Wonder Wheel (Wonder Wheel, 2017) de Woody Allen

Wonder Wheel

Sueños rotos en Coney Island

En la filmografía de Woody Allen hay varios caminos y sendas. En 2013 abrió una con Blue Jasmine: el director buscó raíces e inspiración para contar historias en los grandes dramaturgos norteamericanos (aunque siempre vuela su amado Chejov e influencias literarias europeas, como August Strindberg, de la mano de su admirado Ingmar Bergman). Así en Blue Jasmine plasmaba las consecuencias de la crisis económica en una mujer y reinterpretaba Un tranvia llamado deseo de Tennessee Williams. Jasmine era Cate Blanchett, una dama del cine. En Wonder Wheel sigue esa senda, pero esta vez se va a los años cincuenta y realiza un ejercicio nostálgico sobre una América que se perdía en sus sueños, como ocurría en muchas piezas dramáticas de Eugene O’Neill, Tennessee Williams o Arthur Miller. Y también Wonder Wheel se empapa del cine de aquellos años, y su protagonista sueña con estrellas de cine y su hijo escapa de la realidad en las salas viendo películas. Ginny, una camarera en Coney Island, casada con el encargado del tiovivo…, pasea su infelicidad y se aferra a soñar, parece sacada de los melodramas de aquellos años con Lana Turner, por ejemplo. Pero también Allen deja gotas de cine de gánsteres y ese cine negro que juega con el destino de los personajes (uno de los grandes temas del cine de Woody Allen). Esta vez Allen también cuenta con el rostro de otra dama del cine: Kate Winslet.

Y Wonder Wheel es un interesante artefacto cinematográfico, más complejo de lo que aparentemente parece. Allen decide que el narrador de la historia sea un inmaduro dramaturgo en ciernes que quiere escribir como sus referentes, desea crear una obra en la que pueda reflejar el drama de la vida. Este dramaturgo en ciernes trata de sacarse un dinero como socorrista en la playa de Coney Island (paraíso del ocio que va decayendo) y se convierte a su vez en protagonista fundamental de la historia. El socorrista, Mickey (Justin Timberlake), tiene la apariencia de un galán inmaduro que se debate entre dos mujeres, pero que va madurando y convirtiéndose en protagonista de uno de esos dramas que quiere plasmar. Así pasa de narrador distante del drama a personaje dramático de una historia que le incumbe. Por otra parte, el narrador es devorado por la fuerza del personaje femenino principal que se convierte en reina de la función, Ginny. Los personajes del drama cobran vida y el narrador va desapareciendo como tal… para convertirse totalmente en personaje secundario del drama, pero motor del conflicto. Así deja para su heroína un demoledor final donde su destino es aceptar su realidad y sus miserias, y dejar de soñar (para evitar caer definitivamente en la locura).

Por otra parte, la recreación nostálgica de Coney Island en los cincuenta es uno de los aciertos de la película que además gana enteros con la segunda colaboración de Vittorio Storaro como director de fotografía en la filmografía de Woody Allen (la primera fue con Café Society). La película planea entre distintos lugares de Coney Island y la vivienda de Ginny y su marido, Humpty, en plena feria. Y siempre se puede vislumbrar la noria, como rueda del destino. Es en la vivienda donde se desarrollan las secuencias que más se acercan al espíritu de los dramaturgos norteamericanos. Pero Wonder Wheel regala momentos mágicos y bellos como un instante de un atardecer lluvioso en la playa donde Ginny cuenta su vida y recibe el primer beso de Mickey. Pero también la película juega con un buen reparto. La gran sorpresa es el marido de Ginny, Humpty, con el rostro de Jim Belushi, que borda una especie de Stanley Kowalski vencido, cansado y fracasado, que trata de regenerarse. O Juno Temple como Carolina, la hija del primer matrimonio de Humpty. Carolina es una joven marcada por la mafia y detonante del drama. Un personaje que ha vivido lo suyo pero que mantiene un halo de fragilidad e inocencia. Por una parte desbarata la vida de Ginny, Humpty y Mickey en Coney Island, pero por otra su marca y su destino la convierten en personaje trágico. Y por último, el hijo pequeño de Ginny, Richie, testigo presencial de los sueños rotos del parque del ocio que trata de defenderse contra su oscura realidad quemando todo lo que pilla (destruyendo) o escondiéndose en una sala de cine.

Wonder Wheel es un paseo por la senda de los sueños rotos en la América de los años cincuenta.

Suburbicon (Suburbicon, 2017) de George Clooney

Suburbicon

Los niños, una mirada esperanzadora

Suburbicon es una idílica urbanización de los años cincuenta en América. Donde se plasma el sueño americano… con rostros blancos. Familias de clase media alta que tratan de alejarse de los conflictos y las sombras que dejó la guerra, que viven un mundo perfecto lleno de grietas y zonas oscuras. Un falso alejamiento de la realidad que pretende encerrarlos con sus prejuicios y sus sueños. Pero algo altera el falso orden de Suburbicon: unos nuevos vecinos. Una familia de clase media alta pero negra… Y mientras la comunidad se vuelca en rechazar y aislar a sus vecinos, en movilizarse en su contra, en manifestarse, en ser centro de atención de los medios de comunicación… en la casa de al lado, donde vive una familia aparentemente perfecta y blanca se desata una vorágine de horror y violencia… que pasa desapercibida. Y será un niño, Nicky, quien, con una mirada inocente que despierta a un mundo cruel y oscuro, unirá las dos historias. Alrededor de Nicky se construirá la metáfora de Suburbicon.

Y George Clooney arriesga con una película imperfecta, pero tremendamente entretenida. Pues el actor-director une una visión política y de reivindicación (el sello de su cine) con el humor negro, violento y despiadado de los hermanos Coen (presentes en el guion). Y es una mezcla compleja que deja fuera de juego al espectador y puede alejarle definitivamente de la sala de cine… pues toma caminos descabellados. Así en este idílico barrio los únicos que se comportan con sentido común son los vecinos rechazados, a los que quieren expulsar. Y, sin embargo, la familia blanca se ve inmersa en una historia de cine negro esperpéntico con una mezcla de El cartero llama dos veces y Perdición. Todos envueltos en una espiral de violencia con personajes al borde del ridículo y del vodévil (maravilloso agente de seguros con el rostro de Oscar Isaac) que hace saltar a la familia modelo americana de los años cincuenta por los aires, la desintegra. La única esperanza es el niño que todo lo observa y que ve cómo se desmorona su mundo idílico, y es, a la vez, el único personaje que hace amistad y se acerca sin prejuicios a los nuevos vecinos anunciando una nueva mirada y forma de hacer las cosas.

Suburbicon no solo cuenta con una ambientación perfecta sino con un reparto que sustenta la película. De nuevo un Matt Damon en el papel de hombre normal con muchas sombras que ocultar. Una Julianne Moore exquisita en un papel patético, pero tremendamente divertido. Y una galería de personajes imperfectos: unos asesinos que siembran el caos, un agente de seguros listillo, un tío amoroso y pesado o unos vecinos idílicos a cada cual más desagradable…

Suburbicon planea entre la denuncia política y el esperpento total… y George Clooney se desmelena, de la mano de los Coen, con esta urbanización idílica con secretos oscuros.

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