Ludwig

Luchino Visconti leía en los rostros de sus actores, además de pintar con su cámara fotogramas con notas de óperas trágicas. Así en sus últimos años convirtió en muso a Helmut Berger. Y en las tres películas que filmó a su lado (La caída de los dioses, Ludwig y Confidencias), Visconti indagaba en un rostro perfecto y bello que escondía algo complejo y oscuro. Ahora el propio Berger, como un rey loco, pasea su triste decadencia…, algo que el aristocrático director con raíces neorrealistas intuyó desde que se encontró con él. Por eso Helmut Berger se mimetiza en un Luis II de Baviera (1845-1886) que con apenas 18 años se puso una corona, un rey bello que parecía un príncipe azul en una burbuja de cristal, pero que, sin embargo, no dejó de ser un ser humano complejo, atormentado y enigmático. Un príncipe azul destronado que no entendía el mundo en el que vivía y trató de encerrarse en el mundo del arte entre música y castillos de ensueño. Un príncipe azul que no se enfrentó a los tejemanejes políticos y pudieron con él, prefirió erigir más alto su muro de cristal que preocuparse por el destino político y social de Baviera. Un príncipe azul rodeado de una familia que le educó severamente para ser rey, con un hermano también de ensueño y hundido por la locura… Un príncipe azul que se fue deteriorando al igual que sus dientes, cada vez más picados. Un príncipe azul que hizo de su muerte un misterio. Un príncipe azul que no entendía sus sentimientos, que idealizó la relación con su prima y luchó contra una homosexualidad que no comprendía.

Y esa prima es precisamente Isabel de Baviera o Sisi (1837-1898)…, que no podía tener otro rostro que el de la actriz Romy Schneider. Cuando esta comenzó en el cine se convirtió en leyenda con tres películas de los años 50, Sissi, Sissi emperatriz y El destino de Sissi, que recreaba de manera edulcorada, como una princesa de ensueño, la historia de Isabel de Baviera. Pero esa Romy-Sissi fue evolucionando a lo largo de los años hacia una actriz elegante y hermosa con una triste mirada a base de desengaños y desgracias. De esta manera, Visconti le ofreció en bandeja despedirse del personaje que le dio la fama, acercándose a una visión mucho más documentada, histórica y realista, donde Schneider encarna de nuevo a una Sisi bellísima, pero absolutamente desencantada y totalmente consciente de su papel en palacio. Una Sisi rebelde, pero que también se construye su propia burbuja de cristal…, solo que ella sabe que es para no sufrir aún más. Y la única que conecta con el idealismo y la sensibilidad de Luis, aunque se va alejando de él, pues no consigue que este se dé cuenta de que tiene que “entrar en el juego” y Luis al no ser correspondido en un amor platónico, tampoco soporta que su prima viva con él su decadencia.

Su primera aparición… y todas las demás la enmarcan entre la verdad documental, la leyenda y su propio castillo de cristal. Un personaje etéreo e idealizado por la mirada de Luis II, pero que en cuanto abre la boca suelta su propia amargura, su verdad. Ella también se construyó mundos aparte, como una especie de carpa circense donde se convertía únicamente en amazona. Y así es como la hace aparecer Visconti por primera vez, con el rostro tapado con un velo. Hermosa e idealizada… o siendo ella consciente de que es “un objeto real” atrapado entre el protocolo, la política, y la bella leyenda. Así se permite gestos de rebeldía, pero sabe que es una figura hermosa que pasea en varios escenarios. Y así la hace desaparecer como esa figura bella y solitaria que va en busca de un primo que ya no puede verla en los escenarios que este ha levantado: en su cueva de agua, en sus palacios y jardines…

Luchino Visconti reconstruye la historia del rey loco a base de pinceladas enigmáticas por su vida. Y le hace pasear entre el mundo que él intenta crearse y las ráfagas de realidad que le perturban y le hunden cada vez más. Además el director toma distancia al plasmar y elegir esos fragmentos de vida. Así a lo largo de las pinceladas intercala bustos parlantes de figuras relevantes o menos relevantes (del mundo de los sirvientes, del mundo de la política o también investigadores) en la vida del rey que van narrando y juzgando los hechos acaecidos en la vida del rey desde su perspectiva.

El recorrido agónico y decadente de un rey, pero hermoso, donde Visconti cuida cada detalle de la escenografía, cada peinado y vestido, cada elemento decorativo. Cuidado en cada secuencia y en cada toma. Cuidado en las escenografías y escenarios elegidos. Cuidado en la música clásica que acompaña las imágenes (con el protagonismo de Wagner). Nada falta. Desde su coronación hasta su muerte… Durante cuatro horas un espectáculo visual, elegante y exquisito, roba la mirada del espectador que reconstruye la esencia del rey loco según la óptica viscontiana. Un rey que tampoco logra finalmente refugiarse en el arte, que ve cómo todo su mundo se desmorona (sin entenderlo) y cómo muchos aliados y seres queridos le abandonan o él siente que no puede seguirlos. El joven rey va de desencanto en desencanto: la traición de Wagner (Trevor Howard) y su amante Cosima (Silvana Mangano), a los que solo les importa sacar beneficios y que sus obras sean financiadas; los políticos dándole la espalda y queriéndolo considerar un inútil para asuntos de estado y a la cabeza el conde Von Holnstein (Umberto Orsini); la locura de su hermano Otto y el distanciamiento de su madre; el rechazo al amor idílico de su prima Isabel, pues no quiere que esta le despierte; el noviazgo fallido con Sofia; el enfrentamiento a sus miedos y fantasmas, como una sexualidad que reprime; o el no quererse enfrentar a las verdades que trata siempre de decirle el militar Dürckheim (Helmut Griem).

Luis II de Baviera va encerrándose en la soledad de sus sueños y en su dolor de dientes, entre sus sirvientes efebos que permiten culminar sus fantasías sexuales y su arquitectura majestuosa. Se refugia en el arte, en las bellas palabras (como las que hace que repita una y otra vez uno de sus amantes, el actor Josef Kainz), en los bellos cuerpos… pero no será suficiente para no dejar de ser hombre atormentado. Luchino Visconti no deja detalle sin filmar; atrapa belleza, tiempo y esencia. Uno de sus proyectos no realizados fue una adaptación cinematográfica de En busca del tiempo perdido, uno de sus sueños…, y no es una locura pensar al ver cómo atrapa a Ludwig y su mundo, que no hubiese sido un proyecto imposible. Durante el rodaje de la película su salud empezó a resentirse (no la recuperó ya)… y su afán por atrapar tiempo y belleza fue mayor. En un principio los productores hicieron que llegara a los cines con bastantes cortes, pero años después volvió a reconstruirse con parte del metraje desechado y más cercana a la versión que había pensado el director italiano.

Luis II de Baviera, el rey loco es una de sus óperas cinematográficas sobre mundos que se acaban y personas que no entienden (o no quieren entender) la vida que les ha tocado vivir, que se automarginan y se aíslan refugiándose en el arte. Pero el arte no les sirve como tabla de salvación porque lo quieren como refugio, como huida, y no como llave para entender tanto el mundo en el que viven como a ellos mismos.

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