127 horas de Danny Boyle

Una crítica en 10 pasos

1.- Salvo la sonrisa de James Franco, que hasta en momentos desesperados la tiene bonita. También pienso que son muy espectaculares los paisajes que se nos presenta de Blue John Canyon en Utha a vuelo de pájaro.

2.- Dios mío, ¿cuánto ha financiado la marca Gatorade? ¿Alguien recuerda secuencia más poco efectiva?

3.- Eché de menos a Paul Conroy y su ataúd.

4.- Como es un tío al que se le va la olla (con bastante encanto) pues no importa continuamente caer en excesos. Y como tiene fiebre y está enfermo pues a llenar la película de escenas psicodélicas, apariciones extrañas y recuerdos pasados y futuros (por eso de la esperanza es lo último que se pierde). Ah, ayuda mucho la música estridente a todas horas y también poner risas grabadas y otro tipo de alucinaciones auditivas. Provocar emociones, emociones, emociones… Un subidón para el espectador.

5.- Arropada por mi plumas hasta la cabeza, desesperada, cerrando y abriendo los ojos, quería que el pobre brazo de Aron Ralston se desprendiese ya de una vez de su amo sufridor y arrepentido. Y es que el ir siempre a su bolita… le hace perder un brazo. Y de paso recrearse la cámara en cómo se disecciona un brazo en las peores condiciones inimaginables.

6.- El público no puede aburrirse. Nuestra vida se ha vuelto acelerada. Pues ofrezcamos un montaje acelerado tipo video clip moderno o informativo actual. Mucho ruido y pocas nueces. Ofrezcamos muchas sensaciones visuales y auditivas que mantengan atento al espectador. Busquemos historia de superación con dosis de morbo en su presentación… y ofrezcamos una inolvidable tarde de sábado de lo más entretenida. Ah, y que no se alargue demasiado la aventura…

7.- A raíz de los problemas de Aron con la navaja multiusos de pésima calidad que se mete en su mochila… me vino a la cabeza una lección que trata de inculcarme siempre mi hermano pequeño: lo barato al final sale caro, lo barato al final sale caro, lo barato al final sale caro… Y que a mí, a veces, mirando mi monedero me cuesta aprender. También me hizo darme cuenta de lo bien que viene un curso acelerado de Primeros Auxilios.

8.- Reconozco cómo los aparatos y nuevas tecnologías están permitiendo un nuevo elemento cinematográfico imprescindible. Si en Buried era fundamental el super móvil que facilitan a Paul (y cómo angustia la falta de batería) a Boyle le sirve mucho la afición al vídeo digital y a la cámara digital de Aron… para grabar y comunicarse en las horas de angustia y soledad.

9.- También veo un interés resuelto de diferentes maneras en el cine moderno de meter a un hombre o mujer en espacio inesperado y que se las arragle como pueda en situaciones angustiosas. Y si el espacio es mínimo mejor. Y si el personaje o personajes están en soledad absoluta mejor, también. Ya empezó con este tipo de tramas el maestro del suspense que metió a todos en una pequeña barca a la deriva en Náufragos o rodó una historia angustiosa en un único cuarto en La soga y tampoco olvidemos La ventana indiscreta donde nuestro investigador de pierna escayolada no sale de su cuarto para investigar todo un asesinato. ¿Alguien ha olvidado el mediometraje de La cabina? Continuan las variantes (traten de imaginar y verán cómo les salen un montón de títulos). Ahora parece ser que nos viene una historia de un grupo de personas atrapadas en un ascensor…

10.- Extraña carrera cinematográfica la de Boyle. No sé que pensar. Desde Tumba abierta y Trainspotting a 127 horas… Boyle traslada su mundo visual siempre al impacto (sin profundidades de ningún tipo, y eso que defendí Slumdog Millionaire a pesar de sus trampas y me gusta bastante Trainspotting). Juega a que la imagen se quede, de manera vertiginosa, en la retina del espectador. Y quizá eso define el cine de Boyle: el uso de la trampa visual… que atrapa pero… rascas y ¿qué queda?

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.  

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