Piel de asno

El cuento de Piel de asno bajo la mirada de Demy

Charles Perrault recopiló varios cuentos populares bajo el título Los cuentos de mamá oca (o también Los cuentos de mamá ganso). Así recogió de la sabiduría popular historias como la de La bella durmiente, El gato con botas, Caperucita Roja, Cenicienta, Barbazul… En posteriores ediciones se añadieron algunos cuentos más con la peculiaridad de que no eran en prosa… sino en verso. Y entre ellos se encontraba Piel de asno. Estos cuentos de hadas presentan siempre elementos mágicos, de fantasía, donde se agazapa el inconsciente… y una mirada al mundo donde no se esconde lo oscuro, lo grotesco, lo terrible… Eran historias de tradición oral y que su público fuera infantil es algo más tardío, de los siglos XIX y XX. Los cuentos son herramientas para entender cómo funciona el mundo o cómo enfrentarse a distintos obstáculos. Y algunos de ellos se quedan grabados en la memoria infantil para siempre. Y a Jacques Demy uno de los cuentos que le marcó fue precisamente Piel de asno. Hoy este cuento no creo que sea muy leído por las nuevas generaciones. Es más no creo que Jacques Demy hubiese podido plantear actualmente la película con esa mirada hacia su universo infantil.

Hoy en día hay una corriente que considera que hay cuentos de hadas, populares, que no se amoldan a la mirada actual, que no son políticamente correctos. Y que por eso, para transmitírselo a los niños de hoy, es mejor modificarlos. No es algo nuevo. Walt Disney transformó los cuentos a su propio universo. Si nos ponemos puristas hasta recopiladores como el propio Perrault o los hermanos Grimm…, los suavizaban. También es cierto que ellos lidiaban con varias versiones orales y creaban una historia escrita. Pero esta corriente actual hace que se pierdan joyas literarias como Barbazul o Piel de asno y que otras se modifiquen absurdamente. Y yo me hago una pregunta: ¿no sería mejor dejar esos cuentos tal y como están, sin modificarlos, que son pequeñas joyas literarias y que poseen un análisis apasionante… y para transmitir esa “nueva mirada” se crearan cuentos nuevos acordes a “nuestros tiempos”? Y es que la literatura infantil está viva y es rica… y me consta (pues me encanta indagar por estos mundos) que se están creando relatos maravillosos… Entonces ¿por qué tocar esos cuentos de hadas? Además hay otra cuestión apasionante, cuando el niño escucha o lee el cuento… su recreación, lo que atrapa es uno de los grandes misterios de la literatura. Y es que esos cuentos tienen revelaciones y cada lector los absorbe, “los mira”, “los siente” de manera diferente. A mí me marcaron mucho en mi infancia Barbazul, El traje nuevo del emperador o La bella durmiente. Y de Barbazul me quedaba con lo siniestro, con el terror y con la heroína que investigaba, que sentía curiosidad, que quería saber… No era un personaje pasivo. Sí, es cierto, los cuentos de hadas presentan un mundo duro, cruel, oscuro, terrible, plantea cuestiones complejas… y a veces no tienen finales felices, pero ¿cómo es la vida? ¿Y cómo es la realidad que vivimos?

Pero volviendo a Piel de asno es un cuento lleno de detalles reveladores, donde muchas veces no hay sitio para la razón, y con elementos que le unen a Cenicienta. Para los que no lo recordáis el cuento transcurre en un reino donde el rey es feliz junto a su esposa y su hija. Además tiene un asno, al que cuida con devoción, cuyos excrementos son monedas y joyas que aseguran la prosperidad del reino. Pero la desgracia cae sobre él, cuando la reina enferma y muere, no sin antes hacerle prometer a su esposo que si se casa lo haga con una mujer igual o más bella que ella. El rey se da cuenta de que esa búsqueda es en vano… hasta que descubre que su hija es más bella que su esposa. Y decide casarse con ella. Pero la princesa quiere evitarlo a toda costa y recibe la ayuda de su hada madrina. Esta le dice que pida a su padre como condición trajes imposibles: del color del tiempo, de la luna y del sol. Y este todos los consigue. La princesa está desesperada, y el hada le dice que le pida la piel del asno que el rey ama. Y este tiene tan claro que tiene que ser su esposa, que no duda tampoco en proporcionarle esa piel. La princesa finalmente huye de palacio y oculta su identidad bajo la piel de asno. Cuando llega a otro reino, se quedará cuidando los cerdos y todo el mundo se burla de ella. Pero en la intimidad vuelve a ser la hermosa princesa, pues su hada le ha facilitado que se lleve el baúl con los ricos vestidos. Y un día un príncipe la ve a escondidas y cae enfermo de amor. Al preguntar por la identidad de la dama, todos le dicen que es Piel de asno. Este no recibe curación alguna y pide tan solo un deseo: un pastel hecho por Piel de asno. Curiosamente en este pastel cae un anillo de la muchacha. Y cuando el príncipe lo encuentra, decide que toda dama del reino debe probárselo y que se casará con aquella que le encaje perfectamente dicho anillo, pues sabe que sus padres accederán a sus deseos con tal de que se recupere. Y solo hay una a quien le sirve el anillo: Piel de asno, que revela su identidad. Y no solo se casan felices, sino que reciben la bendición del padre de la princesa, que está felizmente casado con una viuda.

Jacques Demy recrea fiel el universo de Piel de asno, donde consigue los elementos mágicos y de fantasía… y los colores imposibles. Pero también lo envuelve con la música de su fiel Michel Legrand y con el universo poético y visual de Jean Cocteau. La magia de Cocteau es evidente también en el empleo de los hermosos trucajes de cámara lenta que son una seña de la hermosísima La bella y la bestia (1946). Hay versos de Cocteau, pero también de Guillaume Apollinaire (y no es de extrañar pues hay una mirada surrealista en la película, donde la razón no existe). Demy además pone al rey el rostro de Jean Marais, el actor fetiche de Cocteau. Pero también dota la película de elementos ajenos que no facilitan ubicar la historia en una época determinada. Es un espacio fantástico, mágico y recreado que parece del pasado con elementos extraños como que los sirvientes de los reinos sean azules o rojos (pero también sus manos y rostros), con decoración pop rozando el kitsch, y con elementos presentes en los setenta cómo, por ejemplo, el helicóptero final en el que llega el rey. Y no se puede dudar que hace poco Adolfo Arrieta bebió de esta película de Jacques Demy para su peculiar versión de Bella durmiente (2016).

Pero Piel de asno también es el rostro de la actriz fetiche de Demy en aquellos años, Catharine Deneuve, reina de sus musicales. Deneuve personifica a una princesa bellísima con una larga melena rubia que primero se cubre con los vestidos más imposibles y después con la piel de asno y una especie de camisón blanco. Su primera aparición es cantando melancólica con un traje azul. Pero luego posará con los vestidos imposibles: el vestido color del tiempo, el del color de la luna y el que brilla como el sol. Y este último será sin duda su favorito, con él hará enfermar de amor al príncipe y con él cocinará el pastel de amor. Y Deneuve etérea huye por los bosques vestida con la piel de asno o canta con el príncipe (irreconocible y bello Jacques Perrin), como si viajaran por un sueño, sobre los placeres prohibidos y lo felices que van a ser.

Y, cómo no, Jacques Demy también incluye sus propias modificaciones, que hacen más políticamente incorrecto el cuento: como las dudas evidentes de la princesa sobre si casarse o no con su padre. Varias veces está a punto de rendirse, pero se lo impide su hada madrina (Delphine Seyrig). El hada madrina fracasa continuamente en sus intentos porque no se celebre dicha boda y facilita la huida de la princesa. No quiere bajo ningún concepto que la boda sea posible. Demy introduce que el rey y el hada no se llevan muy bien por alguna historia del pasado y que esta actúa más por venganza que por proteger a la princesa… y curioso, al final, será la propia hada quien se case con el rey…

Piel de asno es una película para sumergirse en otro universo y hundirse en un cuento mágico.

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