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La Rosa (The Rose, 1979) de Mark Rydell es una película de ficción que contaba el declive, cansancio y fallecimiento de una roquera con rostro de Bette Midler y que se inspiraba a su vez o tenía ecos de una desaparecida Janis Joplin (también fallecida a los 27 años en 1970). Aquella película de ficción reflejaba perfectamente la vulnerabilidad y el sufrimiento de una mujer rota que solo encontraba cierta luz en su abismo autodestructivo a través de su voz y sus canciones… Ahora Asif Kapadia, con material de archivo tanto íntimo y personal como de medios de comunicación a las que añade entrevistas de fondo (en off) con personas cercanas a la cantante, construye el declive, cansancio y fallecimiento de Amy Winehouse, una cantante británica que siguió dibujando un mapa de jazz y soul… y que con solo dos discos dejó un legado y las huellas de las canciones que ya no cantaría nunca más.

Asif Kapadia se pone al lado de Amy y construye una historia filmada de una mujer (que no la dio tiempo a madurar, tremendamente joven) que no pudo salir del abismo de autodestrucción que arrastraba desde su infancia, con distintos problemas emocionales y de salud que no pudo superar. Y como la película de Rydell, refleja la vulnerabilidad y el desgarro de Amy con la compañía también de su voz y esas canciones que a la vez eran su biografía más íntima. Pero a diferencia de La Rosa que era una ficción que recreaba una historia (el declive de una roquera, sexo, drogas y alcohol), aquí son las imágenes reales (que algunas desgarran y desnudan la intimidad de la cantante, alguna de sus miradas, rompen) las que construyen una versión de la historia de Amy que golpea al espectador.

Érase una vez una chica británica que no llevó muy bien el divorcio de sus padres y la ausencia paterna y que eso le fue causando problemas emocionales y de autoestima que fueron derivando en bulimia, depresiones y dependencias a drogas y alcohol. Pero tenía una pasión y un don. Adoraba la música sobre todo a las divas y divos del jazz y el soul… y ella misma tenía una voz propia y desgarrada. A través de sus canciones podía desnudar su alma y calmarse… y sonar maravillosa y rota como una de sus ídolos, una Billie Holiday a la deriva.

Y esa chica se rodeó de personas que la querían de distintas maneras. Unas no pudieron sacarla del abismo, porque ella no dejaba que la ayudasen. Y otros la hundieron más en él y la embarcaron en un camino sin retorno. Entre las primeras se encuentran amigos de su infancia y adolescencia. Entre las segundas, su propia familia, sobre todo la figura paterna (que apareció para romperla un poco más) y un novio y marido igual o más autodestructivo que ella que además arrastraba. A toda su intimidad se une un éxito arrollador con su segundo disco (que la convirtió en una gallina con huevos de oro a la que había que exprimir al máximo), pero ella bien asentada en el abismo, y algunos medios de comunicación que contribuyeron a mostrar su historia más negra sin respeto alguno a sus dolencias físicas y psíquicas, o más bien faltos de sensibilidad.

Lo desgarrador del film, además de que son las propias canciones las que sirven de banda sonora de su vida y de explicación sobre la intimidad de la cantante (llama la atención la claridad, perfección en las formas, transparencia y sencillez de su letra a bolígrafo… y su vida caótica en caída libre hacia el abismo), son esas imágenes privadas e íntimas que muestran a una adolescente con un don y mucho carisma pero también su sensibilidad y vulnerabilidad, su sentido del humor, y su afán por sentirse hermosa y querida (sentimientos tan reconocibles y sentidos por todos). Y como según iba cayendo más al lado oscuro con sus drogodependencias a cuestas, su estética y físico eran cada vez más barrocos…, como una llamada de atención: Ey, estoy aquí, y estoy rota.

Asif Kapadia construye una tragedia de una dama joven de voz desgarrada, como esas divas del jazz que arrastraban una dura mochila en sus espaldas. La cuenta con cariño hacia la figura retratada, Amy, y con respeto hacia su legado, sus canciones. Y el documental cuenta con miradas y destellos hermosos que miran con respeto a una mujer que caminó hacia la autodestrucción. Muestra momentos de vulnerabilidad, inseguridad y falta de autoestima como ese momento emocionante en que ella se muestra sensible e insegura ante su ídolo, Tony Bennet, y este la trata con una ternura infinita, cantando los dos una hermosa canción (Body and soul). Y logra que el espectador trate de acercarse a una mujer fracturada y entender más su música… A mí ya me atrapó desde el primer fotograma y solo con oírla interpretar Moonriver… Sí, un retrato de una Holly Golightly con días rojos

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