dheepan

Un guerrillero de Sri Lanka deja su país, abandonando un paisaje de guerra eterna, violencia, desolación y muerte, junto a una mujer y una niña que no conoce pues así, con una familia, tiene más posibilidad de conseguir asilo político en París. Jacques Audiard empieza con una impresionante elipsis: de la cola para subir a un barco a Dheepan (el guerrillero con nuevo nombre e identidad) en la noche parisina iluminándola con una diadema de luces, como vendedor ambulante. De pronto le vemos enfrentado a la violencia de una ciudad fría que no solo le ignora sino que le persigue. En un momento dado tiene que huir con su mercancia de la policía y se esconde en una esquina. Entonces Dheepan dice: “¡No puedo más!”. Y ese grito sirve como motor de la película pero también es como si el propio director se dijera que a pesar de inicio tan potente (y de tener perfilados los personajes) no puede seguir más con el nivel que podría haber alcanzado esta película.

Así aun reconociendo la escritura cinematográfica de Jacques Audiard y que se mantiene fiel tanto a la temática de sus películas como a la naturaleza de sus personajes, Dheepan se va hundiendo como su personaje y termina a la deriva. El viaje a los infiernos del protagonista y su regreso brutal a la violencia para poder alcanzar el cielo hace aguas. Algo que no ocurría (los círculos estaban perfectamente cerrados) ni en De latir mi corazón se ha parado, ni en Un profeta, ni en De óxido y hueso. Jacques Audiard hace una compleja y paradójica reflexión sobre la naturaleza de la violencia en las sociedades así como de la imposibilidad de Dheepan de alcanzar un sitio en el país donde busca refugio hasta que vuelve a sacar su lado más violento. Una reflexión incómoda siguiendo la estela de Taxi Driver o Perros de Paja.

Pero mientras que en las películas de Scorsese y de Sam Peckinpah, la preparación hasta el estallido, el propio estallido y el ambiguo “final feliz” construyen esa compleja reflexión de manera redonda y completa, en Dheepan falla todo ese mecanismo (la preparación y el estallido -confuso y mal construido-) y su final feliz queda fuera de lugar.

Este problema en el seno de la película de Audiard resiente todas las buenas ideas (tanto temáticas como visuales, con ese buen uso que siempre realiza el director de la banda sonora en sus historias) que se desarrollan a lo largo de las desventuras de su personaje principal. Ideas que no eclosionan. La más potente es como esa falsa familia a través del aislamiento y las dificultades que sufren en París va construyendo lazos que van generando una verdadera familia (y precisamente la protección de esa familia y cómo Dheepan se la acaba creyendo es lo que provoca la chispa para el estallido). Otro punto interesante es presentar la barriada donde se instalan como un campo de batalla donde la violencia campa a su aire, una barriada dominada por las bandas que llevan los negocios de la droga. Y de ahí surge un personaje potente que no logra despegar (y que hubiera sido crucial para un buen desarrollo del conflicto y el estallido), el delincuente mafioso para cuya casa trabaja la falsa esposa del protagonista.

Así Dheepan se queda en un intento de reflexión con muchas posibilidades que se queda a la deriva. Pero a la vez se sigue viendo la potente y violenta mirada de un Jacques Audiard que construye historias que buscan alcanzar, al final del camino, una luz.

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