La tortuga roja

Cuatro músicos sentados en sillas, con pelucas blancas, en la arena de una playa, en una isla perdida en la inmensidad del océano. Es de noche, cielo estrellado, y un desesperado náufrago corre hacia ellos. Desaparecen. Pero vuelve a escucharlos. Se da la vuelta y están al otro lado, más metidos en el agua. Corre… y vuelven a desaparecer. Lo onírico, lo poético, lo mágico, lo extraño… y a la vez sencillo no desaparece de ese cuento hermoso que es La tortuga roja. Un relato cinematográfico que no necesita ni una sola palabra para mostrar el ciclo de la vida, los sueños, la fuerza de la naturaleza, la supervivencia, las relaciones de pareja, y de padres e hijos…

Un dibujo minimalista y un trazo fino y claro nos descubre la belleza y la fuerza de las olas, la peligrosidad de las rocas, el espectáculo de un cielo estrellado, de un bosque de bambú, el descubrimiento de los pájaros volando, de las tortugas nadando o de unos cangrejillos como originales compañeros de viaje… así como la ondulación de un pelo pelirrojo o la excepcionalidad de una botella de cristal o la tranquilidad y el ritmo de nadar en aguas tranquilas… El holandés Michael Dudok de Wit crea una historia aparentemente sencilla para su primer largometraje de animación, como su trazo, pero trasciende pues cuenta lo que es la vida sin que falte el elemento mágico. Y todo envuelto en las notas de una banda sonora de Laurent Perez del Mar, que también sabe jugar con el silencio.

Y este artista creador cuida cada detalle, y después de diez años, regala un largometraje de sensibilidad extrema, hermoso. Además une la tradición del trazo de los Países Bajos, de Francia y de Bélgica (siendo la más reconocida esos ojos como puntitos de Hergé) con el uso del espacio vacío y la limpieza del trazo nipón (que el último ejemplo fue ese otro largometraje-joya que es El cuento de la princesa Kaguya)… en la primera coproducción de los míticos estudios Ghibli con un autor-artista europeo (para inmiscuirse y descubrir estas tradiciones y sus confluencias en La tortuga roja me recomendaron, y ahora yo también quiero dejar aquí constancia, un artículo que lo describe a la perfección, y con muchísimo conocimiento, en El Cultural de El Mundo: «Nadando entre dos mundos» de Jesús Palacio). En los estudios nipones conocían el cortometraje de De Wit, Padre e hija (2000), y contactaron definitivamente con él en 2007 para que llevara adelante un largometraje. Después de diez años de concienzudo trabajo artístico, La tortuga roja es el resultado, un estallido de belleza en forma y fondo.

La tortuga roja

Y es que ya en de Padre e hija, una pequeña perla, se encontraban muchas de las semillas de La tortuga roja. Esa manera que tiene el director holandés de narrar toda una vida y de describir los vínculos fuertes que se crean entre padres e hijos. Esa poca necesidad de palabras, y sí poder contar con imágenes (en ese cortometraje la rueda de la vida se ve reflejada en la metáfora de los recorridos en bicicleta de la protagonista) la esencia del paso del tiempo y la importancia de la Naturaleza que nos rodea.

De Wit logra que la atención del espectador acompañe a ese náufrago del que nada se sabe, solo que las olas le arrastran a una isla donde no hay nadie, y que lucha desesperadamente por salir de allí en barcas de bambú que construye sin descanso… pero hay una fuerza que siempre impide que inicie el viaje… y lo devuelve a la orilla, cada vez más cansado y desesperanzado. Entonces, de pronto, se da cuenta de que esa fuerza proviene de una tortuga roja. Primero viene la impotencia y la furia… y después la magia, y más poesía, y sueños, y la vida que sigue… Y siempre presentes esos cangrejillos curiosos que se convertirán en los primeros habitantes poco hostiles en la solitaria vida del náufrago hasta que se cruza en su vida una tortuga roja… y luego una ondulante y larga cabellera pelirroja.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.