El ejecutor

Un triángulo amoroso de puro cine negro…

Una voz en off de una mujer, Pat (Claire Trevor), nos introduce ya en un triángulo fatal y trágico que nos descubre a un Anthony Mann turbulentamente romántico en una película de puro cine negro, antes de meterse de lleno en sus westerns psicológicos. Así vivimos la huida de un preso Joe (Dennis O’Keefe), que antes de irse con Pat, la mujer que lo ama, y construir una nueva vida, quiere recuperar el dinero que le debe Rick Coyle (Raymond Burr), por el que está en la cárcel, y vengarse de él de paso. Desde que escuchamos a Pat sabemos que la historia va a ser triste y trágica. Que el destino ya está escrito. En esa huida no tienen más remedio que tomar como rehén a Ann (Marsha Hunt), una trabajadora social, que ha seguido el caso de Joe todos estos años y que cree que ha tenido mala suerte, que tiene buen fondo. Los tres emprenden un viaje sin retorno. Por una parte está la sombra de sus antiguos compañeros, que no ven con buenos ojos su regreso y el reclamo del dinero que le deben y, por otra, los policías que buscan volver a detenerlo para que cumpla su condena.

Pero la voz y el punto de vista que predomina en El ejecutor (en otros sitios se llama también Justa venganza) es la de Pat, una mujer enamorada, capaz de todo por conseguir una vida normal junto al amado, y que va viendo cómo Joe se va enamorando de verdad de otra mujer, y como a ella nunca la ha querido realmente, aunque siente por ella fidelidad, cariño y amistad. Y vamos viendo su desgarro, cómo ve a la “otra” como enemiga, pero cómo termina comprendiendo sus actos y cómo entiende que es otra mujer enamorada. Una Pat, que en el fondo quiere actuar como mujer fatal, pero no puede, que está a punto de conseguir su sueño, pero lo derrumba…, porque tiene un fondo bueno y porque sabe lo que quiere Joe.

Anthony Mann sitúa a un hombre, con la ambigüedad moral de todo antihéroe de cine negro que se precie, entre dos mujeres que lo aman. Una quiere huir con él en un crucero y empezar una nueva vida lejos, y en el camino es capaz de todo por conseguirlo. La otra que ha mirado esa parte buena que esconde Joe es capaz de ir contra sus principios para salvarlo. Y solo una es la que cuenta la historia, la que nos da su punto de vista, la que observa… Esa es Pat, que sufre el amor no correspondido. Lo que no ve, pero sí intuye, se nos muestra: y es esa historia también apasionada y desgarradora entre Joe y Ann.

Luego están los obstáculos externos de los que huyen, a pesar de estar atrapados ya por los internos. Por una parte la persecución policial, y por otra la de sus antiguos camaradas, liderados por su entonces amigo, Rick, un violento mafioso y psicológicamente inestable, que se refugia entre sus matones, y que en el fondo teme que este logre su objetivo. Para eso manda a su matón jefe (el carismático John Ireland), para que Joe nunca llegue hasta el final del camino. Y este personaje complica mucho más las cosas al triángulo protagonista.

Anthony Mann deja una joya de cine negro para descubrir con muchos momentos para destacar… Pero el más descarnado, el más irremediablemente romántico y trágico a la vez, transcurre en un camarote de un barco, con las reflexiones dolorosas de una mujer que mira a un reloj, y un hombre que no deja de decir las palabras que ella siempre quiso escuchar. Y el darse cuenta que nunca podrá protagonizar esa historia que la tiene al alcance de la mano. Secuencia emocionante. Tremenda. El ejecutor es violenta y trágica y todas las huellas que deja en el camino son dolorosas. Es romántica y sensual. Es desgarradora. Puro cine negro, que se mueve entre luces y sombras, y el tictac de un reloj que no para. Que habla de un niño que se perdió entre las llamas de un incendio, salvando a otros, y de un hombre que vuelve a hundirse en esas llamas para rescatar a lo que más ama… Y de una mujer que mira impasible cómo el amor se le escapa y cómo queda atrapada en un destino negro.

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