin embargo, no solo no desentona, sino que se muestra divertida, sexi y hermosa. Durante aquellos años, tras su vuelta a Hollywood después de su “exilio” europeo, Bergman estaba explotando su vena cómica que ya directores como Jean Renoir (Elena y los hombres) o Stanley Donen (Indiscreta) habían experimentado. Curiosamente, no fue el registro que más desarrolló, y es una pena porque mostraba un sentido del humor especial.

Flor de cactus muestra a hombres perdidos en sus identidades masculinas y modelos conservadores (el dentista, su casposo amigo actor o ese cliente latinoamericano con modales de otro siglo) y a jóvenes que experimentan en los tiempos nuevos, pero a la vez llenos de contradicciones y menos modernos de lo que aparentan. Al final la única que realmente es más coherente con ella misma, respetuosa con los demás y libre, la que más arriesga, es esa ayudante madura que se atreve a dar el paso y querer a ese dentista rancio con el que lleva años en su oficina. Además conoce todas sus miserias y todas sus virtudes de su futura pareja.  Logra establecer las nuevas reglas de una relación que puede que tenga un final feliz o por lo menos los dos empiezan desde la sinceridad y la confianza. No hay secretos entre ellos.

La película es una comedia de enredos que cuenta cómo el dentista Julian Winston es un soltero empedernido que siempre dice a sus conquistas que es un hombre casado con hijos. Sin embargo, esta vez sí que piensa que está enamorado de verdad de una joven, Toni Simmons (el debut de Goldie Hawn). Esta última intenta suicidarse cuando este suspende una de sus citas, pero lo evita su joven vecino, Igor. A partir de ese momento Julian le promete que se separará de su mujer, e insiste en que su esposa también quiere el divorcio, pero Toni quiere conocerla para no sentirse culpable de la ruptura del matrimonio. Atrapado en su propia mentira, el dentista pide ayuda a su ayudante,  Stephanie, para que se haga pasar por su esposa. El lío está servido.

En la dirección de Flor de cactus se encuentra Gene Saks que alternó sus triunfos en cine y en teatro. En cine estrenó varios éxitos durante los últimos años de los sesenta y principios de los setenta. Sobre todo funcionó su alianza con el dramaturgo Neil Simon tanto en los escenarios de Broadway como en las pantallas de cine (Descalzos en el parque, La extraña pareja, Last of the Red Hot Lovers o Recuerdos de Brighton). Y una de las pocas veces que se alejó de Simon fue en Flor de cactus con un guion de I.A.L. Diamond, el colaborador habitual durante aquellos años de Billy Wilder.

Flor de cactus no solo es interesante como comedia romántica de enredo, sino también un documento sociológico de ese New York de los años sesenta donde se asienta la revolución sexual o el movimiento hippy. La juventud trata de recorrer un nuevo camino de comportamientos políticos y sociales, descubre variados gustos musicales y culturales que chocan con los modelos de las generaciones anteriores y trata de encontrar su espacio. De este modo, los personajes viven sus aventuras en una tienda de discos, un local de moda o en la vivienda entre hippy y bohemia de Toni o su joven vecino escritor Igor (Rick Lenz). Y esa fusión entre el Viejo y Nuevo Hollywood se vive de manera gozosa entre el rostro fresco y pizpireto de Goldie Hawn y la serena y bella madurez de Ingrid Bergman.

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