Silencio

Silencio, una película de encuentros en el corazón de las tinieblas

El viaje de dos jóvenes jesuitas portugueses (Andrew Garfield y Adam Driver) al Japón del siglo XVII en busca de su mentor, el padre Ferreira (Liam Neeson), tiene huellas de un corazón de las tinieblas, de un Apocalypse Now espiritual y existencial. Martin Scorsese adapta una novela de Shusaku Endo (con el mismo título), y con Silencio refleja una mirada sobre su creencia religiosa, siempre presente en su filmografía, y una clave interesante para analizar su cine. El realizador toma dos caminos, mostrar su creencia de forma evidente como en La última tentación de Cristo o en la película que nos ocupa o como fondo del relato cinematográfico, como ocurre, por ejemplo, en Al límite. Silencio fue un proyecto acariciado por el director durante años hasta que pudo ponerlo en pie, y donde expresa la angustia del silencio de Dios para un creyente que necesita respuestas. Y como a pesar de ese silencio, el padre Rodrigues (Andrew Garfield), el protagonista de su historia, busca la redención y mantener su fe.

Scorsese pone a sus dos padres en un país aislado, lejano y desconocido, Japón, donde tienen su propia creencia y mentalidad, otra mirada sobre el mundo. Un país con historia y tradición, milenario. E ilustra cómo la introducción del cristianismo sufre una persecución similar a la de los primeros cristianos. Cómo son vistos como una “secta” que nada tiene que ver con su mundo, pero también como un peligro que puede romper su aislamiento, su poder y visión del mundo. Una inquisición dura y férrea que busca sobre todo dejar sin cabezas visibles la nueva religión, para que su propagación sea imposible. Lo que hacen los inquisidores es buscar todos los caminos, violentos y no violentos, para dejar sin argumentos a los predicadores y abocarlos a la apostasía.

Los padres Rodrigues y Garupe son recibidos por los más humildes, por los campesinos, que los siguen con devoción, con una fe ciega, y que solo quieren la promesa de una vida mejor, pisar el paraíso. Su primer guía será Kichijiro (Yôsuke Kubozuka), un Judas o San Pedro perpetuo, que traicionará y renegará una y mil veces de la religión, pero siempre querrá volver, confesarse y ser perdonado. Los dos jóvenes jesuitas no creen que su mentor haya apostatado, por eso le buscan, pero al enfrentarse al terror y a la persecución, cada uno seguirá caminos diferentes.

Garupe cree, sin dudas, y por eso se sacrifica sin miedo. Él tiene claro su labor de “propagar”, de predicar… por encima de todo. Ve injusto el sufrimiento que se imparte a los campesinos, pero no cede. Lo que pide es que le castiguen a él. Rodrigues duda, duda y mucho. Siente en sus carnes el silencio de Dios y eso le desquicia, busca respuestas al sufrimiento de los otros y al suyo propio, cuestiona sus creencias, se desilusiona, pero también busca señales, “milagros” que le permitan continuar creyendo… Toma un camino que le conduce al silencio. Sí, es un apóstata porque cuando se rompe ese silencio que le atormenta, la elección es un camino de soledad, de persona non grata, siempre rechazada por unos y por otros. Pero en la construcción de la leyenda de esos apóstatas que se quedaron en tierras japonesas, y que nunca regresaron a sus raíces ni volvieron a predicar la palabra de Dios, de esos apóstatas que caen en olvido; de pronto, uno de ellos oculta un pequeño y primitivo crucifijo.

Retablos en los fotogramas de Silencio

De pronto, Scorsese en su manera de filmar esta película rehuye cualquier barroquismo y se deja imbuir por la nitidez y limpieza de la mirada japonesa y por la sencillez del arte de los primeros cristianos. Es más bizantino y románico que gótico o barroco. Su historia necesita un tempo lento, tranquilo… pero sin pausa. De alguna manera, aunque en las conversaciones entre el padre Rodrígues y el intérprete o el inquisidor Inoue se refleja a través de la palabra el enfrentamiento entre dos concepciones del mundo, dos miradas, dos culturas…, sin embargo, en lo visual une las dos concepciones.

Martin Scorsese crea una película nítida, tranquila, y la construye como si cada secuencia fuera un retablo, sobre todo cuando rueda los martirios y, en concreto, el de los tres campesinos a los que crucifican frente un mar revuelto, bajo la mirada de los padres. Y es una película de encuentros y reflexiones: con los campesinos, con el personaje de Kichijiro, con el padre Ferreira, con el inquisidor Inoue (Issei Ogata)… donde quedan al descubiertos muchas cuestiones y contradicciones. En Silencio emplea la imaginería cristiana más primitiva, simbólica y sencilla: las pequeñas cruces, esa imagen de Jesús que utiliza Inoue, que es como un ladrillo esculpido, para que tanto los padres como los campesinos pisoteen como señal de su apostasía; los lugares donde se esconden y practican el culto… El director opta por mostrar, y casa totalmente con su relato cinematográfico, con lo que quiere contar. Enseña lo que oculta el padre Rodrigues tras su muerte, su secreto, su camino de silencio. Rompe el silencio de Dios en un momento crucial para el protagonista e incluso filma una especie de milagro-alucinación cuando el padre más desesperado se mira en el agua.

El visionado de Silencio y recientemente de El reverendo de Paul Schrader (guionista en varias películas de Scorsese) plantea una mirada reveladora e interesante de la filmografía de varios realizadores de la generación Nuevo Hollywood. Y es que muchos de ellos dejan al desnudo sus creencias religiosas en los fotogramas, pero bajo una mirada reflexiva y compleja, sin enterrar las contradicciones o dudas. De esta manera puede indagarse de otra manera en las películas de Scorsese y Schrader, pero también de Michael Cimino, Francis Ford Coppola, Terrence Malick, Steven Spielberg, George Lucas…

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