
Un maravilloso polar de Jean-Pierre Melville. Uno de sus alicientes es el personaje de Jean-Paul Belmondo.
Sigo deleitándome poco a poco en la filmografía de Jean-Pierre Melville y le ha tocado el turno a El confidente. ¿Hay un actor que le quede mejor un gorro, una gabardina y unos guantes que a Jean-Paul Belmondo con esa sonrisa pícara?
Solo por el último plano de esta película en el que su personaje, un pobre diablo (como el mismo se describe en un momento determinado), se mira al espejo y su rostro queda enmarcado, merece la pena su visionado. Imagen que diáloga con otra al principio de la película donde el otro gran protagonista también se mira en un pequeño espejo roto… Los dos reflejados en el espejo.
Y por cada una de las secuencias de este polar francés se hace imposible despegar el ojo de la pantalla. Melville era un amante del cine negro estadounidense y supo trasladar la esencia del género al cine francés y ser la máxima expresión del noir en su país.
El confidente no solo juega con un impresionante blanco y negro, sino que además las sombras y los claroscuros son fundamentales para el relato. No puede faltar la lluvia, el ruido de los trenes, las lámparas en penumbra, los locales de mala muerte, los disparos… En el relato cinematográfico la presencia de la violencia es continúa, además de la sensualidad siempre presente. Tampoco faltan esos policías, que sortean también, como aquellos a los que pretenden detener, la ambigüedad moral. Y en la narración siempre hay una presencia del destino. Sus personajes lo tienen pegado en la frente. Es una carrera sin freno, a la desesperada, aunque ellos crean que todo lo tienen bajo control.