La Venganza

Detrás de La Venganza se construye una historia de amistad y amor.

Hay regalos que se disfrutan. Uno vino del otro lado del océano, de México. Los segadores, el guion original de Juan Antonio Bardem que escribió durante los primeros meses de 1957 y que luego rodó durante el verano del mismo año. Vamos, un pequeño tesoro. En un breve prólogo de esta edición el director explicaba que la película tuvo por una parte la Censura de la Dirección General de Cinematografía, que afectó a varios aspectos de contenido, y, por otra, por su excesiva duración, sufrió cortes por parte de la distribuidora, Metro Goldwyn Mayer, y las dos horas y 45 minutos del montaje original quedaron reducidas a dos horas.

La Censura no vio con buenos ojos el título ni la época en la que transcurría la acción. “La posición de la Censura fue intransigente”. El argumento trataba sobre las aventuras y desventuras de una cuadrilla de segadores que recorrían Castilla durante el año 1957, con una tragedia de fondo de odio, venganza y perdón. Como escribía Bardem en el texto: “rechazaban el título por su identidad con Els segadors, canción catalana que nace durante la guerra de Sucesión (1705-1713) y utilizada desde entonces como himno por los nacionalistas catalanes. Se recomendó la sustitución del título por otro que ciñéndose exclusivamente a la anécdota del film, prescindiera de toda referencia a la circunstancia de este. Entre muchos —y muy malos— que se me ocurrieron, elegí el de La Venganza. Con respecto a la época de la acción, la Censura recomendó, también, la traslación del momento actual (entonces, 1957) a uno anterior: 1935 o 1931”. Pero también señalaron asuntos relacionados con acciones sociales mostradas en la película: cómo resolver la secuencia de la huelga de los trabajadores del campo en uno de los momentos clave de la película o cómo reflejar la historia de amor entre Luis El Torcido (Raf Vallone) y Andrea (Carmen Sevilla). Así la película se estrenó en el año 1958 como La Venganza y se presentó en Cannes, donde ganó el premio de la Crítica Internacional. Además también fue la primera película española nominada al Oscar en la categoría de Mejor película de habla no inglesa, no se alzó con la preciada estatuilla, que fue a parar a Mi tío de Jacques Tati.

A pesar de todas las censuras y posteriores cortes, por exigencias de la distribuidora, sigue en pie el trasfondo de lo que quería contar Bardem: una historia de acercamiento, reconciliación y perdón entre las dos Españas. A pesar, de que el director tuvo que situar a sus segadores en el año 1931 (puesto que la Censura quería evitar que se relacionara la situación de los segadores con la dictadura franquista, incluso recomienda 1935, en plena II República). Así presenta la historia de odio entre dos familias en un pueblo. Los de la Casa Grande (que en la película quedaría como Casa Vieja) y los hermanos Díaz. La película arranca con el regreso de Juan Díaz (Jorge Mistral) después de llevar diez años encarcelado por la muerte de Salvador y su reencuentro con su hermana Andrea. Y el juramento de venganza que hacen los dos en el cementerio, pues Juan se declara inocente de esa muerte del pasado, hacia Luis El Torcido (de la Casa Grande), al que creen culpable. Así los dos hermanos, por necesidad pero también para llevar a cabo su plan, se presentan a trabajar en la cuadrilla de Luis.

Los segadores cuenta un viaje, y como en todo itinerario…, este está lleno de desventuras, pero también de buenos momentos. De pruebas que ponen en peligro la unión de los miembros de la cuadrilla y también de los trabajadores del campo. De encuentros y desencuentros. En este camino se cruzan con artistas ambulantes, con escritores intelectuales (un breve pero importante papel de Fernando Rey, que es el que planta la semilla de la reconciliación), con otras cuadrillas de todas las partes del país… De unión de lazos y de roces. Siempre está latente la tensión entre Luis y Juan, mientras se va construyendo una relación de amistad y amor entre Luis y Andrea. Y en el guion original de Juan Antonio Bardem están perfectamente contadas no solo cada uno de los acontecimientos que viven, sino las personalidades de cada uno de los miembros de la cuadrilla (y cada uno de ellos vive una secuencia donde se convierte en protagonista, muchos de estos momentos tuvieron que ser sacrificados en la sala de montaje) y los lazos de unión fuerte que se establecen en el grupo. Entre líneas nos empapamos de la historia de amor de Pablo El Tinorio (Manuel Alexandre) con una cantante, de los sueños taurinos de Maxi El Chico (Manuel Peiró) y el camino agotador y desencantado de Santiago El Viejo (José Prada) hacia la locura hasta ese enfrentamiento quijotesco con las máquinas segadoras.

Es un guion con un valor literario, con una voz fuerte y poética de fondo de un narrador que cuenta las andanzas de los protagonistas (esa voz solo estará al principio de la película, la voz reconocible de Paco Rabal). Pero a la vez con una visión muy potente de lo que se verá en pantalla. Y unos diálogos secos, castellanos, pero que esconden muchos significados, un lirismo especial, y todo empapado con una sabiduría popular que además se complementa con una recopilación de canciones rurales y populares.

Además esta edición de la Universidad Veracruzana de Los Segadores cuenta con un valioso making off y es el diario de rodaje de uno de los ayudantes de Bardem, Luciano G. Egido. Es un diario seco, directo y objetivo, pero de fondo nos está contando otro viaje lleno de anécdotas, nos está contando otra historia apasionante, el rodaje de una película con diversos problemas e itinerante en sus distintas localizaciones.

Otros ojos para La Venganza (1958) de Juan Antonio Bardem

Ha sido precioso poder disfrutar después de la lectura del guion, del visionado de la película. Y es muy interesante su análisis. Primero esa Castilla a todo color que recupera La Venganza (fue la primera vez que el director se alejó del blanco y negro de Muerte de un ciclista o de Calle Mayor). Una Castilla de sol cegador y campos de trigo, de distintos tonos amarillos, de tierra llana. De pueblos con gentes de rostros duros y ajados, con sufrimiento a cuestas, pero con apego a la tierra, a los cantos, a las fiestas… De polvo, de horizontes lejanos, de carromatos y caballos. De caminos por donde van los artistas ambulantes. De senderos donde se reivindica a los dueños de las tierras pagas y condiciones justas de trabajo y donde la solidaridad obrera surge. Tierra de desgracias, de incendios que arrasan con todo, y rostros que lloran por lo que dejan las cenizas.

Al leer el guion entero, y todo lo que fue cortado, se extrae más la esencia de la historia. Y se disfruta de esa hermosa historia de amor entre los bellos Raf Vallone y Carmen Sevilla, a distancia, a base de miradas, y diálogos sutiles. Pero lo más interesante es cómo La Venganza une tres claras influencias: esa mezcla de neorrealismo y melodrama desgarrador que Giuseppe De Santis proyectó en las pantallas a través de Arroz amargo (no es baladí que uno de los protagonista de aquella, Raf Vallone, esté presente en la película de Bardem). La espectacularidad del paisaje, los rostros, el sentido de viaje y el mundo rural del western norteamericano, sobre todo en la figura de John Ford, y ese realismo social que mostró en otras películas, como en la impresionante Las uvas de la ira. Y la presencia literaria de El Quijote, no solo en la lucha de El Viejo con las máquinas segadoras, sino en ese sentido de lo itinerante y esa mezcla entre el idealismo quijotesco y el realismo y la sabiduría de Sancho.

La Venganza envuelve con sus rostros al sol, con secuencias como la del incendio, o las de los segadores trabajando la tierra, o con los encuentros íntimos entre los enamorados, o los momentos duros y de tensión como la venganza de la cuadrilla ante el hombre que intenta violar a Andrea, o la llegada a un pueblo de un Juan enfermo, sin saber que se han convertido en esquiroles de una huelga…, la tensión que se respira o los momentos festivos con los artistas ambulantes… Es una película que merece la pena recuperar y reivindicar de vez en cuando.

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