laguerradelosrose

1.- El momento de la ruptura. Sin duda el momento clave de La guerra de los Rose ocurre en el dormitorio conyugal, cuando Barbara Rose le dice a su esposo Oliver (él acaba de pasar el susto de creer que perdía la vida con unos síntomas similares a un infarto y está molesto porque su mujer no ha acudido ni a verle ni a cuidarle) que cuando iba en el coche para ir al hospital de pronto tuvo miedo de lo que podía pasar en el futuro. Oliver (Michael Douglas) cree que su esposa va a decir que tuvo miedo a su pérdida, a su ausencia, y comienza a acercarse de nuevo a ella. Y de pronto Bárbara (Kathleen Turner) confiesa, fría, que se sintió liberada, que se dio cuenta de que todo le iría mejor que nunca si él no estaba en su vida. Finalmente le pide le divorcio. Y él se siente humillado, apaleado.

Hasta ahora se nos había contado la historia de color de rosa de un matrimonio burgués americano aparentemente perfecto, que habían ido construyendo una vida en común. En esa vida común deciden que él prospere y escale en su profesión como abogado y que ella se entregue a la crianza de dos hijos y a la organización de la vida doméstica. Ambos adecentan (uno económicamente y otro con todo su trabajo diario) la posesión más amada, la casa de sus sueños, además símbolo de su posición. Tienen dos coches, un perro y un gato, una sauna… Parece que no hay fisura alguna. Pero en el relato de la “felicidad” se van colando sombras, que se van haciendo más grandes cuando va a llegar el síndrome del nido vacío (sus hijos van a irse en breve a la universidad). Y esas sombras estallan en la noche mencionada. Y ahí, en ese instante, comienza la guerra.

2.- El relato épico de la ruptura. ¿Cuál es la decisión que toma DeVito para contar la historia de una ruptura? Se regala un personaje: un abogado (que le une una relación profesional con el protagonista), Gavin D’Amato, que narra la historia de los Rose como si fuera un cuento primero de hadas, de color de rosa, acaramelado, tópico, cursi y que se va transformando en un relato de terror y violencia. Su oyente es un futuro cliente. Y lo hace para interrogarle si realmente se ha pensado bien que quiere seguir adelante con su divorcio. Así el abogado se convierte en un narrador con lo que el espectador está en su derecho de pensar que puede “adornar” a su gusto esta épica cotidiana.

Y ya desde el título (original de la novela de Warren Adler, que luego también la convertiría en pieza teatral) y con la decisión de que sea un personaje el que cuente esta batalla se va al centro del debate. No es la pérdida y el desvanecimiento del amor (que también) sino una guerra de poder en el seno del matrimonio. Y el objeto de poder, el trono o el símbolo, será la casa conyugal. Y es que la guerra de estos Rose tiene analogías a las guerras de poder y tronos que se dieron a finales de la Edad Media británica y su guerra de las Rosas… solo que en pleno siglo XX. De ahí que nunca se pierda el tono épico y espectacular. Así como no ponerse trabas al empleo de la máxima violencia para la consecución de objetivos. Amores y traiciones varias. Entre medias los hijos, los abogados y una sirvienta que ve cómo todo se desmorona.

En realidad La guerra de los Rose cuenta el amor-odio de un matrimonio que termina destrozándose porque los roles que se asignan les destrozan. Ella no quiere estar a la sombra, tiene muchas ganas (las mismas que su señor esposo) de realizarse y prosperar, no le va su rol de mujer perfecta y florero. Y él se va acomodando en amarse a sí mismo, en tener todo bajo control y en el papel secundario que asigna cómodamente a su esposa…, cuando ella decide volar, él se siente continuamente amenazado, humillado y avergonzado.

3.- Cero empatía. La guerra de los Rose es una comedia negra pero también amarga. Todos sus personajes protagonistas: desde el narrador de la historia, el propio matrimonio como sus hijos no están construidos para ganarse las simpatías de los espectadores. No buscan la empatía. Y sin embargo logran convertirse en personajes absolutamente humanos por el exceso de sus defectos. El matrimonio batalla hasta llegar al límite, a la tragedia. Y cada uno esgrime sus razones y sus motivos, aunque los llevan a los extremos.

El único personaje positivo es Susan (Marianne Sägebrecht), la mujer que trabaja al servicio de la familia Rose (un personaje externo a la estructura familiar), y porque actúa como testigo (pasivo… cuando pasa a la acción ya es demasiado tarde) y como figura que siente y ve cómo se masca la tragedia.

4.- Duelo al sol. La escena clímax, la de la lámpara, es absolutamente desoladora. Puedes reírte en un primer momento pero luego al analizarla dinamita la comedia. En versión cotidiana, la escena remite a esos finales de amantes despechados que su historia oscila siempre entre el amor y el odio…, que batallan continuamente, guerrean sus poderes dentro de la pareja, pero en el momento de la muerte se funden en beso, mirada y abrazo desgarrado. Así podemos recordar a Perla y Lewt en Duelo al sol de King Vidor. Y, sin embargo, DeVito ni siquiera permite ese final a sus personajes. Oliver acerca moribundo su brazo hacia Bárbara y esta saca fuerzas para retirárselo… Guerra, sin solución ni redención posible, hasta el último suspiro. ¿Se puede ser más amargo?

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