Nuestra hermana pequeña

Nuestra hermana pequeña es un reflejo de la vida como un largo río tranquilo… Ya lo decía Jorge Manrique en Coplas por la muerte de su padre: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar, /que es el morir,/ allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos,/ y llegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos”. Pero si en las zonas mediterráneas esos ríos tienen cascadas, rápidos y otros temperamentos…, en zonas orientales, como Japón, la filosofía de su caudal es tranquila… Y, sin embargo, los obstáculos y problemáticas de la vida son los mismos, pero la manera y el tempo de enfrentarse a ellos es totalmente diferente. Así Nuestra hermana pequeña plantea otra historia familiar que con un director mediterráneo (italiano o español) sería un melodrama desatado, un torrente o una tormenta, y con Hirokazu Koreeda es un lago de aguas en calma que nunca estallan pero viven, sufren y aman.

Si Koreeda en su película anterior, De tal padre, tal hijo, partía de un dilema para reflexionar sobre las relaciones entre padres e hijos (un matrimonio recibe la noticia de que su hijo único no lo es por un fallo del hospital), en su nueva película nos presenta a tres hermanas que reciben la noticia de que su padre a muerto (un padre ausente durante años) y cuando acuden al entierro descubren que tienen una hermana pequeña. De nuevo la familia en su punto de mira (también estaba presente en Still Walking). Las tres hermanas han vivido siempre en la casa familiar (de la cuál también falta la figura materna que no soportó la desestructuración del hogar con la marcha del padre y que también abandonó a sus hijas a su suerte) y deciden acoger a su solitaria hermana pequeña, pues intuyen que su vida no ha sido ni será fácil.

Lo hermoso de la película de Koreeda es que se aleja del pesimismo que rodeaba a los hermanos de Nadie sabe, que se quedaban absolutamente desamparados aunque trataban de crear un mundo propio para intentar sobrevivir, para ofrecer cómo estas cuatro hermanas (las tres mayores son ya mujeres jóvenes adultas, la pequeña una adolescente) son capaces de construir un espacio íntimo acogedor que las permite sobrevivir. El hogar de las hermanas en Kamamura se convierte en un pequeño paraíso donde se sortean las adversidades. Y ante situaciones y conflictos duros surgen siempre los pequeños momentos bellos: la subida a una montaña para ante un hermoso paisaje gritar los dolores, los paseos por la playa o en bicicleta por un túnel de cerezos en flor, las comidas y tertulias, la elaboración tradicional del licor de ciruelas, la fiesta con bengalas… Mientras el tiempo sigue pasando, inexorable, las hermanas se enfrentan a sus problemas laborales y sentimentales o a los golpes de la vida pero siempre con calma y con el sustento de ese paraíso que se han sabido crear que no solo las protege sino que las va haciendo tanto madurar como comprender la vida (y mirar por tanto con otros ojos, por ejemplo, el comportamiento de sus padres).

… En Nuestra hermana pequeña, como un río tranquilo, el espectador sale en calma con una sonrisa y con la creencia de que es posible crear pequeños paraísos cotidianos donde refugiarse de la vida dura.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.