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La Venecia de Amenaza en la sombra de Nicolas Roeg poco tiene que ver con ese halo romántico de ciudad para el amor y el despertar de Locuras de verano y sí, tiene más que ver con la Venecia decadente, melancólica y triste de Muerte en Venecia… e incluso es mucho más tenebrosa e inquietante. Nicolas Roeg, que irrumpió en el panorama del cine a finales de los sesenta como un cineasta rompedor, polémico y extraño, se deja llevar por una historia de misterio, terror y psicología. Como argumento toma las líneas de Daphne Du Maurier, una escritora varias veces adaptada por Alfred Hitchcock (La posada de Jamaica, Rebeca y Los pájaros).

“Nada es lo que parece”, dice el personaje de Donald Sutherland en una conversación en principio cotidiana y banal con su esposa (con rostro de Julie Christie). Y esa es la clave de esta película. A través del montaje, el color, una banda sonora especial de Pino Donaggio, y una distorsión continúa de la mirada… Amenaza en la sombra es una premonición continua… Roeg juega con el tiempo y la mirada para crear una atmósfera extremadamente extraña e inquietante. El espectador de la película puede entender la cinta como el reflejo de un estado de ánimo y la mirada distorsionada de un hombre en estado de shock ante un hecho traumático: la muerte de su hija pequeña. Pero también introduce un elemento de parapsicología y es que incluida la muerte de su hija, todo son avisos y premoniciones ante un hecho futuro donde ese restaurador con un trauma (el rostro de Sutherland es el necesario) es una pieza clave. Así la película se convierte en reto inquietante para la mirada del espectador.

Con un arranque fuerte donde vemos al matrimonio tranquilo y en paz, minutos antes de la tragedia… (con elementos claves y reveladores), la película aterriza después en una Venecia triste (acaba de finalizar el periodo vacacional) que se convierte casi en una ciudad fantasmal, llena de extraños habitantes. Una ciudad que además esconde un asesino en serie que acecha a sus víctimas y rincones oscuros con ratas. Una Venecia que se hunde, donde el personaje del restaurador se desespera por el poco interés por salvar los edificios (él está llevando a cabo la restauración de una iglesia).

El matrimonio ha huido de Inglaterra para tratar de recuperarse de la muerte de la hija. Y los dos se hunden, al igual que Venecia, y su estado de melancolía es paralelo al paisaje de la ciudad. Aparentemente la más traumatizada es la esposa pero ella vuelve a encontrar algo parecido a la tranquilidad y la calma cuando el matrimonio se cruza en un restaurante veneciano con dos inquietantes hermanas, una de ellas ciega. Cuando la esposa va al baño con ellas, después de un pequeño incidente, la ciega le explica que ha visto a su pequeña hija, que está con ellos, y que está muy contenta… y que quiere transmitirles algo, comunicarse. Esa sensación de poder contactar con su pequeña le devuelve las ganas de recuperarse… ante la mirada escéptica del esposo.

Nicolas Roeg plantea una película que arrastra por su atmósfera y ambiente. No es solo la Venecia que muestra sino también cada uno de los personajes secundarios que salen en la historia, que no hacen más que acentuar la distorsión, la extrañeza y la inquietud: el dueño del hotel, las hermanas, el comisario, el obispo… Nada es lo que parece. Una de las escenas más comentadas en su momento, fue la escena de sexo en una habitación de hotel entre Sutherland y Christie. Esa escena está bellísimamente construida, se intercala con los momentos del después y de ese matrimonio vistiéndose y arreglándose para marcharse a cenar. Es un paréntesis esperanzador, de posibilidad de recuperarse del trauma y del shock de la pérdida… pero también esconde melancolía y una sensación de elegía, de acontecimiento a retener en la memoria, de último instante para amar, se siente como despedida…

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