Retrato de una mujer en llamas

Una mujer frente al mar…

Retrato de una mujer en llamas es un relato de mujeres que durante unos días construyen una habitación propia. Un espacio íntimo que solo habitan ellas y que solo ellas conocen todos sus códigos. Durante unos días todo el mundo exterior desaparece, son libres. Luego lo que queda es ese recuerdo… Y también las claves para descifrarlo: el número 28, el mito de Orfeo y Eurídice, El Verano de Vivaldi y los retratos y cuadros como mensajes que descifrar y como reflejos de realidades que se ocultan.

Las protagonistas de la nueva película de Céline Sciamma (Tomboy) viven en el siglo XVIII. En ese siglo, como en los anteriores, vivieron muchas mujeres silenciadas para la Historia. Sin una habitación propia, sin capacidad de intimidad ni de decisión. Algunas están cerca de conseguir ese espacio (aunque tienen que sacrificar muchas facetas de su vida y vivir en silencio), otras lo tienen más difícil. Céline Sciamma utiliza la cámara como pincel y articula con cuidado un hermoso cuadro. Con trazos finos y detallados. Y cuenta una historia de mujeres, una historia de amor. Retrato de una mujer en llamas es un cuadro para mirar despacio y desvelar todos sus secretos. La mirada es otra de las claves para comprender este cuadro fílmico. Poco a poco surge la emoción.

El relato cinematográfico empieza en una clase de retratos de una maestra a sus pupilas. Ella es la modelo. La profesora se queda mirando un cuadro y pregunta que quién lo ha colocado ahí. Una de las alumnas dice que lo subió del sótano. La maestra les dice el nombre del cuadro: Retrato de una mujer en llamas. Lo pinto ella. En el cuadro hay una mujer en un paisaje nocturno en la playa y con su vestido ardiendo. Empieza entonces un largo flash back. Hay que entender por qué ese cuadro perturba a esa mujer, una maestra que sentimos solitaria.

En las costas de Bretaña, en un espacio que parece remoto, al que se llega por mar, va a parar una pintora, Marianne (Noémie Merlant), para llevar a cabo un encargo. Un retrato de boda de una joven: Héloïse (Adèle Haenel). Su madre (Valeria Golino) le dice que su hija no debe enterarse de que va a ser retratada, pues pintores anteriores han fracasado en la misión. Héloïse acaba de salir del convento para seguir el destino frustrado de su hermana: una boda de provecho, pactada. Su hermana no llegó al matrimonio, antes se tiró por un acantilado. Marianne y Héloïse van intercambiando palabras y miradas, compartiendo sus mundos. Y durante unos días, después de un primer retrato frustrado, se quedarán solas en la casa, junto a la joven sirvienta Sophie (Luàna Bajrami), para realizar el retrato definitivo. En ese espacio de tiempo, las tres conseguirán esa habitación propia. No para mantenerla, sino para recordarla. «Gírate».

Retrato de una mujer en llamas está plagada de momentos íntimos. Y algunos tienen una doble lectura para articular una historia de amor prohibido, íntimo y libre. Presente y recuerdo. Héloïse le pide a Marianne que le explique una composición musical que le guste. Y esta con un piano y con palabras trata de transmitirle y descifrarle una pieza musical. Héloïse disfruta de ese momento. Entiende el secreto de esa melodía. Al final de la película Marianne ve por última vez a Héloïse en un concierto. Y la mira como si fuera a pintar un retrato. Héloïse está sola, escuchando una composición musical. Emocionándose en cada nota. Porque es esa melodía que disfrutaron frente a un viejo piano. Notas de Verano de Vivaldi. Y Marianne capta a lo lejos cada una de las emociones del rostro amado.

Una noche Héloïse lee en la cocina, en esa habitación propia (casi mágica y mística), delante de Sophie y de Marianne el mito de Orfeo y Eurídice. Y cada una comparte una visión muy diferente del momento en que Orfeo se gira para mirar a Eurídice. Sophie no puede entender el error de Orfeo, cuando eran muy claras las premisas. Marianne se queda con que es una reacción con poesía de fondo, de alguien con un alma de poeta. Y Héloïse cree que fue Eurídice quien pidió a Orfeo que se girara, convertirse en un recuerdo. Así es. En el momento de la despedida definitiva de Héloïse y Marianne, Héloïse pide a Marianne que se gire, que la mire, que se quede grabada en su mirada.

Héloïse y Marianne han llegado a la culminación del amor. Ambas se quieren, pero saben que están condenadas a un amor imposible. En la última noche, Marianne pinta un camafeo con el rostro de la amada. Héloïse dice que es injusto que ella no tenga retrato de Marianne. Esta le dice que cómo la quiere y esta dice que así como está ahora, desnuda, en la cama. Marianne se pone frente al espejo y en la página 28 de un libro que prestó a Héloïse realiza su autorretrato. Años después, cuando ya no pueden verse, los cuadros son portadores de mensajes. Y en una exposición Marianne corre a mirar otro retrato que han realizado de su amada. Héloïse lleva un libro entreabierto… por la página 28.

Toda la película está repleta de mensajes, símbolos, mensajes… Es una película para ser mirada, como los cuadros. Es un relato también sobre la comunión y solidaridad entre mujeres silenciadas y la creación de espacios íntimos, de habitaciones propias, donde poder ser ellas mismas. Donde una canción en la playa puede crear un ambiente mágico, fantasmagórico, imposible (y que de ese momento surja un cuadro, ese retrato de una mujer en llamas). La pintura se convierte en reflejo, en lenguaje secreto, de momentos y prácticas prohibidas, pero también en una forma de dejar una verdad de fondo, un testimonio (la historia de amor prohibida entre Marianne y Héloïse o el relato del aborto de Sophie).

Céline Sciamma se convierte en pintora detallista en Retrato de una mujer en llamas. Elabora el cuadro con delicadeza, y deja una bella obra terminada. Hasta la última pincelada. Deja emerger toda la emoción posible en ese lienzo que cuenta una historia secreta, esa que ocurre en una habitación propia.

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