langosta

Langosta sigue la senda del especial universo de Yorgos Lanthimos. El director griego indaga sobre los seres humanos y sus relaciones en realidades cotidianas: en Canino se metía en la intimidad familiar; en Alps, analizaba cómo encajar la muerte y la ausencia de la persona cercana y en Langosta sobrevuela sobre las relaciones de pareja. Sus películas son fábulas absurdas con dosis de humor negro, violencia y mucha tristeza para reflejar cómo entiende al ser humano en el mundo contemporáneo. En el universo Lanthimos, existen personajes aquejados de autismo emocional; su forma de moverse, sus cuerpos nos cuentan muchas cosas. El lenguaje y su uso tienen otras reglas. La música, las canciones y las películas nombradas (normalmente de Estados Unidos) merodean alrededor de los personajes y crean relaciones extrañas, adquieren otros significados. Normalmente los personajes en las películas de Lanthimos carecen de nombre propio. En Langosta solo tendrá nombre David (Colin Farrell), el personaje principal. Tanto en Canino, como en Alps y Langosta, el director griego no prescinde de su actriz fetiche, la griega Angeliki Papoulia.

En Langosta cambia el griego por el inglés pero el distanciamiento y la relación con el lenguaje, así como el cambio de significado sigue siendo el mismo e igual de efectivo. Su nueva fábula se divide claramente en dos partes donde el nexo de unión es David… y una voz en off (que no solo es la narradora de esta fábula sino que se irá desvelando como personaje).

Sin embargo, la primera escena ya nos habla del tono y nos describe un mundo extraño, con otros códigos. Un mundo que, de golpe, no entendemos. El director descoloca y pilla desprevenido al espectador. Una mujer en coche se baja de él y se sitúa frente a una pareja de burros y dispara una y otra vez contra uno de los animales. El desconcierto está servido.

En la primera parte, David, abandonado por su mujer, acude a una especie de hotel-balneario de lujo. Pronto nos damos cuenta de que todos los espacios aparentemente cotidianos pertenecen a un mundo que nos es ajeno y que funciona con otras reglas. Un mundo que no permite personas solas. David dispone de cuarenta y cinco días para lograr una pareja afín a él. El hotel funciona férreo con normas estrictas bajo una directora inflexible (que también canta canciones de amor junto a su pareja). Ahí no hay poesía…, todo es mecánico, uniformado, incluso siniestro bajo la aparente normalidad, y se crea entre los inquilinos una lucha desesperada por superar las pruebas… Si no se consigue el objetivo: el hombre o mujer que siga en soledad será transformado en el animal que elija. De hecho David llega con un perro que dice es su hermano. David quiere ser una langosta… porque, entre otras cosas, le encanta el mar.

En la segunda parte, un David que se ha rebelado termina en un bosque donde acaba junto a otros hombres y mujeres solos. Pero nada tiene que ver con el idílico bosque, donde no solo se cuida la cultura sino también se cultiva la libertad individual, de Fahrenheit 451 de Truffaut (que adaptaba a Ray Bradbury). Allí, en el bosque de Lanthimos, hay otra líder (con el dulce y cansado rostro de Léa Seydoux) que lo que hace es imponer también reglas estrictas para que no se formen parejas, para que la libertad del individuo no sea vulnerada. Nunca hubo abrazos tan fríos y tan distantes: los que la líder da para recibir a sus nuevos adeptos. Y también hay crueles castigos para los que se salten las normas. La líder además boicotea el mundo de las parejas y realiza “actos” hostiles y desestabilizadores del orden perfecto para que las parejas rompan o para sembrar la incertidumbre en su seno. Pero en ese bosque… David conecta con una mujer (Rachel Weisz) que además es miope como él.

Así Yorgo Lanthimos crea una sociedad distópica que no solo no deja salida a un personaje como David sino que además enfrenta al espectador con un final abierto pero demoledor. Durante toda la película enfrenta al espectador a una reflexión incómoda: los seres humanos estamos solos…, totalmente solos, y la supervivencia, el seguir vivos, nos hace capaces de todo… hasta de vivir en pareja o en grupo como solteros (vivir dentro o fuera del sistema). Pero si hay que pisar, se pisa. Si hay que cazar, se caza. Y solo parece que es el más fuerte el que menos emociones y empatía expresa, el que no tiene corazón, el que no siente remordimiento alguno por quitarse de en medio a aquel o aquella que lastre su supervivencia. En el universo pesimista de Yorgo no hay sitio ni para el romanticismo ni para el amor…

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