Basil Dearden ha sido todo un descubrimiento feliz. El día que falleció Sean Connery buscaba una película para homenajearlo y que supusiese descubrirlo en una historia menos conocida que las del agente 007 u otros trabajos cinematográficos recordados del actor. Me acordaba de que me había llamado la atención una película en el blog de 39 escalones, y me dispuse a verla; se trataba de La mujer de paja. Me lo pasé tan bien con ella que indagué en la filmografía del director. Apenas conocía su obra, más allá de ser uno de los directores de Al morir la noche (1945), de la productora británica Ealing. Me di cuenta de que en una plataforma digital habían subido bastantes títulos del director y decidí hacerme un ciclo. Así fui de sorpresa en sorpresa topándome con un realizador británico con una filmografía compacta de títulos muy potentes. De hecho, voy a analizarlos en dos post, siguiendo el orden en que fui viéndolos.

Basil Dearden parte de historias sólidas con conflictos dramáticos complejos o peliagudos problemas sociales que permiten una construcción psicológica profunda de los personajes y de la sociedad. En su cine no todo es blanco o negro, sino que se abre un amplio abanico de posibilidades y de distintas posturas ante ciertos temas. Nunca busca el camino fácil. Es un director británico que merece la pena ser rescatado y que desde los cuarenta hasta los setenta filmó varias películas que no pueden caer en olvido. Por otra parte, en el aspecto formal cuida mucho las atmósferas y los espacios donde desarrolla sus historias, además de dominar tanto el color como el blanco y negro en beneficio del argumento.

La figura de Dearden está muy unida a la del productor y director de arte Michael Relph. A finales de los cincuenta realizaron una cadena de películas británicas con fondo social, centrándose en temas polémicos como el racismo, la homosexualidad o la religión, con puntos de vista diferentes y complejos. También varias de sus películas más redondas cuentan con la presencia en el guion de Bryan Forbes o de Janet Green. Además su filmografía permite disfrutar de una buena galería de actores británicos como Patrick McGoohan, Richard Attenborough, Betsy Blair, Ralph Richardson, Dirk Bogarde, Jean Simmons, Celia Johnson, Yvonne Mitchell o Michael Craig.

La mujer de paja (Woman of straw, 1964)

La mujer de paja es una buena película de intriga psicológica alrededor de un magnate británico, anciano y en silla de ruedas. Un hombre que se muestra desagradable con cada persona que se cruza a su lado. Con el desprecio dirige su vida. Y este desprecio afecta al servicio, a su sobrino, a los perros… La humillación le divierte, tan solo parece amar la música de Beethoven que pone a todo volumen en su gramófono y a su mujer fallecida. Pero la presencia de una nueva enfermera en su vida lo cambiará todo.

Así se construye un triángulo ambiguo y una venganza cerebral…, pero La mujer de paja entra dentro de las películas “nada es lo que parece” o “vamos a quitar máscaras”. Y no solo eso, sino que se construye a base de giros argumentales que buscan dejar fuera de juego al espectador. Los protagonista son un solvente trío de intérpretes: Ralph Richardson, Gina Lollobrigida y Sean Connery.

El personaje del millonario que compone Ralph Richardson es lo mejor de la función. Un hombre que desprecia y humilla a todos los que le rodean, llegando a tratar al servicio más cercano, dos hermanos negros, como si fueran animales. Es tan odioso que resulta hasta divertido, pues uno no puede creerse las ruindades y contestaciones que se le ocurren al personaje, que se sabe el amo del mundo por el poder económico que tiene. Curiosamente, cuando vuelve a enamorarse, su carácter se suaviza y se humaniza un poco. Tanto Lollobrigida como Connery están estupendos y desarrollan unas personalidades ambiguas llenas de sorpresas; sin embargo, les falta el sentido del humor que tiene el personaje de Richardson. Sus personajes se toman la vida de una manera mucho más seria y severa. Richard protagoniza una comedia negra; Lollobrigida y Connery, un thriller melodramático.

La mujer de paja es un largometraje del tándem Basil Dearden y Michael Relph con vocación internacional, que cuida especialmente la atmósfera y el ambiente donde transcurre la historia (la enorme mansión del millonario, el barco y una Mallorca misteriosa y hostil), donde el uso de la música clásica y la presencia de una silla de ruedas pueden convertirse en elementos de lo más amenazadores.

Vida para Ruth (Life for Ruth, 1962)

Vida para Ruth habla de la libertad de las creencias religiosas, pero desde una óptica compleja. La película muestra a un matrimonio joven ejemplar con su hija pequeña, Ruth. Durante un accidente en el mar, el padre se comporta de manera heroica. Logra salvar a un crío de morir ahogado, pero su hija queda malherida. Hasta aquí todo ok hasta que en el hospital, el doctor que atiende a la niña les dice que está grave porque ha perdido mucha sangre, pero que se salvará con una transfusión. El padre es categórico: se niega a la transfusión. Según sus creencias religiosas si recibe sangre ajena negará la vida eterna a su hija. Así que renuncia a ese tratamiento médico y firma la autorización para que la niña no sea tratada. No se dice en ningún momento, pero se intuye que tanto él como su padre son testigos de Jehová. Ruth fallece esa misma noche. Y aquí empieza el conflicto.

Basil Dearden no tira por el camino fácil, que es presentar al padre como un fanático y un hombre poco preparado, sino que cuenta la historia desde su punto de vista, trata de que se entienda su postura, y, no solo eso, sino que se analizan de manera crítica las reacciones de la sociedad ante este individuo. Es más, el padre (Michael Craig) nos es mostrado como un tipo que sufre, sensible, atormentado por la decisión y abrumado por la situación que está viviendo, además es un tipo preparado con una buena profesión; y se nos presenta más antipático, frío e intransigente al doctor que le denuncia (Patrick McGoohan). No obstante, Vida para Ruth no redime a ninguno de los personajes y tiene para todos. La riqueza de la película es que muestra todas las aristas de este dilema moral.

Vida para Ruth pasa de un fuerte drama social a un inteligente drama judicial donde se pone en juego la libertad de las creencias religiosas del personaje principal en una situación límite que ha supuesto la muerte de una víctima inocente. Lo religioso y lo laico chocan, y no solo eso sino que se muestra como uno también puede volverse intransigente ante otras normas y creencias distintas. No es fácil la resolución del dilema. El abogado de oficio da con la clave: el padre, sí, es un fanático, pero tiene derecho a tener sus creencias, y no actúa de mala fe, sino acorde con su manera de pensar y creer. Es curioso que el primero que se pone de parte de la pareja es un prestigioso abogado judío que dice saber bien lo que es la intolerancia religiosa; de hecho, se niega a asesorar al principio al doctor que quiere denunciar a toda costa al padre. Nada es tan fácil como parece, nadie tiene la razón absoluta ni nadie sale ileso en el proceso: ni la familia de Ruth (la madre se da cuenta de lo que ha supuesto no haberle dicho nunca a su marido que no compartía sus creencias y ambos son conscientes de que la muerte de Ruth ha dejado para siempre herida su relación), ni parte de la prensa (que ve un caso sensacionalista de donde sacar carnaza), ni la justicia (que se da cuenta de las fallas del sistema ante situaciones como esta y la dificultad de impartir justicia; de hecho, se analizan las distintas maneras de enfocar el asunto ante el jurado), ni el hospital que salva estas situaciones dejando toda la responsabilidad en el individuo, aunque tome una decisión contraria al fin de su profesión (salvar vidas), y, por supuesto, ni el propio padre que sigue a rajatabla sus creencias (como le dice finalmente el doctor no puede dejar toda la responsabilidad de su vida y decisiones en su Dios).

Una película redonda y compleja de Basil Dearden y Michael Relph que con un blanco y negro certero juega con los claroscuros de la trama que se desarrolla en una localidad costera de gente trabajadora. Allí la desgracia y el dolor de este joven matrimonio despiertan la intransigencia e ira de un sector de la sociedad. No se tiene en cuenta la tragedia que una decisión individual, para muchos incomprensible, errónea y equivocada, ha generado: la pérdida de una hija.

Crimen al atardecer (Sapphire, 1959)

Crimen al atardecer empieza con una imagen impactante: en un parque tiran el cadáver de una joven estudiante. La película narra la investigación policial que llevan a cabo dos agentes (Nigel Patrick y Michael Craig) y el conflicto surge cuando descubren que la joven, que todos daban por hecho que era blanca, es mulata. Los policías son conscientes cuando avisan al hermano, solicitan su presencia y acude un hombre negro. Entonces el giro de la pesquisa cambia al descubrir los secretos de Sapphire, la asesinada: es un asesinato racial, un delito de odio. Pero de nuevo el camino marcado no es el fácil.

Primero, Basil Dearden va desvelando, sutilmente, un racismo siempre presente y vigente en todos los estamentos de la sociedad. De hecho, entre los dos policías que sostienen la investigación uno es claramente racista. Otro descubrimiento es que el racismo no solo se da entre los blancos en contra de los negros, sino también en sentido inverso (otra cosa, claro está, son las relaciones de poder y sometimiento que han predominado a lo largo de la Historia). Y en la película se van colando muchos más matices según avanza la búsqueda del asesino.

En un principio se buscan sospechosos en dos entornos diferentes de la víctima: su centro de estudios, donde localizan a su novio blanco, un buen estudiante de arquitectura a punto de viajar fuera del país por una beca, y muy protegido por su familia de clase media, sobre todo por su padre. Y el entorno negro por el que se movía Sapphire, pues la joven acudía a clubs sociales y locales de música sobre todo dirigidos a la población negra. Durante la indagación, descubren que Sapphire fue consciente en un momento dado de que podía pasar por blanca, renegó totalmente de ese entorno o trataba, al menos, de llevar una doble vida oculta. Como puede verse Sapphire, en su condición de mulata, se siente en tierra de nadie: pues puede ser rechazada en sus dos mundos.

Esta doble vida oculta que lleva está simbolizada por una foto de la joven que sirve de prueba y que localiza uno de los policías: en la imagen ella está radiante, feliz y bailando, pero la foto está cortada, y no se ve quién es su pareja de baile.

Muchos son los pasos que van dando los policías hasta resolver el caso satisfactoriamente. El uso del color es importantísimo a la hora de narrar una película donde el contraste tiene todo su protagonismo, además Basil Dearden cuida perfectamente los dos ámbitos en los que se movía la víctima: los garitos de baile, los bajos fondos, los lugares de la vida universitaria y la casa o los lugares de trabajo de la familia de clase media blanca.

Noche de pesadilla (All night long, 1962)

Si ya me ha enamorado del todo Basil Dearden ha sido con el visionado de esta película, que no es sino una adaptación libre del Otelo de William Shakespeare. Todo transcurre en una noche, durante una velada donde se reúnen varios músicos de jazz. La reunión musical es una fiesta sorpresa para celebrar el aniversario de boda entre Rex (Paul Harris) y Delia (Marti Stevens), un matrimonio interracial. Ella es una cantante de jazz que se retira de la canción tras casarse con él, un pianista de prestigio. Ellos son Otelo y Desdémona. No falta Yago que es Johnny, el baterista (Patrick McGoohan), y que por intereses y ambiciones laborales durante toda la noche trata de hacer saltar la discordia para unos fines concretos, pero todo se le va de las manos. Este tratará de provocar los celos de Rex a través de la red de mentiras que teje alrededor de su protegido y mejor amigo de la pareja, el saxofonista Cass (Keith Michell), un joven inestable y que tuvo problemas en el pasado con las drogas. Por ahí también pululan la triste esposa de Johnny (Betsy Blair), la única que lo conoce perfectamente, y el anfitrión y organizador del evento (Richard Attenborough), en realidad, están inspirados en Emilia y Rodrigo, los personajes secundarios shakesperianos.

Todo transcurre en el interior de un apartamento en un blanco y negro en consonancia con las actuaciones de jazz (los invitados son músicos de verdad como el pianista Dave Brubeck o el contrabajista Charles Mingus), el humo, el alcohol, los secretos, los malentendidos, las mentiras y las traiciones. Los personajes pasan de una habitación a otra, abren y cierran puertas, salen a la terraza o suben y bajan unas escaleras de caracol. Todo se enreda. Johnny es un artista de la manipulación que se sirve de “las nuevas tecnologías” del momento (una grabadora) para plantar la mentira y la discordia.

No falta la crítica al negocio de la industria musical, toca temas como las drogas, el alcohol, la violencia que surge en cualquier momento o una ambición capaz de cegar al personaje principal, ese Yago abocado a la soledad. Basil Dearden se sirve también de la música para ahondar en la complejidad de sus personajes o en las emociones que les rodean, un claro ejemplo es el solo de batería que ejecuta el personaje de Johnny, que muestra la tensión del momento y el estado de cada uno de los personajes.

Noche de pesadilla transcurre en una larga noche de música y humo, donde muchas cosas se ponen en juego, además de hacer que varios de sus personajes saquen a relucir, por la manipulación de Johnny, su parte más oscura.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.