quéruinadefunción

Peter Bogdanovich ama el cine y uno de sus amores es un género: la comedia y si es posible screwball… con unas gotas de slapstick, por favor. Si encima unes cine y teatro…, solo hay una salida: el espectáculo debe continuar. Así surge ¡Qué ruina de función!, película donde el director cinéfilo logra que el espectador llore de la risa y sus carcajadas no puedan reprimirse. Bogdanovich mima sus comedias y bebe de un lenguaje cinematográfico complejo que se fue forjando con los grandes cómicos de cine mudo americano y continuó con el género screwball durante los años treinta y cuarenta…, de esta manera las comedias de Bogdanovich son evoluciones y homenajes al género que ponen de relieve la importancia que tiene un buen director de comedias. No hace más que seguir la premisa que nos descubrió Preston Sturges en Los viajes de Sullivan: lo importante que es dirigir buenas comedias y provocar simplemente la risa. Porque la risa termina siendo terapéutica y relajante cuando realmente surge del alma.

Una buena tarde de comedia la proporciona Bodganovich con tres de sus películas: Qué me pasa doctor, y su capacidad para hacernos reír con un homenaje a La fiera de mi niña de Howard Hawks. ¡Qué ruina de función!, con la premisa del espectáculo debe continuar y con una línea muy fina sobre ficción y realidad: la vida es puro screwball con situaciones slapstick. Y su última comedia, que pasó sin pena ni gloria por las carteleras, Lío en Broadway donde Lubitsch y la magia de Audrey Hepburn comediante convierte la vida en puro vodevil…

En ¡Qué ruina de función!, nunca un plato de sardinas fue capaz de generar tantos momentos cómicos. La maestría de Bogdanovich (que adapta una obra teatral de Michael Frayn) es que a través de la repetición (y su forma de filmar cada momento) logra la carcajada continua y en crescendo. Por supuesto cuenta con un reparto que es capaz de moverse por el escenario y entre bastidores dándolo todo como actores de una obra de teatro y como seres humanos con sus problemas, rencillas, fobias, amores y desamores…

La premisa no puede ser más sencilla, un director de una obra de teatro que se estrena en un teatro de Nueva York está muy nervioso… En la espera de cómo va a reaccionar el público, recuerda las vicisitudes de la compañía durante distintas representaciones de la gira. Son tres veces las que vemos los mismos momentos de la obra que representan en el escenario: durante el ensayo general antes del estreno (donde se nos presenta a todos los personajes), y dos representaciones a cada cuál más delirante donde los líos entre los actores, los asistentes y el director afectan al desarrollo de la actuación en escena. La primera representación es sin público, la segunda transcurre la mayoría entre bastidores y la tercera es el caos en el escenario… En la primera la risa surge de los nervios del estreno, de los fallos y errores que ocurren en el escenario antes de levantar el telón y además sirve para mostrar la psicología de cada personaje y sus relaciones personales. La segunda, entre bastidores, la risa surge de lo físico (slapstick en mucho de sus momentos: cine mudo puro, caídas, golpes…)…, es una locura la obra que representan (aunque logran salvarla más o menos a pesar de los percances e improvisaciones) pero también la propia vida de la compañía. Y en la tercera el caos entra en el escenario y la obra cambia totalmente de sentido, se vuelve más absurda todavía y el humor ya es delirante. Los actores no pueden controlar ya ni la improvisación… y sus rostros son un puro poema cómico.

¡Qué ruina de función! Es una de esas películas en que la conjunción de cine y teatro se convierte en un milagro divertidísimo y donde el juego de realidad y ficción provoca una carcajada continua. Otro de sus placeres es ver a actores que no solo hacen reír por la situación que viven sino porque ellos mismos, con sus cuerpos y rostros, son pura comedia. Es de esas películas corales donde todos tienen su momento y todos tienen que ser nombrados: Michael Caine, Carol Burnett, Denholm Elliott (en el que fue su último papel), Julie Hagerty, Marilu Henner, Mark Linn-Baker, Christopher Reeves (mostrando que fue más que Superman), John Ritter y Nicollette Sheridan.

Si una tarde uno necesita urgentemente reír, es recomendable una ración de ¡Qué ruina de función!

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