Un momento del rodaje de Todos rieron en el documental One day since yesterday: Peter Bogdanovich & the Lost American Film.

Resulta curioso que en varias entrevistas, Peter Bogdanovich exprese que dos de las películas que más valora en su filmografía son tanto Saint Jack como Todos rieron. Y es curioso porque ambas se han convertido en las más desconocidas de su trayectoria cinematográfica. Enfrentarme a ellas ha sido un descubrimiento gozoso ya que son dos películas totalmente de director-autor, y muy en sintonía con ese cine del Nuevo Hollywood que se cultivó durante los años setenta. Dos películas muy libres e independientes del realizador, al margen de los grandes estudios. De hecho, la última de ellas sufrió además un revés por un acontecimiento trágico antes de que se estrenara, que hizo que Bogdanovich tuviera que asumir totalmente su distribución, y que supuso un batacazo final para la película.

Las dos comparten al mismo actor, Ben Gazzara, con un carisma brutal, y que además había dejado ya su huella especial y naturalidad en las películas independientes de su amigo John Cassavetes. Y también el mismo director de fotografía: Robby Müller, este logra que tanto Singapur como Nueva York estén envueltas en una luz y un halo muy especial. Por otro lado, tanto Saint Jack como Todos rieron se dejan llevar por un mismo tono: el de la melancolía. Así la primera, que es una adaptación literaria de una novela de Paul Theroux, es un lienzo complejo de un personaje controvertido. Y la segunda es una comedia romántica y de enredos con la tristeza de fondo.

En esta sesión doble especial que propongo, sugiero un colofón final con un estupendo documental: One day since yesterday: Peter Bogdanovich & the Lost American Film (2014) de Bill Teck. Que no solo da un paseo por la filmografía de Bogdanovich sino que se centra sobre todo en lo que significó en su carrera Todos rieron, además de contar la tragedia que rodeó la película. Bogdanovich estaba viviendo un romance con una de las actrices principales, Dorothy Stratten, playmate del momento. Ella estaba empezando a dar sus primeros pasos en el mundo del cine y esperaba divorciarse de su marido, Paul Snider, que hasta ese momento había llevado su carrera. Cuando se acercó a casa de Snider, precisamente para ultimar asuntos sobre su próximo divorcio, este la recibió con un disparo de escopeta, terminando con su vida. Ante tal horror, ningún distribuidor quiso arriesgarse con una comedia romántica protagonizada por la víctima de un asesinato horrible.

No hace poco escribí en otro blog en el que colaboro que al estudiar la fecha de defunción del Nuevo Hollywood surge como indicador el fracaso de tres largometrajes: La puerta del cielo (1980), de Michael Cimino; Corazonada (1981), de Francis Ford Coppola; y Todos rieron (1981). Estas tres películas supusieron el desastre para los directores que se vieron implicados en ellas, y el pistoletazo de salida para que los grandes estudios ya no confiaran en estos directores, autores y creadores, los bajaran poco a poco del podio y elevaran a los altares a los directores que prometían dividendos en taquilla. Peter Bogdanovich dejó de ser un director estrella y se ha convertido en un realizador superviviente y en el margen. Hace relativamente poco volvió a las pantallas con un documental sobre Buster Keaton, recuperando una faceta que nunca ha abandonado: la de crítico e historiador de cine.

Saint Jack, el rey de Singapur (Saint Jack, 1979)

Saint Jack es una película extraña y políticamente incorrecta en pleno siglo xxi, pues convierte en protagonista y héroe de su historia a un proxeneta estadounidense en Singapur, que sueña con un prostíbulo de lujo, pero que tiene que lidiar para llevar su proyecto a cabo, entre otras cosas, con las mafias locales. La película muestra sus andanzas por las calles de Singapur, por sus bajos fondos. Jack Flowers (Ben Gazzara) es un superviviente nato, poco sabemos de su pasado, y más de su presente. Flowers se comporta como un relaciones públicas y solucionador de problemas, dedicado sobre todo a proporcionar escarceos amorosos a todos los extranjeros que pasan por Singapur, sobre todo ciudadanos británicos y americanos. Son los años de la guerra de Vietnam y también un reflejo de los últimos coletazos de un colonialismo feroz.

Jack Flowers es una representación más del pícaro lúcido, que sabe tratar a unos y a otros, y que además, con la mirada de Gazzara, se convierte en un personaje que arrastra desencanto, desilusión y también comprensión ante las debilidades humanas. A su manera, aunque se mantiene en los bajos fondos, se deja llevar por un particular código moral, que le hace no transgredir ciertos límites. Y no solo eso sino que arrastra también su condición de paria, ya que no tiene un lugar donde regresar, sino que siente Singapur como su hogar.

Saint Jack parte de una novela de Paul Theorux, novelista de ficción, pero también conocido por su literatura de viajes. El autor no suele proporcionar una mirada fácil ni sobre el mundo ni sobre los seres humanos. La novela llegó a manos de Bogdanovich a través de otro de sus amores (y musa de varias de sus películas), Cybill Shepherd, que por un rocambolesco giro del destino pudo adquirir los derechos. Curiosamente entra en este giro la revista Playboy que publicó unas fotos de la actriz sin su consentimiento, y como parte del acuerdo tras la demanda, esta consiguió los derechos de esta novela. Parece ser que esta novela se la había dado a conocer Orson Welles. Por otro lado, Peter Bogdanovich y su equipo pudieron rodar la película íntegramente en Singapur, pero tuvieron que lidiar con varias dificultades por la naturaleza del film y para no toparse con la censura de las autoridades, especialmente por la imagen que reflejaba de la ciudad, centrándose en su conversión en un gran prostíbulo de Occidente, y por su contenido sexual.

Sin embargo, en lo que se termina centrando la película, más que en los aspectos más sórdidos, es en la amistad imposible que surge entre Jack, el proxeneta, y William Leigh (Denholm Elliott), un auditor de cuentas británico. Dos personajes contrarios y con dos tipos de vida totalmente distintos que, sin embargo, se complementan. A lo largo de los años se van encontrando, cuando William tiene que aterrizar en Singapur por cuestiones de trabajo, y van intimando cada vez más hasta que un acontecimiento trágico termina con su relación. Así un cada vez más solitario y consciente Jack Flowers se sumerge en las calles de Singapur en una melancólica redención final. Entre medias de su amistad, Jack no solo lidia contra las mafias locales, sino también con los “trabajos sucios” que le proporciona un americano, Eddie Schuman (Peter Bogdanovich), que todo indica que pertenece a la CIA.

Lo que se queda en la retina al meterse uno de lleno en el visionado de Saint Jack, son esas miradas cómplices entre dos hombres muy diferentes que, sin embargo, conectan en una ciudad lejana y que es ajena a sus mundos, Singapur.

Todos rieron (They All Laughed, 1981)

No es por saber todo lo que rodea esta película, pero Todos rieron es una comedia romántica regada de melancolía y tristeza. Y, de nuevo, todo se debe a la mirada desencantada y enamorada de Ben Gazzara. Esa mirada va directa hacia otros ojos tristes, los de una madura y hermosa Audrey Hepburn. Ambos son conscientes de su amor imposible, y tratan de retener de alguna manera sus horas de felicidad en New York. Él es John Russo, un detective privado. Ella es Angela Niotes, la esposa de un millonario europeo. Precisamente este último, cuando aterriza en New York en helicóptero, contrata los servicios de la agencia de detectives donde trabaja John para que vigilen a su esposa mientras él se ausenta unos días por un viaje de negocios.

Alrededor de John y Angela pululan un montón de personajes que deambulan por las calles de New York en una historia coral de relaciones y enredos. Y es que Todos rieron también tiene como protagonista la ciudad. New York se alza como ciudad que acoge todas las tramas. Peter Bogdanovich comienza su película sin apenas palabras, todo es visual y a servicio de la imaginación del espectador que empieza a construir la historia. Poco a poco te vas situando en la trama.

Las reinas de la función son las mujeres: Sam, la taxista (Patti Hansen); Christy, la cantante de country (Colleen Camp); Angela, la millonaria; y Dolores, la joven esposa (Dorothy Stratten). Ellas son perseguidas por los nada intrépidos detectives. Ellos pulularán a su alrededor, enredando, e incluso enamorándose. Porque, al fin y al cabo, no es una película de detectives, sino una comedia de amor. En la agencia están el jefe, enamorado de su secretaria, y tres empleados: John, con su mirada triste a cuestas; el tímido y enamorado Charles (John Ritter); y Arthur (Blaine Novak), el hippy del grupo. John y Charles se enamoran de las mujeres que persiguen, de Angela y Dolores, y todos los demás contribuyen a enredar la trama (que es lo que menos importa).

Es película de enredos, pero de ritmo tranquilo. A sus personajes les sigue una estupenda banda sonora que surge de las radios, de los locales que visitan o de música country en directo en un bar. A pesar de provocar siempre la sonrisa, es inevitable ese halo de tristeza y melancolía. Como que todos rieron, pero a la vez saben que su felicidad es efímera. Como la de John y Angela…

Sus personajes se persiguen, se pierden, y sobre todo se miran, se descubren, huyen unos de otros o se aman… por las calles de New York. Y visitan garitos de música, librerías, restaurantes, tiendas, sus apartamentos o las pistas de patinaje. Todos viven el día a día, y si entre medias se enamoran, mejor.

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