Otra calurosa noche de fin de semana. No podía dormir. Así que puse la televisión por ver si había algo que mereciese la pena o ponerme algún dvd. Y ahí estaba, iba a empezar Cautivos del mal. Hacía mucho que no había vuelto a ver la película y tenía vagos recuerdos. Y de nuevo, el Minnelli de melodrama volvió a atraparme con una historia apasionante de cine dentro del cine. Otra película a las que se denomina con la palabra clásico. De nuevo una oportunidad de analizar por qué es un clásico. No me decepcionó sino que volvió a encantarme.

Cautivos del mal es la radiografía de un productor-autor fruto del sistema de estudios y de la época dorada de Hollywood. Es el retrato de un hombre que responde al nombre de Jonathan Shields (y cuya figura es una mezcla de varios productores a la vez). Un hombre apasionado por su labor y trabajo, producir películas, donde oculta en su persona todo lo malo y lo bueno del ser humano. Un personaje ambiguo capaz de sacar lo mejor de sus colaboradores pero también de pisarlos o humillarles una vez terminado el trabajo, la película. Jonathan Shields tiene el rostro de un apasionado Kirk Douglas.

La película cuenta con una estructura clásica donde el espectador construye la figura de Shields a través del testimonio y las historias de tres de sus colaboradores: un director de cine (Barry Sullivan), una estrella de cine (Lana Turner) y un guionista (Dick Powell). Así conocemos los inicios, el triunfo y la caída de un hombre que vive para el cine pero capaz de hacer daño en las entrañas a tres de las personas que más le quieren o admiran. Ahora los tres, en la cima de sus carreras, los tres tienen éxito en su labor profesional, reciben la llamada del productor, tocado y hundido, para que colaboren en su próximo proyecto. Los tres le dan largas. Así que, de nuevo, les vuelve a reunir el productor ejecutivo (Walter Pidgeon) para tratar de convercerlos. Y ahí vienen los recuerdos.

Y Minnelli no sólo cuenta a través de imágenes y de un uso perfecto del lenguaje cinematográfico su historia sino que cuenta con un sólido guión al que nada le sobra ni le falta de Charles Schnee además de contar con interpretaciones solventes de los protagonistas y secundarios de oro como Gilbert Roland o una espléndida Gloria Grahame.

Minnelli posee un buen sentido del ritmo (¿se deberá a sus musicales?) y un sentido melodramático especial que le sitúa al frente de los reyes de este género (ya sabéis uno de los favoritos de Hildy) pero sobre todo era un director y hombre de cine que conoce todos los entresijos de la industria. Así toma de modelo a un montón de profesionales del mundo del cine para dar veracidad a la historia que plasma en Cautivos del mal donde se puede ver la magia del cine pero también su cara oscura y sus miserias.

Dejo para aquellos que vuelvan a verla de nuevo cuáles pueden ser las figuras reales en las que se inspiran el productor, el director, la actriz, el guionista…, es un buen juego pero no puedo dejar de mencionar alguna de las escenas que muestran cómo narra este director. La primera vez que aparece la bella de esta historia, la actriz que se convertirá en estrella por el empeño del productor a pesar de arrastrar su pasado duro y un problema de alcoholismo…, no la ve nadie. Ni el productor ni los espectadores. Sólo vemos sus piernas y su voz ahogada en alcohol. Ella es una Lana Turner que en su primera escena sólo nos deja ver sus piernas y su soledad absoluta.

Otra de las maravillas de esta película es ver los platós solitarios o en funcionamiento, la sala de proyecciones, los despachos donde se gesta una idea, los estrenos, las fiestas, los triunfos y fracasos, el trabajo que supone terminar un guión, el trabajo en equipo, la magia que supone el rodaje de una escena cuando todo funciona y cómo hay unos actores actuando pero fuera de cámara está el director, el productor, los técnicos, las cámaras, la iluminación…, y todos entregados a que salga una buena historia.

Son tres testimonios, tres flash back, las que nos permiten construir la personalidad de un hombre. Y las tres historias, los tres testimonios merecen la pena. Ninguno desmerece. El director que empieza codo con codo con el productor, que trabajan mano a mano y poco a poco van triunfando hasta que el productor decide plasmar su mayor protagonismo y retirar a su mejor amigo del proyecto soñado. La actriz insegura que se va convirtiendo en estrella y descubriendo cómo actuar delante de una cámara y que se transforma en mujer enamorada y mimada…, hasta que se acaba la película y entonces es humillada sin mirar su posible fragilidad. O el escritor que se convierte en guionista y es arrastrado a Hollywood junto a una esposa provinciana que se emborracha de Hollywood y que encuentra un productor capaz de todo para que acabe un buen guión…, incluso de retirar de en medio a la esposa molesta que cosas del destino se convierte en triste víctima.

Cautivos del mal es un clásico sobre los entresijos de Hollywood y sobre un hombre ambiguo a veces le admiras, otras te despierta ternura pero más allá sientes desprecio y desilusión por un hombre que es una apisionadora. Tal y como les pasa a los tres protagonistas.

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