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Hay acontecimientos cinematográficos que ponen a la vista del espectador un descubrimiento, una revelación que impacta. Así ha ocurrido con la iniciativa de estrenar en sala de cine El mundo sigue de Fernando Fernán Gómez, una película a la cual era casi imposible acceder a ella. Tuvo un estreno prácticamente fantasma a los dos años de realizarse (en 1965), apenas se ha proyectado en salas y se ha emitido en muy contadas ocasiones en televisión. Tuvo diversos encontronazos en su momento con la censura, se vio perjudicada por intereses políticos y fue vedada, muerta en vida. Fue una película silenciada. Sus pocos espectadores fueron y son unos privilegiados. Ahora cincuenta años después de su estreno mínimo y con una copia restaurada, vuelve con fuerza a los cines y nos devuelve una película perdida en la memoria. Así como se brinda la oportunidad de que su número de espectadores crezca. Con este reestreno se recupera una pieza que permite estructurar y analizar ese cine español que, a veces, tanto desconocemos. El descubrimiento merece la pena.

El Fernando Fernán Gómez director pone en pie una película-bofetada con gotas de melodrama familiar exacerbado y extremo, esencia de neorrealismo con un Madrid de posguerra y dictadura, con lluvia de desgarro. El mundo sigue es una dolorosa radiografía de un país que vivió treinta y seis años bajo una dictadura, un periodo en blanco y negro, donde si rascabas, surgía una sociedad moralmente enferma, condenada, aplastada, reprimida… La ley de la supervivencia y del sálvese quién pueda de la manera más cruda. Cuando el Fernán Gómez la puso en pie eran los años sesenta, los años de desarrollismo económico y social…, del cacareado milagro económico español… y había, digamos, un interés por no escarbar, por no mostrar la vida de esa familia madrileña en el barrio de Maravillas, golpeada por la tragedia exacerbada. Un melodrama familiar se convierte en película política, que abofetea. Y que no carece de actualidad, sigue golpeando igual.

Pero con El mundo sigue además Fernando Fernánz Gómez se convierte en un innovador y atrevido narrador cinematográfico y cómo cuenta esta historia atrapa. No tira por el camino fácil sino que innova y emplea la forma para dar más fuerza a lo que narra. Y de nuevo, además, es de esas películas que presenta una galería de buenos actores que se empapan en personajes bien construidos. Algunos nos confirman que tienen su profesión pegada a la piel, otros nos permite descubrirlos y apenarnos de lo que nos perdimos, también vemos futuras promesas y toda esa ristra de maravillosos actores secundarios que robaban escenas en todo momento y elevaban la calidad del proyecto cinematográfico. El director y actor parte para construir este material cinematográfico y se inspira en una novela, de mismo título, de Juan Antonio Zunzunegui, un autor bilbaíno caído en olvido.

Hay un cine español que quiso ser silenciado (olvidado, enterrado) porque mostraba una realidad que no convenía airear (y eso que algunos de sus realizadores eran afines a la dictadura. Esa es una de las grandes dificultades a la hora de analizar y valorar nuestro cine y es la presencia de la ideología). Y digamos que El mundo sigue es la máxima representación de su ostracismo y también sirve como puente con el nuevo cine español (que ya estaba dejando joyas como Calle Mayor o La tía Tula, con directores con fuerza como Bardem o Berlanga y la entrada de jóvenes realizadores como Basilio Martín Patino o Carlos Saura hacia un cine que se abría no solo en temas sino también en la forma de emplear el lenguaje cinematográfico). No hay duda de que hay obras de realizadores que se han visto ensombrecidas o acceder a ellas ha sido tarea algo más compleja. Así ocurre con algunos títulos de José Antonio Nieves Conde, el creador de Surcos o El inquilino (también interpretada por Fernando Fernán Gómez y que hablaba de las dificultades para acceder a una vivienda digna). O lo poco que circulan títulos de Ladislao Vajda que presentaba un Madrid empobrecido y desilusionado en Mi tío Jacinto o un ambiente asfixiante y angustioso como en El cebo. La obra de Neville, ahora muy reivindicada, andaba en olvido con interesantes radiografías de la sociedad como El último caballo o Mi calle.

El mundo sigue se centra en la historia de una familia de clase media baja durante los años cincuenta y principios de los sesenta en un Madrid herido y gris que ya siente las dentelladas del milagro económico. La película muestra una violencia emocional explícita que envuelve todo el metraje (casi dos horas) y que va hundiendo a los personajes en la tragedia. Curiosamente, como prólogo de la película, Fernán Gómez se sirve de una frase de fray Luis de Granada, del siglo XVI y perteneciente a su libro Guía de pecadores, “verás maltratados los inocentes, perdonados los culpados, menospreciados los buenos. Honrados y sublimados los malos, verás los pobres y humildes abatidos, y poder más en todos los negocios el favor que la virtud”. Y es ahí donde adquiere universalidad y actualidad El mundo sigue (título del todo apropiado), porque es una cita que aún hoy hace mella, funciona y es reconocible. El engranaje y el conflicto familiar se mueve por el odio exacerbado que se profesan las dos hermanas, Eloísa (Lina Canalejas, todo un descubrimiento) y Luisa (Gemma Cuervo, una pena que se prodigara más ante las cámaras de cine). La primera, Miss Maravillas, la chica popular y bella del barrio, se va hundiendo y amargando con un matrimonio que la condena a la pobreza, la sumisión, el que dirán, el agobio por el nacimiento de hijos y más hijos… Su marido Faustino (personaje que se guarda Fernán Gómez y que interpreta de manera desgarrada) es camarero y ludópata que sueña con enriquecerse, que no lleva precisamente la felicidad y la estabilidad al hogar. Eloísa trata de ser mujer virtuosa y no la trae más que desgracias y amarguras, siempre está al borde de tratar de venderse, de emplear sus encantos femeninos… pero nunca puede cruzar la línea, aunque bordea, se arrastra y se humilla. Luisita, la pequeña, no quiere seguir los pasos de su hermana. Práctica, quiere un matrimonio que le solucione la vida y le aporte terrenos de libertad. El que dirán le importa mucho menos y más adquirir rango económico y social… para después estar dispuesta a echar una mano a su familia. Así optará por convertirse en cortesana de lujo hasta conseguir un matrimonio holgado y convertirse en señora. Su familia que en un principio la rechazará por el que dirán… según va ganando posición va replanteándose su relación con ella…, excepto Eloísa, que siente en las entrañas su propio fracaso y la destrucción de sus sueños de futuro.

Y alrededor de las dos hermanas (que no son las protagonistas sino las que articulan el conflicto)… toda una galería de personajes: los vecinos y vecinas (como ese crítico de teatro, don Andrés, personaje conmovedor con el rostro de Agustín González), los hombres por los que va escalando Luisita, los camareros y los clientes con los que trabaja Faustino, los padres (que tienen conversaciones y momentos ambos impagables con una increíble Milagros Leal y Francisco Pierrá) y el hermano beato de Eloísa y Luisa, las otras mujeres antiguas compañeras de trabajo de Elo, los niños que juguetean por las calles… que pintan un universo humano de sálvese quién pueda, enfermo, y que reflejan pequeñas y grandes miserias humanas para sobrevivir en el día a día que terminan minando a los personajes principales.

Fernán Gómez no solo refleja un Madrid reconocible y popular con su vida en las calles, sus locales, sus tiendas y bares, las casas y las terrazas, las maravillosas escaleras que cuentan historias (ya lo mostró en teatro Antonio Bueron Vallejo), sino que cuenta su historia de una manera muy especial. Con una mirada cinematográfica y un uso del lenguaje valiente, innovador. El empleo del tiempo y del punto de vista, el uso maravilloso del flashback como ese momento en que una Luisa adulta regresa de nuevo a casa y sube por las escaleras y pasa como una tormenta de imágenes esa niña que también subía a la casa materna o ese modo de contar el amor silenciado y enterrado entre don Andrés y Elo. El empleo de la voz en off, de los sentimientos más ocultos de los personajes. O secuencias virtuosas cómo ese empleo del suspense y de la tensión en el momento del robo de Faustino o esos estallidos desgarrados y violentos de ambas hermanas cuando se sienten al borde del abismo así como una violencia explícita en las relaciones entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanas…, el empleo de las estancias (las habitaciones, las casas que habitan los personajes, y, como no, las escaleras…).

El mundo sigue es una revelación que espera en sala de cine. Es conveniente no perdérsela.

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