“Los duelos hay que vivirlos y pasarlos. Si no, se te enquistan se hacen un tumor que crece, crece y crece dentro de ti. Hay que vivirlos de los tobillos a la boca. Hasta vomitarlos. Eso ya te deja descansar. El libro ha sido eso, un vómito tremendo”, así de contundente y transparente se muestra Marian Salgado durante la entrevista realizada por Santiago Alonso y que se incluye también en el libro como broche final. Nunca mejor dicho, La hija del periodista proporciona unas páginas sinceras y directas, que vomitan todo el dolor de la autora, que se tira sin red frente a una hoja en blanco para desenmascarar sus emociones y recuerdos más profundos. Una autobiografía a corazón abierto.

¿Quién es Marian Salgado y por qué me podría interesar su libro? ¿Qué tiene que ver con el cine? Desconocía hasta ahora su existencia, pero la publicación llegó a mis manos como un regalo de una persona erudita y apasionada por el cine que sabía que podía disfrutarlo, y que quería compartir un proyecto ilusionante. Sin saberlo, me di cuenta de que hacía tiempo que la conocía a través de mi pasión: el cine. No hace mucho he logrado ver por fin una película que llevaba bastante tiempo detrás de ella, y de la que ya había visto secuencias aisladas o contemplado numerosos fotogramas: ¿Quién puede matar un niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador. Y me impactó el rostro de muchos de esos niños que de pronto en una isla perdida, cerca de las costas españolas, se vengaban, de manera inquietante y cruel, de siglos y siglos de vulneraciones y quebrantos contra la infancia. Uno de esos rostros capaces de despertar miedo y pesadillas era el de una niña: Marian Salgado.

Otro de los hitos del cine de terror (que durante estos últimos años estoy visionando y disfrutando varios de ellos, pues este era un género que siempre había tenido abandonado por puro miedo) fue sin duda El exorcista (1973) de William Friedkin. Si buscamos las voces de doblaje para su proyección en las pantallas españolas, nos encontramos que la de Linda Blair fue la de Marian Salgado.

Y, por último, hay un verdadero culto, reavivado por las redes sociales, hacia las películas de terror y de género fantástico que se dirigieron en España durante las décadas de los sesenta y setenta. Dentro de estas películas entrarían algunas de las dirigidas, por ejemplo, por Jesús Franco, Paul Naschy o León Klimovsky. Se ha buscado un nombre genérico para referirse a ellas: el fantaterror. Y como se especifica en un breve reclamo de la portada del libro, Salgado es la niña del fantaterror. Precisamente bajo la estela de El exorcista, Marian protagonizó una película de culto en el año 1975, La endemoniada, de Amando de Ossorio. Por ahora, tan solo he podido ver algunas secuencias a través de Internet.

Pero Marian Salgado, durante su infancia, trabajó además de en el cine también en los escenarios teatrales, en los platós de televisión y en la radio (otro de los extras que pueden encontrarse en el libro es la difícil recopilación de lo que fueron sus trabajos artísticos durante la infancia: su filmografía, sus trabajos en televisión y en los escenarios teatrales). Y eso es lo que relata en las cien páginas que construyen su autobiografía, aquellos años infantiles, años de pesadilla y amargura. Años de heridas. El libro, con material gráfico interesante, empieza con una cita: “Un niño sin infancia crecerá como un árbol plantado en el mar. No echará raíces, no podrá resistir las corrientes y navegará sin rumbo”. Las palabras de Carson Weldi (desconozco quién es), sin duda, dan forma a la principal tesis del libro. Sus duras circunstancias familiares, el desarraigo, el cultivo de complejos, los abusos y el duro trabajo como actriz siendo una niña (por las condiciones laborales y, a veces, también por la ausencia de sensibilidad en el trato) convirtieron su infancia en un espacio inhabitable.

De hecho, en la actualidad, Marian Salgado tiene clara una idea: “Es tremendo lo que podemos hacer con alguien tan indefenso como un niño”. Lo que pone sobre la mesa es un tema complejo: los niños prodigios en el mundo del cine (u otras disciplinas) que terminan siendo “juguetes rotos” a través de la explotación de sus cualidades. Y son muchos los ejemplos tanto en el Hollywood dorado y actual, como en nuestra cinematografía. Algunos lograron enderezar sus vidas y otros se quedaron en el camino, pero todos arrastraron unas existencias bajo fuertes tormentas emocionales: Jackie Coogan, Judy Garland, Drew Barrymore, Edward Furlong, Macaulay Culkin, Marisol, Joselito…, son solo algunos nombres. Muchos además veían truncadas sus fulminantes carreras infantiles cuando pasaban a la adolescencia o madurez, y ya no interesaban ni sus cualidades ni su apariencia física, dejando sus carreras y vidas a la deriva.

Marian Salgado aporta un relato autobiográfico breve, sencillo y desgarrador donde surgen con fuerza dos personalidades que marcan su vida: su madre y su padre. Los secretos de familia sesgaron su alma, y la convirtieron en una niña con una sensibilidad extrema. De hecho, el relato evocador, desde los olores, sabores y recuerdos velados de su Chile natal hasta su llegada a España y su periplo por diversas casas, va convirtiendo su historia en una película donde el terror se mezcla con la intimidad y la aparición de fantasmas que se creían enterrados.

Es curioso y tierno, que Salgado confiese que es incapaz de ver películas de terror, le provocan pesadillas. No puede disfrutar del género por el que es recordada. Cuando le preguntan si volvería a actuar, no duda: “Volvería, sin duda. Si pudiera hacer algo que no fuera por necesidad. Me gustaría volver solo porque me apetece”. También confiesa su gusto por la escritura. Entonces imagino, pues fue la sensación que tuve leyendo sus páginas, a Salgado en un escenario de teatro, representando un monólogo autobiográfico que disipe las sombras de su vida para ir en busca de la felicidad. Un biodrama donde la hija del periodista comparte sus vivencias, vislumbra sus fantasmas y cura heridas del alma.

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