A las nueve cada noche

Un mundo infantil, inquietante y perturbador con la presencia de la muerte, entre la inocencia y la crueldad. Esa es la puerta de entrada de A las nueve cada noche. Si ya Clayton convertía en desasosiego el universo infantil en Suspense (The Innocents, 1961) pero con la ambigüedad de si todo era fruto de la mente distorsionada de una institutriz (con todo un referente literario: Otra vuelta de tuerca de Henry James), en A las nueve cada noche es explícito que la mirada es la de los niños, siete hermanos que crean un universo propio en la casa de la madre muerta. Ellos deciden perpetuar la presencia de la madre, y cargar sobre sus hombros el peso de su educación y de sus creencias. Son tan inocentes que quieren depositar ese peso en un adulto y disfrutar de sus juegos infantiles (y creen que pueden volver a comportarse como niños desocupados cuando se presenta en el hogar el padre ausente), pero también sobre sus cabezas sobrevuela el sentido de la crueldad y de la vida es dura y hay que hacer lo posible por sobrevivir.

Un universo infantil complejo con la compañía de los miedos y temores, pero con una capacidad para imaginar y fantasear la realidad y moldearla de tal modo que permita moverse por ella. Un universo infantil que también es distorsionado por un mundo adulto que todo lo remueve y complica a través de una educación o unas creencias extremas. Pero ese universo ha estado presente en diversas películas como El ídolo caído (1948) de Carol Reed, Juegos prohibidos (1951) de René Clement, La noche del cazador (1955) de Charles Laughton o Viento en las velas (1965) de Alexander MacKendrick. Todas ellas con una mirada infantil especial que sabe contar y aportar una visión especial de la realidad.

Los siete hermanos de A las nueve cada noche, con personalidades definidas y con una jerarquía establecida en un primer momento por la edad (luego cada uno tratará de “definirse” y de hacerse útil en el grupo: la poseedora de secretos de familia y la mayor de los hermanos, la médium, el que postula y resguarda las creencias, el que falsifica la firma materna…), crearán dentro del hogar, la casa de la madre, un entorno cerrado y claustrofóbico para no enfrentarse al orfanato. Y en él empezarán a regir reglas, surgirán relaciones de poder, amores y enfrentamientos… pero una permanencia final de que deben ser fieles al grupo, no romper las “normas” y protegerse contra las amenazas externas. Sin embargo, los niños tienen muy presente en ese entorno creado los secretos de los adultos y la herencia espiritual y material de sus dos figuras de referencia: el padre ausente y la madre enferma pero fervientemente creyente y estricta en cuanto la educación…

Jack Clayton no solo juega con sus siete actores infantiles (inocentes e inquietantes a la vez) sino también con el espacio en el cual se mueven: esa casa de la madre con sus dormitorios, el comedor, ese tabernáculo que crean para reunirse a las nueve cada noche, las escaleras, el patio… Si el mundo de los niños es ambiguo y amenazante no lo es menos el mundo adulto presente: ese vecino millonario y distante, la madre enferma y muerta (pero siempre tétricamente presente), ese padre perturbador con muchos recovecos (ay, ¿ha existido actor más enfermizo que Dirk Bogarde?), o esa cuidadora desagradable que sabe secretos…

A las nueve cada noche esconde una poética visual tétrica, que acongoja al espectador que se enfrenta a ella. Y el terror surge del miedo de los niños, de su situación angustiosa, de cómo se enfrentan a una realidad dura… y de las herramientas y el bagaje espiritual con el que han contado y con el que crean su propio mundo oscuro. Y cómo a pesar de todo no dejan de ser niños, de querer jugar y hacer travesuras, de tener caprichos… La incomodidad, el mundo enrarecido que se crea en ese hogar irá tejiendo los hilos para otras películas futuras inquietantes y de universos infantiles agobiantes hasta ejemplos tan actuales como Nadie sabe de Hirokazu Koreeda.

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