Lubitsch, la mejor compañía.

1. Lubitsch, una buena compañía. El guionista Samson Raphaelson escribió unas emocionantes palabras sobre Lubitsch: “Como artista era sofisticado, como hombre era casi ingenuo. El artista era astuto, el hombre sencillo. El artista era económico, preciso, exacto; el hombre nunca encontraba sus gafas de leer, sus puros o sus manuscritos y la mitad de las veces ni siquiera recordaba su propio número de teléfono.

Por muy grande que lleguen a considerarlo los historiadores de cine, era aún más grande como persona.

Era genuinamente modesto. Nunca buscó la fama ni le importaron los premios. Era incapaz de practicar el arte de la publicidad personal. No se le podía herir criticando su trabajo. Y, de alguna manera, nunca ofendía a sus colaboradores con su franqueza inocente. Una vez que te había escogido, era porque creía en ti. Así que te podía decir: ¡Qué mal!, y al mismo tiempo sentías que eras apreciado y que esperaba mucho de tus virtudes secretas. Siendo un gran actor, era incapaz de fingir en sus relaciones con los demás. No tenía una actitud para los poderosos y otra para los humildes, un estilo para el salón y otro para el bar. Estaba tan libre de pretensiones y de segundas intenciones como se supone que lo están los niños, y esto lo hacía infinitamente variado y encantador” (Amistad, el último toque Lubitsch. Traducción Pablo García Canga. Editorial Intermedio, 2012).

Sí, confieso que este año, durante los meses del confinamiento hasta ahora mismo, he sentido muchísimo su compañía. Lubitsch me ha brindado momentos maravillosos, incluso los días con los ánimos más bajos. Por eso no quería acabar el año sin ver otra vez una de mis películas favoritas, y, para colmo además, transcurre en Navidad: El bazar de las sorpresas. Siempre que la veo, me emociona. Disfruto cada uno de sus momentos, sus diálogos, absolutamente todos sus personajes, sus localizaciones… hasta de la caja de música con la canción rusa Ochi chyornye. Y como me suele ocurrir esas películas de ayer me susurran muchas cosas que me sirven para hoy…

2. La Nochebuena del señor Matuschek. Uno de los momentos para mí más entrañables es cuando el dueño del bazar, el señor Matuschek, después de una crisis personal y sentimental (que le ha llevado al hospital) regresa a la tienda con todos sus empleados, y disfruta de un buen día de ventas en Nochebuena. Pero llega la hora del cierre, y todos sus empleados se van a celebrar la Nochebuena en compañía de sus seres queridos…, y a él le espera la soledad más absoluta. Se va despidiendo de cada uno de ellos, como despreocupado, pero sabe que le espera una mesa vacía en un restaurante. De pronto, repara en el nuevo empleado, un tímido muchacho, el chico de los recados. El joven le confiesa que sus padres no están en Budapest, y que está solo. Al señor Matuschek se le ilumina la cara. Engatusa a Rudy, así se llama ese niño solitario de 17 años, describiéndole un suculento festín. Y a Rudy la ilusión le invade el rostro. El señor Matuschek, feliz, le dice a Rudy que si le gustaría acompañarle, y este no lo duda ni un momento. Nos damos cuenta de que los dos lo van a pasar de miedo. Solo son dos, pero no van a olvidar esa Nochebuena en su vida.

3. Los regalos. En El bazar de las sorpresas los regalos son importantes. Lubitsch y los detalles. De hecho, en la tienda del señor Matuschek hay muchas cosas para regalar. ¡Menudo día de Nochebuena que tienen! Trabajan sin parar, pues todos los clientes quieren adquirir algo para ofrecer presentes a aquellos seres que aman. También Klara y Alfred, los protagonistas, acabarán el día con un regalo cada uno para dar a la persona amada. Y sobre todo Klara se lo ha pensado mucho. Pues ella tiene un prometido secreto, un hombre que le escribe cartas de amor, y va a conocerlo justo esa noche. Y ella está segura de que le pedirá matrimonio. ¡Tiene que acertar con su regalo! Está convencida de que le va a engatusar con una caja de música con Ochi chyornyede de banda sonora. Lo que no sabe es que a quien se va a encontrar es a su “odiado” compañero de tienda, Alfred Kralik… Y que este no soporta esas cajas. Menos mal, que Kralik sí sabe que su “odiada” compañera de tienda es objeto de su amor, y le aconseja otro tipo de regalo. ¡Una cartera importada de piel!: así podrá llevar a un lado las cartas de amor y en el otro la fotografía de la amada. Después de muchas dudas, y por supuesto de recibir también el asesoramiento del tierno señor Pirovitch (bendito sea Felix Bressart), otro compañero de trabajo y el mejor amigo de Alfred, Clara prepara con cariño la cajita donde introduce la cartera. Qué importante es saber agradar con un regalo, dar entender al otro que uno se ha molestado en pensar qué podía hacerle ilusión.

El casillero número 237, el hogar de cartas de amor y sueños.

4. Las cartas. Toda la historia empieza por un anuncio de contactos donde una chica quiere escribirse con un chico con sensibilidad y cultura. Lubitsch y la delicadeza. Intercambiarán sus cartas en el apartado 237. ¡No se conocen, pero se enamoran a través de sus palabras! Aunque en un principio Klara y Alfred no saben que también se están enamorando con el roce (aunque piensan que no se aprecian mucho). La casualidad quiere que los dos amantes secretos por correspondencia trabajen en la misma tienda. Una carta puede alegrarles el día e ilusionarles la vida y la ausencia de ellas hace que Klara enferme. Con las cartas sueñan, y plasman sin miedo todos sus secretos, todo lo que anhelan, todo lo que sienten… con ayuda e inspiración de algunos escritores. Las cartas les hacen volar. Las cartas tienen vida propia, atrapan la esencia del otro. Qué importante es la escritura, la carta o el mail que uno recibe.

5. Las pequeñas tiendas. Y una de esas tiendas la lleva el señor Matuschek. Él y sus empleados pasan muchas horas en el bazar. Cuidan lo que venden, cambian el escaparate, ordenan una y otra vez todos los productos que ofrecen, decoran la tienda por Navidad, ayudan y aconsejan a los clientes a elegir o incluso tratan de convencerlos sobre lo necesario que es un objeto en concreto… como, por ejemplo, una caja de música con Ochi chyornyede de banda sonora. A la tienda la tratan con mimo, cada día reciben a todo aquel que entra para buscar algo que necesiten para ellos mismos o para regalar. Pero como dice el señor Matuschek, en uno de sus enfados, no es fácil sacar adelante su pequeño negocio. Tiene que pagar a los proveedores, a sus empleados, las facturas de la luz y demás… Cada uno de los trabajadores además tiene su vida y sus problemas. En el bazar del señor Matuschek todos los empleados conviven cada día, tienen sus discusiones, se forman distintos lazos, hay compañerismo, también envidias, momentos buenos y otros malos…, cada uno de ellos tiene sus luces y sus sombras, pero al final todos sacan adelante día a día el pequeño negocio. No he podido evitar acordarme de la importancia de los pequeños comercios y la personalidad que dan a las ciudades.

6. De restaurantes y cafeterías. No olvido el restaurante donde pasarán la Nochebuena el señor Matuschek y Rudy, pero tampoco dejo pasar otro de mis momentos favoritos: cuando Klara espera en una cafetería con un libro de Ana Karerina y una flor a su amado desconocido. Es el momento, que Alfred, hecho polvo y recién despedido, descubre que su amada desconocida es esa compañera de trabajo que tanto lo odia. La vislumbra con su amigo Pirovitch a través del cristal. Los dos han ido porque Alfred no tenía mucho ánimo para cita a ciegas, y quiere que su amigo le deje una nota. Cuando descubren que es su compañera de trabajo, Alfred decide, en un principio, no hacer nada. Pero un poco más tarde le entra la curiosidad y regresa a la cafetería, y decide entrar y hacerse el encontradizo con Klara. ¡Y es delicioso todo lo que acontece, aunque Alfred queda bastante escarmentado! La cafetería es tan agradable, que a una le apetece sentarse en una de esas mesas. Y, claro, también me han venido a la cabeza todos esos cafés, bares y restaurantes que han formado parte de mi vida, donde he vivido momentos que no puedo olvidar.

Una verdadera comedia romántica…

7. El amor de Klara Novak y Alfred Kralik. La película gira alrededor de su historia de amor. Es tan bonito ver cómo se enamoran por carta, pero también con el roce diario, aunque no dejen de discutir. El bazar de las sorpresas está llena de momentos sencillos e íntimos entre ambos. Lubitsch y la naturaleza humana. Y me emociona tanto la secuencia final cuando Klara reconoce a un ilusionado Alfred que desde que entró en la tienda se sintió atraída por él. Es imposible no recorrer toda su historia: los momentos de piques en la tienda, el encuentro en la cafetería, la visita de Alfred a Klara cuando ella está enferma, y la secuencia final cuando Klara descubre que es Alfred aquel que le escribía las cartas de amor. Y es que es una comedia romántica, pero de las buenas. De las que te crees totalmente, de las que ocurren entre dos personas que tienen que luchar y vivir cada día.

8. Las pequeñas historias. Y si me enamora cada año El bazar de las sorpresas es por la cantidad de pequeñas historias que refleja Lubitsch, y los personajes tan entrañables que habitan en su película. Personajes francamente humanos, con sus virtudes y mezquindades. Algunos tan solo aparecen unos minutos o apenas dicen alguna palabra, pero somos capaces de construir su vida. Además del señor Matuschek, Klara, Alfred, Pirovitch o Rudy, también conocemos a Flora, Ilona, Vadas, Pepi…, a un camarero, a un detective, a diferentes clientes… Todos arrastran una historia. Y es que El bazar de las sorpresas es una película viva, que respira. Es una de las mejores para disfrutar una Nochebuena con encanto…

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